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El dilema de Guatajiagua: entre el barro y la modernidad

Desde sus orígenes, la artesanía de barro negro ha sido el medio de subsistencia y de expresión cultural para esta comunidad lenca potón. Pero las exigencias de un mercado que les ofrece mejores ingresos los ha obligado también a cambiar las formas tradicionales de producción.

Rosarlin Hernández / Fotos: Janet Cornejo
cartas@elfaro.net
Publicada el 05 de febrero - El Faro

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Las mujeres indígenas salen a vender los comales al pueblo de Guatajiagua. Las piezas son revendidas a precios superiores, mientras los indígenas reciben una pobre paga.

En un mundo interconectado, no es extraño encontrar la artesanía de loza negra hecha en Guatajiagua exhibiéndose en Nueva York, Frankfurt o en Almacenes Simán. El barro ha permitido alcanzar niveles de venta que pasan los dos millones de dólares en los últimos cuatro años. A nivel internacional, Guatajiagua es reconocido por sus productos artesanales. A nivel nacional, el municipio ocupa el cuarto lugar en extrema pobreza severa.

El mercado internacional abrió sus puertas a la artesanía de loza negra no sin antes  establecer las condiciones en las que deseaba recibir el producto: piezas uniformes, estándares de calidad, tiempos de entrega y un intermediario con credibilidad. La comunidad recibió apoyo del ministerio de Economía y la cooperación internacional, pero ahora teme perder su identidad.

Durante la administración de Francisco Flores, el ministerio de Economía creó el Centro de Desarrollo Artesanal e instaló una sala de ventas de loza negra en el municipio. El Programa de Desarrollo Artesanal de la USAID (Agencia de Estados Unidos para Desarrollo Internacional) y la organización no gubernamental Aid to Artisans (ATA) firmaron en el 2002, un convenio con el proyecto gubernamental para trabajar cuatro centros de desarrollo artesanal en Guatajiagua, Nahuizalco, Ilobasco y La Palma.

En su primera etapa, AID invirtió en este programa más de 3 millones de dólares. Verónica Martínez, directora adjunta de ATA, explica que la organización colabora en el diseño y desarrollo de productos, realiza capacitaciones en habilidades empresariales y desarrolla nuevos mercados.

“Hace tres años exhibimos en un hotel de San Salvador una cantidad de diseños hermosos. El éxito fue tal que la artesanía de Guatajiagua empezó a tener auge en tiendas estadounidenses como Crate & Barrel, Kirkland y Kohls que empezaron a presentarlos en su página Web”.

Después de esta experiencia, Martínez asegura que los ingresos de los indígenas integrados en el proyecto aumentaron. “Después de ganar 50 dólares al mes pasaron a ganar 400 dólares y pensamos que era necesario mejorar la calidad del producto, el problema que enfrenábamos era la calidad del barro, la consistencia, a veces no quedaba bien quemado por la temperatura del horno. Una serie de dificultades técnicas que nos hacía difícil su exportación”

Para cumplir con las exigencias del mercado internacional, AID decidió invertir en la creación de una escuela taller que garantizara alcanzar ciertos estándares de calidad. Lo primero era darle uniformidad al barro, procesarlo en hornos diferentes y capacitar a los artesanos con herramientas que facilitaran el trabajo. 

“Por ejemplo, hay un artesano que se tardaba un día en hacer 8 vasijas en forma de cilindro, lo hacía a mano, se le dio la herramienta apropiada y ahora hace 40 al día por lo menos, si no más. Ya con eso le facilita el trabajo y lo prepara para una producción mayor porque un mercado internacional, y aún local, le demanda mayores cantidades” dice la directora adjunta de ATA. Actualmente, Gutajiagua ha logrado conquistar el 30% del mercado artesanal.

Estas condiciones son interpretadas por la población indígena Lenca Potón como el riesgo de perder su identidad. Daniel Pérez Martínez, promotor comunal de la Asociación Comunal Lenca de Guatajiagua (ACOLGUA), considera que “participar en esos proyectos sería como vender nuestra tradición indígena y después no saber ni cómo lo hicimos. Porque una vez llega la sabiduría que dejaron nuestros ancestros, no dos. Quieren experimentar con nosotros, sacarnos todo lo que sabemos pero las yemas de mis dedos no las van a sacar nunca porque no saben lo que puedo hacer con mis manos.”.

La escuela taller de los jóvenes

Como en la mayoría de municipios al interior del país, en Guatajiagua los jóvenes tienen muy pocas opciones de desarrollo y de entretenimiento. La escuela taller de ATA se ha convertido en el punto de encuentro de algunos jóvenes que durante las vacaciones han decidido hacer de la alfarería un buen motivo para compartir.

Las tres hijas de Eriberta llegan a la escuela para sacar un pedido de bases para velas que será exportado en los próximos días. Alicia Pérez es una de ellas, su madre le enseñó casi todo lo que sabe sobre moldear el barro. “De primero solo podía hacer comales, ollas y sartenes, aquí aprendí a hacer cumbos para velas. La ventaja es que producimos bastante con las herramientas y antes hasta nos dolían las manos”.

Alicia tiene 20 años y encuentra una gran diferencia entre salir a vender comales como una artesana independiente y trabajar productos de exportación por los que recibe más dinero. “Con este dinero me gustaría seguir estudiando porque mi mamá no puede mantener la escuela de todos”.

En sus vacaciones, Elmer González descubrió que la mayoría de sus amigos estaban en la escuela taller porque no tenían nada más que hacer. “Al principio veníamos como siete jóvenes y la pasábamos muy bien, después cada uno volvió a sus estudios. Para las nuevas generaciones este proyecto es bien visto porque es más fácil trabajar el barro, yo no soy artesano pero aquí aprendí rápido”.

Elmer sabe que los abuelos pueden pensar que trabajar con herramientas es una manera de perder la tradición. Él piensa que aprender nuevas técnicas no pone en riesgo su cultura. “Todo cambia, hasta la manera de vivir de las personas, a la juventud ya no le importa trabajar el barro, solo esperan las remesas familiares y se olvidan de todo”.

A sus 60 años, María Velis es una artesana experimentada y forma parte del grupo de indígenas que ha permanecido unido en una comunidad de 136 familias que se dedican principalmente a la alfarería. Ella sabe que existe un centro de desarrollo artesanal dedicado a la producción y a la venta de loza negra, y lo que ha escuchado es que  quieren “sacarle la práctica a los indígenas de cómo usar el material”.

Desde que era niña, María recuerda que su mamá la llevaba al barrial. “Me daba un guacalito y cuando ya no podía lloraba, ella no me dejaba descansar, me decía –vamos a trayerlo hija- ahora si uno habla así se ríen”.

Cuando llegaban a la casa con el barro, María intentaba hacer sartenes y comales pero nunca le salían bien. “Yo era bien ruda, me costaba hacer las orejas de los sartenes y los comales me quedaban por otro lado”. Como castigo su mamá le daba en las manos con las cucharas de barro o le quebraba los comales en la cabeza.

Sentada al lado de María, la artesana Mercedes Gónzalez, de 66 años, comenta que prefiere vender la loza cruda y barata que ofrecer su trabajo al centro de desarrollo artesanal, ella desconfía de los intermediarios. “A veces no tenemos para darle de comer a los niños, por eso llegamos a vender un comal de loza cruda en 25 centavos de dólar y cuando uno viene a sacar cuentas no sale nada. Pero, el trabajo de nosotros es hacer piezas originales y como es propio nosotros decidimos a quién se lo vamos vender”.

Eduardo Durón, gerente de diseño y producción del proyecto de ATA, quien ha coordinado el equipamiento de la escuela taller, explica que la mayoría de las herramientas se han innovado con la ayuda del mecánico del pueblo: “lo único que buscamos es facilitarle la vida a los artesanos, ellos tienen la habilidad para trabajar el barro, lo conocen pero eso no quiere decir que no se puede mejorar”.

Según la UNESCO, los productos artesanales son los producidos por artesanos, ya sea totalmente a mano o con la ayuda de herramientas manuales o incluso de medios mecánicos, siempre que la contribución manual directa del artesano siga siendo el componente más importante del producto acabado.

Plantean que los programas dedicados a la artesanía integran actividades de formación y promoción, estimulando la cooperación necesaria entre los organismos nacionales interesados, las organizaciones regionales, internacionales y no-gubernamentales. El objetivo es demostrar a las autoridades la prioridad que merece la artesanía en los programas nacionales de desarrollo.

El dilema entre el mercado internacional y la pobreza

El trabajo de ATA es ofrecer asistencia práctica a grupos artesanales a nivel mundial. En el caso de El Salvador, el desafío es crear los vínculos necesarios entre la cosmovisión Lenca Potón y la del comprador internacional que solicita las artesanías en
Estados Unidos, Alemania, Italia y Francia.

Entrar en el mercado de las exportaciones requiere cuidar los detalles y  uno de ellos es el diseño de las piezas. El diseño tiene que ser constante para poder competir en cualquier mercado. “Nosotros anualmente tenemos una paleta de colores o una presentación de tendencias que es lo que el mercado internacional está demandando y en base a eso nuestros diseñadores capacitan y trabajan a los artesanos”, afirma Verónica Martínez. 

Pronto, el personal de ATA descubrió que la palabra diseño intimidaba a los artesanos de Guatajiagua y que lo mejor sería demostrarles que ellos tienen una capacidad creadora valiosa. “Los invitamos a que mantengan sus diseños, les decimos que cuando tengan un diseño nuevo, si puede venir a la oficina o llamar, que lo muestren y muchos han pasado la prueba” dice Martínez.

Cuando llega un pedido internacional, ATA distribuye el trabajo de forma rotativa entre las 60 familias que participan en el proyecto. Por lo general, las órdenes que hacen los clientes son claras: definen color, tamaño y forma. Durante el control de calidad se selecciona el producto que cumple con los requisitos y lo demás, la organización procura colocarlo en el mercado local.

“Mucha gente se molesta pero les dejamos el prototipo, la muestra, les damos las medidas, somos enfáticos en decir el comprador no quiere que el vaso se balancee y para que esté firme hay que hacerlo de cierta manera porque esta pieza va en una caja, donde tienen que caber cuatro vasos más, si uno es más bocón ya no cabe y se compran cientos de cajas” agrega Martínez.

Una forma de facilitar la inserción de la comunidad indígena en las nuevas lógicas de producción ha sido instalar ocho mini talleres equipados en las viviendas de los artesanos. La directora de ATA afirma que este proyecto surgió después de constatar que las mujeres artesanas no iban a trabajar fuera de sus casas. 

“El güero” como lo llaman sus amigos, camina descalzo y cubierto solo con una pequeña camisa. Con sus 6 años el semblante serio y su mirada revelan su ascendencia lenca potomana.

Eriberta Pérez tiene un mini taller en su casa. Ella es una de las indígenas que a nivel personal ha logrado resolver el dilema entre las condiciones del mercado internacional y el temor de poner en riesgo la identidad cultural Lenca Pontón. 

“Uno de pobre necesita vender su losita y ellos me invitaron a una capacitación de nuevos diseños, yo no sé leer ni nada pero, gracias a Dios no me costó, aprendí a hacer otras piezas y me alegró porque sino seguiría vendiendo loza cruda y eso da cabalito para el maíz y los frijoles”.

Eriberta pertenece a la Asociación Comunal Lenca de Guatajiagua (ACOLGUA) porque está interesada en que las tradiciones indígenas no desaparezcan. “Los abuelos eran respetuosos. Para hacer la milpa se reunían a chapodar, hacían ofrendas a la madre tierra para que les diera buenas cosechas y lo que defiendo es la comunidad, por eso nos mantenemos unidos”.

Explica que su participación en este tipo de proyectos no significa renunciar a sus tradiciones. “Yo mantengo lo que he aprendido de mis ancestros pero aprender nuevos diseños es algo que me sirve para comer. Los moldes facilitan el trabajo pero solo sirven para hacer las cosas con medidas exactas, de allí todo se hace a mano”.

Esta artesana sostiene que antes del proyecto no tenía horno, no tenía para pagarle al quemador y trabajaba en otras casas hasta 16 comales por un dólar 50 centavos. Tener un mini taller en su casa le ha permitido trabajar pedidos de cien piezas y ganar 300 dólares en un mes. Aunque aclara que estos ingresos no son fijos, los mejores meses son noviembre y diciembre.

De acuerdo a los estudios de ATA, en Guatajiagua hay más de 300 familias productoras de artesanías en barro negro. Y pesar de que el proyecto ya inició la segunda etapa, aprovechar las potencialidades del mercado depende de la capacidad de conciliar  la cosmovisión  de los indígenas con las exigencias del comprador extranjero.

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