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EL AGORA¿Se puede vivir del arte en El Salvador?Hay excepciones, pero para los artistas salvadoreños es difícil percibir remuneraciones suficientes y de forma permanente para poder vivir de la producción artística, por lo que deben emplearse en una variedad de actividades paralelas para poder sobrevivir. Según artistas consultados, esto repercute en la cantidad y calidad del arte que producen. Ruth Grégori. Fotos: Fany Cortez
Desde inicios del siglo pasado, vivir del arte es difícil en El Salvador. Nombres fundamentales de las letras nacionales no vivieron de los libros que publicaron. “En esa época, a finales del siglo XIX y principios del XX, no existía el concepto de que hubiera que pagarle a alguien por escribir un libro”, explica el investigador Carlos Cañas Dinarte. Francisco Gavidia, por ejemplo, considerado en muchos sentidos padre de las letras nacionales, fue periodista además de escritor, catedrático de muchas instituciones, y pudo jubilarse gracias a su labor docente. Sobre el emblemático autor nacional Salvador Salazar Arrué –Salarrué- se cuentan muchas anécdotas. Era pintor y escritor, pero alrededor de los años 20 firmaba: Salvador Salazar Arrué, caricaturista, y vivía de hacer caricaturas. Cuentan también que pasó penurias económicas tales que en ocasiones pedía comida a los vecinos, que sus amigos le compraban cuadros para subastarlos y entregarle el dinero. A tal punto habría llegado la situación que, en una vez, sus tres hijas le dijeron que tenían hambre, él pintó comida en los platos y les dijo: Coman. A mediados de los 80, casi terminaba el siglo y la entonces poco conocida pintora Rosa Mena Velenzuela decidió seguir el consejo de su maestro, el pintor español Valero Lecha, y abrió su propia academia, pues había muerto su hermano, de quien dependía económicamente, y aún vendía poco. Manuel Umaña, alumno y amigo cercano de la artista, señala que pese a que sus cuadros se cotizaron poco después entre 8 mil y 10 mil colones, se mantenía más de sus clases que del volumen de ventas de sus cuadros. Los años la consagrarían como una de las figuras cimeras del arte pictórico nacional y su prestigio alcanzaría el ámbito internacional, pero vivió una vida “modesta”, sin lujos. En la actualidad, muchos artistas continúan enfrentando dificultades para sobrevivir del arte. Es difícil determinar cuántos artistas viven exclusivamente de su producción artística porque el registro “oficial” del número de personas que se dedican a las diferentes disciplinas artísticas en nuestro país apenas comienza a conformarse. Según los datos disponibles, al menos 481 personas mantienen una actividad constante en diversas disciplinas artísticas. El Faro consultó a 13 artistas de reconocida trayectoria en sus respectivas disciplinas y evidenció que, con pocas excepciones, la mayoría no puede vivir del arte en El Salvador.
Excepciones que confirman la regla Uno de los casos excepcionales es César Menéndez. Luego de graduarse del bachillerato de artes en el CENAR ganó una beca de estudios artísticos en Nueva York. A la fecha Menéndez es reconocido como uno de los artistas nacionales más importantes de la segunda mitad del siglo XX y ha formado parte de diversas exposiciones en el extranjero, a nivel individual y en colectivo. Sus cuadros, indica, se cotizan entre 50 y 60,000 dólares en el mercado internacional. Dice no llevar el recuento exacto de cuántos cuadros pinta o vende al mes o al año, pero el volumen de ingresos llevaron a Menéndez a crear su propia empresa: “César Menéndez Estudio Art”. “Cuando uno supera cierto nivel de ingresos tiene que declarar la renta”, explica. Menéndez considera que hay una serie de ideas que “les han metido” a los artistas salvadoreños que limitan su visión respecto a las posibilidades de vivir del arte, como la de que “entre más pobre y bohemio será más famoso”, o que si se preocupa por mover su obra a nivel comercial es un artista burgués, o que todo artista plástico debe dar clases, cuando no todos tienen el talento o la preparación. “El artista es un profesional como cualquier otro y si se mueve comercialmente, si el artista ve su trabajo como una pequeña empresa, o como una gran empresa, ¿por qué no va a tener dinero para vivir suficientemente bien, tranquilo y tener las cosas que otras personas tienen en otras profesiones?, ¿Por qué no?”, increpa el pintor. Los ingresos, reconoce sin embargo, son sustancialmente menores a nivel interno, y de no ser por las ventas en el extranjero las perspectivas del mercado local harían más difícil la subsistencia. Otro pintor, Roberto Galicia, ha combinado su vocación artística con puestos de administración cultural. Ex presidente de Concultura y ahora director del Museo de Arte Moderno de El Salvador (MARTE). Sin embargo, él pudo vivir una década completa de los ingresos obtenidos a través de la venta de sus pinturas. Recuerda esa época como su momento vital más importante: “En El Salvador dedicarse al arte es una tarea difícil, pero no imposible”, opina. Esa década de 1985 a 1995 fue una época de transición entre el período de guerra y la firma de los Acuerdos de Paz. También fue el momento de auge de las galerías y el consumo de obras de arte de extranjeros radicados en el país. Su obra se movió más en el mercado centroamericano que en el nacional. Dice que no lleva un registro exacto de cuántos cuadros pinta o vende al año, pero calcula que entre 6 y 12. Entre el 85 y 95 pudieron ser 60 al año, dice. Galicia divide a los artistas en profesionales de tiempo completo y los de “fin de semana”. Actualmente se ubica en el segundo grupo, pues señala que gran parte de su tiempo y labor creativa está enfocada en el desarrollo del museo. Sus ingresos por esta labor administrativa constituyen alrededor del 60% de sus ingresos totales. Armando Solís, “Pintor Distinguido” por la Asamblea Legislativa en 2004, vende entre 10 y 12 cuadros al año. Uno de los últimos que trabajó, “India bonita con cartuchos”, es clasificado en la categoría de “barato”. Tiene un costo de tres mil dólares. Solís explica que ese promedio de ventas de cuadros le permite costear sus gastos de subsistencia en el año: “Con 8 ó 10 cuadros ya tengo el año”, dice. Solís considera que es de los pocos que pueden vivir completamente de su arte, sin embargo, la mayor parte de sus ingresos –cuyo monto no quiso revelar- no lo obtiene de sus pinturas sino de las clases que imparte en su academia, en la que tiene 120 alumnos. Hasta hace poco, la demanda de tiempo le dejó apenas 3 horas diarias para dormir.
El pintor, quien también es escultor, grabador einvestigador, ha publicado varios libros (sobre todo biografías de artistas nacionales). Comparando los ingresos por su actividad literaria y los de la venta de sus pinturas, Solís plantea: “Se tiene que esperar mucho, como escritor, para conseguir con los derechos de autor lo que gano con un cuadro”. Tito Hasbún, pintor, escultor y diseñador, llegó a los caminos del arte a través del aprendizaje de oficios como la herrería y talabartería o la elaboración de artesanías. “Por un período casi sobreviví del arte”, dice Hasbún. Ese período duró tres años, entre 1993 y 1996, cuando regresó de México. Venía de trabajar esculturas en cuero que se vendieron como pan caliente. En esos años aún permanecía en el país el “mercado flotante” de diplomáticos o extranjeros con un nivel económico e interés en arte. Luego fue más difícil y Hasbún expuso en lugares alternativos a las galerías, como restaurantes y bares, bajó los precios y dio crédito. Recuerda que fue “algo que no agradeció en absoluto el resto de pintores”, pero para él, fue una manera de garantizar ingresos para seguir trabajando y para hacer accesible su obra a quienes querían tener un original pero no tenían cinco mil colones para comprarlo. “Me interesaba pagar las facturas del mes”, explica. Actualmente se dedica al diseño de interiores. Es el responsable del diseño del ambiente del Restaurante y Café “La Ventana”, así como el trabajo de muebles en madera fina. Es lo que se conoce como “ebanista artesano”, un oficio afinado durante una estadía en Canadá. Jorge Dalton, graduado en Cine en la Escuela de San Antonio de los Baños de La Habana, produjo cine en ese país pero vivó sobre todo de su trabajo en la televisión cubana. Cuenta con premios internacionales, pero optó por el video ante los exorbitantes costos de la producción cinematográfica. En El Salvador no vive de lo que crea. Los costos de sus producciones artísticas debe asumirlas de su bolsillo, o bien, aplicar a fondos de organismos internacionales. Mientras tanto, vive de actividades relacionadas con su productora “With a little help of my friends”, como la realización de videoclips o documentales por encargo, del alquiler de su equipo y asesorías o proyectos específicos con instituciones como el Ministerio de Educación. Dalton coordina además el Certamen Nacional de Video. “Es difícil hacer cine y video pero produzco mayor parte con financiamiento de fuera del país para no pasar las amarguras de otros que abandonaron la profesión o huyeron del país”, remata Dalton.
Letras de tiempo libre Ser escritor también es un oficio solitario, pero sus réditos no alcanzan el volumen por unidad del que gozan las obras pictóricas. Los creadores literarios también se ocupan, por necesidad económica o vital, en otras actividades paralelas. David Escobar Galindo es un prolífico escritor y reconocido intelectual y analista, quien tampoco vive de los derechos de autor de sus libros, muchos de los cuales ha autopublicado. “(Mis ingresos) No son tanto en plan de poeta sino del periodismo y como comentarista”, explica. Escobar Galindo también es rector de la Universidad Matías Delgado y administra plantaciones de café legadas por tradición familiar. No tiene, pues, necesidad de vivir de la literatura, pero tampoco cree que sea lo ideal. “Sería aburrido”, dice, pues le interesa nutrirse de la realidad y huir del exagerado ensimismamiento. Además entrevé otro riesgo: “Ser demasiado dependiente del mercado”. Sin embargo, David Escobar Galindo reconoce que hay algunas disciplinas que pueden demandar una dedicación absoluta más que otras, como la pintura, e incluso que hay diferencias dentro de la literatura: “Está más determinado por la naturaleza de la actividad. Hay géneros que necesitan más trabajo de taller, como la novela, que es más absorbente, se puede pasar seis meses sólo en eso, pero en la poesía siento que no”. “Vivo de la poesía, pero sobrevivo de dar clases”, declara el escritor Ricardo Lindo, un literato que tiene 16 libros publicados, dentro y fuera del país, siete de ellos con la editorial estatal (DPI). Sus obras incluyen todos los géneros literarios: poesía, narrativa (cuento y novela) y dramaturgia. Los ingresos por derechos de autor no son grandes, sin embargo cree que es uno de los pocos escritores que puede decir que ha pagado la prima de un apartamento con los derechos de autor de un libro. Su best seller fue “El arca de los olvidos”, volumen de la colección Biblioteca Básica Salvadoreña que tuvo un tiraje de doce mil ejemplares. Lindo señala que su labor como docente del Centro Nacional de Artes (CENAR) le deja un salario de 380 dólares (libres de descuentos) y que ese tipo de trabajo por horas a la semana le permite contar con tiempo para escribir. A no ser que surjan “extras”, como curadurías o revisiones de textos, a menudo, dice, termina el mes en “números rojos”. La escritora salvadoreña Jacinta Escudos, ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo con su novela “AB Sudario”, considera que la condición ideal de un artista es poder dedicarse por completo a su arte, pero reconoce que esto es difícil en El Salvador y en cualquier parte del mundo. “Mi opción ha sido intentar financiar mi escritura mediante becas, residencias para escritores, concursos literarios o ahorros personales, o en el peor de los casos, en intentar trabajar en cosas que me permitan medio día libre para invertir el resto en escribir. Esto me ha significado, a lo largo de toda mi vida, mucha inestabilidad económica, pero ha sido la única manera en que he logrado hacer tiempo para escribir”. Actualmente, Escudos reside en Costa Rica. Trabaja impartiendo talleres, como correctora de estilo para un par de instituciones y es colaboradora del suplemento cultural de La Nación “Áncora”. “El problema ha sido por el contrario, que he tenido tanto trabajo, que tengo que organizarme muy bien para tener tiempo de escritura, pero tengo la impresión que acá resulta más fácil alternar oficios relacionados con la literatura y tener tiempo para escribir”, indica la laureada escritora. “Yo subsisto haciendo de todo, tengo un estudio de grabaciones, que no es esencialmente hacer música, es grabarle a otros músicos”, dice Roberto Quezada, integrante del grupo Yolocamba Ita, quien no recibe suficientes ingresos por presentaciones y venta de discos para poder vivir de ello. “No creo que exista un músico que pueda subsistir con la música, desde la perspectiva de la dignidad”, agrega. El estudio de grabación tampoco es una fuente de ingresos estable: “Aquí graban muchos músicos, el problema es que no tienen para pagar las grabaciones. Es un círculo vicioso”, añade.
Quezada produce discos a grupos nacionales que apuestan por música original, y cobra desde cero centavos hasta tres mil dólares: “Mi interés no es comercial, ni siquiera subsistir, porque sé que no permite la subsistencia, me interesa que los jóvenes tengan las oportunidades que nosotros no tuvimos”. Es por ello que los ingresos de Quezada se complementan con actividades del grupo, conciertos pagados cuando los hay, diseño de documentos y revistas, o “lo que sea”. Desde su experiencia en la producción discográfica, Quezada señala que parte del círculo vicioso es que las radios salvadoreñas no apuestan por la música nacional. Entre la gama de personas que se dedican a la música en nuestro país (en géneros que van desde lo “clásico” hasta lo popular) hay una institución “privilegiada”, por estar subvencionada por el Estado: la Orquesta Sinfónica Nacional. Su director, graduado en Julliard School de Nueva York, German Cáceres, es uno de los pocos artistas en el país que puede afirmar que vive de la música. Sin embargo, dice Cáceres, “la mayoría de los músicos de la orquesta no viven exclusivamente del salario de la Orquesta Sinfónica Nacional, sino de la enseñanza y de grupos clásicos o populares, algunos tienen otras profesiones”. De hecho, en 2004, los músicos de la orquesta llegaron incluso hasta la Asamblea Legislativa a dar un concierto en una singular forma de solicitar aumentos salariales que no percibían desde ocho años atrás. El Informe del ministerio de Hacienda correspondiente al ejercicio de 2006 para el ministerio de Educación, en el rubro de Concultura, se lee que los salarios de alrededor de 58 miembros de la orquesta, oscilan entre 563.44 y 597.15 dólares al mes. El director y el concertino ganan más, aunque Cáceres no quiso revelar la cifra exacta. El informe del ministerio de Hacienda no contiene la categoría de “director”. “Hay dos modelos, uno que sigue la tradición europea de subvención estatal, que es la que sigue El Salvador, y la otra, la de Estados Unidos en que fundaciones o empresas privadas son las que financian”, indica Cáceres. Sin embargo, la diferencia con otros países en que funciona del modelo de subvención estatal es que se cuenta con programas específicos de apoyo financiero o becas para la producción artística, así como con centros de formación especializada en artes. Nuestro país carece de ambas. La directora nacional de artes de Concultura, Lovey Arguello, afirma que se siguen dando pasos para acreditar al Centro Nacional de Artes como un centro técnico de nivel medio para la enseñanza de las artes, aunque dice no estar informada “al detalle” del proceso. En cuanto a los programas de financiamiento directo, como becas, concursos o licitaciones, para proyectos de creación artística, la limitante es una y clara: “Falta presupuesto”.
“Es ideal que todos pudieran vivir del arte, pero no es fácil en ninguna parte del mundo”, dice Arguello, luego de lo cual agrega: “Nuestro papel es difundir, colaborar, apoyar, promover todo lo posible a los artistas con un presupuesto fijo”. Es por ello que la tendencia es apoyar una serie de temporadas que incluyen varios festivales y muestras artísticas al año, entre ellas el Festival Centroamericano de Teatro, el Festival Internacional de Teatro Infantil, la Muestra Nacional de Teatro, Caravana Nacional de Teatro, el Festival Internacional de Poesía, la Muestra Nacional de Danza Contemporánea y el Festival Internacional de Música Contemporánea. Fernando Umaña, director de teatro al frente de la compañía “Teatro Studio”, pese a participar en las diferentes iniciativas patrocinadas en parte por el gobierno y a las temporadas que se han abierto en salas privadas como el Teatro Poma o el auditorio de FEPADE, asegura que los ingresos no sólo son insuficientes sino inconstantes. Umaña hace números promedio de los últimos dos montajes de Teatro Studio: “El médico a palos” ha tenido 62 funciones desde su estreno en 2004, entre dos y tres funciones al mes, con un ingreso promedio de $35 para cada uno de los 7 actores, $70 al mes para cada uno. “Mirandolina” tuvo 64 funciones desde su estreno en 2003, entre una y dos funciones por mes con un ingreso de $25 para cada uno de los 5 actores. La Caravana Nacional de Teatro es el espacio en donde el contrato incluye mayor número de presentaciones, ocho, con un ingreso de 280 dólares en el mes que duran las presentaciones. “Hay meses que tenemos bastantes, hasta diez funciones, hay mes que tenemos cinco, hay mes que tenemos una y hay mes que no tenemos ninguna”, explica Fernando Umaña. Es por ello que los 6 actores de Teatro Studio también ejercen la actividad docente. Umaña, pese a su actividad como formador y director, obtiene la mayor parte de sus ingresos a través de Artteatro, una productora que gestiona fondos para distintos proyectos, entre los cuales destaca el Festival Centroamericano de Teatro, que en 2004 llegó a su décimo cuarta edición. También han trabajado proyectos para reinserción de jóvenes de alto riesgo (pandillas), charlas de apreciación artística para jóvenes de secundaria y asesorías para agencias internacionales en el campo de artes y políticas públicas en el ramo de cultura. Roberto Salomón, director teatral, vive del teatro. Pero Salomón vive seis meses al año en Suiza y el resto aquí, y reconoce que si viviese todo el tiempo aquí no podría vivir del teatro, aún y cuando cuenta con un salario como director de la Sala de Teatro Poma, una actividad administrativa: “Tengo un sueldo como director del teatro no como director teatral”. Para Salomón, el dedicarse a trabajos paralelos tiene repercusiones en la calidad de las obras: “A diferencia de un músico, en teatro no se trabaja solo, ni fuera de un escenario, por lo que la memoria corporal y el trabajo en conjunto es muy importante”, explica. “La sociedad nos hace pagar caro por tener el empleo más lindo del mundo. Si nos pagaran por hora de trabajo seríamos ricos”, agrega el director teatral, quien señala que esto es más notorio en el caso de la danza, por el tipo de entrenamiento físico que se exige para que un bailarín tenga el espectáculo a punto. La coreógrafa y bailarina Eunice Payés describe una situación similar en la danza. Muchos de los que se dedican al baile en nuestro país deben dividir su tiempo entre el estudio, el trabajo y los ensayos. La coreógrafa y bailarina se formó en ballet, danza contemporánea y folklórica en la Escuela Nacional de Danza, y luego hizo cursos de especialización en países como Cuba, México y Estados Unidos. Su rutina diaria incluye seis horas de clases en un colegio privado; la supervisión de actividades de danza extracurriculares de los alumnos del mismo centro de estudios (como festivales que ella debe coordinar); los ensayos con el grupo que dirige, “Fusiones”; y en épocas como esta las labores organizativas de la Muestra Nacional de Danza Contemporánea. “Uno se desgasta tanto en la sobrevivencia que cuando me quiero dedicar a lo mío, a lo que yo más amo, estoy cansada”, confiesa Payés.
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