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EL AGORAUn corrido muy mentado que se llama El Salvador
“Aplausos para las viejas”, pide uno de los animadores. Aplausos. La radio prometió regalar un sombrero a las primeras 5 mil personas que asistieran, pero los sombreros se agotaron y las personas siguieron llegando de todas partes del país a la gran fiesta nacional norteña. ¡Ay, ay, ay, ay, ay! El rodeo abre con la música de Israel Aguilar y su grupo La Fórmula Norteña, uno de los principales intérpretes de corridos nacionales. Una de sus piezas más conocidas es la dedicada al ex director de la Policía Nacional Civil, Ricardo Meneses, quien hoy ha venido al rodeo. “Me gustan los corridos porque muchos de ellos son historias de los pueblos, cuentan las vivencias de un hombre enamorado, un hombre que engañó a la mujer y le pide perdón, historia del triunfo de un pueblo”, dice Menesses. “Es una honra para mi que un grupo nacional se fije en mi persona, el corrido me lo hicieron cuando yo era funcionario, y pienso que lo hicieron por mi trabajo en la policía y el acercamiento a la comunidad”. Los corridos se han integrado a la cultura salvadoreña con una intensidad sin precedentes en la última década. Son ya tradicionales en las fiestas patronales y en las radios locales, y se han convertido en vehículo de expresión y de identificación de los millones de salvadoreños que han hecho el largo camino al norte, o que tienen parientes allá. Una forma de vida que se disipa en San Salvador, pero que cobra presencia a medida que uno camina hacia el norte o el oriente del país. Hace pocos meses, Chalatenango celebró su primer concierto a gran escala de la historia. No fue Luis Miguel, ni Ricky Martin. Sino los Tigres del Norte, que eligieron esa plaza para el único concierto fuera de San Salvador. Lleno total. Tres veces mojado
Cardoza es uno de los millones de migrantes salvadoreños que se sienten retratados en el corrido “Tres veces mojado” de los Tigres del Norte. “Ese es mi corrido preferido porque yo fui tres veces mojado” dice Reynaldo Cardoza con el rostro empapado de sudor, minutos después de su presentación en el rodeo. “Cuando me vine de mi tierra El Salvador/ con intención de llegar a Estados Unidos/ sabía que necesitaría más que valor / sabía que a lo mejor quedaba en el camino”. Con un acento pintado de mexicano, Cardoza recuerda que quiso emprender el viaje a Estados Unidos desde que, siendo niño, montaba a pelo su caballo en el cantón Ocotal, de Dulce Nombre de María, Chalatenango.
Poco después de cumplir 10 años de edad emprendió el camino. “Viajé con un grupo de personas y un pollero que nos iba guiando, me acuerdo que en el trayecto de México íbamos en un camión grandote que tenía una lona como techo y en medio le habían puesto tablas para hacerlo de dos pisos. Éramos más de 100 personas. Algunas iban arriba y otras abajo. Yo como estaba cipote me ponían a la orilla de la puerta o en algún lugar donde no me fuera asfixiar y me acuerdo que la gente de arriba se orinaba y nos caía a los de abajo. Era algo bien feo”. Cruzó las tres fronteras como indocumentado. La última, pasando por Agua Prieta, Sonora, y de ahí a Nueva York. “Tuve como 15 patrones en un mes, entre ellos unos italianos que me mandaron a la escuela porque decían que yo no podía trabajar. Esa primera vez estuve dos años”. El segundo viaje de mojado lo hizo a los 14 años y una vez más regresó al país. Su tercer intento lo hizo a los 18 años de edad, esta vez acompañado de su esposa. “Nos deportaron de Piedras Negras, Coahuila. Nos mandaron de vuelta hasta la frontera de Guatemala y de allí nos regresamos, tardamos tres meses en llegar a Estados Unidos, pero lo logramos”. Reynaldo vivió 8 años en Estados Unidos, en Long Island, Nueva York. Lavó baños, trabajó en un restaurante de comida rápida, en una compañía de bananas y, en su mejor momento, llegó a ser el jefe de 40 empleados en una compañía de “roofing”, dice. “En ese tiempo aprendí a hablar inglés callejero, Spanglish, nunca tuve residencia y manejaba camiones sin licencia”. Cardoza, al igual que tres cuartos de la población salvadoreña que vive como migrante en Estados Unidos, han creado una nueva forma de salvadoreñidad. La música que escuchan, la ropa que usan, el acento mexicano, el baile y el corrido como recurso para sus historias, forman parte de los cambios. Los que son y los que fueron migrantes transforman cotidianamente la vida cultural del país. Su necesidad de “tirar puentes” para afianzar nuevas raíces se demuestra en la familiaridad con la que se asume y se integra, la música y la fiesta norteña como propia. La investigación sobre corridos de migrantes realizada por la comunicadora salvadoreña Amparo Marroquín, que forma parte del Informe de Desarrollo Humano 2005 del PNUD, plantea que El Salvador cambia debido a la migración. “Este cambio alcanza la música, ancla de la identidad que a ratos se levanta pero que vuelve a buscar tierra. La música es un espacio donde el salvadoreño ha encontrado palabras para contar su historia, y un género muy especial para ello viene de la tradición del corrido mexicano”. Para esta comunicadora las personas identifican dos grandes funciones del corrido: la primera es visibilizar, el corrido narra las verdaderas razones para irse y cuenta lo que han pasado nuestros seres queridos; alienta y da ánimo al migrante; y la segunda es moralizar, advierte sobre los peligros que se enfrentarán y establece una negociación en los papeles de los buenos y los malos. “Los corridos de migrantes me parecen sumamente importantes”, dice Meneses, “porque esa es nuestra gente, la representación de nuestro pueblo y el esfuerzo de todos los salvadoreños. Cuando yo visité Nueva York llevé unos vídeos sobre unos jaripeos y la gente lloraba viendo el pueblo, la diversión con los toros y los caballos pero muchos de ellos no pueden venir, muchos han pasado 20 años sin poder abrazar a su familia, a sus hijos o a su esposa y cuando tienen la posibilidad de escuchar esta música o ver vídeos del país les llena el corazón”. Marroquín afirma que los corridos son una narración que nos lleva a un re-corrido de la realidad que viven los migrantes: la partida -cuando salí de mi tierra / la identidad local, resaltan el conflicto de identidad por ejemplo del centroamericano que muchas veces se hará pasar por mexicano-, las distintas fronteras -pasar, no pasar, la migra-, la estadía ilegal y legal -los problemas con los hijos, los problemas con el trabajo, el conseguir empleo, el enviar remesas-, el retorno -¿el sueño mexicano-centroamericano?-. “lo que sufrí lo he recuperado
con creces/ a los mojados les dedico mi canción/ y a los que igual
que yo son mojados tres veces”.
Reynaldo ya no monta más su caballo de infancia a pelo para arriar el ganado. Ahora tiene a Capuchino y a Mariscal, caballos de alta escuela, el primero valorado en 17 mil dólares y el segundo en 14 mil dólares, además de sus dos caballos de velocidad que pone a correr en apuestas. Como parte de su nuevo patrimonio es propietario de un terreno de 8 manzanas, en el cual ha construido su “Palacio Latino”, un parque acuático valorado en 430 mil dólares, donde los visitantes tienen asegurada la música norteña. “Es un buen patrimonio irse a Estados Unidos. Si no hubiese ningún salvadoreño en Estados Unidos, yo creo que fuéramos un país de tanta pobreza. El Salvador se mantiene de todas las remesas que la gente manda. En el cantón Ocotal donde nací, la gente no trabaja, allí la gente está esperando que le manden su 100 dólares, sus 150 dólares mensualmente. Sin remesas El Salvador sería otro país” concluye. “Ya llegué de donde andaba” El estudio de Marroquín, el único conocido sobre la curiosa transculturización de los corridos en El Salvador, no identifica compositores ni producción musical nacionales. Pero los hay. Vicente Parada es un migrante, trovador, fabricante de instrumentos musicales propios de la música norteña como el bajosexto y compositor del corrido “El Emigrante”, el cual fue grabado por el grupo musical la Fórmula Norteña. “Yo quería que mi corrido tuviera una gran fuerza de persuasión para que nadie más se fuera, no vale la pena”, dice Parada. Cuando regresó a El Salvador, sólo traía 60 dólares en su bolsa y la determinación de escribir corridos en su cabeza. Su historia explica una de las formas en que los corridos llegan para quedarse en el país. “Para mí escribir corridos es un desahogo, ahora estoy escribiendo uno sobre la nostalgia que siento por la ausencia de mis hijos que viven en Boston y ellos me mandan los corridos que escuchan allá”. El estudio de Marroquín explica que el corrido sobre migrantes que se escucha en Estados Unidos y México llega a nuestro país de mano en mano y en muchos casos es traído por los mismos migrantes o los famosos “coyotes” que popularizan esta música a través de múltiples redes de distribución. Marroquín constató que “en una primera aproximación, dieciocho radios mantienen una programación constante del corrido y el narcocorrido, suena sobre todo en la madrugada aunque en varios espacios la audiencia los pide a lo largo del día. Programas como “Buenos Días Campesino” y “Las prohibidas de la chévere”, mantienen atentas sus audiencias desde las cuatro de la mañana. Este discurso, que los empresarios de la radio declaran que se dirige para el consumo de la cultura popular, ejerce una influencia fuerte”. Uno de los grupos musicales salvadoreños más escuchados en las radios locales y en las de Estados Unidos es Tex Bronco. Mario Erazo lo fundó hace ocho años y no precisamente porque le gustara la música norteña, lo que apreciaba de ese género era la letra de sus canciones. Después de su muerte, su hijo, Jacobo Erazo, asumió la dirección del grupo y comenta que su padre empezó a escribir corridos sobre migrantes durante los años 90. “La visa” es uno de ellos. El estudio de Marroquín agrega que los corridos tratan temáticas muy diversas. “El tema de lo verdadero, lo extraordinario y al mismo tiempo lo clandestino son quizás los que destacan siempre presentes. Estos elementos muy propios de la cultura popular oral, se vislumbran en un tejido donde lo prohibido se mezcla con la moraleja, con el doble sentido y la burla; y donde aparece una exaltación de personajes que la historia oficial no recoge”. Tex Bronco se ha dedicado a componer corridos a personalidades públicas y anónimas. “Si una persona quiere un corrido nosotros se lo podemos hacer, sólo tiene que traernos la letra o una historia importante de su vida, cada quien decide si es de amor, de desamor, de sus años en prisión, de migración o cualquier tema. Normalmente los corridos por encargo son de ganaderos o agricultores con mucho dinero. Si el protagonista del corrido nos consigue unas dos tocadas (contratos) la grabación del corrido le puede costar 300 dólares pero si solo es el corrido entonces cuesta 500 dólares”. Dentro del repertorio de corridos personales que ha compuesto el grupo está el que dedicaron especialmente a Reynaldo Cardoza. María Antonia Rodríguez, vive en Boston desde hace 16 años, se dedica a limpiar casas y ha contratado a Tex Bronco para que amenicen su boda el próximo 8 de julio, en la Reina, Chalatenango. “Aquí en Boston yo siempre escucho un programa que se llama Ritmo Guanaco en la radio 1600 y allí escuché la música norteña de este grupo salvadoreño y me gustaron mucho sus canciones, por eso quiero que estén en mi fiesta”, dice. A nivel nacional Tex Bronco encuentra la mayor parte de su público en San Miguel, La Unión y Chalatenango. Los dos primeros departamentos coinciden con la localización que realizó el Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de los principales municipios en recepción de remesas. El jefe de jefes Elisandro Rivera, alcalde de Dulce Nombre de María, Chalatenango, establece una relación directa entre migración y la integración de los corridos y rodeos a la cultura salvadoreña. “La preferencia por los corridos tomó fuerza en el municipio durante los años 90, la migración se incrementó. Los corridos llegaron porque la gente que vive en Estados Unidos envía la música a sus familiares y por las radios locales. Actualmente, el municipio tiene una población total de 5,800 habitantes y el 95% recibe remesas, no hay una familia que no tenga un pariente en Estados Unidos. En los nueve cantones los jóvenes sólo piensan en irse a Estados Unidos, no trabajan, se ha perdido el entusiasmo de trabajar debido a esas remesas. Yo lo veo preocupante para el municipio porque el día que esas remesas se pierdan, esta gente que no ha crecido con ese entusiasmo de trabajo ¿qué va a pasar de ellos?” dijo el alcalde. En este contexto, el alcalde se aventuró a explicar el éxito que tuvieron recientemente los “Tigres del Norte” en el estadio de Chalatenango. “Ahora en Dulce Nombre de María en cada fiesta que se hace de cualquier índole, la gente pide bailar la quebradita y disfruta del espectáculo del jaripeo o de un rodeo”. El Informe sobre Desarrollo Humano 2005 del PNUD señala que “ya es tiempo de asumir la diversidad cultural en el sentido de comunidad y pertenencia al nuevo país que las migraciones han ayudado a configurar… el estrechamiento de los vínculos culturales entre todas las porciones de la salvadoreñidad, dentro y fuera del país es un asunto esencial para el futuro de El Salvador”. El corrido preferido de Elisandro Rivera es “El jefe de jefes” de los Tigres del Norte. “Soy el jefe de jefe señores/ me respetan a todos niveles y mi nombre/ y mi fotografía jamás van a ver en papeles/ porque a mi el periodista me quiere y si no mi amistad se la pierde”. “Me identifico con ese corrido porque crecí oyéndolos y por el esfuerzo que le he puesto a la vida en trabajar. Me puse la meta un día de ser alcalde y hoy soy alcalde. Por eso me gusta esa canción” confiesa el alcalde. Pero la reina de los corridos, para la mayoría de los emgirantes salvadoreños, sigue siendo Tres veces mojado. “Cuando me vine de mi tierra El Salvador/ con intención de llegar a Estados Unidos/ sabía que necesitaría más que valor/ sabía que a lo mejor quedaba en el camino”. Rosita Alvírez volvió En el intermedio del rodeo de Guazapa aparecen los bufones. “Año de 1900 muy presente tengo yo/ en un barrio de Saltillo Rosita Alvírez murió/ Rosita Alvírez murió”. Traída de ultratumba, Rosita Alvírez salta al rodeo con su vestido de flores, pelo largo y rubio, dispuesta a enfrentar los toros más bravíos del rodeo. La acompaña el “Llanero”, su ayudante. “Mamá no tengo la culpa que a mí me gusten los bailes/ Que a mí me gusten los bailes”. Después de haber despistado el enojo de unos cuantos toros, a Rosita Alvírez le llegó el momento de hacer “El salto de la muerte”. Se para con determinación frente al toro llamado Farolito, lo mira fijamente a los ojos por unos segundos, bajo la lluvia de aplausos, hasta que Rosita salta dando una vuelta en el aire sobre Farolito y cae al piso de tierra sin ninguna protección. Los aplausos aumentan y el peso del cuerpo de Rosita levanta polvo del escenario. El “Llanero” se acerca para levantarla y la identidad de Rosita queda al descubierto cuando su peluca rubia cae de su cabeza. El público, muerto en risas, no deja de aplaudir al hombre que le dio vida a Rosita Alvírez sólo para que viniera a torear en Guazapa. Vuelve a sonar el acordeón, y la gente corea más corridos. ¡Aaaajúa! Esto es El Salvador.
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