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Entrevista con Alicia Cabrales de Wahn, propietaria de la Librería Cultural Salvadoreña:


“Cuando los libros se vendían como frutas”

Una lupa con lamparita es el más reciente recurso que ha llegado a las manos de Alicia Cabrales de Wahn manos para auxiliarle en una de las pasiones de su vida: la lectura. A los 91 años y con una lucidez extraordinaria, quien fuera propietaria de la librería más grande de El Salvador durante casi 40 años –la “Cultural Salvadoreña”- no la tiene fácil, ya que la vista ha mermado al punto de no acceder más que a los titulares de los periódicos.
A propósito de una semana dedicada a la lectura publicamos esta conversación en la que doña Alicia comparte pasajes inéditos de la fundación de este oasis cultural que congregó a inquietos jóvenes intelectuales, promesas de una época donde el amor por los libros y la tertulia desenfadada fueron protagonistas.


Carmen Molina Tamacas

cartas@elfaro.net
Publicada el 01 de mayo - El Faro

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Alicia Cabrales de Wahn (1914)
Cada mediodía, sin falta, una señora menuda, con el cabello completamente blanco, sacude un huacal lleno de maicillo. Ante el anuncio del almuerzo acuden puntuales decenas de palomitas al amplio patio de esta casa ubicada en el barrio San Jacinto.

Acompañada de su inseparable perro “Troll”, Alicia Cabrales de Wahn resuelve las labores cotidianas, repasa los periódicos y pasa muy pendiente de los telenoticiarios lo que permite formular críticas acerca de la pobreza, los vaivenes políticos, la crisis de valores en la juventud salvadoreña...

“El gran problema de este país es la sobrepoblación”, dice.

“Donde no hay hambre no entra el comunismo”, exclama al rechazar la propuesta de la izquierda política de replantear el modelo económico local. En carne propia, ella vivió la carestía durante la ocupación rusa en la Alemania de posguerra mundial, lugar de donde escapó hace medio siglo con su esposo y tres hijos.

En noviembre cumplirá 92 años y sólo reniega de tres achaques naturales de la vejez: la pérdida paulatina de la visión, olvidos y la artritis. No perdona la escasez de medicinas en el Seguro Social y que la actual alcaldía haya doblado la tarifa de los impuestos. Pero le duele la soledad.

Es oriunda de Santiago de María. La que fuera una jovencita rebelde que fumaba, corría a caballo y hasta devolvió el anillo de compromiso a un cadete que décadas más tarde sería presidente de la República (Óscar Osorio), colaboró en la campaña política del general Maximiliano Hernández Martínez y conoció en vida al banquetero a quien la leyenda urbana le atribuye orígenes nobles austro-húngaros: Justo Armas.

En Guatemala y con 18 años, se casó con Kurt Wahn Babe, inmigrante alemán y librero profesional con quien haría su vida entera.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la familia Wahn-Cabrales ocupó un puesto entre los civiles que fueron expulsados de América; en 1940, catalogados como prisioneros civiles, fueron despojados de sus pertenencias y llevados a un campamento estadounidense (Crystal City) donde fueron confinados junto con seis mil alemanes y japoneses.

El gobierno de ese país les dio dos opciones: trabajar en las fábricas de municiones o ser canjeados como prisioneros y deportados a Alemania, a razón de cinco alemanes por un estadounidense. Ellos decidieron irse.

Prisioneros de una guerra ajena
Bombardeos, hambre y calamidades. Capitulación y miseria. El matrimonio y tres hijos –Otto, Walter y Luis Fernando- huyó de Salztbedel, ocupada por los rusos, hasta la zona controlada por el ejército británico. En Francia abordaron el barco “Marsella” que los llevó a Brasil, donde nació su cuarto hijo, Roberto. Allí permanecieron tres años hasta que el avión contratado para llevar a un grupo de estudiantes guatemaltecos les hizo el favor de devolverlos a Centroamérica.

Portada del libro “Prisioneros de una guerra ajena” (Clásicos Roxsil 2000)
En El Salvador -10 años después de ser expulsados y de cargar con el estigma de ser alemanes- con cuatro hijos y una vida por delante, el señor Wahn consiguió trabajo como auditor en la casa Sol Mollet; pero la pasión por los libros lo llevó a contactar editoriales internacionales y a fundar la más grande librería de El Salvador y una de las más importantes de Centroamérica: la “Cultural Salvadoreña”.

El negocio que comenzó en una habitación vecina al “Cafecito España”, en la Sexta Avenida Norte del centro de San Salvador se convirtió poco a poco en un oasis para muchas personas, en especial para mentes inquietas que compraban libros –los de la editorial Sopena valían un colón- que más tarde llegarían a conformar una generación de intelectuales y escritores que daría muchos títulos destacados, ahora, en la literatura latinoamericana.

Orlando Fresedo, Roberto Armijo, David Escobar Galindo, Álvaro Menen Desleal, Tomás Fidias Jiménez... Matías Romero, Pedro Geoffroy Rivas, Antonia Portillo de Galindo, Hugo Lindo, Miguel Ángel Gallardo, Roque Dalton y Oscar Osorio... entre muchas otras personalidades de entonces escudriñaban las estanterías y compartían con los esposos Wahn en tertulias que aún no caen en el olvido. Más de alguno, como el mismo Dalton, regalaron manuscritos de poemas, que ahora se conservan entre decenas de papeles y fotografías.

A los 85 años, doña Alicia -viuda, madre, abuela y bisabuela- escribió sus memorias “Prisioneros de una guerra ajena”. Tocó puertas de innumerables instituciones (algunos ni la escucharon) hasta que la embajada de Alemania patrocinó la publicación bajo el sello de Clásicos Roxsil. Seis años después accedió a profundizar en algunos de los pasajes inéditos de su intensa y larga vida:

Han pasado ocho años desde que escribió sus memorias y seis desde que fueron publicadas. ¿Qué la motivó a contar su vida?
Vino una vez a visitarme el doctor Danilo Velado, a quien conozco desde hace mucho tiempo porque fue uno de los primeros colaboradores de la librería y me sugirió que las escribiera. ‘¿Cree que vale la pena?’, le pregunté. ‘Claro’, me dijo, ‘es parte de la historia de El Salvador y de Alemania’. Comenzamos a grabar algunos casetes, arreglándolos y reuniéndolos y así fue.

¿Cómo recibió su familia el libro?
Fue una sorpresa porque no sabían que estaba recopilando todas esas memorias y no solo para mi familia sino que para mi patria, El Salvador, y parte para Alemania, la patria de mi esposo.

Usted omitió pasajes que le causaban mucho dolor. Seis años después de haber publicado ¿podría cambiar de opinión y contar algunos de ellos?
Hay muchas cosas qué contar que no están en el libro. La ocupación de las tropas rusas que fue muy cruenta, muy cruel, muy sangrienta de lo cual yo me di cuenta; el momento en que estuvieron las tropas alemanas peleando con las tropas rusas, fueron de mucha tensión, una cosa terrible. En ese entonces vivíamos en Wolfen, de mucha industria, allí había un brazo de la Bayer que hacía muchas cosas, película, telas sintéticas, se inventaron los detergentes que no se conocían e infinidad de cosas, jabones, que no se hacían en esa época de la guerra porque no había materia prima. Estamos hablando del término de la guerra, 1944.

¿Cómo sobrevivieron en esa época?
Mi esposo tuvo un empleo en la Bayer. Ganaba un sueldo muy bueno, pero no se podía comprar nada porque no había nada, sobrevivíamos con lo que daba el Estado, que eran unos tiquetes por gramos y los niños en esa época de 10 años a 14 tenían más marcas de carne, más comestible; así pues las edades de los niños pues iban haciendo más y más.
A mi me tocó estar embarazada en Alemania y por eso tenía una tarjeta especial, no hacíamos cola y nos daban más gramos de alimentos y los niños hasta la edad de siete años tenían leche completa, los otros ya tenían leche descremada. En esa época, entre más hijos se tuvieran se vivía mejor, porque aumentaba el porcentaje de gramos en la comida. Había una disposición en Alemania que si una mujer tenía 12 hijos vivos era condecorada con una cruz de brillantes por el señor Fhürer y tenía muchas cosas gratis que no tenían las personas comunes.

Si pudiera resumir en una frase, ¿qué significa para usted la Segunda Guerra Mundial?
En una sola frase sería muy corto porque hay mucho dolor, mucha desgracia, mucho sufrimiento... (suspende el relato y llora) hay cosas que no quisiera recordar... todavía (...) Toda la vida pensé en sobrevivir, con mis hijos. Mi moral nunca se quebrantó, nunca. Fui una mujer muy fuerte y sufrí muchas cosas terribles que no están en el libro... precisamente por eso.

Con esa pasión por los libros, ¿cómo hicieron durante la guerra?
Cuando nos fuimos a Estados Unidos como prisioneros de guerra, quedó a medio hacer un diccionario que mi esposo estaba preparando. Todo eso se perdió, al grado que no nos dejaban tener ni siquiera lámpara de mano porque eso podría servir de señales para los aviones, ja ja ja ja...
No había nada qué leer. En el campamento, Kurt se fue de pedrero, con todos los intelectuales. Yo trabajaba en las máquinas de hacer ropa. No porque nos lo impusieran, sino porque queríamos estar ocupados trabajando.


(Al regresar a América, 10 años después de haber salido como prisioneros civiles con menos de 100 libras de equipaje cada uno, la familia Wahn-Cabrales tuvo que comenzar de cero. Con tres hijos adolescentes y un infante, no había tiempo qué perder. El señor Wahn entabló pláticas con editoriales internacionales. Ese fue el inicio de la librería)


Por ser librero profesional, ¿el sueño de su esposo era tener una librería?
Sí, siempre fue su sueño, porque en Guatemala también trabajó primero en el campo después en la librería y así fue como se conectó con muchas editoriales, que lo recordaban con aprecio y con cariño. Aquí en El Salvador, comenzó a conectarse con editoriales, ofreció sus servicios, así fue como comenzaron a mandarle agentes viajeros y sentar ya la librería en forma.

¿Cómo era el mercado editorial hace medio siglo?
Era muy poco. Libreriítas muy pequeñas, la librería Ercilla, la librería Moderna, había la librería Universal, otra librería de un señor Domínguez y así pues comenzamos nosotros con la librería llamada Universitaria. Nos mandaron propaganda y me iba a los hospitales muy temprano después de despachar a los niños al colegio, a dejar a los señores médicos propagandas de los libros de medicina. Me tocaba viajar mucho dentro del territorio nacional... atendía desde San Miguel, Santa Rosa de Lima, atendía a los profesores, llevaba y traía pedidos y cobraba. Era muy bien recibida en todas partes... aunque al cobrador nunca se le recibe bien, ja ja ja ja... Era maravilloso cómo quisiera volver a ese tiempo con ese trabajo que se hizo con tanto amor y cariño y que me gustaba.

¿Cuáles fueron los primeros libros con los que fundaron la librería? ¿cuánto costaban?
Comenzamos con libros de Medicina, Derecho y Dentistería, y después fuimos ampliando poco a poco. Estos libros venían de España, de Argentina, Chile... En esa época eran baratos. Eran especializados... (se levanta de su silla y se dirige a una cómoda que domina la sala. Saca un libro de cirugía experimental, empastado en piel en cuya solapa está el precio: 25 colones)

¿Empezaron directamente en un local?
No hubo inauguración porque era una librería que cabía en un cuarto al lado de la calle, con unos cuantos anaqueles, muy pequeña. Así comenzamos y los mismos clientes nos fueron exigiendo, llegaba mucha gente, teníamos abierto hasta las 8:00 de la noche para dar pues lugar a que llegaran las personas que no podían llegar durante el día y ellos nos hicieron crecer y nos trasladamos al edificio Veiga, allí creció la librería y después nos pasamos donde estuvo Veciana. Allí fue el auge de la librería, muy grande, con parqueo propio y un gran rótulo luminoso.

Su esposo era librero profesional y sabía el teje y el maneje del negocio. ¿Cómo hizo para ayudarle?
Mi trabajo era con la propaganda, después me fui a Cojutepeque donde podía ir y regresar, me iba a San Vicente, a los hospitales, al principio en bus, porque no teníamos vehículo, hacíamos en un mimeógrafo las listas de los libros y yo le ayudaba, yo repartía, desempacaba, marcaba, él hacía los pedidos. Teníamos muchas revistas americanas, francesas, alemanas, italianas, el ABC de España...

Los salvadoreños se caracterizan, en general, por no ser amantes de la lectura ¿antes era diferente?
Antes se leía más que hoy. Ahora tenemos la televisión y eso no deja a los niños; antes teníamos libros de tela para los niños que todavía no caminaban, ahora no hay, se consiguen sólo en Europa, (la Cultural Salvadoreña) era una librería muy grande y muy surtida. Luego teníamos libros muy surtidos para todas las edades, llegaban muchos jóvenes estudiantes y universitarios que se interesaban mucho por la lectura, creo que también fue como un oasis la librería para esta gente. Se leía más antes, porque no había televisión, había interés del gobierno de estimular la lectura con las bibliotecas ambulantes que iban por todo el país.

¿Cómo fue posible llevar un negocio de tal magnitud?
Mi esposo y yo lo manejamos muy bien, con mi hijo Otto que fue tres veces a España a estudiar cursos sobre manejo de librerías y él manejaba su parte que le correspondía. Fue el brazo derecho de mi esposo.

En la época de auge de la librería, cómo hacía para realizar sus tareas de madre, esposa y trabajadora del negocio? Era difícil ja ja ja ja ja... pero se logró organizándose, y saber dividir el tiempo.

Cuénteme cómo era un día típico…
Cuando el auge de la librería mis hijos habían crecido, estamos hablando del año 57 y 58 que fue la muerte de mi hijo Luis Fernando. Y de allí hasta que la librería se cerró (1991) ya los muchachos habían salido del colegio. Otto era el brazo derecho de Kurt. ¿Cómo era un día típico?, pues despachaba a Kurt bien temprano a la librería, porque a las 8:00 teníamos que estar marcando el reloj, para dar el ejemplo; me quedaba un poco retrasada para organizar lo de mi casa, disponer lo que se iba a hacer, tenía dos sirvientas y de allí me iba a la librería. Allí tomaba un puesto en la caja de 5:00 de la tarde a 7:00 de la noche. A esas horas era la que más se vendía... y las señoras que tenían ventas alrededor del parque... se vendían como venden ahora fruta, se vendían en esa época los libros, porque tuvimos la suerte que cuando era Hugo Lindo ministro de Educación, yo le llevé los libros de texto y él los aprobó como La tierra y sus recursos, la Aritmética y Álgebra de Baldor, la Ciencia rey, el libro de lectura Aguayo, del uno al quinto eran los libros que se ocuparon en todo el territorio salvadoreño.

Eso fue posible gracias a su alianza con la editorial cubana...
Que después cuando fue la Revolución y entró el señor (Fidel) Castro, ya no fue posible seguir trabajando con ellos. Entonces los libros venían de España.

Aparte de los libros de texto famosos con los que muchos aprendieron a leer, ¿recuerda los que haya sido distribuidos únicamente por ustedes? Teníamos la distribución de los libros infantiles y luego novelas y los de papel cebolla de la editorial Aguilar, miremos lo que valían en esa época... tres colones. Un libro empastado en piel de lujo... tres colones. Se podía rebajar hasta 2.75 de colón (ahora eso equivale a unos 30 centavos de dólar).

Usted leía un montón...
Leía constantemente. Me quedaba a las 2:00 ó 3:00 de la mañana leyendo porque tenía que saber, como esposa de un librero y como vendedora de libros su contenido para poder ofrecerlos.

El trato es diferente ahora...
A veces la gente no sabe lo que está vendiendo. Uno tiene que leer por lo menos la solapa del libro para ver la síntesis, aunque sea un poquitito.

(Doña Alicia recuerda con especial devoción una trilogía de libros basada en el motín que tuvo lugar en 1789 en los Mares del Sur, cuando la tripulación del buque británico Bounty se rebeló contra el tiránico y cruel capitán Bligh. El motín será liderado por el primer oficial Chistian que tomará partido por la tripulación, abandonado al capitán en un bote y partiendo los amotinados en busca de refugio en la isla de Pitcairn. Ahora, en su mesa de noche de doña Alicia no faltan los periódicos del día y de ven en cuando figuran libros de Isabel Allende, publicaciones religiosas y recetas de cocina. No faltan recortes con noticias del mundo de la cultura europea y salvadoreña y del Seguro Social)

¿Cuáles eran los libros que más le gustaban?
Me gustó toda clase de lectura. Porque todo es bueno, no hay libro malo, allí depende del criterio de cada persona. Me devoraba los libros, leía todo lo que llegaba. Es natural, el cerebro ya no puede con todo... ja ja ja ja ajaja

Por negocios ustedes tuvieron que hacer muchos viajes...
Sí, España, Cuba pero especialmente México, porque ganábamos las licitaciones, no eran ningún favor que nos hacían sino que ganábamos las licitaciones, libros de texto y algunas veces libros que el gobierno quería regalar a algunas instituciones... En esa época había algo muy interesante que eran las bibliotecas ambulantes, en el tiempo del coronel (Oscar) Osorio y nosotros surtíamos todo eso. Los agentes viajeros venían muy seguido, se hacían grandes pedidos, de tal manera que Kurt se excedió, a mi juicio, porque también había mucho alfabetismo en esa época. Sí se leía más y recuerdo que los padres inducían más a los hijos a la lectura, porque llegaban con ellos a comprar sus libros…

Los libros que más se vendían...
“Mi madrina”, “Andanzas y malandanzas” de (Alberto) Rivas Bonilla), “Platero y yo”, literatura universal y muchos libritos preciosos... “El coronel no tiene quién le escriba”... La sección de revistas era muy buena porque teníamos un vehículo especial para repartirlas. Venían antes de (Fidel) Castro, las de Cuba, habían otras en alemán, inglés, francés, españolas, de moda –figurines. No era de que se ponía en el estante y si se vendía bueno y si no… no. Manejé un tiempo la venta en las tiendas, porque en aquella época no había supermercados pero sí tiendas grandes. Llevaba los exhibidores redondeles y las cambiaba cada 15 días.

¿Quiénes eran asiduos clientes de la librería?
(David) Escobar Galindo iba cada dos o tres días por un libro; en esa época los de la editorial Sopena valían un colón y era uno de los clientes que yo no atendía, porque conocía la librería mejor que yo y se atendía solo; (José) Salazar Retana, Roberto Armijo, Roque Dalton, Manlio Argueta, Eugenio Martínez Orantes, Fidias Jiménez, Matías Romero, Rafael Góchez Sosa, Álvaro Ménen Desleal, Pedro Geoffroy Rivas... Los autores salvadoreños dejaban sus libros, negociaban con Kurt y se interesaba mucho en que se vendieran, porque primero lo de la casa, dicen, ¿verdad? Éramos muy visitados por toda esa juventud de esa época, inquieta en todo sentido porque nos daba mucho gusto atenderlos. Muchas personas a los que uno se pone triste porque algunos ya se han ido de donde no se regresa. Y otros que por nuestra edad no podemos comunicarnos.

El coronel Oscar Osorio era otro de ellos...
También. Se iba con el doctor Albergue que fue designado a la presidencia. Entonces se quedaban hasta altas horas de la noche, se quitaban el saco y él sabía mejor que Kurt qué es lo que había. Era uno de los escudriñadores de libros que sacaba cantidades, cinco mil, seis mil colones que era como decir ahora dólares y decía “mañana mando por esto”, así que nosotros le hacíamos regalos libros de arte... También doña Antonia Portillo de Galindo, que en ese entonces era ministra de Educación, Kurt la atendía personalmente, era una persona maravillosa... Roque Dalton, él sabía lo que quería y yo no lo atendía, como a Escobar Galindo él iba directamente a lo que quería, pero sí platicábamos mucho, me regaló una poesía, un hombre muy agradable y simpático, es una pena haberlo perdido, tan joven...

(Entre sus anécdotas recuerda que “los señores ricos de Santa Ana” les compraban las colecciones de los libros de la editorial Aguilar: siendo libros de papel cebolla, ella cree que no los deben haber leído todos sino que servían como adorno)

Usted menciona a don Miguel Ángel Gallardo (fundador de la Biblioteca Gallardo de Santa Tecla) como un cliente muy especial...
Él hacía pedidos especiales de obras literarias que eran una joya. Una vez le dije a mi esposo, y este libro que viene amarrado con pita porque estaba deshecho, así eran los libros que pedía él. Él mandaba su motorista para que el nuestro no lo tuviera que esperar allá en Santa Tecla porque se quedaba el día entero con él. Me platicó que todos sus tesoros los iba a donar al Estado cuando muriera...

La librería era un imán de personalidades...
Era un lugar de reunión... Así estábamos enterados de todo lo que pasaba en el ambiente social y cultural, así éramos invitados a muchas recepciones de embajadas, a celebraciones del presidente (José María) Lemus. En noviembre, cuando iba a inaugurar la Feria del Libro a San Miguel, que me recuerdo que todos mis cumpleaños los pasaba allá, poníamos estantes en los corredores de la Alcaldía con muchos libros y poníamos precios muy baratos. Así mi esposo me visitaba allá... También fuimos a México a una feria que duró 10 días con todas las editoriales y librerías de Latinoamérica.

¿Qué marcó el ocaso de la librería?
Teníamos 42 empleados y tres sucursales: en la 75ª. Avenida Norte una, otra cerca de la ex embajada de Estados Unidos y otra en Metrosur y surtíamos las librerías de San Miguel, San Vicente, Cuscatlán y Santa Ana. Comenzó la televisión que fue uno de los peores daños para las librerías y ahora con mucha más razón con el Internet; se pueden pedir los libros por Internet pero creo que ahora los libros han quedado como una cosa que sólo para los que nos gusta de verdad la lectura, porque yo todavía ando a caza de algunos libros que no los encuentro. Cuando mi esposo murió, 12 años después de un derrame cerebral (1967). Él hacía los pedidos pero debían ser revisados por Otto, mi hijo. Esos años fueron muy duros, para mi fue terrible porque tenía que atender la librería, a él, colaborar con Otto más la casa. Al grado que cuando a él le dio el segundo derrame yo no estaba en la casa porque él no me dejaba que me quedara, me insistía que me fuera a la librería, porque él decía que el negocio sin mí no funcionaba. Sólo Dios sabe de dónde saqué la fortaleza. Después de la muerte de Kurt (23 de marzo de 1979) quitamos la librería más grande, al grado que sólo nos quedamos con la de Metrosur.

Y cerraron en 1991…
Fue muy duro. Otto murió en diciembre de 1992. Ya habíamos cerrado la librería definitivamente. Eso para mi fue terrible. Al cerrar la librería mandé a construir una bodega, donde tuve miles y miles de libros. Tuve que venderlos por quintal. Y lo que se apolilló se quemó. Muchos de esos libros que están vendiendo en el parquecito San José (en el centro de San Salvador), esas librerías las surtí yo, porque aquí venían en camión a traer, y regalé muchos al hogar de niños, las casas de la cultura. Tuve que vender el edificio, para pagar deudas de la librería, así se fue consumiendo todo, porque teníamos créditos en todas partes, Latinoamérica y Europa... eso había que pagarlo... y se pagó. Me vi obligada a vender el edificio y todo lo demás. Es que Kurt no pedía 100 ejemplares, pedía mil, ese fue uno de los errores, que teníamos grandes controversias porque los pedidos eran demasiado grandes. Sobreexcedió. Yo le decía que era una librería demasiado grande para el pueblo. Me vi obligada a vender en 25 colones “Quijotes de la Mancha” de la editorial Aguilar con las estampas de (Gustave) Doré, que valía un dineral... ahora eso ni se encuentra en el país.

¿Y los últimos libros?
Eran una cantidad regular los tenía afuera de la casa y vino el doctor Nelson García (abogado) que andaba buscando a alguien y vino por aquí. A Nelson lo conocí desde que era un niño. Me reconoció, platicamos y me preguntó qué iba a hacer con los libros. Le dije que los iba a regalar y parte quemarlos porque me hacen estorbo dentro de la casa. Me los pidió para llevarlos a la Universidad Nacional; vino al día siguiente y se los llevó en un pick up. Fue el último lote que regalé.
Fue muy duro y hasta hoy me duele porque tenía el hábito de manejar el negocio que amé tanto, de la nada, con tanta dificultad, trabajo y sacrificio. Se deja de ver a las personas que lo visitaban, y se le toma un amor al libro, como algo vivo. Así se llega a querer el libro. Recuerdo que decía Kurt que el libro había que tratarlo con amor para conservarlo siempre en buen estado.

Si pudiera volver el tiempo atrás...
Volvería a tener otra librería. Porque comencé a leer a los 10 años y se volvió para mí un hábito, la lectura. Y quién me hubiera dicho que el destino me tenía preparado casarme con un librero. Viviera de la misma manera, pero algunas cosas fueron impuestas, no porque las haya buscado. Por ejemplo la guerra, de habernos largado a Estados Unidos como deportados, prisioneros de guerra civiles, eso no lo quisiera vivir de nuevo. Ni la guerra en Alemania y tampoco la posguerra porque fue una vida de mucha miseria. Tampoco quisiera revivir lo que pasó en Brasil, que fue una vida muy agitada y pobre y mucha añoranza por El Salvador... Aunque es un país muy grande, con gente muy bella y acogedora pero una cosa extraña que no era mío. Sin tener un hogar, estar siempre en el aire, de paso también fue muy duro.

Se hubiera casado con un presidente...
Ja ja ja ja... también... pero así es la vida. Volvería a tener una librería y me gustaría tener la clientela que tuve.

¿Le hubiera gustado estudiar algo en la Universidad?
Me hubiera gustado estudiar periodismo, porque también fui una muchacha con ideas muy bien liberales. Viajé sola a Guatemala en ferrocarril, eso dejó a mamá muerta en llanto. Fumaba y montaba a caballo... en sillas especiales para las mujeres, pero hacía carreras con mi esposo. Él fue soldado de la caballería alemana, pero siempre me dejaba ganar...

(Se esfumó la mañana y las cigarras no dejan de cantar. Doña Alicia acaricia al pequeño “Troll” y busca el huacal con maicillo para atender a sus comensales. Es hora de otro almuerzo dominical).

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