San Salvador, 05 - 11 de mayo de 2008
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Reventazón Pilsener: parque de atracciones para bolos


Más de 2 mil personas acudieron a la segunda edición de este festival cervecero el 13 y 14 de abril. La Costa del Sol volvió a convertirse en el escenario de una fiesta en donde la borrachera marcó la pauta. Fue la otra celebración de la semana santa.

Daniel Valencia / Fotos: Edu Ponces
cartas@elfaro.net

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Francisco, Herber, Mauricio y Ricardo ya estaban borrachos a las 4:30 de la tarde. Entre los cuatro se habían tomado 33 vasos -de 250 mililitros- llenos de cerveza. Francisco, el más afectado por el alcohol, llevaba 10 y mientras comenzaba a tomarse el onceavo decía que su primera misión ya la estaba cumpliendo: Ponerse borracho. La segunda misión del grupo, según explicó, era la de conseguir “un par de culos”. Todos brindaron.

La Reventazón Pilsener 2006 tenía dos horas y media de haber iniciado. La convocatoria para el público había sido a las 12:30, según decía el instructivo para la prensa otorgado por los organizadores, pero las puertas de este parque de atracciones construido frente al mar, en la Costa del Sol (La Paz) se abrieron una hora tarde. Era jueves 13 de abril.

En la tarima construida para los conciertos todavía se hacían pruebas de sonido, en el salto de bungee todavía no habían colas, ni en la pared para escalar ni en el toro mecánico. Frente a los nueve chalets dispensadores de cerveza, las filas eran compuestas apenas por tres personas. La “birria”, el mote con el que se le conoce a esta bebida en El Salvador, se conseguía rápido.

¿Qué es la Reventazón Pilsener?

Una fiesta playera en donde el público tiene derecho a consumir cerveza gratis según el horario estipulado por los organizadores, y tiene derecho a participar de las atracciones que otorga el recinto: conciertos, juegos extremos, discoteca.

La primera edición de La Reventazón se realizó para las festividades de semana santa en abril de 2005.

Los organizadores calculan que ingresó un promedio de 2 mil visitantes por día al evento.

Sentados alrededor de las mesas colocadas bajo toldos -para proteger del sol-, caminando sobre la arena o parados cerca de los juegos extremos, la mayoría de personas que habían ingresado a este recinto –unos 300- portaban en su muñeca derecha o izquierda una pulsera color rojo, que les valía para permanecer los dos días que duraría la reventazón y con la cual podrían tomar toda la cerveza gratis que quisieran en las horas estipuladas. El resto llevaba una pulsera blanca que les permitía emborracharse gratis y ver los conciertos sólo un día.

“La reventazón ha sido el mejor concepto para uno de bolo”, decía Herber, el amigo de Francisco, un ingeniero industrial de 32 años, obeso y con lentes. Luego de darle un trago a su octava cerveza, añadió: “Pero ahora la han regado. El año pasado pagabas $20 por tres días y tomabas de 11 de la mañana a seis de la tarde”, explicaba.
“Ahora pagas $30 por dos días, $20 por uno y solo tomas gratis tres horas porque hasta las dos comenzaron a dar la birria gratis y van a cerrar a las cinco”, dijo, enfadado.

Media hora después, el enojo de Herber había desaparecido. La música había empezado a sonar y en todo el lugar, alrededor de 400 bocas gritaban “¡Más cerveza para la cabeza, más cerveza para la cabeza y el dolor!”. La fiesta fue oficialmente inaugurada.

“Vamos a reventarnos con todo”, decía otro joven, en otra mesa, mientras señalaba los 76 vasos con cerveza que él y sus amigos habían conseguido antes de que los trabajadores de Industrias La Constancia dejaran de servir gratis la bebida. A partir de esa hora y hasta las 2:00 de la mañana del día siguiente, la birria costaba $0.50 centavos el vaso de 250 ml. y $1 dólar el vaso de 500 ml.

El parque

El recinto en donde se realizó la Reventazón era un terreno acondicionado con un inmenso parqueo; una cancha de fútbol de playa con sus respectivos graderíos; tres zonas Vip para clientes de una compañía de telefonía móvil, organizadores y prensa; el escenario para conciertos; zona de sanitarios portátiles; mesas para sentarse y beber; y una valla de unos 400 metros de largo que separaba la zona del evento con la playa.

Frente a esta valla estaban colocados los juegos extremos: una pared para escalar de 15 metros, un salto al vacío (bungee) de 12 metros y una cama elástica que servía de base para una plataforma –de la cual salían suspensotes elásticos que sostenían a los intrépidos- mientras éstos eran lanzadas al aire. En el bungee, la cola era de unas 10 personas y nunca disminuía. Todos los que hacían cola, sin excepción, estaban borrachos. “Hay que agarrar valor”, le decía un joven a otro mientras se empinaba el vaso con cerveza.

Arriba, otro joven se quitaba los lentes y los tiraba hacia la arena. “¡Puta que vergón!” gritó antes de saltar.

Minutos antes, cerca del bungee, otro joven intentó, en vano, mantenerse encima de un toro mecánico por más de tres segundos. El animal de fibra de vidrio se meneaba a la izquierda, a la derecha, mientras el joven intentaba sostenerse de la soga. No le daba resultado. Las tres veces que se subió cayó de inmediato, se levantó de la lona, dio un par de pasos y volvió a caer. “Dale, dale, no te ahueves”, le animaban su amigos que estaban igual de embriagados.

“Que no ves que ando a verga”, increpaba éste desde la arena, mientras a unos 20 metros, unos 30 jóvenes bailaban frente al escenario “A mi negrita le gusta el reggaeton”, del grupo Frigüey.

Tres hora más tarde, el animador del evento anunciaba la aparición de “la chicas Reef”: seis modelos costarricenses que portaban diminutos trajes de baño. “Culo, culo, culo”, gritaban los hombres abajo del escenario. Eran las 9:30 de la noche, dentro del recinto había alrededor de mil personas.

A esa hora, sobre la arena, por casi todo el lugar, había una alfombra de vasos de plástico y colillas de cigarro. Cerca de la valla que colinda con la playa, 30 cuerpos yacían sobre la arena, boca arriba, de lado y boca abajo. Eran “caídos en combate”, según dijo Elena, una joven de 22 años que pasaba por el lugar.

Atrás del escenario de los conciertos, las chicas Reef posaban para las cámaras de los policías, de los cantantes del grupo de Rock mexicano Genitallica y para las cámaras de los organizadores del evento.

Artistas que participaron

Nacionales:

Santo Remedio
Anastasio y Los del Monte
Frigüey

Internacionales:

Genitallica
Aterciopelados
Armand Van Helden
Reyli
Pericos
Bad Boy Bill

Minutos más tarde, bajo el escenario, un joven le gritaba a Andrea Echevery, cantante del grupo colombiano Aterciopelados, “¡Andrea, pisemos!”. Echeverry hacía caso omiso y seguía tocando canciones del último disco del grupo, bautizado con su nombre. Justo antes de que terminaran de tocar los colombianos, Herber intentaba sin éxito cumplir la segunda misión para la cual había llegado a la reventazón. Apenas y se sostenía de la valla que separaba el escenario del área para el público. Los ojos los tenía más cerrados que abiertos.

A su derecha, Karen y Karla –ambas de 22 años- bailaban al ritmo de “Ya yo no”. Bailaban cuerpo a cuerpo, rozándose las mejías. Cuando Karen observó a Herber huyó junto a su amiga luego de decir: “¡Mira como me mira ese hombre horrible!”. Herber dejó de señalarlas con el dedo índice de la mano derecha y se marchó.

Reventado, reventado

A las ocho de la noche del segundo día, Francisco seguía estando borracho, vestía la misma ropa y continuaba tomando cerveza. Frente a él, decenas de jóvenes –casi o igual de bolos que él- se agolpaban hasta el escenario para fotografiar y enloquecer mientras veían desfilar nuevamente, una por una, a las modelos costarricenses.
“Hoy si estoy reventado, reventado”, comentó.

Francisco, de 27 años, abogado, trabajador de una institución que brinda estudios técnicos a personas de escasos recursos, graduado de la Universidad Tecnológica se perdió entre el público, cámara en mano.

En el último día, la presencia de mujeres en la Reventazón había aumentado. Frente al escenario o alrededor de las mesas, decenas de mujeres jóvenes en bikini, en faldas o pantalones bailaban o tomaban o fumaban o abrazaban a sus novios, que estaban borrachos. Sobre la arena, entre los cuerpos de los caídos en combate, había varios femeninos.

Mientras, cerca de la entrada, un joven totalmente ebrio jugaba con su cámara y un cangrejo. Le tomó alrededor de 30 fotos y luego de que su amigo le gritara: “¡Si no tiene paloma hombre!”, el joven de la cámara saltó y aplastó al animal.

15 minutos más tarde, a unos 20 metros a la izquierda de este lugar, Isabel, Ricardo y Brenda conversaban mientras Ricardito, de tres meses, tomaba leche de una pacha.
“Mi hermano se lo trajo porque no había nadie que lo cuidará allá. Yo por suerte conseguí dejar a mi niña de cinco años y no me la traje precisamente por eso, porque me da miedo que ande aquí entre tanto bolo. ¿Si nos da miedo que le pase algo al niño? Sí, pero por eso nos turnamos. Mientras mi hermano y su esposa se van a tomar, yo cuido al niño y luego cambiamos”, explica Isabel, tía de Ricardito, empleada de una imprenta.

Una hora más tarde (9 de la noche), atrás de donde se encontraba Isabel, apoyados en la cama de un pick up, frente a los sanitarios portátiles, un joven –en estado de ebriedad- le decía a una jovencita de nombre Raquel: “Si te voy a ser fiel, vas a ver. Te voy a ser fiel”. Ambos se besaron. En el lugar en donde se encontraban apestaba a heces.

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