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| San Salvador, 05 - 11 de mayo de 2008 | |||
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EL AGORAReventazón Pilsener: parque de atracciones para bolos
Daniel Valencia / Fotos: Edu Ponces
La Reventazón Pilsener 2006 tenía dos horas y media de haber iniciado. La convocatoria para el público había sido a las 12:30, según decía el instructivo para la prensa otorgado por los organizadores, pero las puertas de este parque de atracciones construido frente al mar, en la Costa del Sol (La Paz) se abrieron una hora tarde. Era jueves 13 de abril. En la tarima construida para los conciertos todavía se hacían pruebas de sonido, en el salto de bungee todavía no habían colas, ni en la pared para escalar ni en el toro mecánico. Frente a los nueve chalets dispensadores de cerveza, las filas eran compuestas apenas por tres personas. La “birria”, el mote con el que se le conoce a esta bebida en El Salvador, se conseguía rápido.
“La reventazón ha sido el mejor concepto para uno de bolo”,
decía Herber, el amigo de Francisco, un ingeniero industrial de
32 años, obeso y con lentes. Luego de darle un trago a su octava
cerveza, añadió: “Pero ahora la han regado. El año
pasado pagabas $20 por tres días y tomabas de 11 de la mañana
a seis de la tarde”, explicaba. Media hora después, el enojo de Herber había desaparecido. La música había empezado a sonar y en todo el lugar, alrededor de 400 bocas gritaban “¡Más cerveza para la cabeza, más cerveza para la cabeza y el dolor!”. La fiesta fue oficialmente inaugurada. “Vamos a reventarnos con todo”, decía otro joven, en otra mesa, mientras señalaba los 76 vasos con cerveza que él y sus amigos habían conseguido antes de que los trabajadores de Industrias La Constancia dejaran de servir gratis la bebida. A partir de esa hora y hasta las 2:00 de la mañana del día siguiente, la birria costaba $0.50 centavos el vaso de 250 ml. y $1 dólar el vaso de 500 ml.
El parque El recinto en donde se realizó la Reventazón era un terreno acondicionado con un inmenso parqueo; una cancha de fútbol de playa con sus respectivos graderíos; tres zonas Vip para clientes de una compañía de telefonía móvil, organizadores y prensa; el escenario para conciertos; zona de sanitarios portátiles; mesas para sentarse y beber; y una valla de unos 400 metros de largo que separaba la zona del evento con la playa. Frente a esta valla estaban colocados los juegos extremos: una pared para escalar de 15 metros, un salto al vacío (bungee) de 12 metros y una cama elástica que servía de base para una plataforma –de la cual salían suspensotes elásticos que sostenían a los intrépidos- mientras éstos eran lanzadas al aire. En el bungee, la cola era de unas 10 personas y nunca disminuía. Todos los que hacían cola, sin excepción, estaban borrachos. “Hay que agarrar valor”, le decía un joven a otro mientras se empinaba el vaso con cerveza. Arriba, otro joven se quitaba los lentes y los tiraba hacia la arena. “¡Puta que vergón!” gritó antes de saltar. Minutos antes, cerca del bungee, otro joven intentó, en vano, mantenerse encima de un toro mecánico por más de tres segundos. El animal de fibra de vidrio se meneaba a la izquierda, a la derecha, mientras el joven intentaba sostenerse de la soga. No le daba resultado. Las tres veces que se subió cayó de inmediato, se levantó de la lona, dio un par de pasos y volvió a caer. “Dale, dale, no te ahueves”, le animaban su amigos que estaban igual de embriagados. “Que no ves que ando a verga”, increpaba éste desde la arena, mientras a unos 20 metros, unos 30 jóvenes bailaban frente al escenario “A mi negrita le gusta el reggaeton”, del grupo Frigüey. Tres hora más tarde, el animador del evento anunciaba la aparición de “la chicas Reef”: seis modelos costarricenses que portaban diminutos trajes de baño. “Culo, culo, culo”, gritaban los hombres abajo del escenario. Eran las 9:30 de la noche, dentro del recinto había alrededor de mil personas. A esa hora, sobre la arena, por casi todo el lugar, había una alfombra de vasos de plástico y colillas de cigarro. Cerca de la valla que colinda con la playa, 30 cuerpos yacían sobre la arena, boca arriba, de lado y boca abajo. Eran “caídos en combate”, según dijo Elena, una joven de 22 años que pasaba por el lugar. Atrás del escenario de los conciertos, las chicas Reef posaban para las cámaras de los policías, de los cantantes del grupo de Rock mexicano Genitallica y para las cámaras de los organizadores del evento.
A su derecha, Karen y Karla –ambas de 22 años- bailaban al ritmo de “Ya yo no”. Bailaban cuerpo a cuerpo, rozándose las mejías. Cuando Karen observó a Herber huyó junto a su amiga luego de decir: “¡Mira como me mira ese hombre horrible!”. Herber dejó de señalarlas con el dedo índice de la mano derecha y se marchó. Reventado, reventado A las ocho de la noche del segundo día, Francisco seguía
estando borracho, vestía la misma ropa y continuaba tomando cerveza.
Frente a él, decenas de jóvenes –casi o igual de bolos
que él- se agolpaban hasta el escenario para fotografiar y enloquecer
mientras veían desfilar nuevamente, una por una, a las modelos
costarricenses.
En el último día, la presencia de mujeres en la Reventazón había aumentado. Frente al escenario o alrededor de las mesas, decenas de mujeres jóvenes en bikini, en faldas o pantalones bailaban o tomaban o fumaban o abrazaban a sus novios, que estaban borrachos. Sobre la arena, entre los cuerpos de los caídos en combate, había varios femeninos. Mientras, cerca de la entrada, un joven totalmente ebrio jugaba con su cámara y un cangrejo. Le tomó alrededor de 30 fotos y luego de que su amigo le gritara: “¡Si no tiene paloma hombre!”, el joven de la cámara saltó y aplastó al animal. 15 minutos más tarde, a unos 20 metros a la izquierda de este
lugar, Isabel, Ricardo y Brenda conversaban mientras Ricardito, de tres
meses, tomaba leche de una pacha. Una hora más tarde (9 de la noche), atrás de donde se encontraba Isabel, apoyados en la cama de un pick up, frente a los sanitarios portátiles, un joven –en estado de ebriedad- le decía a una jovencita de nombre Raquel: “Si te voy a ser fiel, vas a ver. Te voy a ser fiel”. Ambos se besaron. En el lugar en donde se encontraban apestaba a heces.
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