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San Salvador, 18-24 de agosto de 2003 |
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EL ÁGORA NaaraElmer L. Menjívar
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No la conocía, y ahora tampoco la conozco, solo la he empezado a conocer. Sólo la he visto. Trabajando.
Su trabajo es exótico. Es actriz, no sé si alguna otra cosa, pero lo que me consta es que es actriz. Su biografía es para mí una incógnita, quise escribir desde esa enriquecedora ignorancia, porque las hojas de vida, los premios, los títulos, los estudios, a veces, nos hacen ponderar lo imponderable: somos consumistas.
Por su parte, mi currículo no incluye ninguna licencia académica para hablar del arte, ni un cum laude, ni un honoris, es pobrecito él. Aun así, procedo, llevado por ese impulso originario de la admiración, a escribir sobre Naara Salomón.
La vi por primera vez sentada en una silla en medio de un escenario. La silla, antes de Naara, estaba iluminada por una nívea luz cenital. En la silla, antes de Naara, había un rebozo colocado como al descuido. Llegada la hora, esa que siempre llega, llegó Naara a la silla bajo una nívea luz cenital en la que había un rebozo colocado como al descuido.
Lo que se supone que sucedía en el escenario era el inicio de "La señorita de Tacna", la más reciente propuesta teatral de Roberto Salomón, en el Teatro Luis Poma. Una silla con Naara se quedó momentáneamente en la sombra mientras aparece la misma silla con Naara iluminando en una pantalla que triplica el tamaño natural pronunciando las primeras líneas del guión, que se basa en una pieza teatral de Mario Vargas Llosa.
Ahí vi a Naara. Conocí a la Mama E, la vieja que contaba la totalmente creíble y cotidianamente triste historia de una "señorita" que vivió en Tacna. Naara era, a dos voces, la misma mujer en los extremos del tiempo. Naara era una vieja derrotada por la falta de tiempo para vivir de lo aprendido; su cuerpo resiente la soledad, el abandono y la castidad, sus manos tiemblan insistentemente como espantando la muerte. Su voz está herida y su boca es una mueca torcida en una cara que fue. Naara era una joven virginal, de cuerpo macizo y esbelto; voz entusiasta y prudente, pies ligeros y cuello de porcelana.
Naara es una actriz con una depurada técnica histriónica que se hace evidente. Su cuerpo se abandona a los hilos del arte. Transfiguración: su cuerpo de hace débil, desgastado, frágil, de pronto recupera vida, juventud y encanto. Pero no es solo su cuerpo el que obedece a los impulsos creativos, su vos es obediente, clara, poseedora de una dicción envidiable y deseada para todos los actores y todas las actrices.
Pero lo que no da la técnica, ni la experiencia, es el encanto, la fuerza vital sobre la que se soporta todo lo demás. La entrega al oficio, el amor que se intuye en su presencia sobre las tablas. Basta verla desparramarse con la liquidez de la senectud sobre la silla iluminada, o escucharla en el monólogo salvador que la soledad para enterarse de que hay en ella algo que vive que y que la hace vivir a ella y a cuanto personaje quiera vestir. Gracia, es la palabra. Esa con la que saluda y se despide.
Hay que ir y ver a Naara, que ella, y solo ella, es "La Señorita de Tacna". Un placer haberla visto, y empezarla a conocer.
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"LA
SEÑORITA DE TACNA"
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La Señorita de Naara [Carlos Dada] | |
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De
cómo un novelista se decide a actuar como dramaturgo [Héctor Sermeño] |
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Naara [Elmer L. Menjívar] | |
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