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EL ÁGORA
Las miradas de Miami
Caminar por la calle Ocean Drive, en South Beach, es
palpar otra de las muestras de que Sodoma y Gomorra no quedan demasiado
lejos de la Florida. Toda esa calle costera es un himno al "american
way of life", el sueño americano en vivo y en technicolor: los autos
de recientísimo modelo transitan con su impavidez de pavorreal por la
atestada calle, a vuelta de rueda porque el deporte favorito de Miami
es mirar y dejarse mirar.
Hay lugares donde los días de guardar son más bien días
de mostrar,
de enseñar, de ofrecer a la vista lo que otros evitan: la carne.
Las
playas de Miami son de esos lugares donde el pecado puede ser una
discoteca de moda o la forma en que los cubanos denominan a los
peces atrapados por el pescador.
De ahí en fuera, las prácticas religiosas no encuentran
mucho eco en
quienes pueblan el soleado balneario que asemeja una reunión de
latinoamericanos donde los anglosajones parecen más invitados que
huéspedes. Extraños en su propia tierra.
Y no es casual, pues el 60 por ciento de la población habla en
sus
hogares un idioma diferente al inglés. O como lo resumió
un cubano a
su hijo: "¡niño, habla español que estás
en Miami!". La ciudad donde
el recato nunca hizo parada y la sensualidad echó raíces.
La capital de los pecados capitales
A Miami sus promotores turísticos le dicen la capital de Latinoamérica
y tienen razón. Lo que no anuncian mucho pero de todos modos se
transmite de boca en boca es que el puerto también es la sede de
varios pecados capitales.
La vanidad sin duda es una de las primordiales. Basta darse una
vuelta a la discoteca de moda, el Bongos, propiedad de Gloria y
Emilio Estefan, para ver el culto a la personalidad que los nativos
vuelven una liturgia.
Esculturales hombres y mujeres sin un gramo de grasa y vistiendo
ropa dos tallas más chicas para marcar los músculos y las
curvas.
Quién quite y de repente de las alturas, donde se encuentra el
privado de los dueños, se asome alguien y decida elegir entre la
multitud al próximo actor de reparto para un video.
Porque más que el ligue normal de una discoteca, en ese amplio
salón donde se ofrecen algunos de los platillos más caros
de Miami lo
que prevalece es el afán de lucirse, de dejarse ver, y por ello
a la
menor provocación los clientes -especialmente las mujeres y
particularmente las colombianas- saltan a la pista o a las mesas a
contonearse con una energía salida de las ganas de ser estrella,
de
ser "descubiertas" por el agente que con su mágico toque
puede
rescatar a quien sea del aburrido limbo del anonimato.
Ya de día, después de recuperar un poco el color ausente
a causa de
la desvelada, caminar por la calle Ocean Drive, en South Beach, es
palpar otra de las muestras de que Sodoma y Gomorra no quedan
demasiado lejos de la Florida.
Meseros y meseras contoneándose con los clientes del Mango's
cuando apenas son las 11 sobrias horas de la mañana.
Al ritmo de la música de cantantes más o menos desconocidos
en
otras latitudes (Jerry Rivera, Polo Montañez etc.) los clientes
se
repegan un poquito a las meseras que visten mini shorts, mientras
las clientas de plano soban con entusiasmo los ejercitados bíceps,
torsos y glúteos de los meseros.
Toda esa calle costera es un himno al "american way of life",
el sueño
americano en vivo y en technicolor: los autos de recientísimo modelo
transitan con su impavidez de pavorreal por la atestada calle, a
vuelta de rueda porque el deporte favorito es mirar y dejarse mirar.
Y cómo no si los BMW, Jaguar y Mercedes Benz son tan comunes que
ni la atención llaman. Para nada. Ni las limousinas Hummer, ni
los
Porsche.
Los que provocan la mirada y ya entrados en gastos -¿porqué
no?- la
fotografía son los Ferrari (un Testarosa de colección),
los Lamborghini
que son de manufactura casi artesanal y con las puertas abiertas
semejan una poderosa gaviota mecánica y los Bentley que orgullosos
se abren camino cobijando su cofre con las alas de la Rolls Royce.
No sentir envidia ante vehículos de ese tipo simplemente no sería
humano.
La democrática playa
Unos metros más hacia el mar se acaba el pavimento y los animados
restaurantes y hoteles de Ocean Drive y se encuentra uno con la
arena blanca y un tanto pegajosa (por la cerveza) de South Beach.
El mar es tan azul como los ojos de muchas bañistas que llaman
la
atención no tanto por la profundidad de su mirada como por la
turgencia de sus formas, pues en buena parte de los casos viajan
libres para ser envueltas por los rayos del sol y por el voyeur que
todos llevamos dentro.
Es una playa topless. Ahí las tangas van tan increíblemente
ocultas
que semejan apenas una sombra en los cuerpos de negras, morenas,
rubias y pelirrojas que ya están muy acostumbradas a ser como un
imán para las miradas masculinas y hasta femeninas.
Los pechos al sol se balancean rítmicamente y luego quedan
suspendidos en el aire, flotando, planeando en un delicado equilibrio
sólo comparable al de las gaviotas.
También, entre los niños, parejas, solitarios y familias
completas se
puede ver un sector de la playa -el que queda frente a la residencia
que fuera de Gianni Versace- donde se concentran los cuerpos
masculinos más trabajados de la región.
Vientres como lavaderos, cinturas esbeltas y extremidades
prominentes. Los cabellos que mágicamente no se despeinan, los
rostros que hasta deben doler de tan guapos y la pose de actores en
plena filmación son el modus operandi en ese trozo de playa.
Y de repente ahí, medio ocultas al principio, empiezan a surgir
las
pistas que explican la situación: un llavero con los colores del
arcoiris,
una banderita en los mismos tonos, un par de manos que se acarician
como al descuido y finalmente un discreto beso entre dos Adonis
aclara que es el sector gay de la playa en Miami Beach, ciudad que de
por sí quiere disputarle a San Francisco el título de sede
de las
comunidades gay y lésbica en Estados Unidos.
Ya sin el velo de inocencia en la mirada se da uno cuenta de que no
hay menores, solamente parejas de hombres y de mujeres que no
reparan en la gente del sexo opuesto y que se internan en el agua
más profunda para juegos traviesos y prohibidos sobre la superficie.
Como señal de que la ironía es el pan diario de la vida
o quizá porque
las autoridades del condado Miami-Dade son conscientes, la cabaña
del salvadidas en esa parte de la playa es de un refulgente color rosa.
Y a otra cosa, mariposa.
Vestirse, el otro arte
Si los miamenses hacen de su desnudez casi un arte, a la hora de
vestirse no cantan mal las rancheras. O las tropicales, en este caso.
La siguiente calle después de Ocean Drive es Collins Avenue, donde
las tiendas de los diseñadores más exclusivos hacen tertulia
y
provocan los sueños húmedos de consumadas consumistas como
Guadalupe Loaeza, la famosa escritora mexicana autora de libros
como Las Niñas Bien, y quien incluye en sus escritos el afamado
paseo de la Florida.
Los autos por la Collins ya no van tan lentos pero igual se toman su
tiempo mientras los peatones entran y salen de las boutiques
comentando en diferentes idiomas la calidad, el diseño y el precio
de
las telas. O quizá otras cosas pero eso es lo de menos.
Por todos lados los conductores tratan de encontrar un sitio para
estacionar pero es inútil: después de las 10:00 horas y
en fin de
semana todos los lugares están ocupados pero hay estacionamientos
públicos que en los días de mucha demanda por 10 dólares
ofrecen
un lugar.
Hubo una propuesta de hacer llegar el tren ligero hasta Miami Beach
para que los paseantes pudieran dejar sus vehículos fuera de la
pequeña isla y no congestionar tanto las calles, pero los residentes
del sector se opusieron argumentando que con el tren llegarían
demasiados vagos y malvivientes (porque en Miami hay muchos
vagos que son bienvivientes: con yate y auto importado).
Así, con el rechazo de la propuesta del tren ligero, las playas
siguen
teniendo ese dejo de exclusividad para quienes poseen automóvil.
O bien limusina, que junto con las palmeras son ya parte de las
postales citadinas.
La siguiente calle es Washington, paraíso de los cadeneros, esa
ingente raza de cancerberos que alcanza la felicidad en su pequeño
coto de poder que les permite decidir quién y cuándo entra
a una
discoteca. Escudados detrás de la banda de terciopelo (las cadenas
propiamente dichas quedaron ya en desuso) los porteros son los
reyes del lugar. Ni siquiera deben ser los típicos mastodontes
ataviados de traje negro que se estilaban en los ochentas, ahora hay
frágiles jóvenes de apariencia etérea y vestidos
a la moda e incluso
anoréxicas damas de exótica belleza que con singular desdén
ignoran
a los mortales que osan vestir como gente normal.
Otra vez las transparencias, los escotes, las mínimas expresiones
de
la ropa que generosa muestra las pieles elásticas y bronceadas.
Y aquí no hay un Centro para la Defensa del Consumidor donde
quejarse por haber sido discriminado.
Es más, ni siquiera hay a quién encomendarse pues en el
área los
templos son apenas unos cuantos y pocos saben dónde quedan, ni
siquiera en Semana Santa. Y no es que en Miami los nativos sean
ateos, simplemente creen en otros dioses.
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