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San Salvador, 11-17 de agosto de 2003 |
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EL ÁGORA "¡Caramba hija!, ¡Cómo que no fueras católica!"Los salvadoreños celebraron la fiesta en honor al Divino Salvador del Mundo el martes 5 de agosto, en pleno centro capitalino. La "Bajada", que cada año atrae a miles de salvadoreños tanto del interior del país como del extranjero, contó esta vez con la visita de la Virgen de Guadalupe y el Cristo Negro. "El Colocho" fue agasajado en medio de fuegos artificiales, una serenata mariachi en voz de Quique Guzmán y la tradicional lluvia vespertina de agosto.Diego Murcia
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El cielo se había pintado de gris en la paleta capitalina. El clima
decidió cubrir de paciencia a las personas que esperaban con fe
al Divino, bajo la lluvia. Una alfombra humana, tapizada de sombrillas
y bolsas en la cabeza, esperaba desde las cuatro de la tarde, la llegada
del "colocho" a la catedral, donde se transfiguraría
para alegría de los adultos y asombro de los más jóvenes.
Mientras el Salvador del Mundo hacía su recorrido habitual desde
la iglesia del Calvario hacia la Catedral Metropolitana, la gente buscaba
matar el tiempo con una que otra chuchería "de a cora".
Los que más, buscaban cómo hacer su agosto gracias al "Divino
Salvador". Los gritos del "llévelo que es bueno"
y "son tabletas pa´ la reuma", se dejaban oír a
través de un megáfono ya oxidado por el uso o tal vez corroído
por la artritis de los años de trabajo que lleva ya encima.
La lluvia concedió una pausa para que la gente fuera acomodándose en las butacas con mejor vista. Ni tan lejos que no vea, ni tan cerca que toque estar todo el tiempo con la nariz en ángulo de 90º. Los policías comenzaron a cerrar las calles principales. Algunos conductores, atrapados en medio del tumulto de la gente que corre de un lado para otro, se ganaban un regaño de las autoridades. Los que se levantaron con el pie izquierdo, reciben hasta amenazas de una multa de ¢500.00 o de "una grúa que se lleve su carro, señor".
Por el otro lado, la base de la estructura que hace las veces de la montaña donde se transfiguró Jesús de Nazareth hace más de dos mil años según la tradición cristiana, era custodiada por un cordón policial. Nadie puede acercarse, a menos que sea periodista, "pero de lejitos", como le dijeron a nuestro camarógrafo.
A eso de las cinco de la tarde, los animadores del evento alentaban a las personas a poner en alto la celebración de la transfiguración del Divino Salvador del Mundo, con cantos y aplausos. La risueña lluvia amenazaba ya con descender de los cielos con más fuerza, pero aún no se decidía.
El ruido de la peregrinación procedente de la iglesia del Calvario con el divino Salvador a la cabeza se dejaba oír poco a poco, a medida que avanzaba la multitud que lo escoltaba. Esta vez la romería tenía acompañamiento: la Virgen de Guadalupe y el guatemalteco Cristo Negro de Esquipulas le hacían "la segunda" al patrón de El Salvador.
La gente empezaba a moverse ansiosa de un lado para otro para poder ver de cerca al Cristo y a su cohorte. "'Usté quería venir, así que ahora aguántese!", le decía una madre a su púber, mientras se abría camino entre las masa a empellones y gritaba a su vez: "¡No empujen! ¡No empujen!".
Al fin, el Divino se encontraba a pocos metros de la plaza Barrios, frente a la Catedral de San Salvador, dispuesto a bordearla para comenzar su transfiguración, el triple mortal de cada año en la pista central del catolicismo nacional. La susodicha plaza estaba en su mejor momento.
No cabía ni un alma más y sin embargo "el asiento es de cinco señores", se oía gritar a un payaso que ofrecía los últimos globos que le quedaban. La gente ni siquiera le prestaba atención, embelesada por la procesión, pero el payaso insistía: "Apaguen ya la sombrilla, familia, que voy a pasar", e intentaba vender los últimos tres globos en su mano: "¡Vaya de fresa, de melocotón y de sandía!", gritaba, pero nadie le paraba oreja. Al final, el chusco comediante callejero se perdió entre el bulto de personas asediadas por más vendedores, limosneros y otras transas.
A los cielos
Cuando el Cristo que se transfiguraría llegó a la base de la montaña de madera, la multitud lo recibió girando sus sombrillas y los que no tenían con que cubrirse le aplaudieron o levantaron sus pañuelos y los ondearon. La lluvia ya se había acicalado y la temperatura del asfalto se dejaba sentir con todo su peso. El vapor de la lluvia condensada se estancaba en medio de la multitud y no tardó en cobrar su primera víctima, un señor de unos 60 años que fue auxiliado de inmediato por dos socorristas tras caer al suelo, sofocado por el exceso de calor. Las cosas no fueron a más y el señor recibió las atenciones correspondientes, yacente, a un lado de la multitud.
Las oscuras y grises nubes seguían rondando la capital. Parecía que esperaran el momento cumbre para dejarse sentir nuevamente. La amenaza tenía, eso sí, sin mucho cuidado al Cristo, que hizo su aparición gloriosa, patriota dicen, en el momento justo en el se dejaban oír las notas del Himno Nacional. La multitud rompió en aplausos y exclamaciones de asombro y de alegría al ver al "Colocho". El agua pluvial se paseaba como gavilán pollero sobre sus sagrados rizos, pero su sonrisa delataba las veces en que ya había domado a los elementos en otras ocasiones, deteniendo tempestades e incluso caminando sobre aguas.
El tiempo de protocolo llegó de manos del arzobispo de San Salvador, Monseñor Sáenz Lacalle, y de las autoridades capitalinas. Luego, lo que todos esperaban: la bajada del Divino Salvador del Mundo. Después de unos minutos, la imagen del Cristo Transfigurado se hizo nuevamente presente ante la multitud de niños y adultos que no dejaron de expresar con aplausos y manos alzadas el asombro y la alegría que el "Colocho" les causa, como cada año.
Un momento de euforia y la tímida lluvia se dejó de nuevo sentir al tiempo que las luces artificiales daban la bienvenida al patrono de San Salvador, en plenas fiestas agostinas. Se lo perdió quien estaba en la playa.
La diáspora
La celebración que reúne anualmente a miles de salvadoreños en la capital de San Salvador, este año tuvo un toque distinto. Aparte de las dos imágenes que acompañaban al Salvador del Mundo, los músicos del Mariachi Guadalupano dieron serenata al transfigurado. Con canciones dedicadas a María, Quique Guzmán, voz líder del mariachi, se robó los aplausos de los concurrentes a la "bajada".
Las seis de la tarde. La gente se empezaba a retirar en busca de la tranquilidad
de sus casas y de algo de ropa seca. Los que se quedaban aprovechaban
para visitar la Catedral y pedir o agradecer por un favor al Salvador
del Mundo. Los peregrinantes bailaban desde niños hasta adultos.
Las familias salvadoreñas católicas aprovechaban el éxtasis
del momento para acercar a su prole a los principios cristianos de Jesús
de Nazareth. "¡Caramba hija!, ¡Cómo que no fueras
católica!", le susurraba a manera de regaño una señora
a su niña de siete años por no poder identificar las imágenes
de María y Jesús que tenía al frente.
El número de personas que querían rezar a los santos se
fue cayendo y cayendo. Los que venían del interior sólo
se dieron una media vuelta por el lugar y partieron apurados. Los que
vivían cerca fueron en busca de café para el frío.
Otros, los prudentes tal vez, prefirieron no tentar a la naturaleza que
ya había aumentado la intensidad de sus vientos y de lluvia. Así
como aparecieron, se fueron los miles que estuvieron presentes en la fiesta.
Hasta el "Colocho" se había bajado temprano de la montaña.
Tenía visita de Guatemala y de México, y había que
atender a los invitados.
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