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El Nica

Luis Alvarenga
cartas@elfaro.net
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El Nica. Puesta en escena, texto y actuación: César Meléndez. Producción general: Teatro La Polea, Costa Rica. Música: Johnny Brenes. Duración: 2 horas, 20 minutos.

Para un actor de teatro, es una prueba difícil conducir un monólogo durante un par de horas, sin que en el público hagan mella ni el tedio, ni la lluvia del exterior ni un auditorio en el que la estatura puede ser una ventaja, pero también un problema, sobre todo si el que está sentado adelante es más alto. Esta prueba la pasó el actor costarricense César Meléndez, dando vida a un monólogo titulado El Nica, que toca el problema de los emigrantes nicaragüenses en Costa Rica. El Nica se ha presentado en la propia Nicaragua y en la ciudad estadounidense de Los Ángeles.

La vida azarosa del actor se parece mucho a la que se narra en esta pieza ("fue cargador de legumbres, vendedor de juguetes y de tarjetas de crédito e incluso vocalista de la orquesta de merengue de Wilfrido Vargas, pero un día la vergüenza lo obligó a dedicarse al teatro", escribe José Fuentes Salinas en La Opinión). Cabe suponer el impacto que habrá causado en Costa Rica, pues esta pieza es una fuerte crítica al nacionalismo de ese país.

El monólogo se desarrolla en la habitación del protagonista, José Mejiya, esto es, El Nica. Antes de la entrada en escena de José, se proyectan imágenes en una pantalla: recortes periodísticos que dan cuenta sobre los problemas entre Nicaragua y Costa Rica; pintas con leyendas xenofóbicas y obras de arte europeo: cuadros renacentistas, pinturas de Dalí, etc. La intención es hacer un contrapunto entre "nosotros" y "los otros": "nosotros" somos los civilizados, los que entendemos la alta cultura; los "otros", los nicas, los judíos, los musulmanes, los negros, las mujeres, los homosexuales, son los bárbaros:
¿Y qué será de nosotros sin bárbaros? -preguntaba irónicamente Cavafis.
Quizá ellos fueran una solución después de todo- se respondía.
Claro, una solución para hacernos el trabajo sucio, para hacernos sentir superiores, para ayudarnos a ocultar nuestra propia escoria.

Monólogo con un crucificado

Aparte de la destreza actoral de Meléndez -es capaz de manejar varios registros lingüísticos con habilidad-, llama la atención que el monólogo es, en realidad, un diálogo en el que no oímos la respuesta del interlocutor. En este caso, el interlocutor es una imagen de Cristo en la cruz, a la que José Mejiya le cuenta todo lo que ocurrió durante ese largo día en el que tuvo su primer salario.

La manera de dirigirse a la imagen es muy particular. Mejiya le habla al Cristo de madera como si se tratara de un hermano, al que le cuenta sus cosas y le reclama por abandonarlo en momentos difíciles. También le cuenta sus esperanzas: enviar el dinero a su mujer en Nicaragua. La ironía salva los lugares comunes: cuando José le muestra al crucifijo una herida que tiene en el costado, cualquiera podría prever que el monólogo establecería paralelismos evidentes entre el protagonista y Jesús. Pero Mejiya dice con sorna cuando se toca la herida: "Ya nos estamos pareciendo", y pasa a otra cosa.

Cuando José Mejiya se encara con el crucificado para contarle sus dolores y sus desesperaciones, cobra la altura de todo aquel que sufre. Esa mezcla de reclamo y cariño, de abandono y fe, recuerda al César Vallejo de Los heraldos negros:

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Pasa que José Mejiya sabe que Cristo conoce el sufrimiento y la pasión. Los reclamos van dirigidos más bien hacia "tu papa", que está sentado "a tu siniestra". El Jesús que bebió y multiplicó el vino para "tus doce amigotes", que fue preso y torturado sí conoce el sufrir y aunque las decisiones que toma sobre el destino del protagonista muchas veces lo complica, José Mejiya las acepta, pues "vos sabés lo que hacés".

No soy el responsable de estar aquí

El momento más álgido de la obra tiene lugar cuando José Mejiya cuenta lo ocurrido en un bar. Decide encarar los insultos de los que están bebiendo sobreponiéndose a su ira. Les dirige un discurso tremendo: "¡Cómo quisiera yo tener las palabras y la educación en esta cabecita apra decirles que yo no soy el responsable directo de estar aquí, decirles que soy un ser humano y que también siento!". Les pide perdón por ser pobre, por no tener trabajo en su país, por proceder de una tierra azotada por guerras, plagas, inundaciones, dictaduras y terremotos. Les pide perdón por su acento, por la forma de las tortillas nicaragüenses, por no ser civilizado como ellos, por Darío, a quien recita de memoria... Se oscurece el escenario y una luz azul evoca su travesía por el río San Juan, que divide a los dos países. "El río se tragó a mi niña", explica. Este alegato no impide la golpiza que le dan a la salida del bar, pero los golpes tampoco impiden que se sienta agradecido por tener un lugar en el que tiene un trabajo.

El Nica es un cuestionamiento hacia la intolerancia, además de una hermosa pieza de teatro.

Sitio en Internet de El Nica: http://www.elnica.org

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