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EL ÁGORA

De sueños... nada

El Festival de Teatro dejó tras de sí un público ávido de imágenes e historias, pero es un público al que no es justo atormentarlo con obras sin gracia.
Lucía Ramirios
cartas@elfaro.net
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Mientras el sábado 19 de julio la gente se abalanzaba rogando para entrar al Museo David J. Guzmán y ver la obra española "Micomicón", en el Teatro Presidente la afluencia era menor.

"Palacio de los sueños Vaudeville del siglo 21" es una obra estadounidense que combina música, teatro y cine, pertenecen a la escuela "Shawn McConneloug and her orchestra".

Pero, siendo muy duros y exigentes, esta obra es una burla no sólo en su "trama" sino a un público que no cree que dar alaridos y patadas sobre unas tablas sea una buena justificación para el arte.

Para explicar, digamos que hay un solo recurso que se salva: las películas de los años cuarenta proyectadas a intervalos sobre una pared del teatro.

Lo demás: un baile frenético y sin sentido. Y no es por criticar el arte contemporáneo, muchas veces el sinsentido tiene razón de ser, o bien, comunica algo. Pero aquí, nada.

La enumeración contenía un montón de voces chillantes que tararean canciones cursis, mientras los actores zapatean, se bajan los pantalones, o se revuelcan más allá de las miradas de los espectadores. Punto y final.
No hay historia, ni interpretaciones que se distingan, ni diálogos que permitan pensar, ni expresión corporal que motive. Nada.

Al principio se introducen un montón de actores tambaleantes que intentan introducir una ¿paradoja? al ambiente bélico de la segunda guerra mundial, luego, una cabaretera coquetea con lo vulgar, mientras interpreta una monótona balada titulada "No me importa nada".

Y ahí, justo ahí, uno dice "está bien, es un ejercicio" y se llena de tolerancia esperando una sátira. Y esta poco a poco va llegando... malísima.

Los actores se dedican a bailar "tap" como borrachos sin ningún fundamento, por momentos, las luces (por fin algo bueno) le dan cierto respiro al espectador que, ante la falta de propuestas, quería salir corriendo de ahí.

Un par de personas se durmieron y cabeceaban en sus butacas. Un joven estallaba en carcajadas, solo.

El pianista, llevaba el hilo, si es que había uno, con una melodía horripilante y repetitiva. Por momentos, también tuvo sus ratos de lucidez, pero solamente por momentos.

El tiempo se estiraba y, como la ocurrencia no tenía ni pies ni cabezas, nadie sabía nunca a qué horas terminaba el suplicio.

Al final, quedó sobre las tablas una amalgama de dudas, de por favor, que alguien explique por qué un Festival de Teatro que se ha ganado un lugar en los gustos de los salvadoreños va a concluir con semejante barbaridad.

Es cierto que para los gustos existen los colores, y que la contemplación del arte es subjetiva, y que el que no guste no significa que es algo totalmente repudiable pero, con permiso, lo que esta compañía vino a hacer fue, en buen salvadoreño, una "changoneta".

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