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El XI Festival Centroamericano de Teatro

Jorge Ávalos
cartas@elfaro.net
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El primer crítico teatral fue el francés Julian Louis Geoffroy, quien después de publicar comentarios en la revista "L'année littéraire", logró abrir un espacio en un periódico matutino, el "Journal des débats", a comienzos de 1800. Y se le atribuye al famoso actor y director François-Joseph Talma el crédito por ser el primer agredido por la crítica de Geoffroy.

Talma rompió con una de las mayores tradiciones del teatro clásico: el lenguaje gestual artificial y la entonación solemne. Despojó el teatro de sus elementos carnavalescos e introdujo la "verdad": la simplicidad escénica y la naturalidad en la representación actoral. Cuando Geoffroy atacó estas innovaciones que "vulgarizaban" el teatro, Talma calmadamente entró al palco de Geoffroy y lo confrontó. Cuando el crítico respondió con indiferencia, Talma lo agredió hasta romperle la cara.

Como todos sabemos, ambos ganaron la pelea. Talma cambió la naturaleza del teatro y Geoffroy creó un espacio en los periódicos que aún tiene vigencia. En el discurso del teatro, la crítica cumple un papel complementario al de los profesionales del teatro. Sus opiniones pueden causar una mayor ansiedad entre los actores, acostumbrados como están a vivir el momento, a realizarse en el instante fugitivo de la ejecución sobre las tablas. Los autores, en el otro extremo, suelen sortear y trascender la memoria de los críticos: Oscar Wilde es ahora un clásico, a pesar de que los críticos lo atacaron sin piedad. Para un director, la crítica cumple una función más tangible: ¿Ha encontrado eco su visión interpretativa?

Durante 11 años el Festival Centroamericano de Teatro ha traído a El Salvador grupos importantes de Latinoamérica y el resto del mundo. A estas alturas, San Salvador debería ser una meca del teatro, una plataforma para estrenar nuevas producciones e intercambiar experiencias profesionales. Con un público veterano, el Festival debería ser el espacio ideal para experimentar e innovar. Pero no lo es. Y la razón, me temo, tiene algo que ver con la ausencia notable de crítica.

La crítica continuada a lo largo de los años establece puntos de referencia que permiten presenciar la actualidad escénica a la luz de la tradición. La tradición es muchas cosas, no sólo la historia teatral. De hecho un crítico no puede asumir pretenciones historicistas pues su papel no es defender los valores o contribuciones del pasado, sino comprender las búsquedas y propuestas que se configuran en el presente.

Al tratar la puesta en escena que Roberto Salomón ha realizado de la obra de Gabriel García Márquez "Diatriba de amor contra un hombre sentado", un crítico de teatro puede referirse a varios tipos de tradición: la trayectoria del director, el desarrollo del teatro en El Salvador y la escritura del teatro en el contexto del realismo mágico. Todas son perspectivas útiles. En mi caso, al escribir para La Prensa Gráfica, desestimé todas estas tradiciones a favor de una sola preocupación: la resolución escénica de los problemas presentados por el texto. Reconocí, en la pantalla traslúcida utilizada por Salomón, un efecto que había utilizado de manera incidental en "El Zoológico de Cristal" en 1979. En aquél entonces, este elemento escenográfico tenía una función elemental: nos permitía entrever lo que ocurría en la intimidad de una habitación. En este caso su papel es fundamental a la interpretación del drama: demarca el espacio del pasado, y la obra es un ejercicio en la aceptación de la muerte del pasado.

Fernando Umaña, el director del Festival, notó que mi opinión crítica sobre "Diatriba de amor" no hacía mención del trabajo actoral. A diferencia de otros críticos, yo no sentí que las actuaciones eran particularmente interesantes. No dudo de la calidad de las actrices, pero la labor de Ana Ruth Aragón, cuyo trabajo aprecio mucho, sólo manejó emociones distantes: la ironía, el sarcasmo, la aceptación y el desapego emocional, por ejemplo. El texto original de García Márquez parte de la ira. Aragón tenía la posibilidad de transmutar su personaje ante los ojos del público: de partir de una emoción visceral para llegar a la apropiación de su destino. Pero esta pudo ser una decisión de Salomón. En mi opinión, el impacto total de la obra se apoyaba en la confrontación tan inmediata de la puesta en escena con el público.

Por otro lado, un crítico debe ponderar las nuevas propuestas, decodificar los signos que apuntan a las preocupaciones y lenguajes emergentes. Un crítico señaló la pobreza del escenario de la compañía Teatro Azul de Colombia. Pero eso es lo que ellos proponen: la vigencia del teatro pobre. Se puede criticar el escenario de "Dos navegantes tras el mascarón de una proa" porque no se explotaron sus posibilidades imaginativamente, pero no se puede criticar el asemblaje de objetos dispares con que se realizó, pues esto es intrínseco a la propuesta del grupo. Para mí, lo más interesante de esta producción fue su texto, perfectamente estructurado y con personajes masculinos muy bien definidos. Pero criticable por la manera en que integra y modela su contenido: incorpora clichés acerca de la naturaleza de los hombres y mujeres que es muy difícil justificar en nuestra época.

En el caso de la obra "El Nica", la narración lo es todo: es teatro para olvidar la teatralidad, es teatro para acercarse a la vida. Su propuesta es liberadora si se comprende a partir de su valor humano y testimonial. Similarmente, no me parecía justificable criticar el minimalismo del montaje de Labulla Danza Teatro de Guatemala: escenarios desnudos, vestuarios simples y funcionales y música electrónica configuraban un espacio libre para la búsqueda. No era un espectáculo perfecto: había redundancias, regresos innecesarios a momentos emocionales ya visitados y una subutilización del único símbolo escénico, la calesa del título. Pero "La argolla de la calesa" representa una propuesta innovadora en cuanto amplía el lenguaje de la danza desde su centro: es decir, a partir de su concepción. Esta danza o teatro conceptual, al eliminar la literalidad y la linealidad del texto, introduce nuevos vacíos para explorar y conquistar escénicamente. Esa es una contribución importante.

Teatro Micomicón de España reconquistó la confianza del público y los críticos con los valores más puros del teatro. No había visto una pieza de humor negro tan perfecta como esta en mucho tiempo. Laila Ripoll, escritora y directora, consigue actuaciones impecables de un elenco masculino que interpretan a cuatro viejitas cascarrabias: "una inválida, una virgen, una burra y una idiota". Un crítico se deleita con una obra como esta porque describirla es amarla de nuevo. "Atra bilis (cuando estemos más tranquilas)" está llena de auténticas sorpresas. Al escribir sobre ella, basta ser descriptivo y apreciativo: la objetividad y fidelidad del crítico deberían ser suficientes para atraer al público. Con la obra "Matando horas" de la compañía Moby Dick, dirigida por el ex Micomicón Santiago Nogales, el crítico necesita algo más: conectar al lector con una propuesta que rompe esquemas. Es necesario discernir un poco más lo que ocurre en escena sin llegar a ser explicativo. Basta con persuadir al espectador de que hay que dejarse llevar por el impacto de lo que ocurre en escena.

En el caso de Shawn McConeloug and her orchestra, los críticos sí deben ser valorativos. Especialmente porque la publicidad busca vender algo que no se ofrece en escena. No hay ni una pizca de vaudeville en una obra que proclama ser vaudeville para el siglo XXI: "Palacio de sueños". La obra es en realidad un homenaje a los palacios de cine norteamericanos construidos entre 1920 y 1950. Los intérpretes aluden al vaudeville pero con ejercicios patéticos de malabarismo y con flácidas coreografías que incorporaban el tap dance. Algunas personas apreciaron el lenguaje corporal, pero, ¿cuál es el valor de un solo elemento en una obra incoherente? Dudo que los espectadores hayan entendido por qué los actores arrastraban una banca de tres sillas por el escenario: eran las butacas de un cine. Veíamos a otros espectadores sobre escena. Algunos de los intérpretes eran buenos cantantes o bailarines, pero rara vez se concentraban en explotar sus talentos particulares. Era un espectáculo mal realizado y pobremente concebido, pero esto es algo que un crítico no puede argumentar a menos que se refiera a la tradición histórica, invocada aquí por la obra. La directora establece su visión y su propuesta durante los primeros diez minutos: ¿Qué se propone? ¿Logra su cometido? ¿Valió la pena pagar por esta función? Mis respuestas: me es indiferente, no y no.

Es curioso notar que la mayoría de las obras se enfocaban en la relación entre los sexos y se orientaban emocionalmente en resolver los sentimientos conflictivos de sus personajes con el pasado. Es algo para recordar. ¿Qué nos ofrecerá el próximo Festival? No tuvimos grandes obras este año, pero sí algunas propuestas exquisitas y un público selecto y renovado, aunque no siempre numeroso. Salomón ha conquistado un público fiel para el Teatro Luis Poma, Nogales nos ha intrigado, Labulla Danza Teatro nos ha picado la curiosidad y Micomicón nos deleitó y nos dejó con ganas de más y más y más.

Es importante que un grupo nuevo de personas se dedique a la crítica de manera consecuente. Los periódicos impresos y virtuales dieron más espacio que nunca a las apreciaciones y comentarios sobre las obras. Tal vez la crítica pueda cimentar ahora su papel reflexivo y valorativo. Tal vez alimente la memoria de los profesionales del teatro. Tal vez contribuya, finalmente, a darle al público las herramientas y el lenguaje para acoger con plena confianza algo que le pertenece: el arte de dilucidar el presente, pues ese es el legado vivo del teatro.

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