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EL ÁGORA Sombras nada más, lo humano, demasiado humanoLuis Alvarenga / Foto: Walter Sotomayor
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La ejecución de Martinica es real. Fue uno de los tantos ajusticiamientos decididos en los Tribunales Populares instituidos para «limpiar» los territorios ganados por los sandinistas de, miembros de la tenebrosa Guardia Nacional y colaboradores del antiguo régimen. Uno de los méritos de Ramírez es colocar un hecho —que normalmente suscita condenas o aplausos— en sus más variados ángulos, de tal manera que no hay lugar para los juicios simples.
Ramírez no es de los escritores que, como suele decirse, «se duermen en sus laureles». Todavía se encontraba en la gira promocional de una novela anterior, Margarita, está linda la mar —con la que ganó el Premio Alfaguara, junto a Lichi Diego—, cuando la historia de Martinica comenzaba a obsesionarle. La suerte loca que acompaña a los escritores hizo que, estando en Miami, pudiera conocer a la viuda de Martinica —cuyo padre, según escribe Sergio, aparece en ¿Te dio miedo la sangre? De esta manera, la novela fue tomando cuerpo.
No es raro que para un creador que ha hecho de la historia de su país su campo narrativo este personaje se haya trocado en obsesión: Alirio Martinica llevó una vida azarosa: fue dirigente del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), afín al sandinismo; luego, como tantos otros que «maduran», abandonó los «ideales locos de juventud» e hizo algo práctico: se casó con una mujer de familia adinerada y llegó a ser secretario de Somoza, antes de caer en desgracia por aquello que un cronista decimonónico podría llamar «una intriga palaciega» que lo hundió en el lodo. Cuando gozó de los privilegios del poder, Martinica fue testigo de las disputas entre la esposa del dictador, Hope Portocarrero, y la amante de éste, a quien se llama en el libro La Pérfida Mesalina, pero cuyo nombre real fue Dinorah Sampson. Hay alguna fotografía de ella en traje de baño: se ve por qué su belleza volvió loco al dictador. La Pérfida Mesalina logró que Somoza se separara de Portocarrero, con quien únicamente aparecía en actos públicos, por obvias razones de imagen. Sobre la relación del dictador con Sampson, el comandante sandinista Tomás Borge escribió: «A mi juicio, Somoza, siendo un monstruo moral, el amor por esa mujer lo convirtió en un ser humano».
Humano, demasiado humano, como todos los personajes de Sombras nada más. Porque es muy fácil juzgarlos según las elecciones que uno ha hecho en su vida. Es fácil escamotear cosas desagradables y justificar o condenar los hechos sin matices. Así que esta novela de Sergio implica también un desafío para quien la lee. Su mirada se vuelve implacable, y no cede ante los antifaces que pone la ideología y la piedad mal entendida.
Uno de los personajes, el comandante guerrillero Nicodemo, quien había sido amigo de juventud de Martinica, y conduce los interrogatorios de éste, afirma: «Las minucias, errores, abusos, injusticias, se entierran en el olvido cuando hay acontecimientos tan variados y vertiginosos como los que ocurren en una revolución, y muchos actos heroicos corren la misma suerte, aunque hayan servido de palanca al salto de la historia». Los grandes discursos sobre la Historia se tragan las pequeñas historias, las insignificantes historias donde se juega la vida y la muerte de hombres y mujeres concretos.
Pero tras los grandes discursos, avanzan reptando, las pasiones humanas. En la ejecución del protagonista convergen varios personajes: el ya mencionado Nicodemo —ex jesuita incorporado a la guerrilla—, cuyo discurso revive esa aura de austeridad y moralidad cuasi religiosa propia de los «primeros cristianos» que, según el propio Ramírez, tuvo el sandinismo en su etapa clandestina; el comandante guerrillero Manco-Cápac —que en un gesto humorístico muy centroamericano escogió ese seudónimo tras haber perdido una mano—, la guerrillera Judith —que participó en el asalto a la casa de un funcionario somocista y que sirvió de carnada para la ejecución de un torturador del antiguo régimen— y una multitud que aguarda con excitación el momento en que Martinica salga para condenarlo a muerte.
La trampa fácil es hacer que los guerrilleros aparezcan como sedientos de sangre, y que Martinica se vea como una inocente víctima. Ramírez es demasiado buen novelista como para caer en la celada. Ni santos ni demonios: en las motivaciones de los personajes se mezclan los más altos ideales con la carroña; los pecados capitales con la generosidad; la lujuria, la sed de venganza y la codicia con el desprendimiento y la generosidad. El novelista nicaragüense trata de decirnos que el período del sandinismo no puede verse como «los ríos de leche y miel» que prometía el himno revolucionario, pero tampoco como el último gulag latinoamericano. En un proceso histórico que liberó a Nicaragua de una dictadura ominosa y rescató un sentimiento de dignidad y humanismo, también se cometieron muchas cosas éticamente condenables. Tan inadmisible como condenar el proceso revolucionario en bloque, es el decir que todos sus autores fueron ángeles. Pero volviendo a los personajes de Sombras nada más —un título por lo demás acertado, no sólo porque Martinica trata de moverse a la sombra del poder, sino porque el libro es un «viaje al corazón de la oscuridad»—, éstos guardan tanto del alma humana que un lector mínimamente cómplice puede sentir por ellos las emociones más contradictorias.
Hay otro personaje que aparece en el libro, pero que no tiene un nombre concreto: es esa muchedumbre cuyos miles de ojos —como el mítico Argos— sólo pueden ver la puerta cerrada del recinto donde se interroga a Martinica, y cuyas gargantas son tan temidas como el pulgar de los emperadores romanos en el Circo. La escena del Tribunal Popular me recuerda aquellos pasajes de la Pasión: la multitud quiere jugar a condenar y absolver. Absuelve, no al que tiene un destino trágico —del cual, por lo demás, no puede librarse—, sino al que gana su complacencia, como lo logra el personaje conocido como Niño Lobo, quien hace gala de una locuacidad impresionante, capaz de transformar su inminente condena en absolución —y encima, valerse de esto para integrarse a la vida normal durante el sandinismo—. Es decir: no se puede esperar justicia de un tribunal amorfo como es la masa. La masa es toda emociones y es susceptible de ser conducida: por eso es masa. Al constituirse en masa, los individuos abdican de su facultad de elegir —esto es, de aquello que les confiere humanidad— y pasan a indiferenciarse. No puede haber individuos en una masa: quien se diferencia, automáticamente se excluye de aquélla. Esto es lo que ocurre con la multitud de la novela —aunque Sergio se encarga hábilmente de introducir matices: consigna los momentos de discrepancia, pero aquí lo que ha ocurrido es que la masa simplemente se ha dividido en bloques, no se ha disuelto en la elección individual, aunque ésta, paradójicamente, es lo que mantiene la cohesión de esa «masidad»—. El problema de la masa —la «cuestión de las masas», que decía Ignacio Ellacuría— es esa abdicación de la capacidad electiva y crítica. Un proceso liberador no puede apoyarse en la «masidad», pues no hay tal liberación del ser humano.
En suma, esta novela tiene mucha tela que cortar. No dudo que vaya a suscitar polémica en Nicaragua, como ya lo hizo Castigo divino, sobre todo porque el autor fue lo suficientemente audaz para abordar el período revolucionario desde un punto de vista que no admite posiciones cómodas. Sabe que las novelas y la literatura en general, no son para entretener, sino para provocar, suscitar ideas y emociones. Quien lee un libro como éste y sigue tranquilo, necesita aprender a leer de nuevo.
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