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Entrevista con Sergio Ramírez Mercado:

“No pongan que fui vicepresidente”

Elmer Menjívar / Fotos de Walter Sotomayor
cartas@elfaro.net
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Sus abuelos eras férreos cristianos, pero unos católicos y los otros evangélicos. Su padre fue alcalde liberal para el gobierno del viejo Anastasio Somoza, y entre sus tíos Ramírez abundaron los músicos y el buen humor.

Estudió Derecho, pero es un escritor que “se prestó” a la política durante 23 años. Dirigió revistas y editoriales. Vivió el exilio, parte en Costa Rica y parte en Alemania. Llegó a ser vicepresidente del gobierno sandinista de la Nicaragua revolucionada. También es fundador de un partido político propio, paso que dio luego de romper con el FSLN.

Perdió en las elecciones de 1996 y volvió a ser escritor. Amigo de los gigantes y los enanos del boom, ha acumulado premios y honores literarios y académicos de toda talla.

Sergio Ramírez podría competir contra Martín Romaña por su vida exagerada, con la clara ventaja (o desventaja) de que la suya es real.
El Faro conversó con él durante su breve estadía en el país en ocasión de la presentación de su última novela Sombras nada mas, que ha publicado Alfaguara.

Mientras subíamos a su habitación en un hotel de las afueras de la capital, reflexionaba sobre el clima que se posaba sobre San Salvador, el cielo estaba gris y estaba más bajo que nunca, sin embargo hacía calor.

Conversador afable y curioso, se muestra interesado por los detalles de un periódico en línea, como éste, y confiesa que recibe nuestros titulares todas las semanas. Se acomoda en un sofá, de cara a la ventana para ver la ciudad gris. Sentado tiene la imagen que del dictador que describe Roa Bastos, corpulento, grande de voz segura y tono firme. Tiene el carisma de un político, pero las respuestas de un hombre que sabe usar las palabras.


¿Cómo se anuncia a sí mismo Sergio Ramírez?
La primera reflexión que yo me haría es que he vivido mi vida con muchísima intensidad de una manera muy multifacética. Desde que llegué a la universidad a los 17 años rompí con la visión que yo tenía de la Nicaragua liberal bajo los Somoza, me encontré con la lucha en la calles, con la masacre estudiantil de que fuimos víctimas, de la que yo soy sobreviviente, en el julio de 59. Luego mi lucha antisomozista, mis exilios, mi estadía en Costa Rica, mi desarrollo como académico, como editor de libros, la visión centroamericana que adquirí en ese entonces. Mi vida de escritor, después mi vida de político en la revolución, en el poder. Todas esas experiencias me han dado una vida intensa. Cuando yo dejé la política, en 1996, y me dediqué sólo a la escritura, tenía 50 y pico de años, quizá es la edad en que muchos están entrando en la vida política y a hacer cosas que yo ya había hecho. Yo llegué al poder a los 30 y tantos años y cuando salí del poder yo podía empezar otra vida. Yo te hablaría de intensidad y diversidad. Me tocaron épocas muy dramáticas pero muy felices al mismo tiempo, yo soy de la generación de los 60, que es la mejor década del siglo XX, y no lo digo sólo porque sea la mía.

De hecho, Sergio Ramírez fue una especie de paradigma del intelectual para los jóvenes de los 60, toda esa gente contagiada por el espíritu revolucionario que buscaba la manera de incidir en los cambios sociales desde el arte y la cultura…
Sí, y precisamente porque esta década de los 60 fue una década que presenció y participó en muchas rupturas. Fue la década de los inicios de la revolución en Cuba, de la era industrial, del advenimiento de cosas nuevas en la música, en la literatura, en los movimientos sociales, políticos, donde se abrieron nuevas perspectivas. La misma Revolución Sandinista es hija de la década de los 60.

Toda esta rebeldía de los años 60, de la gente que se dejó crecer el pelo, que se quedó en alpargatas. Desde Woodstock hasta los Beatles, a la descolonización en África, a la lucha del Ché Guevara, todo esto es una enorme ebullición que fue a dar a muchas cosas, a un Cortázar que enseñó una conducta de vida diferente, a ser Cronopio y a no ser Fama, esa era una filosofía de vida para toda una generación.

Usted compartió momentos vitales con grandes maestros de la literatura latinoamericana: García Márquez, Cortazar, Álvaro Mutis y otros…
Sí, compartí con esta generación de grandes artistas que apuntaló a los que veníamos después. Fue una gran dicha que la generación de los 60 en términos literarios haya sido Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez también. Muchos de los cuales tuvieron también un papel ético muy importante para mí, como en el caso de Cortázar y Carlos Fuentes, de enseñanza continua.

Resulta curiosa su cercanía a personajes como Fuentes, Álvaro Mutis y otros, que en esa época eran criticados por optar por posiciones poco comprometidas políticamente, estando usted tan dentro del proceso político de Nicaragua.
No te olvides que en determinado momento la revolución cubana fue el común denominador de la izquierda. La Habana fue la meca de los escritores, de los artistas. En un principio no había diferencia entre Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Cortázar. Pero en determinado momento la revolución cubana, sobre todo desde el Proceso Padilla, inició la vigilancia a los intelectuales y la persecución de los homosexuales. Esto empezó a crear divisiones y dudas, incluso el mismo Cortázar sintió cimbrada su posición, algunos se alejaron completamente de ahí, como es el caso de Carlos Fuentes y ya no se diga Vargas Llosa. Pero después vino la revolución sandinista y volvió el factor de unidad. Por eso yo cuento en Adiós muchachos que Álvaro Mutis me decía que él era el único “monárquico sandinista” que había, él era románticamente monárquico, una especie de Lord Byron de estos tiempos. Pero luego la Revolución Sandinista vino a ser otra vez causa de conflicto. Me parece que después, el consenso con las grandes causas había desaparecido del mundo, consenso que yo he visto volver a aparecer con la guerra de Irak, tan así, que yo me he encontrado, por ejemplo, a Mutis en una posición radicalísima contra los Estados Unidos. Y fijate que en este tema han desaparecido las diferencias, hasta Vargas Llosa ha llegado a decir lo mismo que García Márquez.

¿Esta homogeneidad de opiniones en torno a causas será presagio de que se van dejando ya de lado los alineamientos? Por ejemplo, Saramago se ha divorciado públicamente de Cuba por los últimos acontecimientos en la isla.
Me parece que cada vez son menos importantes los alineamientos, antes se estaba a favor de Cuba o contra Cuba, y el que estaba contra Cuba se callaba unas cuantas cosas porque si hablaba perjudicaba la Causa cubana y le hacía el juego al imperialismo. Y es entonces que gracias a esta gran consonancia y correspondencia mundial que hay hoy es perfectamente posible y deseable pronunciarse muy abiertamente contra la invasión a Irak y muy abiertamente contra los juicios sumarísimos y los fusilamientos en Cuba contra disidentes y contra delincuentes. Me parece que este es un nuevo momento que le da a los intelectuales una posibilidad de hablar críticamente sin pensar antes en los alineamientos.

¿Su paso por los cargos políticos, por la vicepresidencia de la Nicaragua Sandinista, le implicó quitarse el traje de escritor para ser un político?
Yo fui un escritor prestado momentáneamente a la política. Aunque ese momento se hizo muy largo, fueron 25 años de mi vida que yo estuve metido en la acción política. Esos años que dediqué a la política no los pude dedicar a la literatura, ya que fue el periodo más intenso, entre 1975 y 1985 yo no pude escribir ni una sola línea, pero yo no consideré que hubiera dejado mi carácter de escritor por haberme metido en la política, sino que siempre consideré que un día volvería a la literatura, como en efecto sucedió.

Pero ese escritor se mantuvo en buena forma. Usted sale de la actividad política en 1996, y ya en 1998 obtiene el Premio Alfaguara con Es tan linda la mar…
No es que uno dice “voy a salir de la política” como alguien que se jubila de un trabajo, entrega las llaves de su escritorio y le hacen una fiesta de despedida y se va para su casa a tratar de cultivar bonsái y podar el jardín. Mi salida de la política fue muy traumática, yo no lo calculaba así, pero la verdad es que así fue, no sólo por el distanciamiento con el Frente Sandinista, sino porque luego yo formé un partido político que tuvo mala fortuna, y cuando terminó esa última campaña presidencial con el MRS salí muy abrumado de deudas y muy lleno de conflictos con todo, conmigo mismo, con deudas y otros desajustes. Y lo que hice fue como una acción karmática, dedicarme a escribir, meterme de cabeza a escribir esa novela. Yo quería probarme a mí que seguía siendo un escritor, y que lloviera, tronara o relampagueara yo escribiría una novela, y entonces escribí esa novela quizá en las circunstancias más difíciles que yo he tenido nunca, porque cuando escribí Castigo divino, en 1985, era el país el que estaba lleno de problemas, estábamos en lo peor de la guerra, mis responsabilidades en el gobierno eran muy abrumadoras, sin embargo yo me levantaba a las 5 de la mañana para poder escribir esa novela y demostrarme que aún en la peor de las circunstancias yo podía ser escritor. Pero la circunstancia de 1996 fue peor, porque coincidía el conflicto exterior con el que yo tenía dentro, estaba desilusionado y endeudado. Pero son esos los momentos en los que uno se prueba como escritor.

Se dice que luego de su salida de los cargos y apuestas partidistas usted quiso ser visto sólo como escritor
El problema es que cuando alguien ha estado en la política puede ser alguien que interese por un tiempo en la literatura, pero hay un momento en que la pregunta de la gente es “¿Y este político qué está haciendo aquí en la literatura?”. Yo siempre he insistido que no pongan en las solapas de mis libros que yo fui vicepresidente de Nicaragua, eso ya para mí es un asunto muy lejano, yo dejé de ser vicepresidente hace 13 años. Claro, no es que yo quiera desgarrarme de mi pasado, no, pero creo que eso no es lo más relevante para mí. Yo he conseguido ser visto primero como escritor, y obviamente un escritor con un pasado político que para mí es muy importante, y un pasado político en una Revolución, que es más importante todavía. Pero claro, el hecho de que sea visto o no como escritor dependerá de lo que escriba, cuánto escriba y de la calidad de lo que escriba. Yo quiero sentarme en mi propio prestigio, demostrar que soy antes que nada un escritor y no un político prestado a la literatura.

Sin embargo, en un libro como Sombras nada más de entrada resulta muy interesante el hecho de que lo escribe un literato que retoma hechos reales que sucedieron cuando el hoy escritor era político…
Ese es un libro que solamente puede haber sido escrito en su momento verdadero, que es en este momento en el que yo me he alejado de los acontecimientos políticos y podía tomar distancia de ellos y verlos, no con falta de pasión, porque eso es imposible, pero sí con cierta neutralidad y cierto equilibrio que debe tener el ojo del escritor. Con esto te digo que un libro así para mí, en los años 80, no hubiera sido posible. En ese entonces pesaban más las circunstancias políticas, los alineamientos, y no tenía esa ligereza, transparencia e independencia de criterio que se necesita para escribir un libro como este, donde no estoy recreando ni héroes ni villanos de una sola pieza. Eso, siendo parte de un poder político no es posible.

¿Cómo ha sido el recorrido de la búsqueda literaria de Sergio Ramírez desde los primeros cuentos publicados en 1963 hasta Sombras nada más? ¿Hay continuidad, rupturas, cambios de paradigmas?
Quizá lo que pesaba en mí a los 17 años es que yo ambicionaba hacer una literatura distinta de la que yo había heredado, que era la literatura vernácula, que era más bien pesada. Parece mentira, pero en el 58, 59 el peso de lo vernáculo era muy grande, aunque ya había un gran cúmulo de literatura moderna en el mundo, pero aquí en Centroamérica lo vernáculo era aún muy fuerte. No es que yo quisiera trasformar una literatura campesina en literatura urbana, eso me parece que es muy esquemático, sino una nueva visión de los temas que yo quería tocar. En el primer libro de cuentos que yo publiqué hay dos o tres cuentos vernáculos todavía, y después yo entro ya a tocar los temas donde yo pensé que había una nueva utilidad para el ojo del narrador.

¿Y Darío?
Es curioso que nadie leía a Darío en mi tiempo como narrador o como prosista, sino exclusivamente como poeta, después fue que yo empecé a leer al Darío narrador, que es estupendo, pero no puedo decir que yo fui a leer al Darío narrador para ver qué es lo que había ahí, pues el peso que él tenía era en la poesía.

En su bibliografía más reciente, a partir de 1998, hace uso de las anécdotas de sus tiempos de militante sandinista en algunas novelas o relatos, como en Adiós muchachos, y en verdad logra, a mi juicio, diluirlos quitándoles la primera plana y dejándolos aparecer como parte de su propia integridad como escritor y como hombre….
Bueno, en el caso concreto de Adiós muchachos yo quería hacer un corte de cuentas y decir ¿qué pasó con mi vida en estos años? ¿Qué fue para mí la Revolución? Y hacer un relato que a la vez fuera biográfico y a la vez fuera político, por eso ese libro va alternado: hay un capítulo biográfico y otro capítulo de examen de las cosas claves que tuvo para mí la Revolución. Poder hablar de ello y al mismo tiempo poder hablar de mi vida es como un examen público que yo hacía, una declaración pública de lo que había sido mi vida en la política, narrándola como un novelista, con la técnica de un novelista.

¿Cómo siente que lo percibe a usted Nicaragua?
Cada vez más como un escritor. Ha sido difícil haber conseguido esto. Yo tengo lectores de todos los sectores políticos, yo tengo lectores que militaron en la Contra y también en el sandinismo, que tuvieron cualquier tipo de filiación política. Cada vez yo me siento más seguro de tener un público cada vez más diverso, de muchos estratos sociales.

¿Tiene usted antagónicos fijos en su país?
Es probable. Esta semana va a salir en un periódico para el que yo escribo un artículo sobre Cuba y es probable que va a provocar que los sectores más ortodoxos de Nicaragua me ataquen, pero ya estoy preparado para eso.

¿Qué suele decir el sandinismo sobre artículos suyos, como aquel que se llamó “La revolución trasvestida” y que apareció en El País semanas antes de las elecciones del año pasado?
No, nunca dijeron nada. Yo creo que una de las políticas que tiene el Frente Sandinista conmigo es no decir nada de lo que yo opine. Así es, por ejemplo, sobre Adiós muchachos, no dijeron una palabra. Hay una especie como de conspiración del silencio. Pero te insisto, yo me siento libre de opinar de lo que yo quiera y eso es algo que no pienso volver a perder nunca.

¿Tiene planes de seguir explotando la Revolución literariamente?
Es probable, pero no tengo planes sobre eso, no pretendo ir agotando las etapas de la revolución en novelas porque eso se volvería muy pesado para mí. Quizá vuelva sobre este tema, a mí me gustaría volver a entrar a revisar la vida de mis personajes de Sombras nada más en la década de la Revolución, saber qué pasó con ellos, pero no es un plan inmediato, ahora quisiera entrar en temas muy diferentes.

¿Nunca ha estado entre sus proyecciones ser el autor de la gran novela de la Revolución en Nicaragua?
No (Se ríe a carcajadas). Yo quiero ser un novelista con la libertad de tocar cualquier tema, quizá lo próximo que yo escriba sea una novela de amor, me encantaría escribir una novela de amor, una novela sobre mujeres. Sobre estas dos grandes mujeres costarricenses escritoras Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, a las que yo he andado persiguiendo por mucho tiempo porque me parece extraordinario que desafiaran su época, ese es un tema que me fascina, pero hay otros, me gustaría escribir algo sobre el asesinato de Monseñor Gerardi en Guatemala. Verás que son temas que no tiene nada que ver entre sí, pero uno es como un pescador que debe mantener el anzuelo siempre en el agua.

¿Cómo ve la vida literaria en Centroamérica?
Yo creo que es una cultura muy abierta, muy diferente, ahora hay muchos más narradores de los que había hace 20 ó 30 años, me parece que hay una tendencia muy marcada hacia la narrativa, tenemos estupendos narradores jóvenes, yo espero mucho de este resurgimiento de la narrativa centroamericana.

¿Cree que hay suficiente comunicación entre los mundos literarios de los países centroamericanos, entre sus escritores?
No, desgraciadamente no. Y eso me parece que ha cambiado bien poco. Tal vez ahora el Internet y el correo electrónico puedan ayudar a crear una comunicación de otro tipo. De momento un libro que se publique en Honduras cuesta muchísimo que se conozca en El Salvador.

¿Qué opinión tiene de los medios de comunicación electrónicos de hoy en día? ¿Qué ventajas, a su juicio, traen a la actividad intelectual? ¿Cree que permiten la horizontalidad, que facilitan la expresión de las ideas? ¿O cree que subrayan el elitismo?
Yo creo que los medios electrónicos abren enormemente la posibilidad de expresar las ideas. Cada vez nos vamos acostumbrando más a ser habitantes de ese medio cibernético, que está creciendo geométricamente, en 5 ó 10 años nos vamos a asombrar del poder de facilitador de comunicación que tendrán estos medios. No estar dentro de eso es excluirse, este va a ser cada vez más el universo de la comunicación.

De hecho, la opinión de los intelectuales tiene ahora más influencia en la gente gracias a la difusión vía electrónica…
Pero me parece que ese papel no ha cambiado, ha cambiado su dimensión por la manera que están articulados los medios de comunicación, pero siempre estábamos esperando qué iban a decir los grandes pensadores de aquel tiempo, lo que iba a decir Sartre sobre un tema en los años 50 y 60, lo que decía Malraux, Camus. Los intelectuales franceses eran lo más pesado y lo más representativo en ese tiempo, ahora creo que ya no. Me parece que lo que dicen los intelectuales y los artistas siempre ha sido una referencia.

Su opinión política actual ¿dónde se ubica?
Yo me ubico siempre en la izquierda, pero en la izquierda democrática. Yo rechazo cualquier clase de autoritarismo, pues, como decimos en Nicaragua, “el que con leche se quema, hasta las cuajadas sopla”. Por eso te decía yo que al no pertenecer a ningún partido político, al no identificarme con ninguna autoridad colectiva que implique algún tipo de censura sobre las conductas particulares de cada quien, yo me siento con la libertad absoluta de hablar contra la guerra en Irak y hablar también en contra de la represión en Cuba. Me parece que ese es mi papel, no el de responder a consignas o a entidades políticas, mi papel es el de hablar cuando yo considere que debo hablar.


Las afinidades del escritor

Sus lecturas favoritas
Eso depende del momento. Me gusta leer de todo, llenar las lagunas que tengo, lo que he dejado de leer, lo nuevo que sale, leo a los amigos. Ahora yo estoy leyendo un libro de Berlin-Alexander Platz. Trato de llenar mis lagunas, volver a los clásicos, sin dejar de volver a mis contemporáneos.

En música
Oigo también de todo, desde Schubert hasta los Tigres del Norte. A Chucho Valdez que me encanta, me gustan los boleros.

Los títulos de muchos de sus libros están tomados de boleros
Por esa afición vieja que tengo desde la adolescencia a los tríos, a la música popular y que es parte de mi vida, y todo lo que es parte de la vida siempre tiene un valor literario.

¿Qué ambientes prefiere para estar bien?
Me gusta la tranquilidad. Creo que eso es algo que la edad va transformando, me gusta la tranquilidad, la bulla ya no me gusta, me gusta poder hablar con los amigos alrededor de un trago de whisky, conversar tranquilamente en un patio con mucho verde como el que tengo en mi casa. Ir a casa de amigos. Ya los ambientes donde todo el mundo está hablando al mismo tiempo y yo no me puedo dejar oír me sofocan.

¿Y el cine?
La que nunca se me olvida es Casablanca. De las últimas que he visto me encantó El Pianista, había leído el libro de El Pianista en el gueto de Varsovia, muy bello libro y me parece que la película de Polansky es excelente. Me gustó mucho Las horas, y sobre todo me gustó mucho Chicago, un enorme alarde de musical y la música que es muy bella. Yo tengo gustos muy variados.

Saludo de Sergio Ramírez a los lectores de ELFARO.NET

¿Cómo mira el mundo ahora?
Yo aspiro a que toda esta gran tendencia que se está formando de un mundo unipolar regido por el poderío militar y económico de Estados Unidos no se llegue a consolidar y que puedan surgir nuevos equilibrios, aunque lo veo difícil, pero esa es mi aspiración, porque tendríamos un mundo atroz si estamos regidos por un sólo polo de poder, el mundo quedaría absolutamente disminuido sino se crean polos y políticas de convivencia que nos ayuden a vivir en paz y no a merced de un país que decide de manera preventiva invadir a otro porque quiere preservar sus propios intereses.

Por otro lado, veo el proyecto de Lula da Silva con una gran esperanza y no me gusta confundirlo con el proyecto de Chávez en Venezuela, yo creo que cuando se hace un solo saco se está cometiendo un grave error. Silva y su proyecto me da la esperanza de que puedan darle a la izquierda latinoamericana un nuevo rostro, el rostro del que puede gobernar un país con éxito, no desquebrajarlo, no confrontarlo, no crear grandes diferencias sociales, y me parece que Lula va a lograrlo porque es un hombre inteligente y va a hacer buen uso de ese gran respaldo popular ciudadano que tiene en beneficio de un proyecto nacional, al fin y al cabo Brasil es un gigante en la región y cualquier cosa que ahí suceda puede afectar a toda Latinoamérica.

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