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Homenaje

Palabras pronunciadas por Alfonso Kijadurías
el 2 de abril de 2003 en La Luna, Casa y Arte,
en el homenaje a su vida, su obra y su “presencia”

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Amigos, amigas, hermanos todos:

Gracias por acudir a esta celebración de la cual soy el pretexto, gracias por hacer de mí un instrumento de armonía o amornía, las letras son las mismas, gracias a cada uno de ustedes que al hacerse presentes patentizan el poder de la poesía. En un tiempo —como este— en que somos nuevamente testigos de los usos y desusos de la sinrazón armamentista, de una nueva cruzada contra la vida y a favor de la muerte y los muertos en vida que la apoyan. El momento no puede ser más oportuno. Contra quienes intentan apagar el fuego de la vida nosotros nos juntamos para encenderlo, para avivarlo. Como poeta, como ser humano, como secretario —si así lo prefieren— de todos ustedes, condeno al más terrible de los epigramas a todos aquellos que en silencio o veladamente respaldan siempre la ley del más fuerte.

Desde que abrí los ojos he visto con estupor el resplandor nefasto de la violencia; cuatro años tenía aquel 2 de abril de 1944 del que única y como en la neblina de un sueño o pesadilla, recuerdo revoloteos de faldas, pasos agitados y exclamaciones de pesar e indignación en la casa de mis padres. Un amigo de mi hermano mayor, el Capitán Antonio Gavidia, figuraba en la lista de los insurgentes condenados a muerte, luego de fracasar la intentona golpista contra la dictadura del General Maximiliano Martínez. Desde aquella fecha, la imagen del Capitán Gavidia se paseó en mi imaginación en el instante de su ejecución, fijando en mí ese instinto de rebelión contra toda dictadura de izquierda o de derecha, contra todo oscurantismo y opresión material o espiritual.

En una fecha —como hoy— hace aproximadamente siete años, Roberto Armijo, quien fuera mi maestro y amigo regresó convertido en cadáver a su patria que tanto añoró desde su apartamento parisino, durante aquellos años de rico y amargo destierro. Por su apartamento pasaron innumerables intelectuales centroamericanos y latinoamericanos, poetas, escritores, políticos y artistas, quienes fueron testigos de su generosidad espiritual, así como del esplendor de su imaginación.

La vida —como se ve— está llena de misteriosas simetrías, sin duda alguna quienes imaginaron e hicieron posible este evento, y lo fijaron en esta fecha de múltiples significados, lo hicieron bajo el influjo de una fuerza invisible mas no por ello real. La fuerza del amor. Así yo, que no asistí a los funerales del poeta por encontrarme lejos, dedico en esta ocasión este homenaje, esta fiesta que pone en evidencia, en un momento de barbarie modernista, la voluntad de hacer prevalecer la justicia poética sobre toda injusticia, sobre toda maldad.

Temeroso por mis limitaciones, acepto este tributo, justificado por mi pasión por la poesía que ha sido para mí no solamente una ocupación cotidiana, un destino, mi religión individual.

He seguido y seguiré lo que me queda del camino en el más estricto silencio, que probablemente sea la forma más radical del compromiso con la escritura y la soledad que me permite concentrar la energía y atinar la palabra, todo esto que he realizado —como siempre— sin ningún interés personal.

No quisiera terminar estas páginas, sin hacer una reflexión sobre la corrupción del gusto como una operación paralela a la multiplicación del dólar. Si las reformas económicas y políticas no comprenden también el dominio de la cultura, la modernización se disolverá —como bien afirma Octavio Paz— en una humareda, lo que ahora está en juego es justamente la libertad de la cultura, sin la cual las otras libertades se desvanecen. Por eso con mucha indignación he visto como las fuerzas oscuras de siempre, bajo el pretexto de un reacomodo programático han censurado el editorial “Sin censura” del periodista Mauricio Funes, paradójicamente en momentos que se exaltan las bondades de la libertad de prensa, lanzando con ello una señal fundamentalista que da terror.

Jamás por eso pidamos favores al Gobierno ya que un buen gobierno no hace favores. Hagamos nuestra la petición de Sor Juana Inés de la Cruz, madre y maestra del libre albedrío, quien pedía a Dios el más grande favor de no hacerle ningún favor que fuera en contra de su libertad. Ella lo pedía al todopoderoso, nosotros a los poderosos.
Gracias.

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