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EL_AGORA Alfonso Kijadurías: “Para mí la poesía ha sido una suerte de meditación trascendental”Rafael Mendoza López
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Alfonso Quijada Urías, o Kijadurías, para los lectores. Las palabras, la fonética, la simbiosis y el juego practicados desde la firma.
El poeta, uno de nuestros mayores valores literarios, se pasa ahora la vida entre el Canadá que le sirvió de refugio para sobrellevar su exilio y Quezaltepeque, su terruñito. Allá, escribe y trabaja también de acólito en una iglesia. Acá, escribe y recibe visitas y homenajes.
Ha vuelto por unos días, otra vez. De paso en su propia tierra, abre despacito las puertas de su casa de Quezaltepeque, y apenitas, apenitas nos deja ver una parte de su mundo, construido por exilios y desamores, por patria y distancias, por una realidad vista toda desde la óptica del que se vio obligado a cambiar de lugar, del trópico al frío y del castellano al inglés, del que, más que la geografía que lo recibió en la fuga, le parece extraña la tierra a la que después de muchos años pudo por fin volver.
Más de dos décadas viviendo en Vancouver, Canadá, y con visitas a El Salvador cada año, Kijadurías representa gran parte de la vitalidad poética nacional. Desde muy joven se codeó con literatos que lo incentivaron y alentaron a crear sus obras. En los 70, obtuvo dos menciones honoríficas en el importante certamen de Casa de las Américas, mismo que coronó el poeta Roque Dalton. Sus obras, entre las que figuran “Manuscrito de un poeta ciego”, “Las Sagradas Escrituras”, “El otro infierno”, “Los estados sobrenaturales”, son ya un importantísimo legado poético.
Ya no es el mismo. Ahora se maneja una barba cana, unos anteojos de abuelito y unas arrugas curtidas por la palabra ancestral. Pero ni con tanto homenaje ha perdido la sencillez ni con tanto frío la calidez. Luego de que El Poe –como lo llaman sus allegados– hubo acabado de acomodar una mesita y unas sillas en la terraza, comenzamos la entrevista.
¿Cómo te dio por escribir? (El poeta mira fijamente su vaso de vodka y limón, como esperando de él la respuesta más precisa)
Creo que mi idea de la poesía surge con la música. Desde
muy niño siento una gran afición hacia la música,
a través de la influencia de la familia, que en ese tiempo escuchaba
la música de Gardel, por ejemplo, Agustín Lara, Los Panchos.
También escuchaba música clásica: Verdi, Bach, Bethoven,
música que yo escuchaba gracias a mi vecino. Mi primera intención
era de ponerle letra a la música, de hacer un bolero, un corrido...Luego
esto se convierte en un amor por la literatura, por los libros, lo cual
fue inculcado por mi abuela.
Además mi abuela tenía un hijo que era músico, un
gran mandolinista y un tipo con una gran fantasía, una mente con
mucha imaginación. Yo recuerdo que él, cuando quería
cazar un garrobo, comenzaba a silbar, y para mí era algo mágico
porque decía que con el silbido adormecía al garrobo, y
yo, niño, veía cómo el garrobo se adormecía,
era una cosa muy mágica ¿Te imaginas eso? Fue como un paraíso,
el paraíso de mi infancia.
Mágico… Eso te debe haber marcado mucho
Eso es la poesía, ése era ya un acto poético. La poesía nos lleva a la raíz de lo que somos, a la raíz de la memoria, es un trabajo de recordar, de regresar al origen del origen. Yo creo que en la medida en que uno recuerda es también la medida en que el poema se va acrecentando.
(El poeta da un sorbo a su vaso cada vez que pone punto final a su respuesta) ¿Cómo ha sido el desarrollo de tu labor poética?
Aquella era una etapa natural, primitiva, luego yo voy al plan básico de Quezaltepeque. Ahí conozco a dos personajes que ejercerían en mí una influencia bastante alentadora: el pintor Antonio García Ponce y su hermano, Jorge Alberto Ponce, el cual fue compañero mío. Éste declamaba, era bueno declamando y además escribía, él me empieza a hablar de poetas que había leído, y es así como surge una gran amistad. Luego comenzamos a intercambiar libros, los mismos que circulan por acá en esos años, los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, antologías de los mejores cien poetas españoles, libros muy elementales. De esa manera va naciendo en mí el escritor.
¿Autodidacta?
Bueno, el termino “autodidacta” lo siento muy pretencioso. Yo pienso que un autodidacta no se da en términos tan absolutos. Yo tuve maestros cómo Ítalo López Vallecillos, Roberto Armijo, ellos me enseñaron cómo escribir un poema, cómo amar los libros, cómo amar las palabras. Tuve ese privilegio de encontrar amigos; es el milagro de la poesía que aparece siempre en esa ruta milagrosa.
¿Y la guerra, Alfonso?
Por otro lado la cuestión política que anda por ahí como un fantasma, camina alrededor de la familia, y algo de eso andaba en el ambiente, ese sentimiento mi sensibilidad lo adoptó.
Poesía y realidad ¿no van enfrentadas?
Mis contactos con otros niveles de pensamiento como el pensamiento Zen, por ejemplo, me han dado, a través de la poesía, respuestas a dudas que andaban en mí. Para mí la poesía ha sido un suerte de meditación trascendental, cómo trascenderme a mí mismo y cómo estar más allá de mi ego; cómo abolir, cómo vencer a tu enemigo, porque el enemigo de uno mismo es uno mismo, despejándote de él, dice la filosofía Zen. Al final, lo que más importa es la libertad individual.
¿Cómo te identificaste con la filosofía Zen?
A través de la poesía y la pintura. El arte Zen es la Zen-cillez, como lo elemental, lo primitivo, lo cósmico.
¿Qué te atrajo de la filosofía oriental?
Obedeciendo al corazón. Yo siempre me pregunté ¿qué puedo hacer? ¿quién soy? y siempre la respuesta fue “lo único que más o menos puedes hacer es escribir... simplemente hazlo”. Con dificultades logré grandes satisfacciones, no quizá la de escribir libros, sino la de leerlos.
¿Tu experiencia en el exilio posibilitó abrir horizontes a tu creación literaria?
Sí. Llego a Canadá, después de andar tanto tiempo errante, y logro por fin tener un espacio, que es la aspiración que hasta entonces yo no había realizado. Ahí comienzo a meterme en el trabajo literario, a imaginar libros, a convivir lo mejor posible con las palabras.
¿Por qué no lo hacías en tu país?
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Por un lado el conflicto y, por otro, mi inutilidad. Sólo desarrollé dos tipos de trabajos: uno de corrector de pruebas y otro de bibliotecología, de ahí, en Estados Unidos y en Canadá, me tocó trabajar en todo tipo de empleos, y eso ha sido muy enriquecedor, porque yo creo que sin esas experiencias, mi poesía y mis cuentos, por imperfectos que son, no tendrían ese peso de estar hablando de hechos, muchas veces vividos y muchas veces imaginados, pero eso le da un peso muy vital a la escritura.
(Con ansiedad, El Poe observa que su vaso ha quedado vacío
y espera no sin desasosiego la próxima pregunta)
¿Te consideras un poeta surrealista?
(Una pausa…) Me considero un escritor realista. Pero no
el realismo en el sentido socialista del término sino de una realidad
más precisa. Cuando alguien habla de poesía surrealista
inmediatamente lo asocias con la droga, el ensueño, o con estados
automáticos, por eso a mí no me agrada mucho ese término,
aunque mi poesía trata de los sueños y de cierta espontaneidad,
pero aún la espontaneidad se aprende.
(Dejando la idea a medias, interrumpe para buscar otro trago)
“Los estados sobrenaturales” es por muchos
considerado un poemario trascendente para los poetas cosecha venidera
¿Cómo surgió este libro?
Por un lado, hay una intencionalidad en “Los estados sobrenaturales”, si lo ves desde el punto de vista del formato, que son poemas en prosa. En esos tiempos implicaba algo nuevo, que no era nuevo pero yo lo usaba. Luego, a nivel de lenguaje, hay cierta revolución, quizá la influencia de la música en ese entonces, que era el rock, el hippismo, de todo eso que andaba ahí; del encuentro con Cristo, porque todos tuvimos experiencias cristianas fuertes, aunque algunos lo neguemos... Y en ese poemario ya está esa semilla de libertad, porque ése es un libro imperfecto, pero su defecto se convierte en virtud. Esencialmente ese poemario nace como un ansia de libertad.
¿Y escribiste el libro únicamente en contacto con
la naturaleza, o también con alguna sustancia alucinógena?
(La pregunta no lo ha incomodado como yo pensaba. Más
bien parece sentirse a gusto y reflexiona con toda propiedad)
Sí, también, era el cúmulo, era la síntesis de esa experiencia con las sustancias alucinógenas. Pero es mentira que escribas bajo los efectos de esa sustancia, no puedes. Tú pruebas peyote, pruebas LSD, pruebas hongos alucinógenos, tú no puedes escribir, es lo que menos puedes hacer, pero al final de esa experiencia, cuando toda ha llegado a ser un recuerdo nada más, comienza el verdadero trabajo.
(Su rostro refleja cansancio. Pareciera que su elocuencia empieza a ceder ante el aburrimiento)
Ya vamos terminando ¿Verdad?
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