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OPINIÓN / LA BUHARDILLA

Fraseario XIX

Federico Hernández Aguilar*
cartas@elfaro.net
Publicada el 05 de enero de 2009 - El Faro
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Se huye de la Verdad porque, en el fondo, se teme al compromiso. ¿Quién intuye una verdad sin querer buscarla? ¿Y quién encuentra una verdad para abandonarla?

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No existen verdades opinables. Lo que existen son opiniones desde la verdad, opiniones sobre la verdad, opiniones tras la verdad y opiniones contra la verdad. También existen opiniones sobre quiénes se ubican en dónde y por qué razones; pero si desde luego existen verdades, es lógico que haya ubicaciones “geográficas” respecto de ellas.

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Las oportunidades que pasan de largo lo hacen, generalmente, en complicidad con nuestras limitaciones. Y no hay peor limitación que ser limitado sin saberlo.

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Hay que combatir esa forma de invalidez que es el analfabetismo, que tiene víctimas no sólo en quienes ignoran las letras, sino en quienes no conocen el placer que produce la lectura. Leer es uno de los ejercicios más fascinantes de la autonomía humana, porque además de pulir el intelecto y enriquecer la imaginación, deriva en placer —si lo convertimos en hábito— y transforma la vida —si lo convertimos en placer.

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¡Cuántas oportunidades se abren allí donde los libros son abiertos con interés, leídos con deleite y cerrados con provecho!

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Cuesta imaginar a un beodo que, poniendo la botella a un lado, haga la siguiente reflexión: “Tú no eres, alcohol, el problema. Tu existencia no me obliga a buscarte. El problema es lo que yo me he permitido ser”. Pues una cavilación así de improbable cabría desearles a los espíritus egoístas, porque sólo enfrentándonos a la contemplación de la miseria que nos llena el alma podemos tomar la feliz decisión de vaciarnos de nosotros mismos.

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Si las prisiones sólo fueran materiales —muros, rejas, cal y canto—, la inmensa mayoría de la humanidad sería libre. Pero no es así… ni una cosa ni la otra.

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Se ha llegado a decir que, aunque sobran caminos hacia la poesía, tal vez lo mejor es perseguirla siempre y no alcanzarla nunca, para bien de todos. Puede ser… Lo cierto es que la poesía estará siempre más cerca de quien la busque con sinceridad, pasión y genuino interés. La seguridad, la mera certidumbre, suelen ser herramientas mohosas que los críticos empuñan con el dudoso objetivo de mostrar “callos ilustres” en sus manos. Mas ni por esos “callos” —y menos por las devociones que causan— me he sentido obligado a creer que verifican el haber blandido firmemente, aunque fuera por un instante, las armas de la verdadera experiencia artística.

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Para apreciar la calidad literaria, aspectos como la identidad sexual de los autores son tan pueriles como peligrosos. Las letras no valen por los genitales de quien las ordena, sino por el talento con que han sido ordenadas. El literato y su circunstancia van siempre detrás de la calidad o el efecto que una obra produce. Nunca ha sido al revés.

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Tanto en lo que se refiere al desarrollo de nuevas y mejores normativas, como a la construcción de un sistema de opciones que posibiliten la defensa global de la dignidad humana, acercarnos al tema siempre relevante de los Derechos Humanos nos permite observar que existen en el mundo dos claras y muy positivas tendencias: Por una parte, la disposición (cada día más extendida) de unir esfuerzos para buscar herramientas legales que coadyuven al respeto de los valores más universales. Y por otra parte, la convicción (cada vez más aceptada) que si aún no ha sido posible alcanzar niveles óptimos de paz y armonía en este planeta, ello se debe a que el debate sobre la primera tendencia no se ha desarrollado con la apertura y la objetividad esperables.

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El desarrollo cultural de un país tiene amigos incluso entre quienes no se creen capaces de aportarle nada a la cultura. Pero también hay que decir que la cultura tiene enemigos incluso entre aquellos que con mayor soberbia se proclaman sus defensores.

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Lo verdaderamente ofensivo en algunos escépticos no es tanto su rechazo o desprecio por la fe de los demás cuanto su asombrosa confianza en que ese rechazo constituye una prueba irrefutable de sentido común y hasta de inteligencia.

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¿Razones para el optimismo? Las hay siempre. ¿Razones para el pesimismo? Las ideamos siempre.

*Escritor

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