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EDITORIAL

Tan cerca de las elecciones…
Y tan lejos de la democracia

El Faro
cartas@elfaro.net
Publicada el 05 de enero de 2009 - El Faro
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El clima social para este 2009 se ha tensado gracias a la gran cantidad de políticos, funcionarios, militantes, seguidores, analistas, plumíferos y voces irresponsables que tratan de ilustrar esta elección como si se tratase de competencias entre el bien y el mal.

No. La democracia no funciona así. Y si bien los militantes de los mismos partidos de siempre se siguen agarrando a palos, pedradas y puños, y son ellos los primeros responsables de los conatos, también lo son los líderes y candidatos de los mismos partidos de siempre, porque demuestran incapacidad siquiera de controlar a sus propias bases.

Y también lo son todos los demás arriba mencionados por tensar aún más el ambiente con declaraciones irresponsables, con amenazas absurdas, con espacios para reflejar sus propios conceptos de democracia según los cuales ésta sólo funciona cuando gana el partido de su preferencia.

¿Son estas actitudes producto de la polarización? Sí, pero también son productoras. El sistema político salvadoreño no se divide entre el bien y el mal salvo en la cabeza caliente de algunos con síndrome de redentores. Se divide en distintas posiciones políticas e ideológicas, en distintas maneras de ver el mundo y en diferentes propuestas de solución a nuestros problemas. En la democracia, una serie de controles y equilibrios administra la convivencia entre estas diferencias de tal forma que no sólo no paralicen el sistema sino, por el contrario, de que éste se nutra de las distintas visiones. Por eso -y no sólo porque los ciudadanos eligen a sus representantes- es que la democracia es lo opuesto a las dictaduras y los sistemas autoritarios.

La garantía de que gane quien gane el aparato público será funcional se llama institucionalidad. Desafortunadamente, la mayoría de líderes políticos, de funcionarios públicos, de analistas y de plumíferos no hablan de esto. Sólo amenazan, sólo tensan, sólo continúan tratando de impulsar su particular democracia basada en el miedo. Pero ninguna democracia sana puede desarrollarse basada en el miedo. Y ninguna democracia sana puede funcionar sin instituciones sólidas. Esta institucionalidad, a la que no quieren referirse, debería estar en el primer lugar de la agenda nacional. Desde hace mucho.

Pero a las puertas de la elección de alcaldes y diputados este debate sigue ausente. Probablemente porque, si se pusiera en el primer lugar de la agenda política pública, el sistema ya no sería tan rentable para muchos políticos y sus partidos. Porque si se hiciera, los partidos también tendrían que responder por la nominación de candidatos a alcaldes y diputados que no deberían tener cabida en un sistema democrático sano, en el que prime el Estado de Derecho y en el que el verdadero objetivo fuera el bien común.

 

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