El miedo es un buen pastor de hombres, con él nos agrupan (júntense, que ahí está la amenaza) y nos dirigen (vayan por aquí, si quieren salvarse).
A veces, para conducir al rebaño, es necesario inventarse un lobo. Si existe, bueno será aumentar su tamaño.
La moderna propaganda política se ha especializado en la creación de lobos para infundir el pánico en la masa. El pánico no la deja pensar con claridad, el pánico la vuelve fácil de convencer y dirigir.
Desde que tengo uso de razón, cada vez que se acercan las elecciones hay alguien que grita: ¡Ahí viene el lobo!
II
Pequeñas fórmulas para enfrentarse a lobos posibles o imaginarios:
Pregúntese si hay evidencias claras de que tal amenaza peluda realmente existe o puede llegar a existir. Examine a los testigos y sus testimonios. En algunas ocasiones, quien nos advierte del peligro es otro lobo.
Es importante tener una definición compleja del lobo.
Los lobos existen, por supuesto, y pueden tener malas intenciones (engañar al rebaño y comerse a las ovejitas), pero lo importante no son las intenciones del lobo, sino su capacidad real de imponer sus designios al rebaño. Una cosa es lo que el lobo desea y otra la que realmente puede hacer. Si tiene poder para cumplir sus proyectos y no hay contrapesos que se lo impidan, será una amenaza real; si no tiene suficiente poder, será una amenaza futura, posible o imaginaria.
Es fundamental distinguir las amenazas reales de las imaginarias, porque a veces hay un lobo dirigiendo al rebaño y lo mantiene unido y lo gobierna precisamente por medio del pánico hacia otro lobo inexistente o muy remotamente probable.
Lo importante en estos casos es que el pánico no paralice nuestra capacidad de reflexión. Quien deja que el miedo le dicte las ideas, es presa fácil del lobo o de aquellos que se lo inventan.