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OPINIÓN / DESDE LA ACADEMIA Lecciones OlímpicasRicardo Riberacartas@elfaro.net Publicada el 08 de septiembre de 2008 - El Faro Usain Bolt, el velocista jamaicano, volaba en la pista, dejaba muy atrás a todos los demás y rompía un récord tras otro, sin aparente esfuerzo, sobradamente. Igual de sobrado pudo verse a Samuel Kamau, maratonista keniata, quien con 2 horas 6 minutos y 32 segundos estableció una nueva marca en la considerada “prueba reina” del olimpismo. La rusa Yelena Isinbáyeva flotaba en el aire para sobrepasar el listón colocado a 5 metros con 5 centímetros en la prueba de salto con pértiga, superando así sus propios récords anteriores. Podría pensarse que las condiciones para el éxito de los deportistas de élite residen en las cualidades excepcionales de estos seres humanos, gente que parece haber nacido para hacer eso en concreto y para hacerlo mejor que nadie. Pero tras la excelencia y el triunfo se esconden dosis de esfuerzo y sacrificio, desapercibidos a veces por la frescura y facilidad con que ciertos atletas logran sus proezas. El caso del norteamericano Michael Phelps, prodigioso nadador y acaparador de 8 medallas de oro en Beijing, es ilustrativo. “Como, duermo y nado – declaró a los medios –, ésa es mi vida.” Es la descripción de una vida casi animal, poco humana, que pocos se atreverían a considerar como un modelo a seguir. En el mundo de la alta competencia se exige de los atletas un grado tal de concentración que, sin llegar a los extremos del nadador estadounidense, les impide sin duda hacer una vida “normal”. Es el precio que deben pagar. Algún día las olimpiadas fueron cosa de amateurismo. Desde hace mucho eso ya no es así. Sólo triunfa el profesionalismo. Fidel Castro, en vez de quejarse (al momento de justificar las pocas medallas de oro que obtuvo su país en los Juegos de Beijing) mejor debería reconocer esa realidad. En verdad, incluso en Cuba, el deporte de alto rendimiento, el de la preparación para la competencia olímpica, es también para profesionales, para gente dedicada por entero a ello. Lo que en la isla seguramente no hay es el patrocinio de grandes marcas, que hacen de los deportistas los mejores emisarios y publicistas de sus productos. Se podrá criticar una tendencia al mercantilismo, pero sin duda son un apoyo real al mundo del deporte. Pueden aportar a la indispensable acción del Estado y ser un complemento decisivo. Los Juegos Olímpicos que organizó China tuvieron una serie de patrocinadores oficiales, entre otros: VISA, Adidas, McDonalds, China Mobile, UPS y la marca china de cerveza Tsingtao. Otras transnacionales patrocinan equipos concretos y a determinados deportistas. No obstante, la acción estatal, las políticas oficiales de promoción y desarrollo del deporte, son esenciales. Cuando los Estados les dan la debida importancia, se nota. Lo acaba de demostrar Gran Bretaña, organizadora de los Juegos en la próxima cita del 2012, que saltó sorprendentemente al cuarto lugar con 19 oros y un total de 47 medallas. Recuerdo que en 1996 yo critiqué que siendo una nación poderosa, con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y del club de los países más ricos y desarrollados, hubiera quedado ese año en el lugar 36°, con únicamente 15 medallas y tan solo una de oro. Australia en cambio, que estaba en ese entonces preparando las siguientes olimpiadas (Sydney-2000), se esforzó para las de 1996 en Atlanta, obteniendo una muy honrosa séptima posición, con 9 medallas de oro y 41 en total. En conclusión, cuando un Estado convierte al deporte en una prioridad, eso rápidamente se refleja en el medallero. Desde luego importa, y mucho, el grado de desarrollo económico al momento de lograr un desarrollo deportivo. No extraña que en los primeros lugares del medallero estén los países del G-7, más tarde ampliado a G-8 por la inclusión de Rusia. Del grupo de las ocho naciones más ricas e industrializadas del mundo, siete de ellas figuran en las primeras diez posiciones: Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Alemania, Japón, Italia y Francia. Al lema olímpico “citius, altius, fortius” habría que agregar, en un mundo tan desigual como es el de hoy, la fórmula “mejor alimentado, mejor entrenado, mejor equipado”. Sin embargo se han “colado” dentro del grupo de cabeza China, Australia y Corea del Sur, países considerados “en vías de desarrollo” o “economías emergentes”. En cambio Canadá, que es parte del selecto club del G-7, en Beijing quedó “descolgado” a un alejado puesto 19, con sólo 3 oros y un total de 18 medallas. Lo sobrepasaron, cual verdaderas potencias olímpicas, algunos países francamente “tercermundistas” como Jamaica, Kenia, Rumania y Etiopía (en los puestos 13°, 15°, 17° y 18°, con 6 oros, 5, 4 y 4 respectivamente). Para los deportistas de dichos países este resultado es una notable hazaña. Aunque el olimpismo promueve la democracia y sus valores, por su mismo carácter de competencia los Juegos ofrecen alegrías a unos pocos y frustración para los más. En Beijing participaron delegaciones olímpicas de 204 países. De ellos 87 consiguieron medallas y 55 se hicieron con alguna de oro. Es decir, un 42.64% y casi el 27% respectivamente. Alrededor del 60% de las delegaciones participantes regresaron sin medallas y cerca de las tres cuartas partes vieron negado el honor de obtener algún oro olímpico, o sea, la distinción de ser “los mejores del mundo” en determinada especialidad deportiva. Esos porcentajes no son una novedad; se mantienen casi invariables en cada cita olímpica. Un mundo más democrático, en sentido económico-social, posiblemente se vería reflejado en el medallero olímpico con un reparto más equitativo de los primeros lugares. De hecho, aunque el logo de los cinco anillos olímpicos pretende representar a los cinco continentes en pie de igualdad, si los dibujáramos tomando en cuenta los resultados por continente, el tamaño de los mismos resultaría desigual. El más diminuto sería el de África, que en su conjunto obtuvo 11 oros y 34 medallas. Bastante atrás del anillo latinoamericano y el Caribe pues, si del continente americano descontamos las preseas obtenidas por Estados Unidos y Canadá, América suma 71 medallas, 17 de oro. De nuestro subcontinente destacan Jamaica (11 medallas, 6 oros), Brasil (15 medallas, 3 oros) y Cuba (24 medallas, 3 oros). Grandes economías de la región, como Argentina y México, muestran un poco brillante desempeño, con 6 medallas y 2 oros, 3 medallas y 2 oros, respectivamente. Se hicieron presentes en el medallero otros 8 países latinoamericanos, reflejando la tendencia general a una mejoría en el desempeño deportivo. El resto, incluida nuestra delegación salvadoreña, fueron a pasear, a participar y a “ganar experiencia”, lo cual no debe subestimarse, pero tampoco ofrece motivos para la satisfacción. El continente que sin duda más progresos ha mostrado en la cita olímpica del presente año es, sin duda, el asiático. Asia subió 234 veces al podio a recoger medallas, de las cuales 88 fueron de oro. Puede parecer lógico si pensamos en términos demográficos, pues la mitad de la población mundial es asiática. Pero no es la lógica demográfica la que se impone. Así lo indica la pobre cosecha obtenida por la India, que pese a sus mil millones de habitantes tan sólo logró 1 oro y 3 medallas. Mucho más que la demografía importa en estos resultados la economía y la decidida acción de los Estados. Con un tamaño poblacional semejante a El Salvador, Dinamarca se ubicó en el puesto 30° del medallero, con 7 medallas, 2 de oro. La poco poblada Mongolia obtuvo 2 oros y 4 medallas, la empobrecida Corea del Norte 2 oros y 6 medallas, el muy atrasado Kazajistán alcanzó la proeza de 13 medallas y 2 oros. El gran vencedor sería la Unión Europea, si hubiera culminado su unidad política y con ella la deportiva. Sumando los resultados de las delegaciones del grupo de los veintisiete nos da 92 oros y un total de 301 medallas. Europa pesa en el mundo. Tampoco es argumento para los suprematistas blancos; el “dream team” norteamericano de básquet refuta con claridad al racismo caucásico o ario. El ascenso de China y en general de Asia, en todos los aspectos, es dominante en el presente siglo XXI y los Juegos Olímpicos no hacen sino reflejar esa realidad. El declive y la pérdida gradual de hegemonía por parte de la potencia estadounidense aparecen también como tendencia e igualmente se advierten en el balance deportivo de Estados Unidos, que se ha estancado en las olimpiadas. La recuperación social y económica de Rusia, tras la debacle de los noventa, es otra evidencia de nuestros días que igualmente se traduce en logros olímpicos. Por último, el crecimiento tímido pero esperanzador de los países del Sur en la competencia olímpica refleja la difícil pero decidida lucha de nuestros pueblos para salir del tercermundismo, crecer económicamente, mejorar las condiciones generales de vida, superar los índices en salud y educación y empezar a brillar en cultura, arte y deporte. El futuro dirá si los Juegos de Beijing de 2008, marcados por el número 8 – signo de lo eterno y lo infinito en Occidente, símbolo de armonía, de salud y de fortuna para la cultura china – representan un punto de inflexión que nos lance al progreso y a la igualdad humanas, a superar la agresividad de lo bélico en la sublimación de lo atlético, lo lúdico y lo festivo.
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