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OPINIÓN

¿Cuántas más?


Renée Hubard Vignau*

cartas@elfaro.net
Publicada el 08 de septiembre de 2008 - El Faro
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La tarde del último sábado de agosto caía un diluvio en diversos puntos de la República Mexicana. Esto no impidió que miles de personas se alistaran en todas las entidades federativas para salir a manifestarse en contra de la inseguridad y la violencia.

En Guadalajara la fila humana se extendía desde los Arcos de la Minerva hasta donde la vista alcanzaba. Todos de blanco, todos en silencio, todos con velas en la mano. Oleadas de aplausos estremecían de vez en cuando la fila, como si la multitud no pudiera contener su silencio.

A las 8.30 p.m. en punto el himno nacional se escuchó simultáneamente en todas estas ciudades. La pantalla gigante transmitía escenas similares en distintos escenarios: El zócalo capitalino abarrotado de luciérnagas blancas. Llenos totales por doquier.

Una experiencia  de solidaridad, de unión y de paz en la ausencia de gritos y consignas. Sin embargo, en todas las marchas, unánimemente escondido, un grito de esperanza de cambio, de que algo realmente sucediera tras la marcha.

Yo llevaba de caballito a mi hijo de tres años y mi marido a mi niña, de cuatro.  Al acostarlos, como cada día, reflexionamos sobre lo más bonito de la jornada:
-Ir a la “marchada” de las velas- aseguró Pía categórica.
-¿Y recuerdas por qué fuimos?- inquirí.
-Claro, a pedir que todos podamos vivir en paz y que los buenos ya no tengan miedo y los malos tengan trabajo para que tengan dinero y no se lo quiten a los buenos, y se hagan buenos- replicó, muy aleccionada y sin sombra de temor alguno. Nunca lo ha tenido. Su mirada es de inocencia, de confianza.

Sonreí con tristeza y acaricié su frente.
-La realidad –pensaba- es que el miedo, el terror y la paranoia ya no deja salir en paz a mucha gente-. Ojalá yo no me contamine de este mal que nos viene del norte. De esta peste bubónica que no deja vivir en plenitud-, pensé mientras la acariciaba.

Detrás de la inseguridad hay una causa económica, una política, una social, una filosófica y otra antropológica. Estos problemas enmarañan la situación haciendo el problema impenetrable y la solución intangible.

Se hablaba de un millón de personas en la marcha de 2004, sin embargo, las cifras del gobierno siempre son muy recatadas.

Dicen los periódicos que en el D.F. esta vez marcharon cerca de cien mil personas, concentradas principalmente en Ciudad Neza y el Zócalo. ¿El detonador? El mismo de hace cuatro años: Secuestro y asesinato. Esta vez fue el hijo de un empresario, en aquella ocasión dos hermanos, también empresarios. Historias que se repiten a lo largo y ancho de todo México.

Hace unas semanas unos policías secuestraron a un chiquillo de un pueblo de Jalisco y mataron a toda la familia para no ser reconocidos. Así de sencillo.

Pero el secuestro de Alejandro Martí en la capital fue sólo el detonador. Día con día la inseguridad nos rebasa, putrefactos en un pantano de corrupción. Como una medusa a la que le cortan una cabeza y les salen otras tantas: el problema general de la delincuencia organizada.

En México durante la gestión del Presidente Calderón la lucha contra el narco ha provocado más muertes que las que produjo en el mismo periodo la guerra contra Iraq, pero de esta guerra tan mortífera que sufre México casi no se habla.

Y hay otras aristas de la inseguridad.

Las 16 mil personas que se manifestaron aquí en Guadalajara eran, casi en su mayoría, de clase media y media alta y conformaron el contingente humano más grande en los últimos años, sólo rebasado por el que se formó cuando el equipo de fútbol de las Chivas se coronó campeón. Ese sí, más plural y movido por la pasión futbolera, que afecta a gran parte de los mexicanos, mucho más que su compromiso como ciudadanos.

Pero ¿cuál será el final de esta tragedia de la inseguridad? ¿Lo veremos acaso? En el D.F. marcharon con la consigna de no hacerlo por tercera ocasión.
Pero, ¿qué pretende esta consigna? Me parece inconcebible en un país en el que hacen falta muchas marchas más para desperezar al pueblo, para que todos nos unamos como ciudadanos y logremos algo.

Las manifestaciones constituyen uno de los pocos mecanismos de participación ciudadana con los que contamos a falta de referéndums u otras figuras de participación que, además de las urnas, den a conocer la opinión de los mexicanos a las autoridades.

Las marchas que abogan por valores fundamentales, por derechos humanos elementales sin pancartas ni consignas son -además- las que más falta nos hacen en América Latina para seguir construyendo nuestra identidad mestiza alrededor de valores como los que se mostraron el sábado en tantas ciudades mexicanas, después de la tempestad: Solidaridad, tolerancia, orden, puntualidad, unión, civilidad, esperanza, confianza y muchos más. Valores que giran alrededor de la familia, pues éramos familias enteras de varias generaciones que estábamos allí reunidas.

Estos valores nos irán dando la identidad de país que tan ávidamente buscamos en nuestras raíces, blancas e indias, y que se han transculturizado con diversas influencias imperialistas.

¿Cuáles son entonces nuestras identidades en América Latina? Somos jóvenes países de doscientos años de vida. Apenas estamos conociéndonos para saber por dónde caminar. Estas marchas son un buen camino para transitar en el ejercicio de la democracia.
 
Yo también deseo no volver a marchar para pedir seguridad, pero de seguro no será la última vez que manifiesto claramente mi voluntad y mis valores a través de unos pasos.

*La autora es escritora mexicana. Vive en Guadalajara, Jalisco.

 

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