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OPINIÓN Algo huele mal en la PNCGiovanni Berti En días recientes hemos tenido, una vez más, la desagradable noticia de que algo huele mal en la PNC. Si hace algunos años las manzanas podridas de la corporación policial estaban vinculadas con los “ajusticiamientos” de los jóvenes pertenecientes a las maras, hoy parece que han elevado su nivel de sofisticación y aparecen relacionados con delitos más complejos, propios del crimen organizado. Más recientemente el caso de Los Perrones en el oriente del país, pero antes otros casos de similares características, han vuelto a poner la atención de la sociedad sobre una de las instituciones “modelo” surgidas de los Acuerdos de Paz. La historia de la PNC es muy particular. Incorporo desde sus inicios a miembros de las fuerzas armadas y de la antigua guerrilla, quienes luego de más de una década de enfrentarse como enemigos en campo de batalla, se convirtieron de la noche a la mañana en colegas y compañeros de trabajo que debían cuidarse las espaldas y protegerse uno al otro. No hay duda de que la reconciliación en la etapa de la post guerra tuvo una de sus expresiones más pragmáticas al interior del cuerpo policial. A pesar de esto, la PNC ha evolucionado positivamente en el período de paz. Con los altibajos propios de una institución naciente, no pueden desconocerse los avances en la profesionalización de los agentes policiales y sus organismos de dirección. Sin embargo, la repentina y misteriosa salida del su último director general siembra la duda sobre el deterioro institucional y sobre la necesidad de revisar internamente lo que está pasando en la PNC. Es un problema que tiene ángulos diversos; todos ellos complejos e importantes. Pero el más grave de todos es la erosión de la credibilidad, la confianza y la autoridad moral del cuerpo policial. Toda institución policial, en cualquier parte del mundo, tiene problemas de organización, de disciplina, de formación de agrupaciones internas y de recursos operativos que se traducen automáticamente en mayores niveles de ineficiencia para responder a las demandas sociales de seguridad. Nuestra policía no escapa a esa realidad, pero aún reconociendo este fenómeno siempre debemos exigirles rendimientos superiores. La meta debe ser la excelencia. En materia de seguridad, no se vale regatear. Pero una cosa es tener problemas de eficiencia y otra, muy distinta, es tener enquistada una red de delincuentes con placa y uniforme; porque esto último constituye una enfermedad terminal que deja a la población vulnerable y en la incertidumbre sobre el compromiso y la honestidad de cada uno de los efectivos policiales. En un país donde la inseguridad es uno de los principales problemas que aquejan a los ciudadanos, este es un riesgo que no se puede correr. Es importante que exista capacidad de investigación y enjuiciamiento de los policías que abusan de su investidura para cometer actos delictivos; peor sería, ciertamente, que se les encubriera o que se toleraran sus actitudes. Lo que resulta difícil de entender es cómo hemos llegado hasta este punto. Cómo es que nadie al interior de la PNC haya descubierto a tiempo el perfil delincuencial de estos individuos. Si esto está ocurriendo es porque algo anda muy mal. ¿Está fallando el sistema de admisión? ¿Están fallando los métodos de evaluación? ¿Está fallando la Inspectoría General? ¿Está fallando el proceso de formación en la Academia de Seguridad Pública? O peor aún, ¿Está fallando todo a la vez?. En aras de la tranquilidad y la tan ansiada Paz Social es imperativo que el Ministro de Seguridad y el nuevo Director de la PNC den respuesta a estas interrogantes. Es urgente controlar la ola de violencia e inseguridad ciudadana que se cierne sobre nuestro país. Es un clamor popular que no debe ser desatendido. Pero más urgente es que los máximos responsables de las instituciones de seguridad nos garanticen a todos que se va a atacar de raíz la enfermedad mortal que padece la PNC; de lo contrario, la inseguridad seguirá, pero con el agravante de que no tendremos una policía sana y competente para enfrentar el problema. Y entonces… ¿Quién podrá defendernos?.
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