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OPINIÓN

De etnografía y literatura III/III
El padrastro (1944) de Blanca Lydia Trejo

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de julio de 2008 - El Faro
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Violencia doméstica

De la casa de doña Adelaida Portillo, Marcela sale hacia el único sitio que la trata con deferencia, la familia Pérez.  Por primera vez, “ahí comía en la mesa con los señores” quienes mantienen “una mansedumbre franciscana”.  Su estadía dura corto tiempo, ya que su madre, Rosina Portillo —hermana de doña Adelaida, degradada por amores ilícitos— viene a buscarla “por la fuerza, caso de que no cedas por la buena”. 

El reencuentro  madre-hija —“¡su madre¡ [a quien] en verdad no conocía”— sella la casi totalidad del resto de la novela.  Su salida “del único lugar en que había encontrado bondad y comprensión” la conduce al infierno cotidiano del hogar.   En el retorno al domicilio materno Marcela descubre rivalidad con su madre, acoso y abuso sexual de sus dos padrastros sucesivos, violencia doméstica, explotación del trabajo infantil, en breve, el vínculo entre marginalidad social y decadencia moral.  El núcleo familiar se le ofrece al lector como imagen de la nación. 

 Desde su aparición en el Hospicio, las monjas temen que la madre “te ha comprometido con tu padrastro”.  Rosina tiene “cuatro” hijos, “ya sin padre”, “Marcela, Cleto, Roberto y Pepe” y una quinta, Rupertita la menor. La idealización de su madre, Marcela la pierde cuando el padrastro en turno —don Chema— intentar violarla.  Rosina descree lo que afirma su hija y defiende a su amante.  

“Y tenía más fe en el marido, un advenedizo y en doña Adelaida […] en todos menos en la hija de sus entrañas.  ¡Adiós ilusión de que sería cual la generalidad de las madres, buena, abnegada y ejemplar […] le dio la medida cabal de su orfandad”.  (Trejo) 

Tampoco la madre la defiende frente a los insultos que le profieren las vecinas de un vecindario en el barrio La Vega.  En cambio, entabla amistad con quienes ofenden a Marcela.  

“Las hijas de la lavandera Sinforosa […] llenaban de improperios a Marcela, porque sí; porque les venía en gana.  Haciendo caso omiso de su maternidad, Rosina escuchaba los insultos con la más fría indiferencia.  —¿Dónde está mi madre, Dios mío?”.  (Trejo)

Rosina también obliga a su hija a prostituirse para que contribuya monetariamente al bienestar del hogar. 

“—Te voy a presentar con Eduardo, un antiguo amigo mío.  Es riquísimo.  Tengo la seguridad que nos ayuda […] Rosina conversó a solas con él […] y empezó a brindar por la juventud de Marcela”.  

La rivalidad se desarrolla por la afición que poseen los dos padrastros sucesivos de Marcela —los amantes de Rosina, don Chema y Fulgencio— hacia la belleza juvenil.  El primero la acecha pero luego abandona el hogar al descubrirse el acoso.  El segundo conduce a la familia a la destrucción —como anotaremos en seguida— por el abuso sexual de Rupertita, la explotación del trabajo juvenil y la violencia doméstica extrema.  Madre e hija entran en competencia ante la mirada lasciva del “amo y señor del hogar”. 

“Presintiendo en Marcela a una posible rival, asfixiada de sospechas, se volvía recriminatoria […] mi hija me hubiera quitado el hombre”.

“Rosina, con la mordedura de los celos que le carcomían el pecho y que no eran como el del común de las mujeres, sino unos celos especiales que la hacían arrepentirse de haber engendrado en sus entrañas a su propio rival”. 

“Ña Rosina se ha quejado muchas veces de que le querés quitar su hombre”. 

Pese a la rivalidad, Rosina intenta que Marcela se someta a los requerimientos sexuales de su amante como única manera de conservarlo en casa.  Así evitaría el despilfarro extremo de dinero en burdeles —“en busca de otras mujeres”— y mantendría sin deterioro su única adquisición material, un taller de carpintería de propiedad familiar. 

“Únicamente ella como madre, puede obligar a Marcela a que se le someta […] cada vez que lo rechazas remata su cólera conmigo […] todo podría quedar entre familia […] a déjate por mí… hazlo por mí […] aquí él es el amo”.  (Trejo)

Los desmanes del padrastro se continúan en la perversión de menores con el consentimiento de la madre.  La víctima de los afanes sexuales del padrastro es la más joven, Rupertita.  Su cuerpo dócil se entrega al hombre

“A la hora de la siesta, cuando Fulgencio se tumbaba en la cama, llamaba a la niña para empezar con ellas sus atrevidos juegos; pellizcábale los muslos, o bien los senos duros que apuntaban ya como dos limoncillos, mientras sus risotadas llenaban la casa.  Rosina presenciaba aquellas escenas y sonría bobalicona, satisfecha de proporcionarle a él, otra distracción más, sin comprender que tales excesos determinaban en la niña las emociones primarias del instinto sexual, estimuladas prematuramente […] Rupertita se le abandonaba al padrastro totalmente”.  (Trejo)

La micropolítica del poder masculino implica la capacidad de acaparar mujeres, ante todo desflorar jóvenes vírgenes.  El acoso sexual de las menores se vuelve afrenta insignificante frente a la diaria perversión de una niña inocente. 

“—Vos pensás en la Rupertita, ¿verdá?  Mirá, a esa patoja le hago ilusión y no lo dudés, aunque verde, yo seré el primero que muerda la fruta, pero por el momento es la otra, la Marcela, ¿no la conocés?”.  

“Doquiera que volvía sus ojos encontrábase con la figura de aquel hombre, el tal don Chema [el padrastro], que se había constituido en su sombra […] había penetrado en su habitación, deslizarse en sus sábanas”.  (97)

En los varones, lo sexual da lugar al trabajo. Proveen mano de obra gratuita por la cual la familia adquiere un próspero taller de carpintería, luego de su migración a Guatemala.  El establecimiento se convierte en el único patrimonio permanente y de valor.  Sus precios módicos le atraen una buena clientela.  El éxito comercial hace de Fulgencio “el amo de aquella colonia”, hombre “rico”.  “Se hablaba del rápido encumbramiento de don Fulgencio”.

Su “humor de todos los diablos” lo vuelven patrón despótico.  Su distinción —“considerábase en un nivel social superior”— la marca la muda diaria de buena ropa, mientras los muchachos “veíalos con aquellos pantalones descoloridos, sumamente holgados […] llenos de parches […] residuos que dejaba el padrastro, ávido siempre de lucir ropa nueva”.  El auto-rendimiento lo logra violencia verbal y física, “palabras sucias, manera según él de imponer su autoridad”.   Rosina, la madre, le entrega los hijos a Fulgencio para que ejerza sobre ellos su autoridad arbitraria.  Explotación del trabajo infantil y violencia doméstica se conjugan en el trato diario del padrastro.  Este despotismo conduce a la disolución del núcleo familiar —pérdida del taller— y su final dispersión en la diáspora Entre Guatemala y EEUU.

“Yo te los entrego para que hagas con ellos lo que con los caballos; domarlos a puro cincho; enséñales el oficio […] humillados, silenciosos, encubriendo su temor al padrastro […] sus cuerpos enjutos daban cuenta de las cicatrices con que los habían marcado innúmeros cintarazos”.

“Fulgencio, cuya desazón aumentaba por mantenerse como bestia en celo con sus instintos insatisfechos [ante la negativa de Marcela], andaba en pos de una víctima […] desfogó su cólera sobre Pepe […] Una lluvia de azotes cayó sobre su espalda […] y se cayó la brea hirviendo.  El muchacho cayó sobre el charco de fuego, cuyas llamaradas envolvieron su cuerpo y llenaron de humo el taller.  El padrastro enardecido, proseguía en su infernal tarea, blandiendo el látigo sobre la tea humana”.  

“La emprendió con ella a puntapiés, haciéndola rodar hasta lanzarla a la calle”.  (Trejo)

Las relaciones de pareja las regula también una vasta disimetría entre la sumisión femenina y la violencia que el varón ejerce para validar el mando.  El “hombre idealizado” de Marcela, Luis, ejemplifica el trato brutal que caracteriza el hábito amoroso.  A simple vista, ambos se conocen en el Hospicio.  Se cruzan miradas de reojo que simulan la poesía.  “Repique de alborada […] suave poema de luz […] se encontraron en la mirada y se escudriñaron las almas”.  Por azar, vuelven a juntarse en casa del Dr. Fernández.  Esta reunión sella una estrecha relación entre nuevos amantes según la fórmula trillada.   “Su primero y único amor […] el gran poema de la vida […]”, el amor eterno. 

No obstante, las aspiraciones de ascenso social —luego de recibir una herencia— destruyen el idilio.   Sometido a la voluntad de su madre, Luis se vuelve hosco y agresivo, obligando a que Marcela se humille y acepte su superioridad física sin reclamo.  “Le daba puntapiés y tomándola de los cabellos la arrastraba por el suelo como un guiñapo […] la había azotado y ni aún así se volvía agresiva”.  Al cabo, si para Marcela huída hacia Guatemala y viaje final a EEUU coronan su destino, para Luis culmina en doble “divorcio” y en su reclusión definitiva en “un Seminario”.  La pareja ideal —imagen de la nacionalidad salvadoreña— acaba separada, en la diáspora femenina y en el escapismo religioso del hombre. 

III

Etnografía urbana

Una de las mayores contribuciones de Trejo consiste en documentar la diversidad étnica de El Salvador y del istmo centroamericano.  “La patria del criollo” —la nación hispana y mestiza exclusiva— se multiplica en varias culturas regionales que se ignoran.  Si en el regionalismo sirven de trama idealizada —decoración de interiores por lo folclórico— la novela visualiza un complejo sistema de violencia escolar, religioso, doméstico, intelectual e institucional.  El centro de gravedad lo constituye “la mansedumbre de unas mujeres […] hija del verdadero amor”. 

Como madre soltera, Rosina debe emigrar hacia la costa atlántica de Centroamérica.  Ahí con la mayor naturalidad observa lo obvio, la diversidad cultural que hasta el despegue del presente siglo resulta novedad.  Descubre un mundo de múltiples lenguas, culturas y razas —la Torre de Babel en el trópico— el Caribe centroamericano.  De las descripciones paisajistas, de seguro no tan depuradas como las de Salarrué, el inventario se desliza hacia la población.  Lo que el retablo pierde en impacto poético lo recobra en amplitud antropológica. 

“Puerto Barrios, con su bahía sucia, lamiendo incansablemente las cabañas de los pescadores y las raíces de los cocoteros esbeltos que columpiaban entre sus palmas algún enredado zarzal […] En la costa norte de Honduras, Rosina contempló las tonalidades del rugiente Mar Caribe; el fondo gris perla de la bahía […] generadora de erizos y medusas […] Tela, fecundo en cangrejos azules y madréporas.  Ahí, a veces, la irritabilidad del titán vuelve sus aguas espantosas, profundamente negras […] la United Fruit había establecido sus talleres de máquinas y de reparación de barcos.  En bien acondicionados palacetes rodeados de la flora del trópico vivían los americanos empleados de la compañía, algunos, haciendo gala de altanería propia de lacayos que contrastaba con la afabilidad de más de un jefe.  Tenían bajo su mando infinidad de negros que se ocupaban del corte y de la carga del banano […] No faltaban algunos mexicanos […] lamentable raza dispersa […] toda una mezcolanza de nacionalidades se volcaba en aquel laberinto […] ahí negras, chinas, francesas, pinoleras, chapinas y guanacas”.  (Trejo)

Al internarse en las costas de Nicaragua se dedica al “comercio de baratijas [que] ofrecía perspectivas halagüeñas entre la gran población negra”.  “En plena naturaleza […] aceptó los requerimientos de un tal Don Chema” —padre de Rupertita— quien a su regreso a San Salvador acosa sexualmente a Marcela.  Si pensamos que el Caribe centroamericano como entidad histórico-literaria resulta de una invención reciente, Trejo debería figurar en el panteón de sus pioneras. 

A su retorno a San Salvador —acompañada de Don Chema— Rosina instala un restaurante en “lo más céntrico de la ciudad”.  Su localización y éxito dependen del “amparo de un influyente”.  El cambio político los obliga a cerrarlo y replegarse al barrio La Vega.  En ese “barrio totalmente cruzado por el río Acelhuate donde desaguaban las inmundicias del Rastro […] preferido por matanceros y mujercillas de quinto patio […] cerca de los destiladores de alcoholes”, Don Chema emprende la marcha hacia Guatemala luego de su intento de acosar a Marcela y Rosina encuentra a Fulgencio.  Todos los incidentes suceden en el centro de a capital, de manera que la novela oscila entre el relato de la acción narrativa y la descripción del lugar en el cual suceden los hechos.  En este momento, el texto se convierte en una exposición de la división urbana en barrios y sus festividades religiosas.  La novela es etnografía.

Esta alternancia entre relato y descripción —literatura y antropología— ocurre en una época específica, “cuando en Guatemala cayó el gobierno de Estrada Cabrera [y] el populacho a la expectativa del ambiente político estaba sediento de venganza”.  La influencia flaubertiana (Le rouge et le noir (1830)) la anuncia el nombre sitio de residencia.  «“El Tinto y Negro” un Mesón situado no muy lejos de un de los puentes, colindaba con el río por la parte de atrás, pues las aguas lamían las paredes de los últimos cuartos.  A las seis de la mañana, al desperezarse, palpitaban como un gran corazón y por las puertas y ventanucos de aquellos cuartos redondos de poca paga, donde se amontonaban las familias en asquerosa promiscuidad, asomaban sus caras amarillentas, albañiles, tortilleras, curtidores, lavanderas, zapateros y canasteras, dándose los buenos días, curioseando o refunfuñando».   (Trejo)

He aquí dos largas citas que ilustran la manera en que la descripción etnográfica apoya la narración.  Al ofrecerle un divertimento al lector, estos recuadros insertados diluyen la carga emocional de la violencia narrativa, a la vez que nos informan sobre costumbres urbanas ahora extintas.

«Cada pueblo tiene sus costumbres, su folclor, su sabor regional que constituyen el sello que lo  distingue.  En El Salvador, la  capital estaba dividida en centro  y ocho barrios llamados Concepción, San José, Santa Lucía, El Calvario, Candelaria, Los Remedios, San Jacinto y San Esteban, y las fiestas respondían a tradiciones de origen religioso.

En La Concepción, todo el mundo se echaba a la calle, bien plantado, principalmente, las mengalas, que lucían sus chales bordados, trayendo alborotado al mocerío con su gracia […] Desde Mejicanos, donde se come la fritada, Soyapango, Acalhuapa y demás pueblecillos que circundan la capital, llegaban los indios albeando de puro limpios, al cinto el machete, del que jamás se desprenden.  La multitud se arremolinaba esperando el carro de la Virgen artísticamente adornado y en que tenía lugar la “Loa a la Inmaculada”». 

“Eran los  últimos días de julio.  “El paseo del correo” traía alborotada a la chiquillería de las barriadas, pues los monigotes, gigantes en zancos, enanos, chichimecos de largas narizotas, viejos y cabezudos, con los vestidos más estrafalarios del mundo, al son de una alegre diana recorrían las calles.  En los bordes de las aceras se apiñaba la gente deseosa de ver sus bailes y pantomimas, así como de escuchar sus diálogos y chascarrillos.  Los enmascarados, abanicándose y recogiéndose la cola de aquellas enormes faldas de tafeta, conforme la moda del siglo XIX, remedan a señoronas y señoritingas, dando escape a la crítica popular [nótese de paso el trasvestimo masculino].  Un tumulto de gritos, aplausos y carcajadas, acogía sus ocurrencias y acompañaba la salida del “Correo” que era a las doce de la mañana, y por la tarde, a las seis, precediendo a la temporada de “Carrozas”.  Deia a día, las Juntas de los Barrios […] se disputaban el premio por el mejor carro alegórico “.  (Trejo)

En síntesis, a la metáfora de la nacionalidad salvadoreña como familia patriarcal y despótica, Trejo añade una de las primeras narraciones que describen la división por barrios de la ciudad capital, barrios populares como La Vega y diversas tradiciones religiosas.  Asimismo refiere la vida de los mercados —“en manos de  mujeres”— y la llegada de “indias de Panchimalco, Acalhuapa […] con sus canastas de huevos frescos, pacayas, culiotes, yucas, mutas, pipianes, cuchamperes, huisquiles, coliflores, chipilines, lorocos, piñuelas, pitos y chompipes”.  En toda su diversidad social, étnica, en flora y fauna, la urbe desfila por esta novela olvidada.  
 
De la ficción como ética

La actitud honorífica de Marcela —expresión “romántica” de vida interior íntegra cuyo carácter auténtico se realiza en la diáspora, en EEUU— cuestiona a los más diversos personajes e instancias sobre su comportamiento obsceno.  A monjas y orfanato les reclama “el descrédito [por la violencia] que se hacía de la doctrina”; a la familia que la “adopta” como sirvienta sin pago, “el culto de las formas” rituales; al abogado intelectual, “conducta baja y mezquina […] carecer de hidalguía y dignidad”, a su madre, enseñarle “la medida cabal de su orfandad”, al estado, ser “padrastro” tiránico de sus ciudadanos. 

Su “crisis moral” es réplica de un mundo a la deriva, en el cual hasta los ideales revolucionarios afirman su fracaso.  “Si hay individuos ajenos por completo a la confraternidad humana, pero consentidos por la revolución […]  también habemos escritores que no olvidamos en nuestra obra, perfilar un ángulo de la época que nos ha tocado vivir”.  En  cuanto testimonio histórico, la novela es en Trejo excusa para expresar una moral.      

La clásica distinción entre opuestos complementarios —historia y ficción— recobra una dimensión inédita.  Si la definición común —hechos versus inventos— olvida la clásica diferencia aristotélica —género versus espécimen— Trejo la redime a nivel de la ética.  Mientras Aristóteles argüiría “la poesía cuenta sobre todo lo general, la historia lo particular”; la escritora chiapaneca reclamaría “la poesía narra el deber-ser, la historia el ser”.  La novela relata lo normativo, el testimonio lo normal. 

De la oposición hecho-invento (sentido común actual) —general-particular o especie-individuo (Aristóteles)— Trejo nos encauza hacia la moralidad: ser-deber-ser.  En un mundo degradado, época en crisis moral generalizada, la ficción se afirma como conciencia ética.  La existencia de Marcela —identidad ética-estética— ocupa un sitio similar que lo genérico en Aristóteles y los valores éticos —“No matarás”— en un mandamiento.  Si el primero me resulta tan trivial como utilizar la misma palabra para dos objetos particulares distintos, en un mundo en crisis bélica y económica, la sentencia moral ignoro si posee un lugar más allá de la ficción novelesca. 

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