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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ Los bailes de la prensa y el poderÁlvaro Rivera Larioscartas@elfaro.net Publicada el 07 de julio de 2008 - El Faro En el mundo actual, quien conspire para derribar a un gobierno deberá tener entre sus aliados al dueño o al director de un periódico importante. Si no cuenta con ellos, deberá hacer lo que hizo Lenin: fundar un periódico. Durante la pasada legislatura, la derecha española utilizó dos formas de lucha: la calle y el combate ideológico a través de la radio, la televisión y la prensa. Y con eso demostró que había leído a Lenin mejor que la izquierda. Un conocido diario español se valió del “periodismo de investigación” para mezclar hechos y suposiciones. Tales suposiciones desbordaban con frecuencia el marco de la deontología periodística y entraban de lleno en el mundo de la visión sesgada y beligerante. El arte consistía en vender una imagen tendenciosa disfrazándola de análisis objetivo. El fin justificaba una interpretación forzada de los hechos, el fin justificaba la sistemática intoxicación de los lectores. Ya no se trataba de informar, sino de que toda una serie de fenómenos encajara en una sola y discutible hipótesis, en una línea editorial que perseguía, al margen de la verdad, un objetivo político; ya no se informaba, se persuadía. No generalizo, desde luego, para condenar a toda la prensa y a todos los profesionales del periodismo, pero es bueno citar ejemplos como este para no caer bajo la influencia de esa imagen idealizada de sí mismo que tanto le gusta consumir y difundir a cierto periodismo “liberal”. Es cierto que la prensa ha tenido y aun puede tener momentos heroicos, pero también es cierto que hay capítulos bastante dudosos en su historia más reciente. Más allá de las leyendas que los profesionales del periodismo forjan sobre sí mismos, a los medios de prensa hay que verlos en la cruda realidad. Solo así podremos hablar de sus limitaciones y derechos. En el mundo actual, el partido que desee mantenerse en el poder durante veinte años deberá gastar mucho en publicidad gubernamental y esa publicidad ustedes saben perfectamente a quién engorda y ustedes saben bien cómo puede llegar a condicionar el horizonte de las libertades críticas de los medios de información. En el mundo de los negocios, una norma antigua señala que es mala cosa escupir por sistema en las manos del cliente y más si ese cliente proporciona mucho dinero. Si se sospecha que los ingresos publicitarios emigran por causa de la línea editorial, se suaviza la línea editorial. La censura y la autocensura ya no pertenecen solo al lenguaje de la violencia explícita, pueden ocultarse detrás de unas inocentes transacciones comerciales: Si no moderas tu punto de vista, se acabaron nuestros negocios. Que la publicidad sirve, en algunas ocasiones, de mecanismo regulador para líneas editoriales díscolas, lo reconocía hace poco, en privado, el jefe de sección de un prestigioso rotativo. Dicho jefe de sección honestamente reconocía que se autocensuraba en ciertos temas. Las complicidades con el poder se pueden tejer de estas y de otras maneras. Yo no juzgaría al periodista que se autocensura, se autocensura para conservar el trabajo o para evitar posibles represalias. La libertad de expresión tiene un precio que no siempre podemos pagar. Poco antes de morir, Waldo Chávez Velasco admitió que, en el sagrado ejercicio de sus funciones, se había visto obligado a comprar periodistas. Esa compra forma parte de la historia de nuestro periodismo. Y no generalizo. Pero como dice el mal pensado sentido común: si se compró una vez, se puede volver a comprar. Cuando hablo de compra, no se imaginen a un personaje furtivo (de traje negro y anteojos oscuros) que ofrece un montón de billetes por la conciencia de un informador; no subestimemos al poder, este sabe negociar con sutileza (becas, puestos, etcétera). Medios muy importantes han terminado traicionando las normas elementales del periodismo por creerse y no cotejar los datos que les transmiten las oficinas gubernamentales de información. Y es una historia que fatalmente se repite. Ciertas fatalidades recurrentes dan mucho en qué pensar. Los bailes entre la prensa y el poder son complejos, sin duda. Cuando las elites en el poder no son homogéneas, y discrepan ocasionalmente sobre las decisiones estratégicas, es posible que saquen a relucir sus diferencias a través de escaramuzas puntuales en los grandes medios de comunicación. Es así como, en defensa de un sector de la elite, cierta prensa puede adoptar una posición más crítica frente a otro sector de los grupos dominantes. Y está en su derecho de hacerlo y nosotros en nuestro derecho de hacer una interpretación más honda del complejo y laberíntico significado que adquiere la autonomía informativa en una sociedad mercantil tan conservadora como la nuestra. Dado que algunos articulistas poetizan sus bondades y denuncian a los malos monstruos que lo amenazan, he buscado subrayar las zonas problemáticas de nuestro periodismo y de sacar a la luz aquellos amigos/enemigos de la libertad de prensa con los cuales convive. Es obvio que no todo es blanco y negro. Hace falta una evaluación ponderada de los diversos roles que ha jugado la prensa en estos veinte años de gobierno conservador. Podrían reseñarse conflictos entre el partido gobernante y los medios de comunicación, pero en momentos cruciales, y ante un adversario común, es probable que la tendencia mediática haya sido la de cerrar filas para brindarle apoyo al proyecto de la derecha. Para hablar de la compleja danza entre la prensa y el poder convendría recurrir a conceptos como el de coyuntura, para que las valoraciones sobre períodos largos de tiempo no diluyan los momentos específicos en que pudieron surgir desavenencias. Y bueno será también no meter a la prensa dentro de un solo rostro o una sola función, por eso es necesario un juicio ecuánime sobre los diversos roles que haya podido desempeñar en estos últimos veinte años. De forma deliberada, utilizo el concepto de tendencia para sugerir que puede haber matices, “desviaciones”, casos puntuales, casos aparte y para sugerir que la repetición de unos hechos en el pasado no es una ley de hierro que determine al futuro. La secuencia de unos fenómenos puede alterarse y eso depende, hasta cierto punto, de la lucidez y la voluntad de los agentes sociales y políticos. Es una lástima que cuando salta la liebre del debate, muchos, en vez de abrir sus argumentos, saquen a relucir sus viejos miedos y el lenguaje de la confrontación propagandística. A estas alturas nada está consumado, todo es debatible y las posturas partidistas no dejan de ser sólo amenazas hipotéticas susceptibles de crítica racional. Quienes denuncian una posible ley de censura guardan un sintomático silencio ante los mecanismos reales que limitan actualmente la libertad de expresión. Bueno es que se levanten como fáciles paladines de la libertad de prensa en El Salvador, pero mejor sería que fuesen coherentes y se manifestaran igual de críticos ante las coacciones formales y materiales, burdas o sutiles, de unos y de otros. |
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