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OPINIÓN

Las FARC: regreso al futuro

Napoleón Campos
cartas@elfaro.net
Publicada el 07 de julio de 2008 - El Faro

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Ahora resulta que desde su reposo también los condena. Así se lee en “Las reflexiones del compañero Fidel” del 3 de julio:

Por elemental sentimiento de humanidad, nos alegró la noticia de que Ingrid Betancourt, tres ciudadanos norteamericanos y otros cautivos habían sido liberados. Nunca debieron ser secuestrados los civiles, ni mantenidos como prisioneros los militares en las condiciones de la selva. Eran hechos objetivamente crueles. Ningún propósito revolucionario lo podía justificar. En su momento, será necesario analizar con profundidad los factores subjetivos”.

Me pregunto: ¿Por qué Fidel Castro no expresó estos términos de direccionamiento revolucionario, de ética política, cuando Betancourt fue secuestrada hace más de seis años?  ¿Por qué se los guardó todo este tiempo, cuando sus palabras pudieron haber servido en algún momento como bifurcación y haber propiciado una pronta conclusión del infierno para esta mujer y el resto de secuestrados por las FARC? ¿Contribuirán las reflexiones de Castro a reforzar el exhorto mundial a las FARC para que libere unilateralmente a  quienes aún mantiene cautivos?

Las FARC son un regreso al futuro, un adelanto hacia el pasado, no solamente de la revolución armada sino de las izquierdas en América Latina.

En primer lugar, aunque resulte necio, es importante subrayar el origen absolutamente patriota de las FARC. Su génesis: el autoritarismo, la violación a las libertades y a los derechos humanos en aquella Colombia de medio Siglo XX. Su última apuesta civilista: la Unión Patriótica, que fue descabezada y diezmada por este mismo ejército que hoy se ha cubierto de gloria con el rescate de estos 15 secuestrados, y también por escuadrones de la muerte.

La única guerrilla post-Guerra Fría en América Latina, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en el sureste mexicano, fue un vibrante mosaico indigenista, anti-centralista, anti-globalista. Pero, en el 2006, el subcomandante Marcos tuvo que visitar los estudios de las poderosas televisoras en el Distrito Federal para que el ciudadano común y corriente se recordara de su existencia, y conociera su veto al entonces candidato presidencial del PRD, López Obrador. No olvidemos que parte de la intelectualidad que apoyo a López Obrador le reprochó a Marcos esa crítica y la atribuyeron entre las causas que, a su juicio, impidieron el triunfo electoral. “Política, la puta más cara e inútil del mundo”, sentenció Marcos en abril de ese año.

¿Era imposible que una guerrilla en el mundo global del Siglo XXI se reprodujera sin la connivencia con el crimen transnacional organizado? La respuesta a esta interrogante es afirmativa casi en un 100%. Las FARC son justamente ese espejo. Las opciones, tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, no eran muchas para los movimientos de liberación nacional en la región. Las negociaciones fueron el puente para prolongar y reforzar su contribución política a la democracia. De no haberse negociado la desmilitarización y la paz, las guerrillas latinoamericanas, en términos generales, habrían seguido una ruta en esencia análoga a las de las FARC. En suma, con una FARC basta para confirmar que las negociaciones internacionalmente supervisadas, sin ganadores y sin vencidos, fueron el epílogo acertado para resolver las guerras civiles.

La ausencia de “Tirofijo” al diálogo con el presidente Pastrana por supuesto que tuvo tras bastidores el permanente riesgo de que el líder de las FARC fuera asesinado. Pero esa no es toda la verdad. Igual o más peso tuvo en aquella circunstancia la presión ejercida por algunos de los subalternos de “Tirofijo”, quienes le doblaron el brazo porque de avanzar el proceso de paz el creciente esquema narco-guerrilla se estrechaba, se constreñía, peligrosamente para los intereses de los criminales. Por ello, el secuestro sonoro de Betancourt, avalado todo este tiempo por “Tirofijo”, ejemplificó la nueva naturaleza de las FARC: su metamorfosis en una entidad político-militar ajena, y hasta en contradicción, con sus raíces históricas. Los más de seis años de cautiverio de Betancourt al ser concebida como moneda de cambio ante el gobierno de Uribe y la comunidad internacional, constituyen el epítome del desenlace contrarrevolucionario de las FARC.

Es aquí justamente donde alcanzamos el punto del gran debate sobre las izquierdas en América Latina, en su sentido más amplio. Escribía un amigo filipino, hace muchos años, cuando lloramos la muerte de un amigo holandés, que tras grandes epopeyas, tras grandes líderes,  “las memorias son difíciles de matar”, se convierten en una negación del avance del tiempo concreto, de la realidad misma. Ciertamente, en este sentido vital, las FARC también son un regreso al futuro. El recuerdo de aquellas FARC ha eclipsado el pensamiento de antiguos guerrilleros latinoamericanos, ahora diputados y diputadas, secretarios y secretarias de Estado, activistas sociales y ambientalistas. Esa asociación con un pasado que con toda justicia se puede calificar de “heroico” ha sido “la viga en los ojos” para percibir lo que al presente son las FARC y todas las terribles consecuencias derivadas de los secuestros, extorsiones, asesinatos y de la producción y el tráfico de drogas.

En un plazo más inmediato, la fresca solicitud del presidente Chávez de Venezuela (en enero de este mismo año asentó Chávez ante su congreso nacional: “Son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político”) para que las FARC fueran retiradas de la lista de organizaciones terroristas en Norteamérica y Europa, mezcló confusa e impropiamente el legendario espíritu bolivariano del Siglo XIX, la revolución armada iniciada por Castro en Cuba en los años cincuenta, y el ser de izquierda en la América Latina del Siglo XXI. Las mentiras sobre el hijo de Clara Rojas, la socia de Betancourt, y el episodio de liberación de estos 15 secuestrados despejan toda duda, tanto que el comandante Castro se deslinda de los hechos y los vacía de todo contenido de reivindicación e hidalguía.

¿Qué queda entonces? ¿Es éste el principio del fin? Estoy convencido de que estamos al inicio del término de las FARC en el más pleno sentido histórico. Las FARC del 2008 están radical y sustancialmente divorciadas de las primeras FARC, de la Unión Patriótica de los ochenta e incluso de las FARC del diálogo con Pastrana. Las FARC están muertas políticamente, su fallecimiento ocurrió un día, no sabemos cuál, y es hoy que nos damos cuenta.

La expresión armada va hacia un cruce de caminos: una estructura se desmovilizará y llegará a pactar con una porción cada más significativa de los guerrilleros que están en las cárceles purgando penas que claman por la paz, y en un mediano plazo ofrecerán más de una propuesta imaginativa a su sociedad y a los electores colombianos, incluso, por qué no, de la mano con Ingrid Betancourt; otra estructura consolidará sus nexos con los narcos hasta llegar a ser identificada como otro cuerpo criminal transnacional más al igual que algunas células operativas localmente podrán ver su perpetuación en el sucio dinero producto de extorsiones y secuestros.

Las izquierdas latinoamericanas tienen en este proceso un trascendental estímulo: el final de la tentación de restaurar la lucha armada, el colofón gallardo de un trayecto de 55 años marcado por el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. La disolución política de las FARC se constituye, a mi juicio, en el NUNCA MÁS de las izquierdas de la región. Su más democrática y realista apuesta por el presente y el futuro.

Punto aparte, es el reconocimiento y la rectificación de los errores, particularmente de aquellos de alto costo que conducen a perder un referéndum revocatorio o una consulta sobre reformas constitucionales, o una elección presidencial. Así lo reconoció, hace pocos días, el presidente del PRD mexicano, Leonel Cota, al cumplirse dos años de la debacle de López Obrador: la derrota se incubó desde las entrañas del proyecto del cambio, de la soberbia del equipo de campaña al verse durante meses arriba en las encuestas; en suma, se sucumbió hasta por las poses y frivolidades del candidato y sus colaboradores más cercanos.

Por lo pronto, regocijémonos porque 15 cautivos han vuelto si no a la normalidad en sus vidas, porque esa es una dinámica lenta y compleja, cuando menos al cariño de sus seres queridos, al calor humano y sencillo de parientes, amigos y vecinos. Y, como lo pidió Betancourt, sin olvidar a los que aún permanecen en las selvas colombianas en contra de su voluntad.

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