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OPINIÓN Testimonio de una cultura trasnacional prematuraRafael Lara-Martínezcartas@elfaro.net Publicada el 30 de junio de 2008 - El Faro —¿A qué vienes a tu tierra? ¡Te arrepentirás! ¡Vete! ¡Vete! […] —¿Pero hay algo más triste que un hombre sin patria? Una justicia nueva que protegiese al débil. Lejos, al Sur, más allá de México, más allá, como una pesadilla del siglo XIX, quedaba la esclavitud… Blanca Lydia Trejo (1944) Testimonio del olvido Hace un medio siglo, al ofrecer un balance crítico sobre la “exigüidad de la novela salvadoreña” (1960), Hugo Lindo defiende una tesis insospechada. Su afirmación tajante desmiente el sentido común de todo poeta. Lejos de demostrar un alto grado de desarrollo cultural, la profusión de la lírica señala lo contrario, un síntoma de subdesarrollo mental e institucional. En el país existe un rezago frente al auge de géneros modernos de escritura. La preeminencia de la poesía implica la escasez de novela y ensayo, acaso también el desdén por la ciencia. “La superabundancia lírica de El Salvador (alguien dijo que éramos millón y medio de poetas), se explica un tanto por la línea de la menor resistencia, porque, dicha sea toda la verdad, no todo aquel que entre nosotros ha escrito versos, lo ha hecho siguiendo un imperativo de la vocación. Un poema puede obedecer a un rapto emotivo o de inspiración, o como quiera llamarse. Puede obedecer también a cierta facilidad verbal, o a cierto dominio de la técnica. Un soneto puede concebirse y realizarse en breves minutos. Y queda hecho. A veces, con extraordinaria calidad y perfección. Pero una novela no puede trabajarse así. Demanda un esfuerzo sostenido, permanente. […] la novela exige mayor disciplina consciente, mayor esfuerzo material, mayor consagración […] nuestra disciplina para la creación literaria, vacila y desmaya ante la exigencia de la novela”. (Lindo) Improvisación desmesurada sin disciplina —falta de rigor de la lírica— no apuntarían sino dos rubros que comprueban el retraso de la esfera literaria y cultural salvadoreña. Anticipando interminables discusiones que aún perduran, Lindo no le atribuye a la novela una filiación directa con la ficción. Por lo contrario, en lo novelesco descubre un enlace con la historia. Pese a su “exigüidad” la novela es testimonio, documento histórico de una época. “En la novela se recogen, quiérase o no, las modalidades e inquietudes de una sociedad, de una época. Es un documento vivo y vital. Es como si la historia, prescindiendo de su cúmulo de datos y de su apego a lo realmente sucedido, se echara a caminar por las rutas del arte. En la novela están el vestuario y el lenguaje, todo el inmenso cruce de fuerzas que hacen de una sociedad, en un momento dado, lo que es y no otra cosa. Aun la novela menos documental, es un documento”. (Lindo) La única novela que Lindo menciona —El indio Juan (España, 1933) de José Leiva— confirma el carácter testimonial de la obra. “No es una novela […] es un simple relato de hechos aislados, vistos o vividos por mí” (Leiva). De esta doble sanción —“la novela es documento”, hecho “visto o vivido”— aseguramos que la presunta innovación de una “novela-verdad” durante la pasada guerra civil no expresa lo nuevo. Manifiesta el redescubrimiento del “hecho-novela” por una generación que ignora la historia literaria del país. En efecto, tal cual lo demostramos hace varias semanas con el recuerdo de un centenario olvidado —la publicación de la primera novela salvadoreña del siglo XX, según Juan Felipe Toruño, Roca – Celis (1908) de Manuel Delgado— el testimonio define la intención autorial del género (26/mayo/2008). Para añadir la opinión de uno de los primeros relatos que rescata la experiencia de la mujer salvadoreña marginal —El padrastro (México, 1944) de Blanca Lydia Trejo— “la novela es […] la información social por excelencia”. Sin excepción, para Delgado, Leiva, Trejo, etc. “novelero” es sinónimo de “verdadero”. Toda novela expone una verdad. La misma amnesia historiográfica de los testimonialistas —ausencia de todo antecesor— afecta a la crítica literaria de su generación. Para rescatar la veracidad que exhiben los testimonios —única en la historia humana— hay que olvidar la novela que se escribe hacia la primera mitad del siglo XX. A lo que Lindo llama “exigüidad”, el trabajo más documentado sobre la novela centroamericana lo denomina simples “intentos novelísticos” (Ramón Luís Acevedo, La novela, 1982). Esos textos no ofrecen sino rudimentos de un género que para Acevedo culmina con la obra de Ramón González Montalvo hacia 1956-1960 y para los críticos testimoniales dos décadas después. Si lo contrario de la verdad (a-letheia, des-en-cubrimiento) no es la mentira ni lo falso —es el olvido (lethe)— sólo al desempolvar obras relegadas rebasamos la des-memoria que nos imponen el testimonio y su crítica. Tanto hemos olvidado que encubrimos el transcurso del río Lethe por El Salvador, cuyas aguas nos otorgaron la apatía por la historia literaria nacional. De Acevedo a la crítica testimonial, la reseña de la novela salvadoreña nos confronta a una retórica similar a la que Friedrich Nietzsche denuncia de la ciencia en la frase final del capítulo 14 de El nacimiento de la tragedia (1872). La ficción sólo existe para el testimonio; “es un correlato y un suplemento obligatorios” del testimonio. Un nuevo género literario —la verdad del testimonio— sólo aflora en el momento en que todo antecesor novelístico queda en el olvido. A su precursor se le sitúa en una esfera antónima a la evidencia que descubre y revela el testimonio: denuncia : desdén :: verdad : ficción. En remedo al Sócrates nietzscheano, escuchamos el eco «antes del testimonio el arte [de la novela salvadoreña] ni siquiera “dice la verdad” [y] se dirige “a quien no posee mucho entendimiento”». Hasta el presente no existe un solo estudio exhaustivo de las catorce novelas que cita Toruño para el período de 1900-1946, ni tampoco de la veintena o treintena que menciona Luis Gallegos Valdés para un período más largo (Toruño, Desarrollo, 1958: 394-395 y Gallegos Valdés, Panorama, 1981: 309-310). A semejanza de Leiva y Trejo, gran parte de esos textos permanecen inéditos en el país. La amnesia define nuestra más aguda actualidad. Al desdeñar la vivencia y literatura de los clásicos —testimonios de antaño— nos complace ignorar que toda novela representa un procedimiento genérico moderno de producción de verdades, personales y sociales. A contracorriente, tramamos novelas que “profetizan aquel tiempo en que habrán” materializado su deposición al volcar su conjetura legal en realidad social. Cultura transnacional prematura La teoría de la novela de la primera mitad del siglo XX nos enseña la intención “documental” (Lindo), “social” (Trejo), de “ hechos vistos y vividos” (Leiva) y de “verídica historia” (Delgado), un propósito testimonial según el pregón de los ochenta. A la letra, esos testimonios “registran no re-presentan” la realidad. De ahí que nos preguntemos cuál sería al menos una de esas verdades que hemos olvidado al ocultar su experiencia. La verdad que enuncian dos novelas antedichas —Leiva y Trejo— anticipa la globalidad en la cual vivimos. Se trata de la dispersión global —en Leiva hacia el viejo continente; en Trejo hacia Centroamérica, México y EEUU— de la población salvadoreña. Una “identidad transnacional” —que estudios culturales recientes revelan como actualidad de un mundo globalizado— posee una larga duración histórica en el imaginario narrativo. Desde 1933 y 1944, los novelistas plantean el problema de la migración y exilio —un movimiento centrífugo— como creador de una identidad transnacional salvadoreña. Una comparación nos impone un ritmo de secuencia y reiteración. Mientras el testimonio se afirma como novela de la guerra civil —revolucionario en sentido derivado— su precursor irreconocido se confirma como re-volucionario en sentido estricto. Su temática re-torna en la posguerra como recuerdo que lo reprimido aparece la primera vez en lo íntimo y en lo personal, para generalizarse a todo un pueblo en su reaparición. Pese a diferencias radicales, Leiva y Trejo sostienen que la cultura salvadoreña está destinada al exilio, a la diáspora, a trascender sus límites fronterizos estrechos y a diseminarse en el extranjero. La nación es disemi-Nación que no se halla auto-contenida en su propio territorio. En ambos textos, todo proyecto de nación es un fiasco dentro de bordes geográficos angostos. Los autores recurren a una de las metáforas novelescas más trilladas desde el siglo XIX —amor y sentimentalismo— para representar el fracaso político de la nacionalidad salvadoreña. El símil se concretiza en la incapacidad que poseen los héroes —Juan en Leiva y Marcela en Trejo— por establecer una relación duradera entre hombre y tierra, alter-ego de la mujer. “Cosecha de café. Cosecha de amor […] “La tierra que abonaban les era sumisa como una amante fiel [¿fracasa todo proyecto de nación sin mujer sumisa?]”. (Trejo) Ni el finquero acomodado —Juan de origen indígena— ni la mujer marginal —Marcela, huérfana de padre— logran estabilidad, un pacto político que proyecte su idea de nación hacia un futuro persistente. Los epígrafes iniciales enuncian el carácter trágico que adopta el exilio para un indígena europeizado —quien parte a la deriva sin rumbo fijo— y la esperanza utópica de reconciliación americana para la mujer. A la falta de reconocimiento mutuo entre las dos caras de una misma nacionalidad salvadoreña —“no me ha querido como yo a ella […] no me quiso nunca como yo a él” (Leiva)— se contrapone la confianza en que “al proyectarse hacia el Sur” —viceversa, al emigrar hacia el Norte— “la urgencia de un Continentalismo […] de comprensión” soldará una nueva alianza entre la América del Norte y la del Centro (Trejo). El desaliento de Leiva contrasta tanto más con la confianza de Trejo cuanto que la afluencia monetaria de Juan discrepa con la opresión de la mujer. En Trejo, el sentimentalismo de Leiva da lugar al descubrimiento de una relación directa entre violencia doméstica, abuso sexual, madres solteras, falta de “acceso a los empleos públicos” y migración femenina. Su proto-feminismo —simple “necesidad de trabajo y colaboración”— anticipa la composición sexual de flujos migratorios recientes, a la vez que predice temáticas contemporáneas irreconocidas. Con esta breve lectura de dos obras clásicas olvidadas asentamos la manera en que uno de los conceptos más en boga —el carácter transnacional de la cultura salvadoreña— no es una noción recién descubierta. Tampoco expresa una nueva experiencia sin antecedente directo en el pasado. Por lo contrario, la sombría odisea de Juan por “mares aborrecidos” y el esperanzado viaje de Marcela hacia el Norte, exhiben el preludio de la sociedad global. Su obertura permanece acallada, ya que al reconocerla suspendemos la vana ilusión de ser distintos, ápice inédito de la historia humana. Ambos personajes actúan como verdaderos alter-egos de la dispersión de la nacionalidad salvadoreña actual. Atestiguan la existencia de una cultura transnacional prematura. Dentro de los artículos iniciales de la Constitución Política de la República —«“Comunidad Imaginada” de El Salvador»— figura un versículo casi invisible que reza “Para mantener la paz y el buen gobierno de la República es necesario enviar al destierro a amplios contingentes de la población. Esta expulsión se hará de manera cíclica y de preferencia que los ciudadanos la perciban como decisión voluntaria y proceso migratorio natural”. Por el exilio de Aztlán siempre… |
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