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OPINIÓN

Lo que somos por dentro
El diablo sabe mi nombre de Jacinta Escudos

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 23 de junio de 2008 - El Faro
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Lo que nosotros somos por dentro, cuando caminamos por jardines floridos, aunque esos jardines florezcan sólo en nuestra imaginación. 
JE

Me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del [Centro] y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos […] parecían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios.  Charles Darwin

Arrecian las lluvias y el desierto tornasol es trópico. Un tenue musgo de verdor opaco cubre el silencio.  Hasta en el baldío cede el café mustio, la tristeza reseca, al color en esmeralda.  Amanece temprano.  La mañana se apresura con sus ruidos en brillo. El zumbar de los tábanos.  Hormiguean palabras los nopales.  El pulular en línea ordenada de los zompopos.  Croan los sapos que rinden tributo a la lluvia.  Lo recojo en dictado.

El esmeril del diligente madrugar lo ciernen las nubes.  A lo lejos se agazapan a la orilla de la montaña.  Conforman un horizonte blanco y límpido en la alborada. A partir del mediodía, hacia abajo enturbian la hondonada y el abismo. 

Hasta el valle y el páramo se entretejen de bruma.  Su huella prematura es visible al alba, cuando el sol aún no vence la humedad del amanecer.  Basta observar los charcos, diminutos vestigios de lo fluido y transitorio.  Lo fugaz es líquido, en este sitio en el que el sol y el viento diluyen los humores.  

Por breves semanas, el monzón del golfo impone el orden del desierto.  La naturaleza se altera.  La serena contextura del vaho absorbe la figura íntima, “lo que somos por dentro”.  Todo adquiere calidad de nube, vaporosa y cambiante.  No sólo emergen nuevas especies.  Ocultas e incorpóreas por meses hibernan enterradas en la cañada.  También las que ya viven a flor de tierra se revisten de un halo aéreo, tan sutil como la neblina. 

El ambiente se torna en bruma.  Los objetos más sólidos se entreborran y disuelven entre sí.  Muestran su hibridez y mestizaje.  Nace una vegetación gaseosa con vocación de niebla.  Líquido de piedra.   

Hay algo natural en la transformación de identidades.  Eso me enseñan la lluvia y la bruma.  Los agentes del agua provocan que los contornos se disgreguen.  Los límites se deslían.  La naturaleza se multiplica.  Revive procaz su existencia multiforme, inconstante.  Se licúa la fauna.  El árbol se evapora.  Como imanes que se atraen y enlazan, se intercambian figuras y apariencias exteriores.  Vuelan serpientes, mientras reptan las aves y los peces se asoman sin timidez por fuera del estanque. Quizás especies animales y vegetales son simples atuendos materiales.  El mundo se despoja de su vestimenta según las estaciones. 

II

Imagino que al rastrear el origen de las especies hay que reparar en las variedades como disfraces ingenuos. Atavíos sin sentido que recubren y ocultan “lo que somos por dentro”.  Así discurro en la mañana sin rocío.  Mientras en las manos se cuelan las letras volátiles de El Diablo sabe mi nombre de Jacinta Escudos (San José: Uruk Editores, 2008).  Una colección de trece cuentos, más un tardío advenedizo (“Cabeza de serpiente”), en remedo a la suerte.  A su exilio interior; al in-silio costarricense.  Por su lectura comprendo nuestra infancia humana de anfibios y batracios. 

De guiarnos por postulados simplistas —los del puritanismo imperial— seríamos náufragos de una ilusión.  La única transmutación posible es la que cambia el género, el sexo de los humanos.  En el primer cuento, “Memoria de Siam”, esta mudanza figura como pórtico de entrada. Movida por el amor, la heroína hace variar su silueta hacia lo masculino. 

Empero, esta muda no representa sino el preludio a un sistema generalizado de transfiguración de identidades.  El cambio de sexo es nimio, si nos percatamos que deja incólume la especie humana.  Al avanzar en la lectura de los cuentos, con asombro descubro una propuesta posdarwiniana.  En un mundo inventado, el homo sapiens se sitúa como otro eslabón animal en la evolución global de la naturaleza en su conjunto.  En un mundo que Dios conjetura en toda su fluidez entre variedades y clases.  “Las especies no son inmutables y su breve variación hacia lo “monstruoso” les concede mayor probabilidad de vivir” en un mundo incierto (Darwin).

Al borde de cataclismos ambientales, los relatos imaginan nuestra más aguda posmodernidad: la pérdida de toda frontera entre las especies animales y la humana.  Fingen un auténtico mundo global, ilimitado y carente de fines, muy distinto al que se jactan de impulsar las esferas oficiales.  Otros sueños nos aguardan al despertar.

En esta verdadera globalidad, el ser humano reconoce su profunda vocación animal.  La antropología es rama subsidiaria de la zoología; tal cual en Tlön, la ciencia lo es de la metafísica; en O-Yarkandal la violencia, ápice de la justicia.  Se borran las divisiones entre la naturaleza y la cultura; los actos sociales revelan su trasfondo bestial en las nuevas zonas urbanas.

Hay arañas que se alimentan de hombres en “El espacio de las cosas”.  Quizás porque ahora la opresión social se reviste de un ropaje similar a la antropofagia.  Una fémina “Cabeza de serpiente” convive con sus semejantes escamosos, ofidios en melena que devoran “cactáceas y sangre de ratones”; a gritos me ruega que se los remita del páramo de Aztlán.  Medusa y Perseo se buscan en el espacio virtual de cuerpos sin fronteras.  En “El Diablo sabe mi nombre”, existen mujeres que conviven con el demonio.  Ante la ufana corrupción, declara abolido su antiguo quehacer en el mundo.  Se jubila en mi traspatio. 

Otras heroínas albergan lobos en su seno, “Les loups”.  Devora pájaros vivos, imagen de la lírica, “El placer”.  Al rehusar las costumbres sociales, adolescentes ingenuas se ven obligadas a transformarse en reptiles, “Yo, cocodrilo”.  Hay hombres que se aparean con insectos, “Película japonesa de los años 60”.  Toda diferencia —étnica, económica y social— descalifica al contrincante.  Lo despoja de sus derechos humanos elementales.  La degradación biológica del Otro define el acto político, filosófico por excelencia, cuyo ejemplo clásico lo ofrece Aristóteles al comparar a Crátilo con una “planta”.  “Un hombre así, en cuanto es así, es semejante a una planta” (Metafísica, libro gamma, iv, 1006a15).  El auge de nuevas segregaciones —muro entre EEUU y México; ciudades con colonias protegidas— sería corolario de esa zoomorfia de la diferencia. 

Es un “terrorista” cuya única facultad monstruosa lo obliga a habitar la utopía carcelaria de Guantánamo sin habeas corpus.  La deshumanización de la diferencia la vivimos como entraña de lo nuestro.  Bastaría reemplazar “terrorista” por “marero”, “Guantánamo” por “hacinamiento carcelario salvadoreño” para vislumbrar otro ensueño democrático.  Pero sabemos, “no se puede trazar una línea de demarcación entre las especies, que se supone generalmente que han sido producidas por actos especiales de creación” (Darwin).  En poética, “las piedras quieren ser siempre piedras […] hasta que” transmigran “en polvo”.

La posmodernidad, la sociedad global contemporánea, nos motiva a examinar una recaída, un rescate de nuestra herencia más ancestral: el temperamento animal de lo humano.  Esta visión la expresa un pez-mujer en “Fetiche de un naufragio”.  Mientras se regodea al sabor de una lengua humana, repara que al interior de ese cuerpo sin idioma, sin logos, no hay más que carne.  La distinción chair-viande, flesh-meat, exhibe un engaño lingüístico —puro sonido extranjero (phone)— que traiciona la naturaleza bestial de todo lo viviente (zhoe).  A los idealistas incrédulos —“el alma es inmortal”; “la muerte de” la carne “es del todo insignificante”— “les propongo que se suiciden para discutir sin estorbo” el asunto, en recuerdo de un ciego ignorado.

Al palpar la zoología —“lo que somos por dentro”— los personajes se desdoblan.  En “Muerto al lado de mí mismo”, los temas borgeanos de la pluralidad del yo y de las múltiples temporalidades adquieren un sesgo inusitado.  Regulan una sociedad que se niega a aceptar la muerte.  En “El árbol de serpientes”, la protagonista observa “a la otra que soy”.  En un país que rehúsa asumir su pasado violento —honrar a los muertos en ceremonias cívicas— matanzas y serpientes se agitan en el recuerdo.  Bullen fantasmas sin reposo.  El Salvador es Comala “que urden los reflejos”.  Su única “flor del espíritu santo” brota de “cavar fosas a los cementerios públicos” en nombre de lo extinto.  Para no escribir y franquear el cuerpo.

Ante la bestialización de las diferencias, ante la persistente animalidad de lo humano, el único refugio sea tal vez la escritura.  Hacia la realización misma de ese acto acuden los restos de quien fuera devorado por una araña.  Como en la poesía náhuatl, su trazo queda en prueba única de existencia.  De nuestra breve “fragilidad de flor que fenece sin canto”.  Al pliegue de letra se recolecta la memoria, el florilegio (anthos, xochitl). 

En un mundo en el que la productividad laboral frena el acto creador.  En un mundo computarizado, desabrido y sin color, en el que todo pensar es afrenta a la autoridad.  En este mundo global en el que vivimos, sólo del dolor de lo propio, del cercenarse a diario, es posible crear óleo y tinta para escribir y pintar.  Desollados extendemos la piel como pergamino para inscribir la letra.  “El que no sabe mutilarse a sí mismo sin piedad, no es capaz de sobrevivir”. 

“Misterio de los misterios…”, la ficción ilumina “el origen [bestial] de las especies” humanas, su actualidad posmoderna en un nahualismo kafkeano y citadino. 

Desde los escombros de Aztlán, sin voz y sin destino, julio de 4004.

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