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OPINIÓN

Al maestro con orgullo

Carlos Molina Velásquez*
cartas@elfaro.net
Publicada el 23 de junio de 2008 - El Faro
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Todo salvadoreño sabe que el 22 de junio es el Día del Maestro. Lo que no es tan conocido es que los significados alrededor de la palabra “maestro” han sido objeto de ataques que provienen, sobre todo, de “expertos pedagogos”. Esto se relaciona con el hecho de que, desde hace algún tiempo, a los docentes nos gusta llamarnos “facilitadores”.

La expresión tiene unos aires de liberalismo y democracia que nunca están de más, sobre todo en un país con larga tradición autoritaria. Sintoniza muy bien con una concepción de la enseñanza participativa y dialogante, para la cual no hay alguien que sabe más que los demás, sino que todos comparten su saber y lo ponen en común. El facilitador no transmite unos conocimientos sino que está allí para procurar que el saber “circule”.

No obstante, aunque comparto el núcleo humanista de estas sugerencias pedagógicas, no me gusta el abuso que se hace de ellas. Y no me refiero a los estudiantes que se aprovechan de los trabajos en grupo para pasar sin estudiar, sino a los profesores que piden que no se les llame “maestros”. En absoluto es un asunto que se limita a un mero disgusto con la palabra. Muchos docentes renuncian a decir lo que las cosas son, lo que deben ser nuestras decisiones o las acciones que hay que tomar, escudándose en aquello de que “cada uno debe sacar su propia conclusión”.

Todo esto me parece un error mayúsculo, ya que supone una renuncia a la docencia responsable. Esta renuncia es presentada como “respeto” de los derechos de las personas y antepone un prejuicio: quien merece mi respeto no necesita que yo le enseñe nada, ya que la noción de “enseñanza” implica ya una relación de asimetría y de imposición de unos conocimientos. El respeto, entendido de esta manera tan peculiar, es convertido en un principiodogmático, sugiriendo que toda enseñanza de ideas o valores iría acompañada de posturas cerradas o autoritarias.

Pero si esta renuncia parte de una visión limitada de la labor docente, tampoco es una práctica congruente con la realidad. En las escuelas y universidades, los estudiantes siguen necesitando aprobar exámenes, sometiéndose a exigencias que no pueden cuestionar, ya que, de ser escuchados, tales cuestionamientos socavarían el funcionamiento de la misma institución educativa. Curiosamente, los discursos que hablan de aulas democráticas o pedagogía participativa son susceptibles de convertirse en una ilusión ideológica, en una mascarada que encubre e invisibiliza las asimetrías reales —económicas, sociales, culturales— que siguen siendo el pan de cada día de estudiantes y maestros.

Es interesante ver que la inconsistencia también aparece en el terreno del lenguaje políticamente correcto, aliado incondicional de estas prácticas. Los “facilitadores” siguen hablando a sus alumnos, es decir a sus “discípulos”. Por su parte, los que evitan usar esta palabra y prefieren hablar de estudiantes se encuentran con que son sus estudiantes, es decir, aquellos con los que se trabaja sin ser uno de ellos. Y no hablemos de quienes prefieren llamarlos “jóvenes”, “sujetos”... El peligro de querer combatir las inequidades a fuerza de “aplanar” los significados es que luego el lenguaje no nos ayuda a distinguir nada, envolviéndonos en la noche en la que todos los gatos son pardos.

Según el Diccionario de la lengua española, la palabra “alumno” proviene de alere, que significa “alimentar”.Tal vez eso es lo que les suena chocante a quienes prefieren cambiar la expresión, a lo mejor porque les recuerda la imagen de un adulto alimentando a un bebé. Curiosamente, eso mismo es lo que otros valoramos y consideramos digno de alabanza. Muchas de las mejores experiencias con nuestros maestros provienen del empeño que pusieron en proporcionarnos ideas, sugerencias, prácticas y habilidades de un inmenso valor nutricional, intelectualmente hablando.

La noción del cuidado que debemos tener de los demás no tiene por qué ser un sinónimo de imposición o falta de respeto y es evidente que quien ejerce el cuidado posee algo que no se encuentra en quien lo recibe. Puede ser que éste sólo necesite descubrirlo dentro suyo, pero para eso deberá seguir un camino que le mostrará su maestro. La palabra método significa precisamente el camino que no está simplemente allí sino que se hará en la medida en que, al andar, sigamos los pasos de quien ya lo recorrió.

Esto nos lleva a otra palabra enojosa, profesor, que es el que enseña a otros el arte o la ciencia que ejerce o conoce muy bien. Algunos docentes han querido ver en las seguras afirmaciones y en el convencimiento profesoral una actitud cerrada e intimidante. Entonces, renuncian a las afirmaciones claras y completas, sugiriendo que “cada uno tiene su verdad”. Si con esto quieren decir que hay diferentes puntos de vista, no hacen más que defender una obviedad. Ahora bien, lo grave es que se niegan a manifestar su propia posición sobre los problemas, creyendo de esa manera que refuerzan la de los estudiantes, aunque lo único que consiguen realmente es dejarlos con el sinsabor de que todo da lo mismo o de que habrían aprovechado mejor su tiempo buscando en otro lado.

Debemos denunciar y combatir el autoritarismo presente en muchos educadores, pero no por eso hay que renunciar al magisterio. Incluso hay que ser un maestro para saber cómo ser un facilitador. No siempre deberemos convertir las tareas en un vacilón, pues también valoramos el esfuerzo, el tesón y la experiencia que se extrae de los fracasos. Quedarse con dudas puede ser más educativo que recibir todas las respuestas. Tampoco la verdad es siempre sinónimo de “consenso” y a veces hay conflictos irresolubles que nos acercan de mejor manera a lo que son las palabras y las cosas.

Wittgenstein decía que el significado de una palabra es su uso en el lenguaje, con lo cual nos ponía en guardia frente a la tentación de considerar que los nombres debían entenderse de una sola manera. Las palabras no son la realidad y es claro que no concedo demasiado sólo por acudir cuando alguien me llama “facilitador”. Pero si hemos de celebrar a quien se dedica a la enseñanza, no dudemos en llamarlo “maestro”,y hagámoslo con la convicción de que dicha palabra recoge unos valores que hay que defender con firmeza y con la frente muy en alto.

 

* Doctor en Filosofía y catedrático de la UCA.

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