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OPINIÓN El periodismo en la era de El FaroEl autor es corresponsal del Washington Post en Londres. Junto a su esposa, Mary Jordan, ganó el Premio Pulitzer 2003 durante su corresponsalía para México y Centroamérica, por un trabajo sobre el sistema de justicia mexicano; y ambos son autores del libro “El Ángel de la Prisión” sobre el trabajo en las cárceles de Tijuana de una millonaria de Beverly Hills convertida en religiosa. Kevin Sullivancartas@elfaro.net Publicada el 16 de junio de 2008 - El Faro - English version Los diez años de El Faro coinciden con un período de impresionantes cambios en el negocio de la información. Muchos libros se han escrito sobre cómo ha cambiado la recolección de noticias, pero creí que sería instructivo describir cómo ha cambiado mi vida como corresponsal extranjero desde 1998. En aquel entonces, mi esposa (Mary Jordan) y yo éramos los corresponsales del Washington Post en Tokyo, principalmente a cargo de Japón y las dos Coreas, con un mandato más amplio para cubrir Asia junto a nuestros despachos en Beijing, Hong Kong y Jakarta. Cuando empacaba para un viaje, llevaba una laptop, cámara y varios rollos de película, cuadernos y un bolígrafo. Aterrizaba en Seúl, Jakarta o Taipei, reporteaba mi nota, tomaba algunas fotos y volvía a mi hotel. A veces tenía también que encontrar la oficina local de Associated Press o Reuters, y pagarles para reveler mis rollos y transmitir una foto o dos a Washington. Otras veces tenía que buscar una tienda de revelado en una hora y después enviar mis fotos a Washington por mensajería internacional. En mi cuarto de hotel, tecleaba mi nota en la laptop, después trataba de encontrar una conexión telefónica decente para enviar mi material por internet. El hotel regularmente cobraba $25 dólares diarios por acceso. Después salía a cenar o por una cerveza, discutía por teléfono con mi oficina la edición de mi nota, y día y medio después la nota aparecía publicada en el periódico. Hago ahora grandes esfuerzos para recordarlo, pero honestamente no recuerdo en 1998 haber dedicado mucho tiempo a ver mis notas en nuestra página web. Obviamente teníamos un buen sitio ya por entonces, pero no estaba realmente en mi radar la página del Washington Post. La mayor parte del tiempo, según recuerdo, veía por primera vez mis notas un par de semanas más tarde, cuando algún paquete de mensajería llegaba desde Washington con nuestro correo. El proceso era lo mejor en esa época, aunque ahora parezca igual de moderno que escribir en las paredes de una cueva. Sólo piensen en mi más reciente viaje como corresponsal, a Guinea-Bissau, en África Occidental. Hice el viaje solo con equipaje de mano, apenas una pequeña mochila. En ella llevaba una laptop no mucho más grande que un cuaderno —sin cables telefónicos, porque mi conección, obviamente, sería inalámbrica. Llevaba una cámara digital del tamaño de una cajetilla de cigarros y una cámara de video casi del mismo tamaño. Me registré en mi pequeño hotel en Guinea-Bissau, uno de los países más pobres del mundo, encendí mi laptop y me conecté al Internet con la conexión inalámbrica de alta velocidad del hotel. Todo gratis. Durante los siguientes cinco días, tome como 400 fotos digitales, las almacené en una sola memoria de un gigabit, y grabé como 100 pequeños video clips con la camarita de video, que llevaba en mi cinturón en un pequeño estuche. Si lo hubiera necesitado, habría transmitido todo ese material a Washington desde las costas de África Occidental. Pero no tenía mayor prisa, así que volví a Londres antes de transmitir mi nota, 75 de las mejores fotos y unos 60 videoclips. Pero no es sólo la tecnología lo que ha mejorado. Lo que produje para publicación era fundamentalmente diferente a lo que habría hecho en 1998. Primero estaba mi larga nota principal, sobre cómo los cárteles colombianos de cocaína están enviando grandes cantidades de droga a Europa a través de África Occidental, más tres o cuatro fotos publicadas en el periódico. Pero para la página web, también ayudé a armar una galería de una docena de fotos adicionales. En los viejos días, esas imagines se hubieran quedado tiradas en el piso del cuarto oscuro, nunca vistas por nadie. También escribí un guión y narré una presentación de 3 minutos en video que acompañaba la historia. Las encuestas de nuestros usuarios web reflejan que a la gente le gustan mucho estas presentaciones, aunque no sean peliculitas con la calidad de Hollywood. Aunado a ello, escribí dos notas más que salieron publicadas en el periódico y en la web para una nueva sección llamada “Notas de Campo”. La idea es darle a los lectores una mejor idea de cómo trabajan los corresponsales extranjeros, contando historias sobre cómo obtenemos nuestras historias, tal vez haciendo una mayor conección con nuestros lectores. También nos permite contar a nuestros lectores todos esos pequeños detalles que son interesantes pero tal vez no lo suficientemente importantes o parte fundamental del tema como para ser incluidos en la nota principal. Estas historias son muy personales y contadas en primera persona, una experiencia nueva (y un poco incómoda) para mi como periodista. Una de mis Notas de Campo hablaba de lo extraño que es tratar de viajar a un país del que casi nadie ha escuchado hablar, y algo de color sobre cómo es trabajar ahí. Otra era sobre mi visita a la abandonada embajada de Estados Unidos en Bissau, cerrada en junio de 1998 (a inicios de la era de El Faro), en medio de una pequeña y cruel guerra civil. Hace diez años, toda mi producción de un viaje como ese hubiera sido una sola nota en el periódico acompañada por tal vez una o dos fotos. La página web hubiese sido apenas una reflexión posterior. En mayo de 2008, mi viaje incluía una nota principal más cuatro fotos, dos “Notas de Campo” con narraciones de primera mano de la aventura, una galería de fotos en la web y una presentación de video de cuatro minutos narrada por mí. Y eso sin mencionar las respuestas a algunos de los muchos correos electrónicos de lectores que cayeron en mi buzón. Los créditos en el Washington Post ahora son hipervínculos, así que los lectores sólo necesitan dar click en mi nombre para enviarme un email diciéndome lo que piensan. La nota de Guinea-Bissau provocó muchos comentarios amables; los lectores tienden a ser más duros cuando el tema es más sensible, como inmigración o política estadounidense. Es mucho más trabajo ahora del que solíamos tener, y requiere nuevas habilidades. Pero tengo que admitirlo, es mucho más recompensado. La nota de Guinea-Bissau tuvo un lugar muy prominente en la portada de la edición dominical del Post, lo cual, tengo que admitirlo, es aún muy emocionante después de 28 años en este oficio. Pero ver el paquete completo de notas e imagines en la página web es tal vez aún mayor recompense, porque me siento como un perro viejo que ha aprendido nuevos trucos. Y todo está ahí permanentemente, fácil de encontrar en la sección internacional de nuestro sitio (www.washingtonpost.com). Adicionalmente, en otro reflejo de las neuvas maneras en que la web nos permite lucir nuestro trabajo, puede también verse en mi página de corresponsal (http://projects.washingtonpost.com/staff/articles/kevin+sullivan/), en la página “Worldview” del Post (http://www.washingtonpost.com/wp-srv/world/worldview/) e incluso en mi página de Facebook (http://www.facebook.com/pages/Kevin-Sullivan/16086094774). Definitivamente es un nuevo día en el periodismo, y en mi mundo como corresponsal extranjero. Pero, a pesar de los problemas reales en nuestra industria, también son tiempos emocionantes. El Faro está celebrando su décimo aniversario, y yo estoy a solo dos años de cumplir 50. Hasta donde puedo decirlo, ambos aún nos estamos divirtiendo mucho. Vea también de esta serie:
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