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OPINIÓN / LA BUHARDILLA

Maneras de enfrentar el caos

Federico Hernández Aguilar*
cartas@elfaro.net
Publicada el 09 de junio de 2008 - El Faro

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No existe una, sino mil maneras de enfrentar el caos. Algunas de ellas, las que suelen transitar el arte y la cultura, se llaman creatividad, organización o terquedad. Y de las tres echamos mano los salvadoreños cuando hace dos semanas nos atrevimos a reinaugurar, después de siete años de cierre, el Teatro Nacional, en pleno centro histórico de San Salvador.

Nuestra ciudad capital atraviesa por penurias que no se merece. Su enorme potencial se ha visto reducido al mínimo por calamidades naturales, malas decisiones y hasta mezquindades. Las reacciones de la tierra y del hombre se han hecho tan intensa competencia en esta ciudad, que no me atrevería a decir si los terremotos han sido más devastadores que ciertos intereses particulares.

Reinaugurar el Teatro Nacional, tras cinco años de trabajo intenso y casi tres millones de dólares de inversión, era una forma categórica de encarar las miserias que mantienen hundido en el caos a nuestro principal centro urbano. No sabíamos si acertaríamos a provocar alguna reflexión o si aquello sería tomado como una afrenta. Pero quisimos hacer que la cultura y el arte, por una sola e inolvidable velada, rasgara en nuestras conciencias la posibilidad de volver a tener, en pleno corazón capitalino, un espacio privilegiado para las manifestaciones humanas más sublimes.

El Viceministerio de Transporte hizo su parte, retirando las dos paradas de buses que se ubicaban casi ante la fachada del Teatro. La Alcaldía de San Salvador llegó a un acuerdo con los vendedores informales de la zona y, al menos para el 23 de mayo, el gran templo de las artes escénicas lució libre de velachos, tendederos y suciedad. Un gran paso, en resumen, para iniciar el rescate de nuestro centro histórico.

Ya se sabe que las herencias culturales pertenecen, en primera instancia, a los habitantes de aquellas naciones que las valoran y conservan. Por extensión, sin embargo, toda herencia cultural, siendo única e insustituible, es también propiedad de la humanidad entera.

Lo que la historia pretende al depositar en nuestras manos cierta cantidad de bienes culturales no es hacernos sentir dueños irreflexivos de ellos, sino ayudarnos a administrar una identidad. Los testimonios materiales e inmateriales que las generaciones se van entregando en sus trayectorias sucesivas, forman un tipo muy peculiar de herencia, porque es la única que aumenta su valor en la medida en que se comparte.

El pueblo que aprende a conservar su patrimonio se hace un favor a sí mismo y a los demás pueblos. La humanidad se alimenta y enriquece de todos los testimonios culturales. La falta de uno priva al mundo de oportunidades de intercambio que sólo la multiplicidad de identidades ofrece.

Por eso las experiencias exitosas de aquellos países que han vencido al tiempo y a la indiferencia, en beneficio de su patrimonio cultural, son hoy tan valiosas y oportunas. Por eso las razones morales, históricas, estéticas o filosóficas que sirvieron a una nación para reafirmar su identidad, cobran, a los ojos de quienes deseamos reafirmar la nuestra, un notable brillo de oportunidad.

Ese potencial de atracción turística que tiene el patrimonio cultural edificado, especialmente en un centro histórico con los rasgos arquitectónicos del nuestro, sumado a la característica laboriosidad de los salvadoreños, nos proporciona oportunidades únicas de armonizar el desarrollo económico con el crecimiento moral y espiritual que nos ofrece la cultura. El reto, como siempre, se encuentra en ver hacia delante, no en secundar juicios sumarios sin la debida corroboración o, en el menor de los males, lanzar campañas reduccionistas en las que se contabilizan culpas en lugar de soluciones.

No sé, desde luego, si los vendedores informales volverán a apostarse sobre las aceras que circundan el Teatro Nacional o si el estropicio político teñirá innecesariamente las apuestas integrales sobre el centro capitalino. Lo que sí sé es que la noche del 23 de mayo hubo una magia especial en medio del caos. Y que cientos de salvadoreños la vivimos con emoción, casi con incredulidad, porque nos dimos cuenta, aunque sólo fuera probando, que es posible conciliar posiciones en honor al orden, la belleza y la esperanza.

*Presidente de Concultura

 

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