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EDITORIAL

Pidamos lo imposible

El Faro
cartas@elfaro.net
Publicada el 09 de junio de 2008 - El Faro
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El Salvador ha superado ampliamente la represión y la exclusión política de hace cuarenta años. Los movimientos de 1968,  espejo de los del resto del mundo pero en condiciones muy inferiores (protestar podía costar la vida) tenían otros anhelos y otros objetivos, en un mundo marcadamente distinto también al de hoy.

Pero si muchas cosas han mejorado, otras permanecen ahí como deudas históricas que no hemos podido resolver.

Somos un país tremendamente violento, con grandes desigualdades e inequidades y con jóvenes universitarios que hoy tienen menos referentes intelectuales que los de hace cuarenta años. Jóvenes mucho menos vinculados al quehacer nacional y mucho más desencantados con las posibilidades que ofrece el futuro.

Jóvenes que viven en una ciudad en la que la gente ya no camina por diversión, en la que las plazas públicas ya no sirven para los paseos y en la que no hay músicos ni mimos ni orquestas ni protestas que tengan algún sentido. Los jóvenes han perdido la ilusión.

En el 68 se alimentaban aún los sueños de una mejor sociedad y los artistas e intelectuales tenían una influencia mucho mayor. Hoy ya no.

Esa frustración que fue minimizando a las figuras de aquellos años hasta convertirlas en miembros indiferentes o marginales de nuestra sociedad, ha contaminado las aulas de las universidades durante varias décadas. Aunado a ello, los estudiantes parecen hoy mucho menos inquietos intelectualmente que entonces.

Pero poco a poco va moviéndose el desencanto. Poco a poco, los jóvenes comienzan apenas a tomar conciencia del papel que pueden jugar en El Salvador actual, más allá de la política, más allá de la protesta sin sentido.
 
En El Salvador aún está pendiente el siguiente rompimiento generacional, aletargado desde los setentas por la guerra, la represión y la falta de esperanzas en que el país tiene algo que ofrecer a sus profesionales.

Pero muchas de aquellas consignas siguen siendo válidas. Pedir lo imposible significaba asumir el rol de agentes de cambio hacia un mundo mejor, más solidario y más incluyente, que impusiera sus condiciones a una clase dominante  que estaba llevando al planeta hacia la decadencia.

Pedir lo imposible, ahora, sigue teniendo un gran sentido. Significa el involucramiento de una clase media en el quehacer nacional, habida cuenta de que asumirá su papel de masa crítica y de motor de ideas y soluciones, de no dejarlas exclusivamente en manos de las autoridades y los partidos políticos.

Ese es acaso el mayor reto de la sociedad salvadoreña contemporánea, del que el sistema político aún no se ha dado cuenta. Ése, el de retomar la carta de ciudadanía para ejercer sus derechos y tomarse los espacios públicos. El de participar en la vida nacional más allá de los ciclos electorales. El de tratar de mejorar el país y exigir a quien haya que exigir que haga lo que le corresponde. El de volver este un país menos aburrido. El de pedir lo imposible.   

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