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OPINIÓN ¿Puede un poeta ser más preciso que un periodista? - II.- El poeta en CubaEsta es la segunda y última parte del texto del poeta Andrei Codrescu. Su paso por Cuba, del cual narra algunos pormenores aquí, dieron pie al libro “Aye, Cuba: Un Viaje Socio-Erótico”. Codrescu, que aprendió periodismo reporteando para algunas de las principales cadenas de noticias en Estados Unidos, responde también aquí a la pregunta que titula su colaboración. Andrei Codrescu*cartas@elfaro.net Publicada el 09 de junio de 2008 - El Faro - English version II.- El poeta en Cuba Fui a Cuba en 1997, antes de que el Papa Juan Pablo II visitara la isla. Esta vez, sólo tenía a un productor de National Public Radio conmigo, Art Silverman, que hizo todas sus grabaciones, y un fotógrafo, David Graham, que nunca había salido de Estados Unidos pero era muy conocido por sus fotos de estadounidenses de clase media y sus paisajes contemporáneos de Norteamérica. Así que teníamos a un experimentado productor, que había estado casi en todas partes, incluyendo China; un poeta con ideas locas ocasionales; y un fotógrafo mareado por los colores tropicales de Cuba. De hecho, David nunca pudo reponerse del hecho de que Cuba, visto a través del lente fotográfico, se vea tan sexy y fotogénica que es casi imposible fotografiar otra cosa. Habiendo crecido en Rumania, yo estaba más alerta sobre los horrores ocultos bajo todo aquel brillo tropical y había planeado no dejarme seducir. Consecuentemente, la prosa sobria en el libro que escribí como resultado de este viaje contrasta con las fotografías delirantes de David. Hay un paralelo interesante aquí: el trabajo de David ha sido frecuentemente comparado con el de Walker Evans (el “Walker Evans a color” como lo llamó alguien). En 1933 Walker Evans fue a Cuba con un periodista de izquierda, Carleton Eals, y juntos produjeron un libro llamado “El Crimen de Cuba.” La prosa del periodista se regodea en clichés marxistas y populistas, mientras las 33 fotos de Walker Evans están repletas, aún en blanco y negro, de escenas callejeras sexys y ligeras. No importa lo que creyera Evans, su cámara tenía su propia mente, como la de David. No sé hasta qué punto el medio se convierte en el mensaje en lugares tan románticos y fotogénicos como Cuba, pero hay veces en que ni las palabras ni las fotos funcionan de la manera en que su autor pretende. Como no quería no caer en la trampa, planificamos cuidadosamente varias entrevistas con reconocidos cubanos, incluyendo disidentes y oficiales, dejando un menor margen para la improvisación y los encuentros imprevistos. Naturalmente, lo improvisado y lo imprevisto pronto se impusieron a lo planificado (que frecuentemente sonaba ensayado). Una de mis innovaciones, que le gustó a mi productor, era iniciar cada mañana el desayuno con un poema colectivo, un Cadáver Exquisito, antes de salir a encontrar nuestras historias. Un Cadáver Exquisito funciona así: una persona escribe una línea, dobla el papel de tal manera que sólo es visible la última palabra, lo pasa a la siguiente persona para que haga lo mismo y así hasta que todo el papel está lleno. Quería hacer esto en las mañanas por dos razones: 1. No tendríamos que conversar (odio hablar por la mañana); y 2. Tendríamos así una especie de registro psíquico, si no factual, del inicio de cada día. Al final estas colaboraciones se volvieron proféticas porque predijeron, de alguna manera inexplicable, el desarrollo del día correspondiente. Nuestro subconciente colectivo tenía todo tipo de pistas para nosotros. CADÁVER EXQUISITO No. 1 Por Ariel Peña, David Graham, Art Silverman y Andrei Codrescu
Muchas cosas inesperadas nos sucedieron en Cuba, pero sólo mencionaré una que me parece que mantiene la idea de que existe un área en la que el periodismo y la poesía se encuentran; y que un periodista debe tener un poeta adentro, así como un poeta viajero debe tener a un periodista adentro si quiere rendir un mundo creíble en palabras. Para un poeta, Cuba puede ser un goce para los sentidos: mi nariz registró, independientemente de mi mente, el aroma intoxicante del pescado frito, viento tropical, perfume barato, sudor y diesel. Mis oídos disfrutaron los sonidos de voces en la calle, sonidos de radio transistores, risas flotando desde los balcones. Mis ojos fueron secuestrados por las bellezas caminantes, no sólo las deliberadas en el Malecón. Mi piel recogió una delgada capa de salado sudor oceánico e indujo euforia. Al mismo tiempo, yo combatía toda esta poesía con lo que sabía de cierto: mucho del olor que yo disfrutaba era el hedor de la pobreza; el sonido que escuchaba estaba compuesto por partes discretas, muchas de ellas molestas o desesperadas; y esos cuerpos hermosos y en forma habían sido esculpidos por el hambre, no por revistas de modas ni dietas voluntarias. Contratamos a una traductora, Ariel Peña, una joven salvadoreña casada entonces con el corresponsal de la BBC en La Habana, Tom. Una mañana, Ariel llegó temprano al loby del Hotel Capri, antes de que ninguno de nosotros bajara. La seguridad del hotel le pidió de malas maneras que se fuera. Cuando ella preguntó por qué, uno de ellos le respondió: “¡Porque eres una jinetera!”. Ofendida, Ariel trató de explicar que ella era la traductora de un grupo de periodistas, pero no le creían. Uno de ellos la tomó del brazo. Ariel gritó: “¿Qué te hace pensar que soy una jinetera?” Él se rió y señáló su piel, que era sólo un poco más oscura que la del más blanco castellano entre ellos. Esto ya enfureció a Ariel que había venido a Cuba dos años antes creyéndose casi todos los clichés de la propaganda cubana, entre los cuales estaba la idea de que no existía la discriminación racial en la isla, que blanco y negro eran invisibles para todos y que reinaba la armonía. Ella se había desilusionado de casi todo aquello en lo que en un principio creía, pero la discriminación basada en el color de la piel no era una de esas cosas. Ahora Ariel veía rojo. Se resistió y armó un gran escándalo. Nosotros bajamos justo cuando uno de los guardias estaba a punto de cargarla y literalmente tirarla a la calle. Art midió la escena rápidamente y puso su micrófono más largo justo entre Ariel y su agresor, y yo comencé a lanzar una rápida serie de preguntas que Ariel traducía incluso mientras insultaba al tipo. David disparaba su cámara. Ahora, normalmente, debido a cómo he visto a la gente reaccionar a micrófonos y cámaras, esperaba que los guardias se retiraran y que todo el altercado terminara ahí. En vez de eso, uno de ellos se fue y regresó con un tipo en camisa manga corta color khaki, que obviamente era su jefe. El tipo nos ordenó entregarle nuestro equipo y sentarnos en un rincón remoto del loby, y esperar ahí hasta que uno por uno fuésemos interrogados por el Ministerio del Interior que llegaría pronto. Todo esto sucedió muy rápidamente, sin llamar mucha atención. Ariel fue la primera interrogada y regresó temblando. Hubo un incidente unos días antes, que involucraba a un ciudadano salvadoreño, o eso dijeron los oficiales, y el funcionario prácticamente acusó a Ariel de ser parte de la conspiración. Este tipo de acusaciones, en un Estado policial, son suficientes tan pronto son hechas. Todo lo que falta es fabricar la evidencia. Ariel les dijo que nada de eso tenía sentido, e insistió en que había sido discriminada por el color de su piel. Hubo gritos. Con razón temblaba. Mientras Art y David la consolaban, me llamaron a mí. El mayor me recibió jovialmente. “¡Codrescu! Rumano, ¿eh?” Yo dije, “¡Quiero a mi traductora!” Me miró con reproches. “Rumano. No necesitas traductora. Tú hablas español.” Protesté un poco más, pero decidió ignorarme y proceder a sus reminiscencias, “Ah, los rumanos,” dijo. “Los amábamos. Odiábamos a los rusos. Pero a los rumanos, ¡son nuestros hermanos latinos! ¡Tzuica! ¡Pizda!”… Intentó unas cuantas palabras más en rumano y esperaba plenamente que yo compartiera su simpatía. Muchas cosas estaban sucediendo. Principalmente, los cubanos estaban determinados a negar a toda costa la idea de que esto era un incidente racialmente provocado. Estaban listos para acusar a Ariel de terrorismo antes que permitir que se supiera que en Cuba hay discriminación racial. Estábamos en la víspera de la histórica visita del Papa a la isla y la atención de la prensa mundial estaba en Cuba. Segundo, como yo no era un VERDADERO norteamericano, como la mayoría del equipo, el Mayor pensó que mi corazón latino simpatizaría con él. Me dijo: “¡Convéncela de que desista de su idea de que esto tuvo algo que ver con razas y nos olvidamos de todo! ¡No hay racismo en Cuba!” Yo no quise señalarle que todo el Comité Central del Partido Comunista Cubano, incluyendo a Fidel, eran blancos. Que los más pobres de los pobres en Cuba, que ciertamente era una cuestión de grados, eran de piel oscura. Seguí esta historia los siguientes días y descubrí que el racismo no sólo estaba vivo y coleando en Cuba, sino que prosperaba y estaba siendo manipulado institucionalmente. Estábamos en un impasse, bajo arresto de hotel, pero todo se resolvía de la manera en que todo se resuelve en la mayor parte de los países del mundo. Ariel logró llamar por teléfono a su esposo, que a su vez llamó a alguien de rango más alto que el Mayor en la jerarquía del Ministerio del Interior, y un tipo con una estrella en el hombro apareció pronto y declaró cerrado el incidente. También prometió investigar el comportamiento de la seguridad del hotel y anotar nuestra opinión sobre el tratamiento que recibió Ariel. No hay nada como un breve altercado con las autoridades para dejar a la poesía fuera de un hermoso día. Hasta la cámara de David, infaliblemente optimista hasta este punto, comenzó a buscar esquinas más oscuras. Entonces aprendí otra distinción entre periodistas y poetas: Los periodistas nunca desperdician sus conexiones: sus teléfonos están llenos de números útiles. Reportear desde cualquier lugar puede implicar peligro y uno debe saber cómo protegerse las espaldas y los flancos. Está bien eso de creer en la improvisación, pero hay mucha gente suspicaz que no creen por un segundo que uno está realmente, realmente, improvisando. Los poetas no tenemos afiliaciones institucionales, ni tarjeta de identificación, así que ayuda estar asociado con un medio de comunicación aunque sea sólo para poder mostrar algunas credenciales. En América Latina, los poetas frecuentemente han sido reclutados como diplomáticos. Pablo Neruda y Octavio Paz son acaso los más reconocidos por representar a Chile y México y hacerlo muy bien. En Norteamérica nombramos a los embajadores entre los contribuyentes a las campañas, así que es un poco sorpresivo que nuestros prosaicos representantes se ganen el tipo de respeto destinado a reconocidos poetas. Pero el periodismo honesto debe también confiar en la poesía, porque los mejores poetas ya no romantizan: demistifican, tratan de desenmascarar la falsa ilusión, y aún experimentan el mundo con sentidos abiertos, con todos aquellos órganos de placer y atención sin los cuales los hechos y las cifras son sólo información. Nos ahogamos en información estos días. ¿Cómo le damos vida a eso? Llámenme a mí y a mis dos mil amigos. Titulé este texto, equivocadamente, “¿Puede un poeta ser más preciso que un periodista?” porque sé que en América Latina, como en Rumania, los poetas aún son estimados y muchos de ellos practican el periodismo para ganarse la vida, o por algún sentido de misión. Gabriel García Márquez me viene a la mente, por supuesto. Él no es MÁS preciso en su ficción que en su periodismo, pero su arte hubiese sido imposible sin su periodismo. Así que, para responder a la pregunta del título, un poeta no puede ser más preciso que un periodista, pero un periodista debe ser preciso para que los poetas sigan siendo creíbles. Ser ambas cosas es, obviamente, lo ideal. Algún día, seré ambas cosas. Vea también de esta serie:
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