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OPINIÓN Desmujerizarse
Rafael Lara-Martínez |
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¡Cortarse el pelo! No. Eso era el colmo. Mutilarse bárbaramente. Desmujerizarse. Manuel Andino
I. Teoría
Hacia finales de la década de los cuarenta, el escritor nicaragüense radicado en El Salvador Juan Felipe Toruño (1898-1980) plantea la necesidad de establecer un diálogo entre disciplinas. Aun si poseen ámbitos específicos, historia, filosofía y literatura conforman un triángulo nocional que le otorga a cada esfera igualdad de condiciones. Una busca el dato positivo sobre el pasado; la otra, los atributos sustanciales; la última, la norma y el porvenir. En el “Preámbulo” que introduce Tres conferencias y un comentario (Ateneo, 1948), el escritor asienta que
“en los ejercicios del saber figuran como principales elementos, la historia, la filosofía y la literatura […] la historia recoge y describe acontecimientos […] de manera positiva y documental […] el escalón por el cual han transitado generaciones. La filosofía indica a la humanidad eslabonamientos de vida y atributos, con raíces, esencias y substancias que animan al ser. La literatura —que también toma parte en la historia y filosofía— informa del desenvolvimiento de las letras […] como también da normas o vaticina el porvenir por la visión del vate”. (Toruño, Ateneo, 1948)
En esa discusión participan Jorge Lardé y Larín en representación de la historia; Luis Gallegos Valdés, en el ramo literario y José Salvador Guandique, en la filosofía. “Como el tercer disertante incorporábase al Ateneo […] hubo de contestarle […] un Miembro Activo”. Ese comentario lo presenta el presbítero Vicente Vega y Aguilar. Lo interesante del debate radica en la neta distribución temporal que Toruño les asigna a historia y literatura. La primera observa hacia el pasado; la segunda, hacia el futuro. Sucedería que la trillada distinción entre hecho y ficción se sustituye por una diferencia de visión cronológica que hace de la literatura ciencia profética del porvenir. La presunta ficción sería “dato positivo” de lo que vendrá.
El “desenvolvimiento de las letras” en historia futurista lo intercede el anhelo literario de “dar normas”. La poética sería una rama del derecho que legisla los principios éticos de una comunidad. Acaso su quehacer normativo regularía también toda recolección de datos auténticos. Lo que observamos se ajusta al “cristal con que se mira”. Esta tentación por convertir el conocimiento histórico en literario —filtrado por el “desenvolvimiento de las letras”— se revertiría en su antónimo. Existe una propensión de la literatura por volcarse hacia la historia hasta el extremo de sustituirla.
La poética hace de su discurso regulador —de su normatividad legal— un hecho positivo y cierto, con igual estatuto de realidad que el documento histórico. Aun si su lectura no revela “cosas en sí”, nos ilustra la manera en que un individuo o grupo percibe el mundo. El periodista y escritor Manuel Andino (1892-1958) —cuya crónica estudiaremos en breve—nos ofrece un ejemplo de percepciones subjetivas que modulan —no la existencia del mundo ni la historia humana— sino la conciencia que una sociedad posee de sí y de su entorno.
“Si quiero una cosa, es más por lo que me sugiere que por la cosa misma […] un hecho es un motor que genera ideas y pensamientos; [como] los paraguas [el mundo responde a clasificaciones en] grupos arbitrarios” (Andino). Al ambular por la ciudad capital en un día lluvioso, inventa un método antojadizo de ordenar a los transeúntes según “el idioma de las cosas”. Contradictoriamente, este lenguaje refleja su propia visión ya que la preposición posesiva carece de toda objetividad. “De” expresa el idioma que “yo” le impongo al mundo.
La diferencia historia-literatura recaería en una cuestión de enfoque en alguno de los dos polos —opuestos y complementarios— del acto cognitivo: sujeto y objeto. Si la historia nos obliga a extraer cualidades objetivas; la literatura proyecta la subjetividad. En ambos casos, un eslabón de la dualidad permanece inerte y sin expresión. La historia acalla el sujeto, al igual que la poética silencia el objeto. De ahí que nuestra reflexión filosófica —de “raíces, esencias y substancias”— establezca el carácter complementario de ambos tipos de saber. El histórico se centra en el objeto y opaca el sujeto; el poético se enfoca en el sujeto y oculta el objeto.
A esta última prioridad del sujeto sobre el objeto, Toruño le atribuye la función de crear “normas”. Más que pura inventiva o ficción, a lo literario le corresponde sugerir comportamientos que una comunidad sanciona como legítimos. Su lectura detallada induciría patrones de conducta, maneras de actuar que se juzgan correctas y adecuadas. Antes de ilustrar la índole legislativa de lo poético en Andino, nos preguntamos cómo el mismo Toruño y otras reseñas clásicas evalúan estos juicios normativos que conducen el actuar de una generación.
II. Estilo
No obstante, su intuición temprana Toruño no la aplica a la hora de redactar el Desarrollo literario de El Salvador (1958). La posición complementaria en el tiempo (pasado/futuro) y en la escala de valores (ser/deber-ser) se vuelve simple jerarquía entre política partidista sin trascendencia y alcance supremo de lo literario, lo único que el lector actual estimaría digno de consideración. El formalismo del estilo define la normatividad legal o, a lo sumo, su proyección en lo social la marca su pertenencia a una escuela “romántica” tardía.
“[Trabaja en el] Diario del Salvador […] prosa esquemática, de síntesis […] en él hay dos estilos literarios: uno, cortado, incisivo, con el que describe rápido. Capta, coloriza, define y se mantiene en presente sobreviviendo […] el otro estilo es periodístico, periódico, con el que trata diversos asuntos, de hechos histórico-políticos, cual reportazgos, (anduvo metido en los breñales partido-personalistas) y de otros acontecimientos serios […] De las letras es el primero que hizo profesión [Si sus libros apologéticos sobre los presidentes Alfonso Quiñónez Molina, Pío Romero Bosque y Tomás Regalado,] serán para la tiesura de las bibliotecas o para conocer algún punto de esa “historia hecha por los hombres” […] más los otros, son los que representan la estabilidad del hombre de letras, pesimista, burlesco, irónico, pero interiormente solitario, triste, desilusionado. Poeta romántico” (Toruño, 1958: 242-243)
Aún más formalistas y enfocadas exclusivamente hacia el estilo nos parecen las breves notas de Luis Gallegos Valdés. Su lectura nos sugiere tratar la historia por su estructura sintáctica, la medida de la oración, al igual que por juicios calificativos que excluyen toda referencia al contenido del escrito. Si lo literario dictara “normas” de conducta social, imaginaríamos a un historiador proponer teorías sobre la textura de documentos que comprueban hechos políticos relevantes, o a un juez que acusara a un convicto por lo poco elaborado de su estilo y por su “material” de escaso vuelo “romántico”.
“Prosa ágil, nerviosa […] posee el arte de sintetizar ironizando […] con un estilo conciso e incisivo trabajó la crónica hasta convertirla en material casi ingrávido, alado y brillante”. (Gallegos Valdés, 1981: 199)
El itinerario histórico de Andino en la escena periodística y literaria salvadoreña merecería un análisis más riguroso de toda su producción. En efecto, en su obra máxima, El periodismo en El Salvador (1964), Ítalo López Vallecillos nos informa que Andino participa como miembro activo en múltiples revistas literarias de importancia, en los más variados periódicos capitalinos, al igual que en el acontecer político y editorial del gobierno salvadoreño. Esta trayectoria tan sobrecargada podría servir de hilo conductor para una exposición artística —para trabajos historiográficos profundos— la cual rescate el quehacer artístico, literario y político de la primera mitad del siglo XX. Empero, de nuevo, el autor renuncia a todo análisis del trabajo de Andino y nos entrega simplemente una descripción de su estilo.
“Contribuye a diversas revistas literarias como Gavidia. Revista Mensual de Ciencia y Arte (1915-), Espiral (1919-) Germinal (1919-), compilador de la obra poética de José Valdés, El Espectador (1930), El Gran Diario (1935), Cultura (1955), etc. Fue redactor de Diario del Salvador («“en el primer cuarto de siglo, ningún periódico ejerció sobre el público, en su desarrollo cultural, la influencia que ejerció el Diario del Salvador”» Andino en López Vallecillos); director de los Diarios El Día (1921), La Prensa (1934), Diario Nuevo y otros. La prosa de Andino es breve, cortada, rica en matices y contrastes”. Políticamente destaca como “Diputado a la Asamblea Legislativa[…] colaborador del Departamento Editorial del Ministerio de Cultura (1958) y primer Presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador (1936 y 1957-1958)”. (López Vallecillos, 1964: 241, 242, 245, 248, 257, 286, 256, 356-357, 371)
De este triple comentario sobre Andino —Toruño, Gallegos Valdés y López Vallecillos— resaltamos la manera en que una intuición filosófica original se desvía hacia juicios formalistas de estilo. En vez de ilustrar el espíritu normativo de una época, la crónica de Andino señalaría un asunto de redacción sin contenido. Los valores éticos se reducen a su proceder gramatical, la textura de la frase y la acertada selección de vocabulario.
En la siguiente sección le concedemos justicia a la intuición de Toruño. Dejamos de lado el análisis estilístico y nos concentramos en la normatividad que se trasluce en la crónica de Andino. En concreto, examinamos las distinciones de género que convierten a los hombres en personajes ilustres —políticos afamados, poetas sin reconocimiento oficial— y cosifican a la mujer en objeto del deseo masculino. Esta objetivación del cuerpo femenino —honor exclusivo de lo varonil— caracteriza la norma jurídica de una época, la cual por desgracia no está del todo revocada. Acaso un discurso “alado y brillante” sólo pretenda reciclar jerarquías sexuales —superioridad de lo viril— que se hallan siempre en peligro de desmoronarse.
El riesgo de disminuir sus privilegios varoniles lo expresa el epígrafe inicial. Cuanto más la hembra ocupe posiciones reservadas al hombre —en política, gestión, literatura, arte, etc.— tanto más traicionará su vocación “natural”. “Las mujeres de San Salvador no entrarían a esa moda inicua, infamante” de disputarles a los hombres su manera de vestir ni de actuar en la vida pública. A esta pretensión de “igualdad”, Andino la denomina “desmujerizarse”.
A semejanza de su posición de rechazo ante el arte moderno —“influencias exóticas […] sentimientos hueros, prestados a las más engarabatadas literaturas contemporáneas”— la hembra que abandona la tradición doméstica se vuelve hombruna (Andino en Alfonso Espino, Facetas, 1925). “Beber [de] la fuente cristalina del clasicismo” significa mantener incólume las rígidas estructuras del pasado que la modernidad acecha y destruye. Esta ruptura conduce a una confusión en géneros, en lo literario y en lo sexual.
III. Hegemonías masculinas
De las cincuenta y dos crónicas, doce se dedican a exaltar figuras prominentes de la época: políticos y poetas. Casi un veinticinco por ciento enaltece personalidades públicas, hombres en su totalidad. Salvo “la superiora [de un hospicio], Sor Pelletier”, ninguna otra mujer posee nombre propio. Al igual que la glorificación de varones, la reducción de la hembra a lo común caracteriza el estilo de la crónica. Lo viril se personifica; lo femíneo se despersonaliza estableciendo jerarquías radicales en toda relación social y de pareja.
Por las memorias citadinas circulan el profesor José A. March de ética intachable, Ramón Mayorga Rivas en su vida espiritual, el presidente Quiñónez Molina, símbolo de patriotismo y progreso, al igual que un guerrillero hondureño, General Gregorio Ferrera. También aparecen el poeta olvidado Rafael Reyes, Adán Mora “engordado en la muerte”, el arzobispo de Santa Ana, Santiago Ricardo, el pensador J. R. Molina, el profesor Enrico Massi y el poeta fracasado Ramón de Nufio. Aun si la crónica de Andino elogia el quehacer poético sobre el político, esta labor artística resulta una esfera reservada a varones. El caso más connotado lo ejemplifica el exilio voluntario de Nufio, cuyos fracaso y muerte trágica le sirven al cronista para denunciar el arribismo político de sus contemporáneos.
“Me marcho mañana para México, para Buenos Aires. A Nueva York y París. Al Triunfo y la Gloria… Te escribiré contándote mi éxodo victorioso […] mis versos, que no comprenden estas pobres y prosaicas gentes de San Salvador, me abrirán todas las puertas. Todas, óyelo bien. En Citeres me espera entre rosas una princesa maravillosa […] Supe de su llegada a México […] Después, nada… Ah, sí, su muerte! […] un poeta por malo sea ese poeta, vale más, mucho más, que cualquier político y que cualquier funcionario. El poeta es alma […] los otros son intestinos repletos”. (Andino)
“Noble y bendita sea esa juventud que vuelve la espalda a los políticos profesionales, y pone los ojos en los poetas!” (Andino)
La defensa de la poesía la continúa un ataque a la seriedad “lógica” y una vindicación de la mentira entendida como acceso existencial a la verdad. Talvez esta contraposición de lo sistemático con lo vivido denote una postura anticientífica del cronista. Lo interesante de esta visión anti-metódica es la manera en que concibe el saber como captura que realizan los hombres de figuras femeninas: verdad, diosa, ojos negros y curvas de una hembra. En el terreno del conocimiento, la crítica a lo serio y a la verdad científica —otra fémina indócil— cobra también un sesgo sexual.
“Ofreces al mundo tu pensamiento lógico […] te ha sonreído la Esfinge? Dime, ¿para qué quieres, por qué buscas, a qué ansiar tanto poseer la Verdad? […] la Verdad es una diosa, y todas las diosas son impasibles y herméticas. Por eso los hombres las representan en mármol, que junta a su dureza de Eternidad la frialdad de la Nada […] Ah, compañero, hermano mío! Más que la llama sagrada de la Verdad, que por mí puede apagarse, ansío quemarme en el fuego divino y diabólico de unos ojos negros de mujer […] mi dulce mentira”. (Andino)
“Hay hombres que hacen de la seriedad una profesión […] en su universitaria seriedad, está el secreto de su éxito […] van por la Vida como un entierro […] vestidos de negro […] ensombrecen la vida […] cejijuntos y herméticos […] desconocen la curva —curvas de ánforas, curvas de vuelo, curvas de mujer—”. (Andino)
El combate entre poeta y político por obtener reconocimiento social —pugna entre ámbitos antagónicos del saber— deja traslucir una neta temática de género. A nivel literario, el poeta fracasado, Nufio, anhela que su triunfo le otorgue la conquista de una hembra: “me espera entre rosas una princesa”. En efecto, la posesión de lo femenino equivale a la poesía: “la muchacha que hoy se rió del poeta y desdeñó sus versos sensitivos y luminosos, le clavará “muy hondo su mirada azul” y le ofrecerá el seno palpitante, manojo de rosas […] mojadas de rocío”. En ambos casos —política vs. poética; saber racional vs. ilógico en “curva”— se halla en juego la plenitud de la subjetividad masculina, gracias al poder que adquiere sobre objetos o categorías filosóficas, ambos feminizados.
Si ocurriera que toda mujer real le negara su cuerpo y amor —“hembra que sólo se entrega por dinero”, reprocha el cronista con desdén— el poeta sabe que objetos naturales tangibles como “nubes” y “luna” lo colmarán de ternura femenina. “Que las nubes, tus móviles, eternas novias, te tengan apretado muy cerca de su seno”. “Luna de octubre… Desnuda… Alta, muy alta: eres la novia, la única novia de los poetas melenudos”.
La jerarquía de género se corresponde a un ordenamiento gradual en el interés por el saber. El sexo superior discute temas elevados —“política, periodismo, literatura, negocios”— aun si su carácter polémico emponzoñe el espíritu. El débil, en cambio, sólo se enfrasca en pláticas triviales. Todo su pensamiento se reduce a lo frívolo. Esta exclusión de la mujer de todo ámbito destacado del conocimiento se revierte paradójicamente sobre el cronista. En verdad, si la mujer representa lo fútil y vacío, ignoramos la razón por la cual desde su posición hegemónica el hombre se detenga a observarla con tanta pasión.
“Quede eso [= lo irrelevante] para las mujeres poco seguras de su virtud”
“El cronista ruega a sus amigos no hablar de política, ni de periodismo, ni de negocios, ni de literatura. No hay que manchar —les dice— eso que enturbia el alma de los hombres, la magnífica belleza del crepúsculo. […] despojémonos de nuestras máscaras […] y charlemos como los niños y las mujeres, sobre cosas pasajeras, sobre cosas frívolas, sobre cosas que no tengan importancia y trascendencia […] Las mujeres actuales son un tema encantador [Sus] melenas son algo frívolo, pájaro, flor, mariposa que agita el viento”.
La reducción del mundo al género provoca una sexualización extrema de lo natural. Crepúsculo y noche son mujeres, al igual que lo son accidentes geográficos. Sucede que lírica y pastoral —poetas clásicos que exaltan la belleza tropical del terruño salvadoreño— equivaldrían a la apropiación que el hombre hace del cuerpo sumiso de la mujer. Por un ejercicio continuo del poder, el varón se inviste como sujeto pleno en lo político y, en menor rango, en lo poético. El ascenso varonil hacia su condición de subjetividad soberana —su liberación social y artística— presupone sometimiento y cosificación de la fémina.
“Crepúsculos de marzo. Tardes llenas de luceros pensativos y de cigarras tristes… Melancólicos y ardientes como algunas mujeres”.
“Sólo el crepúsculo es fino, sentimental y amable. Es un poeta. También es una mujer”.
“La noche es una mujer enamorada”.
“La montaña es alegre y luminosa […] tiene gracia de ánfora, redondeles de mujer”.
También la ciudad la sexualiza el cronista; la percibe como joven muchacha de la cual se apodera por la mirada. Esta simple distinción —observador vs. observada— define una diferencia de potencial, una jerarquía de poder entre hombre y hembra. El que ve le hurta su autonomía a la que se deja ver. Igualmente que el saber huero y la pasividad de lo visto, la edad de la despreocupación y de lo fácil —“los veinte años”— exhibe la silueta de una mujer. De seguro, el arribo de la vida adulta con sus múltiples responsabilidades y preocupaciones significa la pujanza de lo viril.
“Sonríe la ciudad. Despierta hermosa y jovial. Es una muchacha que acaba de salir del baño” […] a esas lomas de Candelaria que se curvan en el horizonte con una gracia de cuerpo de mujer…”.
“Vibra San Salvador como una hembra”.
“A los veinte años no hay nada real. La vida es entonces una muchacha muy linda que se deja besar”. (Andino)
Si esta visión del espacio urbano feminizado nos parece bastante neutra, lo cierto es que la afición de Andino por ver mujeres raya en la pornografía. No sólo confiesa su deseo por precipitarse ante toda hembra hermosa; a la vez, se deleita en observar escaparates que exhiben la intimidad femenina. En su defecto, la ensoñación poética la realizan visitas nocturnas al “Parque Bolívar”. Apostado en su butaca, el cronista medita y alucina bellezas mujeriles. Su obsesión de féminas lo identifica a un banco que sirve de asiento a su objeto de deseo. Ese mismo acecho lujurioso sobre la fémina lo repiten sus crónicas marinas en las que el centelleo de las olas saca a flote deseos masculinos insatisfechos (Vocación de marino, 1955).
“Al par de las cosas que hacen pensar, están las que hacen soñar. Si usted, digamos, y suponiendo que es hombre fino y vibrante, se detiene un instante frente a las vitrinas de París Volcán, la íntima ropa femenina que en ellas se exhibe, lo hará soñar con esas cosas […] una muchachita bonita, una “cosita linda”, inspira deseos de despedazarla a besos y mordiscos”.
“Los bancos del Parque Bolívar, solitarios en la media noche, me han hecho soñar y pensar. Cuando no hay gente […] son motivo de ensueño […] como las mujeres que pasan… El uno suspira: hoy por la tarde se sentó en mí la más linda y hermosa de las muchachas de San Salvador. Todavía me estremezco…”.
“Esas fosforescencias del mar son miradas de lujuria que los tiburones lanzan a las pantorrillas de mujeres que se asoman a la cubierta de los buques“. (Andino)
Pero luego de esa confesión, acusa a las mujeres de lujuria mientras que momentos antes él mismo contempla prendas femeninas con lubricidad. En este instante, el cronista invierte papeles y le atribuye a la hembra la iniciativa de “seducir”. Acaso el más hondo anhelo de Andino lo confiese su ansia de “hombre fácil” que se doblega ante una femme fatal con rasgos raciales definidos: “soñé que una mujer muy blanca me amaba”. En ese momento de galanteo violento, la hembra queda identificada a un depredador salvaje y el varón ocuparía el sitio de la víctima propiciatoria simbolizada por el cordero.
“Mi gato Juan […] jamás se sale de la línea recta […] Nunca un zarpazo. Nunca una aventura en los tejados con las gatas locas, con las lindas gatas que, bajo la luna llena, se desmayan de amor y maúllan de lujuria como si fuesen mujeres”.
“De todos se ríe esa caprichosa, que por algo es mujer… Viene se mete, alarga sus tentáculos, seduce, enloquece. Triunfa…”.
“Esa fiera que está enfrente tiene ojos humanos demasiado humanos. Ojos brillantes, calcinados por secretas ansias, fascinadores. Miradas de mujer… Hay un hilo invisible que ata el corazón de nuestras amadas y el corazón de las fieras del monte. Las unas destrozan corderos. Las otras nos destrozan la vida. Son iguales”. (Andino)
IV. Norma social
Los clásicos caracterizan a Andino por su estilo “cortado, incisivo, con el que describe rápido” (Toruño); “ingrávido, alado y brillante” (Gallegos Valdés); “rico en matices y contrastes” (López Vallecillos). Les interesa una manera de escribir que anula toda reflexión filosófica. Si el cronista es “burlesco e irónico” ignoramos cuáles son las temáticas o personajes que ironiza y deshonra (Toruño). Su ingravidez celeste no especifica de cuál terreno corpóreo y material se levanta para brillar sobre sus contemporáneos (Gallegos Valdés). Por último, también desconocemos a qué temáticas y personalidades se aplica su riqueza de “matices y contrastes” (López Vallecillos). Contamos con una detallada descripción de sus cualidades de redacción sin referencia al contenido de la obra.
Ante este vacío temático de las “bellas letras” —crónica sin historia ni filosofía— queda pendiente una intuición genial de Toruño quien hacia 1948 en el Ateneo de El Salvador define la esfera literaria por su disposición de “dar normas”. Hay que preguntarse hacia cuáles ámbitos de la normatividad jurídica apuntan las crónicas de Andino. A los juicios estilísticos se añadiría una reinserción de la literatura como vértice nocional de un triángulo cuyos otros dos ápices los componen historia y filosofía.
En este entramado de disciplinas, Mirando vivir (1926) se nos ofrece como testimonio representativo de una generación. Su extraño neologismo “desmujerizarse” utiliza el cabello como símbolo de una usurpación. Por la moda en el vestir, la hembra comienza a hurtarle al varón prendas exclusivas de sus prerrogativas sociales. Este peligroso trasvase ocurre en una sola dirección, de lo femenino hacia lo masculino. La dirección inversa —“poetas melenudos”— el cronista la menciona, pero no le provoca el mismo sentimiento de rechazo.
El robo de la apariencia física masculina ocasiona un hondo temor en la generación de Andino cuyas crónicas lo convierten en portavoz. Existe un terror porque la mujer invada ámbitos sociales que el hombre monopoliza desde antaño. El varón se siente asediado ya que la modernidad libera modales y la hembra comienza a vestirse a usanza masculina. En acto trasgresor le incauta al hombre su indumentaria. Aún más podría asumir posiciones públicas y oficiales reservadas al varón. Si la reacción convencional remite a la mujer al recinto doméstico y maternal, Andino ignora casi por completo este oficio “natural”. Lo materno sólo aparece mencionado una vez en la feminización de los accidentes geográficos salvadoreños. “Cerro de las Pavas… donde la tierra, madre generosa, ofrece sus pechos repletos de savia” (Andino).
En cambio, su percepción de lo femenino se concentra en cosificarlo como objeto que el hombre debe doblegar para auto-realizarse. La mujer es “la Verdad” que “la universitaria seriedad” conquista para su “éxito” académico. La mujer es “curvas de ánfora” que el cronista acaricia para validar el predominio de la poesía sobre la razón. La mujer es la presea que anhela el poeta fracasado como símbolo tangible de reconocimiento oficial. La mujer es “la luna”, “las nubes”, “el crepúsculo”, “la noche”, “la montaña”, en breve, la belleza natural que el poeta lírico captura en sus versos. La mujer es el espacio urbano que el cronista recorre a diario. La mujer es el pensamiento de “lo frívolo” y el saber huero. La mujer es la ensoñación poética y, ante todo, es “fiera” depredadora —seductora— que aprisiona a su víctima sacrificial, el hombre hecho cordero. En esta compleja red de asociaciones, la mujer es la construcción fantasiosa del hombre de letras — “del primero que hizo profesión”, según Toruño — quien necesita establecer bases firmes para normas sociales amenazadas por la modernidad. La crónica de Andino recicla en el imaginario social salvadoreño hegemonías masculinas en crisis.
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