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OPINIÓN ¿Puede un poeta ser más preciso que un periodista?El autor es un poeta, ensayista y novelista rumano que vive en Estados Unidos desde 1965. Aprendió el oficio periodístico en el camino, trabajando para algunas de las principales cadenas radiales y televisivas de Estados Unidos. Como resultado de sus aventuras periodísticas publicó los libros “Aye, Cuba: Un Viaje Socio-Erótico” y “El Hoyo en la Bandera: historia de retorno y revolución de un exiliado”. Actualmente trabaja en un libro sobre el dadaísmo y su fundador, el rumano Tristan Tzara. Es editor de la revista Exquisite Corpse y columnista de Gambit Weekly. Codrescu es Profesor Distinguido de Inglés en la Universidad de Louisiana. Andrei Codrescu*cartas@elfaro.net Publicada el 02 de junio de 2008 - El Faro - English version I.- Rumania Soy un poeta. O peor: un comentarista/ensayista. Pero ocasionalmente he tenido que hacer lo que algunos tomaron erróneamente por periodismo, y así noté unas cuantas cosas. La primera vez fue cuando la Radio Pública Nacional de Estados Unidos (NPR) y el programa Nightline de la cadena ABC pensaron que era buena idea enviarme a Rumania a finales de diciembre de 1989 para atestiguar el colapso de la dictadura comunista en mi país natal. Había muchos reporteros en Bucarest el 28 de diciembre de 1989, todos los cuerpos de prensa del mundo, parecía, y todos nos hospedamos en el Hotel Intercontinental, famoso durante la era Ceausescu porque tenía micrófonos ocultos en las habitaciones y hasta en los ceniceros del bar. NPR y ABC tenían reporteros de verdad ahí, obviamente, no sólo un poeta que volvía a casa tras más de un cuarto de siglo en el exilio, Así que pensé que todo estaba perfectamente claro. A mi productor de NPR, Michael Sullivan, no le interesaba realmente mucho la distinción entre poetas y periodistas. Necesitaba que todos cubriéramos historias, y cuando le conté que mis intenciones para el siguiente día, el 29 de diciembre, eran caminar sin plan alguno por la ciudad para oler las cosas, se tomó como medio segundo para pensar en mi idea. “¿OLER COSAS? ¡Necesito a alguien que hable el dialecto eslavo, o como diablos se llame, para que acompañe a Robert a la oficina del Primer Ministro, o lo que diablos sea, para tener una conversación y un traductor!” Bucarest, como todas las ciudades, tiene su propio y único olor, una mezcla de funk histórico que no sólo recordaba, sino en el que estaba VITALMENTE interesado porque las décadas en las que estuve ausente seguramente habían agregado sus propias capas de funk. Por la misma razón, ansiaba regresar a mi pueblo de Sibiu para tener una seria sesión de olfateo. En los domingos de principios de los sesentas, Sibiu olía como un estrúdel porque era lo que cocinaban todas las hausfraus alemanas. Los edificios del Siglo XIV en la plaza olían a ladrillo viejo, a podredumbre, a brujas quemadas, a la tinta fresca de los periódicos literarios que yo compraba afanosamente cada miércoles en el quiosco de la esquina, a lluvia en los adoquines y aire fresco de montaña y nieve en el verano. Sabía que la mayoría de los descendientes de alemanes y los judíos habían emigrado a Occidente, ¿Entonces a qué olía Sibiu ahora? Como Marcel Proust, necesitaba a mi Madeleine para abrir el pasado y descubrir cómo había sido la vida aquí sin mí. Tenía muchos datos y cifras, por supuesto, pero mientras no pusiera mi nariz a trabajar todo era simplemente información seca. No era un argumento para esgrimir durante una “revolución”, aún una entre comillas. Las balas aún volaban, aunque nadie estaba seguro de quién las disparaba o a quién iban dirigidas. Fuimos al palacio comandado por los “revolucionarios”. Entrevistamos a Roman, tan esquivo como una foca, y, a la salida, nos asomamos a la oficina del General Stanculescu, que nos invitó a entrar. Esto se ponía interesante. El General no era esquivo y dejó claro desde el principio que la “revolución” había sido en realidad un golpe de Estado, y que él más que nadie estaba interesado en aclarar el rol de los militares en los ametrallamientos contra civiles desarmados en varias ciudades rumanas. Le preocupaban los juicios que seguramente vendrían, y quería que el mundo supiera que el ejército no había tenido nada que ver con los ametrallamientos, que eran responsabilidad de fuerzas especiales de seguridad leales a Ceausescu. Esto terminó descubriéndose como una gran mentira, pero ni el General fue juzgado ni el ejército tuvo que rendir cuentas. El General se volvió inmensamente rico cuando el primer gobierno post-Ceausescu de Iliescu comenzó a dividir el cadáver del Estado entre sus leales colaboradores. Cuando salimos de la oficina de Stanculescu, Michael dijo: “¡Este es el verdadero hombre fuerte! Roman es sólo un títere.” Al siguiente día fuimos a visitar a una familia que vivía en uno de los edificios de apartamentos construidos precariamente pocos años atrás. Las paredes estaban descarapelándose, no había agua caliente y unas doce personas vivían en dos habitaciones. Tal como esperábamos, lanzaron sus quejas de la manera que se volvió tan popular con los periodistas por aquellos días, que era culpar personalmente al matrimonio Ceausescu de todo lo malo que les había pasado. Cuando terminaron su lamento y estábamos ya empacando, se me ocurrió preguntarle al abuelo más viejo y callado si extrañaba su pueblo. Lo extrañaba mucho, dijo, y volvería si pudiera. Pero no podía, porque el pueblo había sido demolido para ampliar el aeropuerto.
El equipo no estaba muy entusiasmado. Las carreteras rumanas eran notoriamente malas (aún lo son) y el taxista que nos trajo hasta aquí ya estaba borracho y conducía su destartalado Dacia como un demonio. Alguien sugirió que grabáramos sólo la historia del viejo y algunos sonidos ambientales afuera en la nieve. Para mi mente inexperta eso sonaba bien. Es decir, el silencio es el silencio, y la historia del viejo no cambiaría tras dos horas en carro sobre el hielo en el taxi. Pero Michael no lo aceptó. Nos metimos en un taxi y llamamos a otro que llegó inusualmente rápido. El conductor del segundo taxi estaba tan ebrio como el primero, y cuando se encontraron comenzaron a discutir sobre política –y hubieran llegado a los puños si no hubiéramos partido-. De camino al pueblo inexistente, los dos taxistas comenzaron a jugar a las carreras sobre el hielo como dos pésimos clones de Mario Andretti, y cuando decidieron descansar en medio de la nevada desolación yo estaba bañado en sudor… y terror. Salimos del carro y el viejo comenzó a señalar a la nada en varias direcciones y decía: “Aquella era mi casa. Ahí estaba el centro cultural. Ahí estaba el tipo al que por error le maté a su cabra con una honda cuando era un niño...” y así, una emotiva descripción de un lugar que ya no era, que existía sólo en su memoria. El silencio que Michael grabó cuando el anciano terminó de hablar parecía atravesado por lágrimas. No podía haber contado esta historia en ningún otro lugar, y ningún silencio es como otro. Hasta los taxistas parecían afectados por la experiencia y de regreso manejaron con más cuidado – aunque igual de rápido. No estoy seguro si lo que hicimos fue periodismo o poesía, pero para mí fueron ambas cosas, aunque Michael y yo lo abordamos de distintas maneras. Para mí, la idea de que no todo el silencio es igual, y de que las historias difieren radicalmente dependiendo del contexto, es poesía. Para Michael, era buen periodismo radial: nunca engañaría con un sonido pretendiendo que fue grabado donde no lo fue. Ese tipo de integridad es rara entre poetas o, para el caso, entre periodistas haraganes. Había muchos periodistas haraganes de medios reconocidos en el Intercontinental que pasaban la mayor parte de su tiempo recogiendo rumores y haciendo cola para los teléfonos en el lobby para dictar sus notas. Esto era antes del internet, así que conseguir un teléfono era prioritario. Era LO prioritario para algunos. Y tal vez esto explica por qué la mayor parte de los medios del mundo, la creme de creme de ellos, no vieron la mayor de las historias de Rumania en 1989. El último “dominó rojo” en Europa del Este no cayó en una “revolución”, fue derribado de manera deliberada. Casi todos los reporteros se equivocaron: contaron una guerra civil donde no la había; citaron cifras como 60 mil muertos cuando, al final, fueron sólo unos mil; alucinaron combates callejeros donde sólo había pequeñas simulaciones crudas; y transmitieron a todo el mundo el “tribunal” y ejecución de Ceausescu sin revisar el material crudamente editado que les dio la televisión rumana. Encima de todos esos errores, muchos reporteros se dejaron capturar por el lirismo de un símbolo tan querido por los franceses: la “revolución” rumana con sus soldados en tanques a los que las chicas besaban y les daban flores, y su bandera tricolor con un agujero en medio, coincidieron con la celebración simultánea en Francia del aniversario 200 de la Revolución Francesa y sus representaciones similares. Todo ese lirismo era lo opuesto a la poesía, y algunos nos dimos cuenta de inmediato, pero tomó algún tiempo descubrir que todo mundo estaba equivocado. SESENTA MIL MUERTOS EN RUMANIA es un titular, pero SESENTA MIL NO HAN MUERTO EN RUMANIA no lo es. Qué tan mala puede ser la pequeña corrupción es algo que descubrí algunos años después cuando entrevisté a Vadim Tudor, el Jean LePen o el Zirinovski de Rumania, un payaso fascista que obtiene entre 10 y 14 por ciento en cada elección presidencial. Entrevisté a Vadim para el programa Frontline International de la cadena PBS, en el llamado “Castillo de Drácula” en Bran, cerca de Brasov, en Transilvania. La idea era que sutilmente lo identificara con Drácula, un truco barato que no escapó a Vadim, que es un exhibicionista consumado. Se presentó en Bran vestido con unos pants de nylon con la bandera estadounidense, todo barras y estrellas, rodeado por un grupo de sus muchachos con Uzis y lo que parecía la mitad de las fuerzas policiales del pueblo. De ahí siguió una conversación surreal y absurda, que consistía básicamente en Vadim declarando su amor incondicional por Estados Unidos y por Israel (y negando que alguna vez hubiera sugerido que los judíos eran la raíz de todo mal, junto a los gitanos y a su viejo amigo Muammar Khaddafi), mientras esquivaba los ataques de una pequeña mujer determinada a contar la “verdadera” historia de Drácula y no la versión para turistas. Cuando terminamos, Vadim dijo que había telefoneado a un restaurante chino en Brasov porque sabía que todo el equipo de filmación estaría hambriento, y que enviaría a su jefe de operaciones con nosotros para mostrarnos el lugar. OK. Yo estaba listo para decir no gracias, lo cual es difícil, como todos ustedes que han tenido que lidiar con la hospitalidad latina saben, pero yo no iba a aceptar ningún favor de Vadim. El equipo ESTABA hambriento y Vadim insistió e insistió, así que dije OK, y mi productor de PBS no tenía ningún problema con eso, así que fuimos a Brasov con el jefe de operaciones. El restaurante chino era una enorme sala vacía y con eco, construida para funcionarios comunistas en los días apogeo de Ceausescu, y había un enorme festín, comenzando con aperitivos, todos listos para nosotros en una mesa alegremente preparada. El operativo dijo bon appetit y se disculpó para hablar con un oficial del partido con quien tenía una reunión como a diez mesas de distancia. Así que comimos y disectamos la entrevista e hicimos un vívido post-mortem que se hizo aún más vívido mientras bebíamos más y más cerveza. Cuando terminamos pedí la cuenta, pero el hombre de Vadim vino a decirnos que ya se habían encargado de todo, por favor, no nos insulte. Después me dijo –su inglés era perfecto- que había trabajado para Agerpress, la agencia comunista de noticias, y que su trabajo consistía en mantenerse a unos tres metros de Ceausescu cuando se reunía con dignatarios extranjeros, y reportar todo lo que se decía. De inmediato medí la distancia a la que había estado de nosotros: unos tres metros. Ok, dije, entonces nos escuchaste. ¿Qué puedo decir? “¿Cambiaste alguna de tus ideas preconcebidas de Vadim?” me preguntó. Yo dije, “En realidad no”. Escribió algo en un pedazo de papel y dijo: “Este es el número del teléfono personal de Vadim. Si necesitan algo en Bucarest, cualquier cosa...” No se necesita ser rumano para preocuparse. Rompimos una regla básica del periodismo y había muchos daños. En este caso, mi vergüenza me llevó a ser más severo con Vadim de lo que normalmente hubiera sido, aunque es difícil ver cómo. Un poeta probablemente no hubiera visto nada malo en aceptar comida gratis de un sujeto de entrevista, porque los poetas siempre estamos hambrientos. Se podría decir incluso que los poetas estamos GENÉRICAMENTE hambrientos. Pero los periodistas… bueno, ustedes deberían comer lodo antes de algo así.
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