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OPINIÓN

La cuarta acepción

Élmer L. Menjívar *
cartas@elfaro.net
Publicada el 26 de mayo de 2008 - El Faro
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El diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española (RAE), suele resolverme muchos problemas en este oficio mío de la escritura, y no solo los de corte ortográfico y semántico, a veces, incluso, algunos existenciales, y alguno que otro espiritual.

Hoy se me ocurrió recurrir a él en busca de algo que pudiera yo agregar al coro de panegíricos para El Faro, en este su décimo aniversario.

Pues la RAE no me falló, y me dio la cuarta acepción (acepción es un término en desuso que significa aceptación, y también significa “Cada uno de los significados de una palabra según los contextos en que aparece):
 
Faro. (Del lat. pharus, y este del gr. φάρος).

1. m. Torre alta en las costas, con luz en su parte superior, para que durante la noche sirva de señal a los navegantes.
2. m. Farol con potente reverbero.
3. m. Cada uno de los focos delanteros de los vehículos automotores.
4. m. Aquello que da luz en un asunto, lo que sirve de guía a la inteligencia o a la conducta.

No sé si Jorge Simán o Carlos Dada, los fundadores, alguna vez buscaron en el diccionario, pero El Faro, con todo y punto net, encuentra ahí, en la cuarta acepción, más que una definición lexicográfica, el compromiso de significar en nuestro contexto. Va bien, lo creemos varios.

Y varios de esos varios aludidos hemos pasado por El Faro, y ahí aprendimos, entre otras cosas, a discutir con arrogancia. Recuerdo que en las interminables reuniones de los lunes en la calle Los Castaños, casi todas las intervenciones para evaluar las notas de cada edición empezaban con la frase “a mí lo que me hizo falta leer en tu nota fue…”, y es que ahí, entre periodistas jóvenes (ya sea de edad, en el oficio o de corazón), todos nos creíamos agudos, críticos y audaces, al menos hasta que nos tocaba el turno de escuchar todo lo que a los demás les hizo falta leer en nuestras notas.

Creo que todos aprendimos a lidiar con las exigencias, con los egos, propios y ajenos, aprendimos del oficio, poco a poco aprendimos que nuestras notas periodísticas no las leían solamente los convocados a las interminables reuniones de los lunes en la calle Los Castaños, que nos leían hasta en otros países, y que todos esos lectores no tenían la oportunidad de señalarnos las carencias de nuestras notas, a lo mejor no las notaban, notarlas no era su parte en este idilio.

Nuestra parte ha sido no mentirles, no ocultarles deliberadamente información, dar información relevante y ser una opción para asomarse a la realidad desde la novedosa perspectiva del periodismo sin compromisos con los poderes que suelen comprometer el quehacer periodístico en otros medios de comunicación social. Pero esa falta de compromisos era sólo la oportunidad de hacer buen periodismo, nos correspondía a nosotros desarrollar nuestros talentos y capacidades para aprovecharla y que la sociedad en conjunto la aprovechara. 

Para nadie es un secreto que El Faro se fundó y sobrevivió mucho tiempo teniendo como capital únicamente la buena voluntad y las pasiones juveniles de periodistas ilusionados con la posibilidad de hacer el trabajo como se debía.

Hace 3 años nadie cobraba en El Faro (creo que solo el webmaster), no se vendía casi nada de publicidad, y tampoco había muchos proyectos financiados. Recuerdo esa vez en que todos leíamos entre risas una entrevista a nuestro director en una revista económica regional, donde el entrevistador creía que El Faro era una empresa exitosa debido a su creciente presencia y constancia e insistía en preguntar en ese sentido, mientras Jorge, nuestro director, insistía en responderle que El Faro era una empresa en permanentes números rojos. Nos causaba gracias nuestra situación, pero a la vez nos enorgullecía ser parte de una aventura así.

Un contundente “sin embargo” nos llegó a varios en diferentes momentos. La aventura de vivir se hizo un poco más compleja y necesitamos salarios, y tuvimos que emigrar a otras empresas que podían pagarnos. El Faro, de hecho, había sido la vitrina donde nos habíamos exhibido, y ahí nos tomaron en alquiler. Algunos siempre mantuvimos vínculos explícitos o clandestinos con El Faro. Siempre cargamos con una suerte de motes: “la clica de Dada” (de autoría de mi primer editor ya de asalariado), “Los faros”, y otros, que fueron siempre un broma cargada de cierta ironía, cierto respeto, y, cuando El Faro ya fue considerado como “competencia”, con cierto recelo. Al menos a mí me gustaba sentir la broma así.

Los que nos fuimos, aprendimos más del periodismo, y de otras cosas de la vida y oficio del periodista. Todos crecimos y tuvimos importantes oportunidades de desarrollo. Algunos volvieron a El Faro cuando este pudo pagar también, otros nos fuimos por otros desvíos, pero aparecemos cuando creemos que hacemos falta. Otros incluso siguieron el camino inverso, llegaron a El Faro procedentes de los grandes medios.

El Faro ha desarrollado muchas de sus posibilidades para hacerlas cualidades, y ha llegado a contar 10 años ya, y es una historia emocionante, que varios podemos contar llenos de orgullo y aún con entusiasmo. A mí no se me ocurrió otra manera de rendir homenaje que contar aquí mi versión, en la que El Faro ha sido, en efecto, “Aquello que da luz en un asunto, lo que sirve de guía a la inteligencia o a la conducta”. Es una versión muy mía quizá, y por eso cito al diccionario para que no se me acuse de no usar fuentes fidedignas.

* Escritor, periodista, publicista y “faro”.

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