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OPINIÓN

Medios en campaña

Carlos Dada
cartas@elfaro.net
Publicada el 26 de mayo de 2008 - El Faro
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Hace diez años, en plena efervescencia en las redacciones salvadoreñas, una nueva generación de periodistas decidió cambiar las reglas del juego y priorizar el periodismo sobre los intereses externos de los propietarios de medios.

La redacción de La Prensa Gráfica dio en abril de 1998 una lección de dignidad y de respeto al periodismo al imponer las condiciones del oficio en lo que llamó, en su titular del siguiente día, una “Jornada histórica”.

Confieso que tuve un sentimiento encontrado: la emoción de atestiguar que un grupo de jóvenes entusiastas habían protagonizado un cambio inédito en los medios de comunicación nacionales, y la envidia por no haber estado ahí participando de ese momento histórico. Yo trabajaba entonces en Teleprensa, Canal 33, y desde ahí comenzamos los intercambios de llamadas con la redacción atrincherada de La Prensa para sacar la información en el noticiero de la noche. Eran días de optimismo por nuestro propio futuro, y por el de un país que aún no terminaba de salir de la luna de miel de los Acuerdos de Paz. El país estaba cambiando, y los medios de comunicación, a través de sus periodistas, también.

Diez años después, de aquella ilusión surgida de la “jornada histórica” quedan pocas anclas en la realidad. En un momento crucial para la democracia salvadoreña, en su mayor prueba de fuego, algunos medios de comunicación impresos han decidido participar activamente en la campaña política. Unos de un lado, otro del otro. Y lo mismo sucede en algunos canales de la televisión, y en las radios.

Es lamentable su ceguera. La sociedad salvadoreña está hoy más conectada y mucho mejor informada que nunca. En los centros urbanos, la gente ya no depende exclusivamente de su periódico para saber qué está pasando. Los cambios tecnológicos permiten ahora que al menos de la clase media para arriba todo mundo se entere de las cosas que los periódicos callan, y que sospechen por qué las callan.

La sociedad, pues, va democratizándose y madurando mucho más que los medios de comunicación; ya no se diga los partidos políticos, que hace años se quedaron atrás.

Especialmente en San Salvador, una emergente clase media comienza por fin a asumir su papel como masa crítica, y busca espacios para participar más activamente en la vida pública. Poco a poco, con menor velocidad de la que a muchos nos gustaría, pero sin duda avanzando, van dejando atrás el papel pasivo de simples receptores que han ejercido en las últimas décadas. Y se vuelven más influyentes en las decisiones nacionales. Y más activos que reactivos para exigir sus derechos –entre ellos el de estar informados-. Para ello, también, exigen más y mejor de los medios de comunicación; y todos los que formamos parte del periodismo nacional estamos obligados a satisfacer esta demanda.

Las declaraciones del candidato del FMLN, Mauricio Funes, en las que dice que “para el FMLN su adversario no es ARENA; son los medios de comunicación” son ciertamente preocupantes y requieren una explicación a fondo del candidato. Primero, a qué medios se refiere. Y segundo, cómo piensa enfrentar a ese “adversario”. No se le puede permitir a nadie, ni a él ni al Secretario de Comunicaciones de Casa Presidencial ni al Fiscal General ni al Presidente de la República, culpar al mensajero y escudarse en los medios para justificar su negativa a brindar respuestas claras. Están obligados a hacerlo.

Pero es más preocupante ver cómo la actitud de algunos medios le da, lamentablemente, mayores argumentos al candidato, frente a la ciudadanía, en detrimento de la libertad de expresión y las necesidades de los periodistas. Porque hoy, igual que el candidato, desde algunas redacciones se está haciendo campaña.

Los medios de comunicación y los periodistas tenemos un rol social clave que ejercer. Actuamos como intermediarios entre “los hechos” y los ciudadanos. Mediatizamos (y por eso somos medios) la información, para que la ciudadanía tenga mayores elementos para formarse un juicio sobre lo que sucede en el país y el resto del mundo. Ello requiere un método, que es simple, pero al que estamos obligados a atenernos bajo cualquier circunstancia.

En una democracia, sobre todo cuando ésta es frágil o “emergente”, los medios de comunicación juegan un papel clave para informar lo que las autoridades son incapaces, o no quieren, dar a conocer.

La causa de los buenos periodistas es siempre noble. Y por eso, sólo por eso, valen la pena los sacrificios que van de la mano con este oficio. En el fondo, los buenos periodistas siguen creyendo que se puede cambiar el mundo por algo mejor. Y asumen que sus peores enemigos son el engaño y la mentira, que a veces están en la propia casa.

En momentos en que los dos principales partidos políticos y el Gobierno comienzan a hacer campañas explotando los temores de la población, el periodismo está llamado a ejercer un trabajo honesto. Honesto. A develar lo que el poder no quiere que los ciudadanos vean. A servir de voz sensata cuando todos los demás están ansiosos. A exigir, con las armas del periodismo y no las del partidismo, explicaciones a aquellos que ofrecen gobernarnos.

Ningún periodista  puede ser acusado de trabajar en un medio que no le es ideológicamente afín, pero nadie, tampoco, le puede obligar a hacer cosas que van contra su conciencia, su ética o sus principios periodísticos. Un periodista no debe permitir estas cosas. Y no basta con no firmar una nota. Es necesario, como hizo aquella redacción de La Prensa Gráfica de 1998, plantarse enérgicamente, todos los días, y defender este hermoso oficio. Es necesario mantener la dignidad.

Lamentablemente, en las condiciones actuales, los medios que opten por seguir haciendo campaña irán también erosionando la credibilidad, que es nuestra única fortaleza. Es esa credibilidad la que le da al periodismo la autoridad moral para exigirle a este y al próximo gobierno, gane quien gane, que rinda cuentas sobre sus actos. Cuando los medios se desnaturalizan y pierden credibilidad, en una democracia emergente, perdemos todos. Los periodistas y los ciudadanos.

 

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