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Lo que no se dice el 10 de mayo

Julián González Torres*
cartas@elfaro.net
Publicada el 12 de mayo de 2008 - El Faro
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La sincera gratitud y el auténtico reconocimiento personal y social de la maternidad no pasan meramente por sentimentalismos privados, estrategias mercadológicas y celebraciones públicas. Tampoco bastan un mes o un día para tratar con justeza el trabajo y las responsabilidades maternales. Al contrario, yo diría que la abundante publicidad que exalta “las virtudes” de ser madre no hace otra cosa que invisibilizar el estado de degradación humana en que se encuentra la mayor parte de mujeres madres en el mundo. Quiero, a continuación, desarrollar algunas ideas al respecto.

Ciertamente, muchas mujeres llevan a cabo sus tareas maternales en un ambiente familiar seguro, es decir, tienen aseguradas las necesidades afectivas y económicas. No obstante, verdad es que en términos mundiales son más las madres que viven en una escandalosa precariedad de salud, insuficiencia alimentaria y expuestas diariamente a maltratos físicos y psicológicos, la mayoría llevados a cabo por el hombre. La exclusión del derecho a la salud se hace patente desde el período de embarazo: hace falta atención médica oportuna y eficaz; no hay recursos suficientes para someterse a una dieta acorde al proceso de crecimiento del feto; mucho menos cuentan con una atención psicológica especializada que prepare la llegada del hijo. Y, por supuesto, las condiciones habitacionales en que viven no son las más adecuadas ni para ser madres ni para vivir.

La miseria alimenataria, como todos sabemos, no solamente repercute negativamente en la salud de la mujer, sino también en el proceso de crecimiento del infante. El consumo de bajas calorías por parte de las madres del “Tercer Mundo” se traduce en desnutrición y anemia en los niños. También es muy cierto que los índices de mortalidad infantil son más altos en las regiones pobres. Además, no debemos olvidar que buena parte de la población mundial no consume agua potable. Dicho esto, resulta evidente que la crisis mundial de alimentos ya anunciada vendrá a empeorar las condiciones de vida de muchas madres.

Por otro lado, el problema del maltrato físico y psicológico hacia las mujeres, en general, debe pensarse en un sentido amplio. Es decir, la degradación de la mujer en nuestras sociedades no obedece únicamente a los abusos que padres, hermanos, esposos o compañeros de vida cometen en la intimidad de los hogares. En el mundo laboral, por ejemplo, son abundantes los atropellos. En nuestro país (El Salvador) las maquilas han cobrado fama, entre otras cosas, por obligar a sus empleadas a contener la necesidad de acudir al baño en horas de trabajo (¡pues no se debe interrumpir el proceso de producción!). Este atropello contribuye al desmejoramiento de su ya endeble salud.

Además, al pasar revista a la delincuencia que azota a nuestras naciones, encontramos una gran cantidad de mujeres manoseadas, golpeadas y violadas. Es más, en América Latina hay  una considerable cantidad de adolescentes madres como resultado de una violación (muchas de ellas victimizadas por parientes cercanos). Si escudriñamos más allá de estos hechos, el número de mujeres brutalmente asesinadas también es alto. Por ejemplo, recordarán los lectores que hace algún tiempo se encendió una alarma en México (o al menos eso pareció) debido al alto número de mujeres asesinadas.

En nuestro país también hemos sido testigos del aumento de feminicidios en los últimos años. “De enero a noviembre de 2007, más de 270 mujeres han sido asesinadas”; esto afirmaba el año pasado Glenda Vaquerano, especialista en el problema de la violencia de género. Y no debemos olvidar los atropellos y las injusticias institucionales hacia las mujeres. El caso más emblemático en El Salvador es la impunidad en que se mantiene el infanticidio de la niña Katia Miranda. El Estado le ha dado la espalda al derecho y a la exigencia de justicia de la madre de esta niña. Es más, en un estudio titulado “La violencia contra las mujeres a través de la prensa, 2006”, Las Dignas sostienen que por las notas de prensa analizadas durante el 2006 “los funcionarios públicos continúan siendo señalados por delitos de violencia contra las mujeres, sin que por ese sólo hecho se les remueva de sus cargos y/o funciones.”

Seguramente el maltrato hacia la mujer que más se invisibiliza es aquel que acontece en la privacidad de las casas. En las relaciones de poder que se tejen en los hogares la violencia va desde el insulto y el menosprecio verbal hasta los golpes y las palizas. Esta es la realidad cotidiana de muchas madres en diversos países de América Latina.

No está mal que a través de la industria publicitaria se exalten y se promuevan “las virtudes” de ser madre. Pero, a mi entender, no hay que perder de vista que esta “idealización”, o construcción ideológica del “sujeto-madre”, en su mayor parte responde a intereses mercantiles. Lo cual, en última instancia, invisibiliza o enmascara la real situación de deshumanización en que se encuentran muchas madres a lo largo y ancho del mundo. Como dije al principio, el auténtico compromiso personal, social y político con el trabajo de la madre va más allá del “sentimentalismo publicitario” y de las celebraciones sociales.

Pero, además, hay que tener en cuenta que no basta con que haya abuso físico y psicológico para hablar de la degradación de las madres en el hogar. Quizá la mayor injusticia estribe en vivir según la creencia que, “por naturaleza”, las responsabilidades de crianza y educación competen a la madre. Que “por naturaleza” es la mujer quien tiene que encargarse del trabajo doméstico. Este tipo de creencias, me parece, es el que predomina en nuestras sociedades, y es el que legitima el sometimiento de la mujer a las tareas del hogar. Con lo cual, al hombre se le da luz verde para que se desentienda de su co-responsabilidad con las ocupaciones de casa.

Si en verdad estamos dispuestos a sincerarnos con las mujeres madres y a expresarles nuestra perenne gratitud, tenemos que comenzar por re-configurar esas relaciones de poder que tejemos en el hogar. En otras palabras, “desmontar” esas creencias patriarcales que, torpemente, nos llevan a considerar que las tareas domésticas “por naturaleza” le competen a la madre, y comenzar a ser co-responsables en dichas actividades. Esto en cuanto a la dimensión personal. Respecto del ámbito socio-político, se trata de trabajar en la línea de re-estructurar aquellos marcos legales y aquellas prácticas que impiden abordar con justeza las condiciones de desigualdad y violencia en que viven las mujeres, en general, y las madres, en particular. Al detenernos a considerar las desigualdades de género que existen en nuestra sociedad, es evidente que muchas mujeres salvadoreñas continúan “estando solas”, en tremenda desventaja, ya sea en su lucha contra la pobreza o en la lucha por sus derechos. Y de lo que se trata es de que trabajemos juntos, en condiciones de igualdad, por una sociedad más justa, más humana. Una sociedad que en realidad valore y dignifique el trabajo y la vida de sus madres.

  

* Catedrático y Coordinador de la Licenciatura en Filosofía, UCA.

 

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