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OPINIÓN / DESDE LA ACADEMIA

¿Por qué escribo en El Faro?

Ricardo Ribera
cartas@elfaro.net
Publicada el 12 de mayo de 2008 - El Faro

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Me he hecho más de una vez la pregunta desde cuando, allá por el año 2000, comencé mis colaboraciones como columnista en este periódico digital. Ahora que se cumplen diez años desde que El Faro empezó su quijotesca andadura, me parece buen momento para intentar, de una vez por todas, respondérmela. Cosa que no resulta tan fácil como pudiera parecer. Y es que hay cosas en la vida que uno las emprende sin un plan premeditado, sin un propósito claramente definido. Simplemente se les da inicio y lo que tal vez empezó como algo espontáneo y esporádico, para responder a una solicitud amablemente formulada, termina volviéndose costumbre. Se vuelve hábito y se torna necesidad. A veces se siente incluso como una obligación. Con el tiempo repara uno que ya lleva publicadas una buena cantidad de columnas de opinión. Y que ya son varios años de participar en este esfuerzo colectivo que nació con vocación iluminadora y orientadora, cual faro costero, guía de navegantes y señal que alerta de los amenazadores arrecifes.

Nunca he aprovechado la oportunidad de agradecer, así públicamente como lo hago ahora, a Jorge Simán y Carlos Dada por atraerme al proyecto.

En un principio era para mí, he de confesarlo, algo más bien de naturaleza egoísta. Me dejé seducir por el placer de la escritura. Y la posibilidad de reaccionar frente a la realidad nacional. A veces escribía como una suerte de desahogo.

También me gustó el intercambio de opiniones que se produce con lectores que comentan o adversan las opiniones de uno. En especial las veces, no tan numerosas como quisiera uno, en que son elogios lo que llegan. Son como el aplauso que alimenta al artista y lo compensa de tantas horas de ensayo. En mi caso, buscando y contrastando información. Y otras varias redactando y corrigiendo el texto, dejándolo “enfriar”, retomándolo de nuevo. Me cuesta. Admiro a quienes, con más oficio, escriben de un tirón y les queda perfecto. A mí me sigue costando. Pero es una satisfacción cuando al fin el contenido toma forma, sobre todo si uno consigue que la forma se ajuste al contenido.

Pronto comprendí que debía madurar mis motivaciones. Consideré que mis columnas eran una manera de contribuir a la discusión, tan necesaria en el país.

Por varios años titulaba mi columna “Para el Debate”. Descubrí en mí una vocación por informar y comunicar pero, sobre todo, por polemizar. Me gustaba justamente porque El Faro no es un medio de izquierdas. Tampoco lo es de derechas. En su línea editorial entiendo que prevalece el deseo de hacer buen periodismo. De reflejar la verdad de la noticia y desvelar lo que hay atrás de ella. En su sección de opinión, gran diversidad de tendencias. Y me parecía importante mantener una visión desde la izquierda. Objetiva pero no imparcial. A la busca de unos lectores que elogian a El Faro por alejarse de las maneras burdamente tendenciosas de otros medios y que destacan su objetividad y profesionalismo. Es el tipo de público al que uno desea llegar.

Con el tiempo he comprendido de otra manera el papel, modesto y limitado, que como académico puede uno jugar en este país. Empecé entonces a ver mi participación en El Faro como una forma de cumplir con el compromiso que todo intelectual tiene, o debería tener, con la sociedad. Tratar de ir más allá de la mera opinión y fundamentar en mejor forma mis escritos. Incluso incursionando en el terreno teórico. No abandonar el análisis de coyuntura, pues en el fondo un periódico semanal flota en la ola de los acontecimientos, pero tratar de ahondar más allá de la superficie de los mismos. Es así como, tras una pausa de varios meses, reanudé mis colaboraciones con un nuevo título para mi columna, el que encabeza esta misma. Trata de puntualizar el “desde” de la reflexión e intenta aportar una muy necesaria dignificación a la labor académica, a menudo poco apreciada en un mundo sometido por el marketing y la tecnología.

La escasa presencia de verdaderos intelectuales publicando en los medios de comunicación de masas deja, a mi modo de ver, demasiado espacio vacío. Lo llenan apologistas y charlatanes, fanáticos de toda laya y propagandistas a sueldo. Demasiado falso “analista” ocupa los espacios de opinión. Éstos a menudo, lejos de educar a la opinión pública, más la confunden. Considero que, también en esto, El Faro se distingue y constituye en nuestro desértico paisaje cultural e informativo una honrosa excepción. Se ha vuelto fuente de prestigio y motivo de orgullo ser parte de este esfuerzo. Un público cada vez más exigente y mejor informado es lo que ha ido cultivando El Faro en estos diez años de labor. Nos compromete a todos los que participamos aceptar el reto de hacer un periódico cada vez más inteligente y de calidad, para una comunidad de lectores que viene creciendo asimismo en cantidad, en calidad y en inteligencia.

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