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OPINIÓN

¿Que tiene de nuevo el
'Nuevo Proyecto Histórico'?

Alberto Valiente Thoressen
cartas@elfaro.net
Publicada el 28 de abril de 2008 - El Faro
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Un tema que siempre ha ocupado mucha de la atención de un gran número de economistas políticos es el tema del valor y su relación al trabajo. Este tema fue especialmente importante para los economistas clásicos del siglo XIX que propusieron “la teoría del valor-trabajo”, como Adam Smith y David Ricardo, entre otros. Después, la discusión fue prolongada por Karl Marx y los economistas marxistas venideros.

En nuestros días, cuando el tema pareciera haber desaparecido de las corrientes principales de debate económico en la mayor parte de América Latina, ha sido retomado por los proponentes del llamado Socialismo del Siglo XXI, como el académico Heinz Dieterich Steffan y los políticos inspirados por él, como Hugo Chávez y Rafael Correa.

El “nuevo proyecto histórico” de este Socialismo del Siglo XXI descansa en tres pilares fundamentales: desarrollo democrático regional, la democracia participativa y la economía de las equivalencias.  Los primeros dos temas son menos radicales, en el sentido en que se refieren a temas de organización social más superficiales.

Por otro lado, la economía de las equivalencias del Socialismo del Siglo XXI, pretende atacar la raíz de las relaciones sociales de producción explotadoras, propias del modo de producción capitalista. Por ello es un tema más controversial y los políticos frecuentemente lo evaden.

Este tipo de socialismo parte del análisis marxista utilizado por otros modelos de socialismo. Sin embargo, sus proponentes toman distancia de ciertas formas de socialismo y sugieren que la solución a la explotación capitalista es diferente en el Socialismo del Siglo XXI, porque no se basa en el control estatal que caracterizó al socialismo estalinista de la Unión Soviética y los países de Europa del Este. Lo cual parece olvidar los modelos de socialismo democrático liberal de Europa Occidental y el socialismo de mercado propuesto por ciertos economistas de Europa del Este. Pero los primeros corren el riesgo de ser desmantelados en el transcurso de este siglo y los últimos nunca han pasado de la teoría a la práctica.

De acuerdo a Dieterich Steffan, la diferencia clave estriba en la manera como se calcula el valor de las mercancías y su relación al trabajo incorporado en ellas. En términos sencillos, en el capitalismo el precio refleja el valor de cambio al que las mercancías se pueden vender para: 1) que el dueño de los medios de producción se apropie de la plusvalía generada por el trabajo de los empleados y 2) para poder reproducir la fuerza de trabajo empleada por el propietario.

En el socialismo soviético del siglo XX, el valor relativo de las mercancías era establecido por el Gosplan y sus planes quinquenales. La idea era que como el Estado era el propietario de los medios de producción, los valores relativos establecidos en los planes serían adecuados para remunerar a los trabajadores por el valor integrado en las mercancías en su totalidad, o en todo caso, el Estado socialista (y con ello, todos los trabajadores) se apropiaría de cualquier excedente, con el propósito de reinvertirlo en el futuro.

De acuerdo a los críticos, el problema con este tipo de socialismo es que los planificadores nunca tienen toda la información necesaria de una economía dinámica para poder tomar todas las decisiones necesarias. Esto resulta en un sistema ineficiente, que además abre paso a incontables posibilidades para el abuso de poder.

El Socialismo del Siglo XXI ha tomado nota de esta crítica. Es por ello que en la economía de las equivalencias del nuevo tipo de socialismo, el valor de cambio se decidirá de manera descentralizada, como en el capitalismo. La diferencia es que el propósito no será que unos dueños de los medios de producción se apropien de la plusvalía generada por los empleados.

Para lograr esto, el valor de cambio de las mercancías no será determinado por las leyes de la oferta y la demanda, sino por el valor-trabajo de las mercancías. En otras palabras, será necesario medir la cantidad de “trabajo socialmente necesario” para producir una mercancía, y esta medida por sí sola será utilizada para establecer el valor relativo de las mercancías.

De esta forma, el nuevo “equivalente universal”, como Marx llamaba al dinero, será la noción abstracta de “unidades de trabajo socialmente necesario” en la sociedad. Estas unidades de trabajo socialmente necesario se establecerán de acuerdo a niveles de desarrollo tecnológico prevalentes.

De acuerdo a Dieterich Steffan, la humanidad ha alcanzado niveles de desarrollo técnicos que nos permiten hacer este cálculo con mucha más facilidad que los cálculos que eran necesarios para el socialismo estatista soviético. Más o menos de igual forma que cada día se calculan nuevos tipos de cambio, valores de acciones en los mercados bursátiles, tasas de interés, salarios mínimos, riesgo financiero, inflación, etcétera.

Lo nuevo de este modelo es que el valor relativo de las mercancías responderá a relaciones de cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlas, y no a otra mercancía como el dinero. Por ejemplo, una empresa petrolera en Venezuela intercambiará petróleo por carne con una granja ganadera nicaragüense, pero no al precio en dinero de mercado actual, que le da a la empresa petrolera una ventaja considerable, si no de acuerdo a las cantidades de trabajo socialmente necesario relativas para producir petróleo y carne. Si la carne implica relativamente más trabajo socialmente necesario, costará relativamente más que el petróleo, y viceversa.

Supuestamente esto contribuirá a que los trabajadores sean remunerados justamente, independientemente del país, industria o empresa en la que trabajen. Al mismo tiempo, desaparecerá la crematística que no resulte del trabajo duro. Como lo único que se remunerará en las empresas será el trabajo, si esto se traspasa íntegramente a los empleados desaparecerán las utilidades, los propietarios que no sean trabajadores y con ello la explotación.

Como es evidente, esta propuesta es idealista, drástica, controversial y lejos de libre de problemas. Afortunadamente, Dieterich Steffan y sus seguidores están conscientes de esto, y plantean el proyecto como un ideal inspirador y no pretenden transformar a la sociedad de la noche a la mañana.

En una entrevista transmitida en televisión chilena, Dieterich Steffan sugirió que el mayor error de los proponentes de ciertos modelos de socialismo pasados fue creer que los seres humanos son conejillos de indias en laboratorios. De acuerdo a Dieterich Steffan, algunos socialistas del siglo XX también olvidaron que el mundo que tenemos ahora es el resultado de miles de años de ensayo y error, y que la realidad histórica no puede cambiarse exitosamente de la noche a la mañana. Por ello, sugiere considerar este proyecto y ensayarlo en diferentes esferas de la vida social. Pero es importante hacer esto sin destruir las instituciones tradicionales capitalistas de golpe. El objetivo es ver cómo funciona este tipo de socialismo y si toma anclaje con el paso de la historia.

Por el momento es importante mencionar las limitantes más evidentes. Primero, el establecimiento de unidades de trabajo socialmente necesarias para la producción en una sociedad (y comparativamente entre sociedades) es un ejercicio delicado, porque también abre las puertas a conflictos y diferentes tipos de abuso de poder. Esto no quiere decir, sin embargo, que el cálculo de otros indicadores clave del capitalismo, como los sueldos mínimos o precios internacionales, no abra también paso al conflicto y al abuso. Pero se corre el riesgo de pasar de un sistema violento y abusador a otro, si no hay estructuras sindicales, gerenciales y de comercio internacional para el diálogo.

Segundo, la discusión sobre la relación valor-trabajo es una discusión conceptual. Trata simplemente sobre la definición de estos términos.

Los economistas políticos del siglo XIX sentaron premisas complicadas cuando decidieron arbitrariamente relacionar los conceptos de valor con los de cambio, uso y trabajo. De esta manera, nos heredaron una confusión conceptual de la cual nos es imposible salir, si aceptamos su discurso sin matices y lo volvemos una discusión del todo o nada. Es imposible responder conclusivamente a la siguiente pregunta: ¿Está el valor de una mercancía relacionado al uso, al intercambio o al trabajo? Como muchas respuestas inteligentes, esta debe comenzar con: depende, y seguir con: a veces a uno de esos conceptos, en ocasiones a dos de ellos, a veces a todos los conceptos y en ocasiones a ninguno. Porque la realidad humana y social es compleja. Frecuentemente, los intentos de reducirla a relaciones lógicas fijas nos dan problemas.

En este caso, los proponentes del Socialismo del Siglo XXI quieren reducir el concepto del valor de cambio a su relación con el trabajo. Este es un objetivo noble, pero esto no evitará que otras personas sigan considerando las otras dos propiedades del valor que los economistas clásicos consideraron, y probablemente otras adicionales.

Afortunadamente, ninguno de los nuevos socialistas sugiere imponer legalmente a través de la fuerza estatal la economía de equivalencias entre valor-trabajo y valor de cambio, y no conviene hacerlo. Porque esto daría lugar a grandes desequilibrios sociales, como resultado de una política simplista que no representa muchas variables humanas. En términos abstractos, algo así como sucede con la imposición del reducido modelo capitalista actual de El Salvador.

Tercero, resulta clave considerar cómo incorporar otros valores sociales además del trabajo, al reducido concepto de valor en el Socialismo del Siglo XXI. Me refiero a valores ecológicos, la prudencia en la utilización de ciertos recursos escasos y la abundante producción de ciertos productos necesarios. Algo que implicaría considerar nuevamente de alguna manera el ejercicio de las fuerzas de la oferta y la demanda.

Finalmente es importante incorporar otros valores prácticos propios del capitalismo, pero que corren el riesgo de desaparecer en este sistema, como la remuneración con unidades de trabajo socialmente necesario de los préstamos o inversiones que proporcionan liquidez a los negocios en coyunturas de necesidad. Desafortunadamente, en una sociedad mundial tan complicada como la que hemos desarrollado, debe haber más consideraciones que el trabajo cuando hablamos de valores relativos de productos.

Estos valores deben determinarse en cada contexto específico, a través de la negociación y la discusión constante e informada de los actores de la vida económica.  Me atrevo a sugerir que, si seguimos haciendo esta lista de consideraciones más larga, nos daremos cuenta de que en la práctica, este modelo se parecerá mucho a sociedades que ya han alcanzado altos niveles de desarrollo, pero que han partido de otras premisas ideológicas, como la social democracia. Muchas de estas sociedades han avanzado a través de la negociación constante entre trabajadores y propietarios, la discusión informada y la intervención pública para corregir desigualdades. Han logrado establecer relaciones aceptables entre remuneraciones y trabajo humano, aunque no son de ninguna manera sociedades perfectas.

El Socialismo del Siglo XXI es un proyecto nuevo, que inspira a muchos porque retoma viejas ideas y las transforma en nuevas posibilidades, no sólo para un país, sino para bloques regionales enteros. Pero la mejor manera de implementar estas ideas sigue siendo con las actitudes que los nuevos socialistas han demostrado hasta ahora: cautela, prudencia, diálogo, actitud crítica, flexibilidad, utilización de evidencias para demostrar beneficios comunes y desventajas, pero más importante aún: con apertura. Ninguna ideología tiene monopolio sobre la verdad. Se pueden alcanzar los mismos objetivos partiendo de ideas distintas. Este reconocimiento debe ser una invitación para la cooperación entre los nuevos socialistas y otros humanistas en general.

 

 

 

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