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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

La presunta inocencia de D’Aubuisson

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 28 de abril de 2008 - El Faro
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Además está claro que a quien litiga en un juicio no le corresponde más que demostrar si un determinado hecho es o no es, si ocurrió o no ocurrió.
                                                                                     Aristóteles

Dado que algunos reinciden en sus argumentos, haré igual y ejerceré mi derecho a repetirme. El peso de una idea (esa materia tan volátil) no procede de su consistencia ni de su cercanía a los hechos, sino de las veces incontables que se repita. Prueben ustedes y ya verán: lo que se dice y se vuelve a decir, con buena voz o buena prosa, acaba por parecer cierto y hasta razonable.

A mí, a estas alturas, me trae sin cuidado si el Mayor Roberto D´Aubuisson fue un monstruo, como cree todavía cierta izquierda, o si fue un personaje contradictorio, tal como sugieren esos profundos y recientes descubridores de la complejidad.

Aquí hay un problema mal planteado: a efectos de la necesaria justicia que nunca se hizo y de la necesaria verdad  que nunca se ha establecido, da igual si el sujeto era un monstruo o una persona, lo que debería dilucidarse de una vez por todas (y ya desde la investigación histórica) es si cometió o no cometió los varios crímenes que se le imputan.

Quienes juegan a desmontar la leyenda negra del Mayor confunden el plano anecdótico con el jurídico. Desde el punto de vista anecdótico, por ejemplo, resulta válido enterarnos de que Hitler era muy amable con sus secretarias; detalle humano que no exonera a Hitler de sus crímenes. El hombre del bigotito amaba mucho a su país, lástima que un amor tan sincero fuese tan letal para los judíos.

Hannah Arendt demostró, con su radiografía de Adolf Eichmann, que los criminales de guerra no son necesariamente unos monstruos. Son seres que suelen moverse en una vida doméstica semejante a la de todo el mundo; desconectan de ella y bajan al subsuelo donde toman decisiones terribles. Pero Arendt no utiliza las cualidades humanas de Eichmann para rebajar el peso de sus crímenes, sino que explora las  vías por las que un hombre normal se convierte en un burócrata asesino.

De acuerdo, el Mayor era un ser humano. Sí, pero en el caso del asesinato de Monseñor Romero no es eso lo que se juzga. Lo que se juzga es si el Mayor intervino o no intervino en dicho asesinato. Y punto.

Si era cariñoso con sus sobrinos o si era valiente, eso es otro tema y uno que, si no se trata con lucidez, podría convertirse en propaganda. Y el asunto es delicado porque aquí existe la posibilidad de que se esté lavando la imagen de un “presunto” criminal de guerra. ¿Qué opinarían ustedes si yo hablara, sin elogiarlo ni condenarlo, del lado humano del célebre y oscuro comandante Mayo Sibrian? Porque Sibrían tenía un lado humano, tenía ideales nobles y el Estado nunca lo juzgó ¿Qué tal si les contara una batallita donde subrayase el valor en combate de dicho guerrillero? Yo comprendería la reacción indignada de algunos lectores.
 
No podemos renunciar a la complejidad, pero tampoco podemos permitir que la complejidad nos lleve a la parálisis ética.

Se culpa a cierta izquierda de haber creado un monstruo y de acusar sin pruebas y faltando el respeto a la presunción de inocencia.

Al Mayor lo convirtieron en un emblema del mal y por eso se ha sobredimensionado el daño que hizo. Sin embargo, su más que probable participación en ciertos crímenes no es un invento de la propaganda. Al humanizarlo lo liberamos de su perfil maniqueo, pero no de la sospecha. Indicios y testimonios, que han sobrevivido a una poderosa voluntad de borrarlos, lo acusan con fundamento. Esas pruebas y esos testigos se han cuestionado en la prensa, pero nunca  en su debido lugar: en un juicio serio.

Toda postura maniquea se merece una crítica, por supuesto, pero aquí (por muy reprobables que sean los retratos simplistas de la propaganda) el escándalo no es esa imagen deforme del Mayor que algunos construyeron, el verdadero escándalo es el crimen, el asesinato que nunca se juzgó. Aquí el escándalo es que la justicia no haya sentado en el banquillo a los principales sospechosos del asesinato de Monseñor Romero.

Quienes argumentan que D´Aubuisson nunca fue juzgado, deberían recordar un hecho bastante significativo y típico de aquella época: el día 27 de marzo de 1980, un grupo de sicarios atentó contra el Dr. Atilio Ramírez Amaya, el primer juez que tuvo a su cargo el caso de Monseñor. En 1980, ser un juez responsable podía resultar peligroso.

Vivíamos en una situación extrema, las instituciones judiciales no funcionaban con la autonomía  requerida para la normal e imparcial aplicación de la ley.  En el país, en aquel momento, predominaba la impunidad. Las garantías normales de un Estado de derecho debemos situarlas en ese contexto. Ahí donde se tuercen las reglas del orden jurídico e institucional es bastante fácil blindar los actos delictivos con la presunción de inocencia.

Aquella parálisis y aquella obstrucción del sistema judicial explican, en parte, la naturaleza especulativa que ha adquirido el caso de Monseñor Romero. Nuestro error no es que demos por cierto lo probable, nuestra impotencia es que hemos sido confinados al reino de lo probable. Opinamos y sólo opinamos sobre el asesinato, en la misma medida en que han faltado los peritajes judiciales serios; opinamos y tan sólo opinamos desde un punto de vista subjetivo, en la misma medida en que las instituciones se han “abstenido” de juzgar el crimen.

Quienes hablan de la ausencia de juicio (y por ende, de la presunta inocencia), deberían recordar las presiones e intereses que se pusieron en juego para que este juicio nunca se celebrara.

Lo repito, el gran escándalo no es la imagen deforme que algunos hicieron del Mayor; aquí el gran escándalo es ese juicio que nunca tuvo lugar.  

Es triste que esto se haya reducido sólo a materia de opinión, a lo que digan las primas, las tías, los cheros de la niñez y los enemigos del presunto culpable. Como diría Aristóteles: toda esta cháchara no le incumbiría al buen juez, por ser un ámbito donde reinan las emociones. Al buen juez lo que le importarían son los hechos, las razones legales y la fiabilidad de los procedimientos, las pruebas, los testigos. Y aquí el escándalo fue y es precisamente la ausencia de ese juez y ese juicio que nunca hubo.

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