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OPINIÓN / EL MIRÓN

Elegy

Luis Fernando Valero
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de abril de 2008 - El Faro
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No es muy corriente que se pueda decir que una película es mejor que la novela en la que está inspirada, Eso es lo que me ha ocurrido con “Elegy”  inspirada en una novela de Philip Roth, “El animal moribundo”.

Debo reconocer que en estos momentos para mí Roth es quizás uno de los novelistas que más me agradan, para otros es un dios intocable de la literatura contemporánea, sobre todo norteamericana y todas sus novelas plantean problemas reales o describe con un realismo trascendente, la vida o la sociedad de sus personajes, generalmente la sociedad norteamericana.

Roth retoma en El animal moribundo algunos de los temas que le son más queridos y que son repetitivos en sus novelas: la pulsión sexual, la confesión íntima y la decadencia física del cuerpo, planteados en un binomio: sexo y muerte.

El personaje central de la novela es David Kepesh, un carismático profesor que ha huido del compromiso afectivo toda su vida. Un fallido matrimonio, que para él fue el error de su vida, del que se pudo escapar y un hijo con el que no se ha entendido nunca. Ha vivido multitud de relaciones, más carnales que afectivas y de amor, las que no le han dejado ningún poso. En uno de sus cursos se matricula Consuela (en el film así la nombran) Castillo, una alumna de origen cubano que le cautiva y llega a obsesionarle.

La novela se deleita, en mi criterio, excesivamente en descripciones eróticas, demasiado explicitas que no aportan nada a la trama pero que demuestran que Roth siente en carne propia que se está haciendo viejo y lo proyecta en su personaje novelesco en donde es obvio que hay mucho de autobiográfico.

La novela no es una de las mejores de Roth, pero sí una de las más crudas en cuanto narración encarnada en un tiempo muy personal donde describe como un personaje egoísta, duro, frío calculador que de pronto se ve desbordado y su emoción pasional son los celos, hay como es obvio palabras, no en vano es un critico literario, de Otelo, pero una vez más el amor y la muerte se unen, Eros y Tanatos. Y cuando la muerte aparece, Kepesh debe rendirse y admitir que esa vida, de constante búsqueda del placer, no es más que una forma de eludir el deber de la responsabilidad y el compromiso, el de adorar el final inevitable de la vida.

Kepesh paga su deuda de ternura voluptuosa ante la muerte manteniendo un silencio respetuoso.

Esta trama narrada interesante y vitalmente por Roth, Isabel Coixet la transforma en una excelente película de una claustrofobia romántica, que está subyacente en la narración de Roth, y que era mucho más claustrofóbica que romántica y en cambio ella, casi preferiría decir, que hace un film romántico con un tono claustrofóbico.

Isabel Coixet pertenece a esta nueva generación de mujeres españolas que están haciendo historia en todo aquello que trabajan, nacida en 1960 en Barcelona es licenciada en historia contemporánea, productora, directora y guionista de cine y todas su obra se ha distinguido porque sus filmes siempre dicen algo y le dejan al espectador algo en que ir pensando cuando sale del cine. Con su anterior película “La vida secreta de las palabras” ( 2006)  consiguió varios premios Goya. Otra característica de Isabel Coixet es que busca en sus films un elenco internacional, con ella han trabajado Eddie Marsan, Sarah Polley, Tim Robbins, Steven Mackinston, Andew Mc Carthy, Leslie Mann o Win Wenders alternando con celebridades españolas como Leonor Watling, Javier Cámara o Fernando León de Aranoa.

“Elegy” es una clara muestra de cómo se puede mejorar una obra literaria en el cine, cosa no corriente pero que demuestra en ocasiones con delicadeza y sabiendo trenzar la imagen con la palabra la obra final es mucho más explicita. Si “El animal moribundo” va de amor, sexo, muerte, ausencias, dolor en este va de intentar mostrar que a los hombres les cuesta aceptar que los amen y más si son viejos y hay una impresionante edad por medio. Para los hombres las historias son sexo; para la mujer son algo más sentimientos.

Coixet ha contado con Nicholas Meyer que también ha adaptado otra novela, “La mancha humana”, mucho mejor que ésta. Y que la llevó a la pantalla  Robert Benton; con Anthony Hopkins, Nicole Kidman, Ed Harris y Gary Sinise. Con éxito en mi criterio parecido Benton con Coixet, acá ésta ha contado con Penélope Cruz, Ben Kingsley (El oscarizado de Gandhi), Dennis Hopper, Patricia Clarkson entre otros.

Meyer y Coixet han reestructurado la personalidad de Kepesh en donde el rostro y la personalidad de Ben Kingsley le dan una gran credibilidad. De siempre Coixet pensó en Penélope Cruz, una gran defensora de la adaptación de la novela desde que la leyó, curiosamente yo descubrí a ésta por la cita de Penélope en una entrevista diciendo que había sido una de las novelas que más le habían impactado de lo último que había leído.

“Elegy” es una excelente película, en donde se observa la trasmutación de una persona culta, preparada, inteligente, brillante, cínica en un ser más sensible más humano, en una palabra en una mejor persona.

Algunas de las secuencias de  Kingsley y Hopper son de antología por el texto y por la interpretación. La música de Eric Satie para el piano una delicia y en otros momentos, más dulces, la música del estonio Arvo Pärt, excelente.

Es una obra en donde se observa la transformación o cabe la pregunta ¿Se puede llegar al amor cuando sólo se busca sexo? Las escenas crudamente descritas en el libro de Roth están muy bien filmadas por Isabel Coixet, y como ella le dijo a Roth, “esas escenas a mí que soy de Barcelona no me escandalizan en absoluto” y quizás por ello ha podido filmarlas, con una dimensión mucho más trascendente como las del personaje central, con su otra amante, una ex alumna cuya relación dura más de veinte años, (Patricia Clarkson) la cual también tiene momentos de gran intensidad y sinceridad cuando se da cuenta que ya está dejando de ser atractiva y se siente débil y sola.

Con interpretaciones sensibles y cercanas como las de Penélope Cruz, o emocionadas  y temblorosas como la de Kingsley y brillantes y enérgicas como la de Hopper y Patricia Clarkson, ¿Qué más se puede pedir?

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