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OPINIÓN Clientelismo en crisisJaime López *cartas@elfaro.net Publicada el 04 de febrero de 2008 - El Faro No es que el clientelismo en El Salvador sea débil, de hecho es muy fuerte. Pero tiene ya instalada la crisis, y eso le impide estabilizarse. El profesor Rubén Orellana, el presidente de la Asamblea Legislativa, quizá era franco al hablar de una nueva filosofía política cuando intentó defender con una tesis zopenca el aumento que los diputados se habían asignado. Los legisladores quizás sienten que cada vez son más cosa y menos sujetos ante su incapacidad de llevar soluciones a sus bases electorales. Muchos de ellos han llegado a ocupar cargos públicos consiguiendo prebendas, vendiendo influencias, aprovechándose de la necesidad de las personas, prácticas que al menos para los legisladores parecen ya no ser suficientes como fuente de poder. Un día de la semana que pasó este autor estaba en uno de los corredores de la Asamblea Legislativa, junto a la ventanilla de una de las fracciones políticas. Una señora muy humilde preguntaba por uno de los diputados y le explicaba a la recepcionista que iba por unos vales de víveres. La recepcionista, sin reparar mucho en las formas, le respondió que el diputado no estaba y que los vales se habían agotado. Le pidió que volviera al día siguiente, sin darle seguridad que encontraría al diputado o que recibiría los tan ansiados vales. El rostro de la señora tomó una expresión de angustia. Vengo de muy lejos fue la única expresión que soltó en tono de murmullo. Pero ese mismo día y durante dos semanas los legisladores no necesariamente estaban recibiendo súplicas de gente necesitada, sino toda una ola de rechazo de ciudadanos que los calificaban de abusivos. Aprovechando los teléfonos abiertos en los medios de comunicación, enviando cadenas de correos electrónicos, hablando con los amigos y familiares, se alzó una impresionante voz de repudio. Los diputados no tuvieron más opción que dar marcha atrás de su aumento, aunque mostraron un último arranque de prepotencia al negarse a aclarar los hechos y a señalar responsables. A la mayoría es posible que aún nos resulte difícil explicar lo que esta pasando en El Salvador, describir ese movimiento de la ciudadanía. Decir que es un asunto entre derechas y izquierda de entrada suena algo torpe. Tampoco es un antagonismo en ciudadanos y representantes, al menos no todavía. Nadie está pidiendo que se cierre la Asamblea ni que se deje de legislar. La indignación no va contra la institución del diputado, sino contra la conducta de quienes ocupan esos cargos. Creo que el rechazo rotundo, que tomó fuerza en la protesta multitudinaria de estas dos semanas, es a las prácticas clientelistas. No queremos ver más señoras humildes esperando a un diputado para que les regalen vales de víveres. Contrario a lo que se pregona en los discursos públicos, El Salvador no es un país democrático. Al menos no es ese el rasgo sobresaliente de sus relaciones sociales. Es un país mayoritariamente clientelista. La sociedad sigue organizada en las jerarquías que conforman los patrones, los agentes y la clientela. Las personas con menos poder tienen que aceptar las migajas de libertad y de oportunidades que de forma discrecional quienes mandan les otorgan. Las soluciones se restringen a lo inmediato, a lo urgente, al mínimo necesario para asegurar los ciclos de dependencia. No hay historia, no hay acumulación, todo se va arreglando y desarreglando en el día a día. Los agentes, figura que incluye a los legisladores, aparecen como los intermediarios que seleccionan a los beneficiaros, que sacan a la gente de sus apuros, que les permiten ser escuchados por el “hombre fuerte”, pero que también son los que marginan, ofenden, excluyen. Es un sistema que se sostiene en el culto a los poderosos y en la humillación a los necesitados. Pero a la vez, es en este clientelismo donde se están haciendo posibles las relaciones democráticas. Estas parten de una equivalencia de derechos entre representantes y ciudadanos, que los coloca en una relación entre iguales y que genera el respeto mutuo. No quiero despreciar a mi legislador, pero eso me exige no permitir más que éste me humille. Esa posibilidad democrática, que es tan real como el suelo sobre el que estamos parados, va tomando forma a medida que logramos que la legalidad, la transparencia y los contrapesos cobren fuerza. Es iluso construir una sociedad democrática donde la ley vale poco, donde preferimos ampararnos en los oscuros rincones o donde no hay límites al poder. El clientelismo podrá seguir siendo fuerte en El Salvador, pero es innegable que tiene el virus democrático como aguijón clavado al pecho. Las protestas de las dos semanas pasadas son un testimonio de eso. Un reclamo quizás desordenado, sin idea clara del siguiente paso, simple reacción en algunos casos, pero con la suficiente fuerza para saltar hacia otro estado. Nada podrá borrar de la mentalidad colectiva que el descontento de la gente hizo dar marcha atrás a sus diputados. La crisis está instalada, y es cierto que toma forma de grupos pero también de dilemas personales. Su verdadera génesis y potencia está en el conflicto interno que cada uno lleva: dejaré que me sigan humillando o defenderé con todas mis energías el derecho a ser tratado con dignidad. * Miembro de la red Probidad |
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