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OPINIÓN Paradojas de la modernidad salvadoreña
Rafael Lara-Martínez |
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Aquel que [no] descifró el famoso enigma [pese a ser] un hombre extraordinariamente poderoso, porque dejaría entonces de ser secreto [en perjurio al] oculto pájaro de la poesía. Tergiversación de Sófocles según Ricardo Trigueros de León a la medalla otorgada a Sigmund Freud en ocasión de sus cincuenta años (1906).
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| I. “Edipo y la Esfinge” (1808) de Jean Auguste Dominique Ingres |
6. Modernización, plañido de “la vida tranquila y feliz”
Quizás la misma piedad por la silueta matriarcal lo impulsa a rescatar la infancia pueblerina. Al evocarla en su poesía el escritor adulto retorna a “los días de mi niñez”, “al vientre de la tierra donde lo espera el vientre de la madre”. Se encamina al encuentro certero del ama, a su defunción erótica. El regreso al Pueblo (1960) —dedicado “a mi madre”— habla de “cuando mi niñez corrió feliz”. En esa época revocada, fluye la “vida sencilla” en la cual la población habita “como una sola familia creciendo” sin ninguna reyerta que mancille “este pueblo blanco”. “La vida tranquila y feliz” caracteriza la historia patria.
Si el mundo apacible sin distinciones ni jerarquías reniega de la complejidad urbana moderna, al escritor lo tiene sin cuidado. Le interesa recrear la permanencia de un universo lugareño que se repite pese al embate del reformismo militar. Una eterna repetición de “lo mismo” —en ausencia de toda función paterna biológica como lo informa “Sor María Teresa”, silencio “suplicante” del “Nombre-del-Padre”— regula la ley social de lo pueblerino.
“Hace más de veinte años […] la misma Aurelia, las mismas velas, los mismos botes de vidrio […] el mismo gato […] la iglesia es la misma […] el mismo sacristán”. (Trigueros de León)
En el eterno retorno de lo mismo, “la poesía —gran señora, imperdonable y difícil—“ no sería “modo de Eros”, resistencia femenina ante el poeta seductor. Tampoco nombraría la mansedumbre del poeta ante el superego materno. Designaría la evasión elegíaca del editor moderno ante el imperativo categórico de una figura patriarcal ausente la cual reaparece amenazante, por re-volución sinódica, como estado militar bajo la égida del dictador en turno. Talvez…
La poesía “guarda el orden de las procesiones” para recobrar “la sombra huraña, caricia en fuga” de un pasado que se va. Conserva la memoria de una niñez efímera —la de una madre mortal— que se desvanece. Se disuelve en “jubiloso palomar de música”. Si esa “misma tristeza del barrio” contradice el compromiso editorial por la modernidad cultural, no importa. El “secreto de la poesía” —arcano que jamás se dice por ser entonces revelación— asienta que la “misma” escisión de lo femíneo —madre-mística versus mujer-amante— la refrendan pueblo y reformismo modernizador.
Quizás esta ruptura sea un nuevo “Calvario” en “la cabeza del poeta, llena de golondrinas”. Tampoco Trigueros de León logra conciliarla, ya que las profesiones efímeras que aduce —pequeño comercio de tiendas, sastre, carpintero, cartero, “sapito cantor”, locos provincianos— decaen con la modernización. Se trata de oficios que la modernización desdeña. Su poesía sucumbe a “la tentación de evocar las cosas antiguas” —cual se lo advierte el peruano Luis Alberto Sánchez— sin buscar a “El Salvador” único, “el quetzal”. Las plumas del ave adornan las alas verdosas de la Pitonisa extendidas hacia una urbe caótica e incrédula. Hacia nuestra propia posmodernidad, “llena de ruidos, de asfalto, de cemento”.
En el poblado mítico, habita “la Esfinge […] imagen arquetípica de la fijación, genialmente descrita por Freud como el principal disturbio de la libido en el proceso de desarrollo”. La localidad agreste devuelve al poeta a “un estado pre-ego conciente de su masculinidad”. La aldea nombra el síntoma de la asonada en el proceso de individuación —transcurso de infancia, madurez y vejez— el cual cifra el famoso enigma. “¿Cuál es el animal que por la mañana camina con cuatro pies, al mediodía con dos y por la noche con tres?”. Mantener el silencio frente al acertijo insoluble —“fondo secreto de todo poema”— sella el acto poético devoto de Trigueros de León. Responder el humano —hombre y mujer incluidos en un “ensayo”, el “peor enemigo de la Literatura”— cela nuestra posición psicoanalítica y filosófica que se encamina hacia una ciencia escéptica.
El derrumbe de la efigie transforma el espíritu humano de su vocación mito-poética al análisis conceptual. Obliga a que el “misterio indescifrable” se encauce hacia el desenlace; que del poblado paradisíaco nos traslademos hacia la ciudad anárquica en su desencanto. Del ingenuo, “del engaño colorido” la muerte de la Esfinge nos conduce a lo que “es cadáver, es polvo, es sombra, es nada” (Sor Juana Inés de la Cruz). Lo reiteramos, a nuestra más aguda globalidad destituida cual la presagia la modernización del reformismo.
El mundo fantasioso e idílico que implora la poesía lo enturbia la única mención directa a lo indígena. Trigueros de León lo imagina en desazón a su pastoral. “El arriero, indio tosco y callado, va con gesto grave”. Burda y sin quilates, su figura resuena junto a la afición masculina por las peleas de gallos: “los hombres invaden el patio, comentando la pelea”. Ambas referencias son destellos de una violencia social que la poesía paradisíaca “dice a medias”.
En este desfalco de lo bucólico, indígena “grosero” y masculinidad “envalentonada” desconstruyen el ideal paradójico de la modernidad cultural: su antónimo, “la ciudad tranquila” que no cambia porque su compás lo señala “la tortuga” de “caparazón color de tierra”. Por estas alusiones, la pastoral insinúa el núcleo violento que yace adormecido en su seno —hombría de “afiladas navajas galleras”— al igual que marca excluyente los límites étnicos de su paraíso hispano-mestizo. A semejanza de “la tía abuela”, la elegía posee un componente étnico, huraño y celoso de su origen nacional: “su porte y su físico eran de España”. El varón “da puntapiés” y el indígena es persona non grata, “tímido y desconfiado” del reformismo urbano. Toda “densa brisa” culmina “deshojando otoños interiores”.
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| II. “Edipo y la Esfinge de Ingres” (1984) de Francis Bacon |
7. Paradojas de la modernidad - Triangulación del deseo
Hay que leer a Trigueros de León para advertir las paradojas de la modernidad salvadoreña. A nivel artístico-literario, no hemos pensado “la crisis histórica que desembocó en la guerra” (Turcios, 1993: 14). El contrasentido no afecta sólo a una modernización autoritaria sin libre juego en el terreno político, la cual la legitima el auge cultural que propicia poesía metafísica y regionalismo pastoral. Las contradicciones conmueven la ausencia de una vanguardia artística que el bucolismo pueblerino intenta paliar. Rigen la negativa por revelar el enigma. Esta censura mantiene la primacía del símbolo oscuro sobre el concepto. Augura el devenir de una modernidad editorial condenada al subdesarrollo intelectual por su rechazo visceral del saber analítico y científico.
Hegel diría, en Trigueros de León la poesía se prohíbe el paso de Egipto a Grecia, repetición del Éxodo hebreo como única travesía que nos encamina hacia la tierra prometida del autoconocimiento. La poesía se inhibe ante el enigma de la Esfinge. Tras su figura recompuesta a retazos, el poeta disimula —“¿por máscara, por transparencia?”, aduciría el cubano José Lezama Lima— un Eros jadeante que palidece.
También el fallo inquieta la lejanía de toda fémina a la cual la madre posesiva obliga al anti-Edipo —silencio del “Nombre-del-Padre” que triangula la dualidad femenina, fracturada entre omnipresencia matriarcal y alejamiento mujeril. Hay obediencia absoluta al superego matriarcal y defunción del Eros pasional. Por último, los patrones culturales concluyen perturbando por la exclusión de lo indígena debido a lo “áspero” de su silueta silenciosa y la irrupción violenta de una masculinidad “afilada”.
Acaso las ambigüedades precedentes no enumeran sino unos cuantos deslices de una modernidad en profundo altibajo. Estos siniestros Apocalipsis nos enseñan que en el trasfondo de todo bucolismo en tornasol se levantan siempre catástrofes incoloras. La prosa poética de Trigueros de León concluiría hermética que tras “el verde croar de los batracios entre las rosas”, “hay ríos de espanto en los que navegan niños sin boca y sin piernas”. Hay escisiones, cuerpos mutilados y recompuestos como el de la tiranía y la Esfinge…
Ausencia del Nombre-del-Padre Triangulación del deseo en Trigueros de León (El triángulo freudiano Padre-Madre-Edipo |
Posdata: Sería necesario que la “Colección Orígenes” exigiera a todo editor ceñirse al rigor de una historiografía literaria —ausente de la intuición poética en boga— ofreciéndole al lector una bibliografía exhaustiva del autor clásico reseñado. Sin esas referencias bibliográficas —ordenadas cronológicamente— parecería que la Colección no cumple su cometido de remontarnos a los “orígenes”, ya que elude sistematizar los fuentes primarias publicadas e inéditas del autor reseñado.
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