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OPINIÓN / LA BUHARDILLA

Antes que nuestro cine no sobreviva

Federico Hernández Aguilar*
cartas@elfaro.net
Publicada el 04 de febrero de 2008 - El Faro
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Los comentarios han estado a la orden del día, como era de esperarse. En casi todas las bocas y bajo casi todos los criterios, se ha señalado al filme de Roberto Dávila Alegría, Sobreviviendo Guazapa, como si se tratara de la obra que va a enterrar (antes de nacer) al cine salvadoreño, o bien, al otro extremo, como si fuera el mejor de los comienzos para la industria cinematográfica nacional. Tal vez no sea ni una cosa ni la otra. Y por eso me alegra que la cinta, por sí misma, esté mereciendo toda la atención que ha conquistado.

A mí, sinceramente, no me molesta el catastrofismo con que Jorge Dalton —sin duda con mayor conocimiento que muchos habladores— ha descalificado los méritos de la película de Dávila. Tampoco me turba el ánimo que una ingente cantidad de cinéfilos —los mismos que quizá encontrarán “sublime” la más reciente secuela de Rambo— evalúen las virtudes de Sobreviviendo Guazapa en proporción al número de balazos que “cabría esperar” en una cinta de guerra.

Es posible que la estrategia de promoción del filme se haya quedado corta al manejar, con indulgente generalidad, que íbamos a ver una historia “basada en la guerra civil de El Salvador”. No se mintió, pero se contribuyó a disparar las expectativas a alturas peligrosas. El resultado es que los aficionados al género de acción salen decepcionados y los amigos del revisionismo histórico se permiten alargadísimas interpretaciones ideológicas.

Estos últimos, por cierto, dada su variedad de filias y fobias, le otorgan créditos insospechados a uno de los grandes aciertos de Dávila, esto es, la total ausencia de sermoneos. Creo que la razón le asiste a Héctor Ismael Sermeño cuando afirma que el director no cae en ninguno de los maniqueísmos a que nos tenían mal acostumbrados las obras audiovisuales de este tipo. Al contrario, Sobreviviendo Guazapa transita linealmente por una asepsia ideológica realmente asombrosa, sin permitirse retruécanos gratuitos para justificar la falta de estos persistentes discursos.

No todos están de acuerdo con esta apreciación, por supuesto. En las últimas dos semanas he escuchado y leído inflamados argumentos alrededor de cuántas malas palabras profiere el guerrillero versus las que barbota el soldado, como si situarse justo en el medio de la estéril confrontación verbal de los protagonistas —que es a lo que invita la trama— fuera pecado mortal. La pobreza, en este caso, no proviene de la cinta, sino de las mentes que la conciben (sin fundamentos válidos) como un resultado más de nuestra eterna polarización entre “buenos” y “malos”.

Sé que para cineastas probados como Jorge Dalton es muestra de excesiva autocomplacencia sugerir que Sobreviviendo Guazapa vale mucho como esfuerzo histórico. Tal vez se llegue a creer que esta posición entraña un ejercicio de ceguera frente a las evidentes debilidades de la película. Sin embargo, en lo que este servidor respecta, una conclusión favorable al filme en su condición de hito no constituye un indulto a sus yerros u omisiones.

A decir verdad, como producto de la técnica cinematográfica, la ópera prima de Roberto Dávila adolece de ingenuidades y sobreabundancias. Impera en ella la riesgosa pretensión de mantener el interés del espectador valiéndose de actores no profesionales —riesgo innecesario, a mi juicio—, lo que termina pesando en los encuadres mismos y, más grave todavía, en la plasticidad secuencial. Esta última se vuelve densa, a ratos sosa, porque no existen habilidades gestuales ni recursos interpretativos que enriquezcan la necesidad de seguirle contando la historia al público. Y la apuesta a la conspicua fabla guanaca se agota en los primeros veinte minutos. Por otra parte, el uso inmoderado del desenfoque nos arroja sin piedad a una especie de “cacofonía visual”, independientemente de las justificantes que el director pueda ofrecernos.

Pero una cosa, repito, es que hablemos con claridad de los fallos de la película —algunos reconocidos por el mismo Dávila— y otra es que no veamos (o no queramos ver) sus muy notables logros técnicos. Por ejemplo, la iluminación. Pocos retos son más atemorizantes para un cineasta que los juegos de luz integrados a cada escena, porque la secuencia narrativa implica tener en cuenta hasta los reflejos menos perceptibles. Pues bien, Sobreviviendo Guazapa es, desde mi punto de vista, toda una cátedra de audacia y coherencia lumínica: escasas fisuras observables en una obra que tienen como fondo y como protagonista, casi de principio a fin, a un tupido bosque tropical. Eso no es fácil de lograr. Y que me disculpen los sabihondos, pero ningún salvadoreño había conseguido algo semejante antes que Dávila, porque nadie había osado producir un largometraje con estas características.

Los efectos de sonido y el audio general del filme también tienen su mérito. No se trata de compararlos, desde luego, con la perfecta sonoridad de Salvando al soldado Ryan, pero sí de admitir que la ambientación de Sobreviviendo Guazapa fue más que decorosa, incluso ejemplar para la región centroamericana. Los baches de silencio que tiene la película son defectos atribuibles al guión, no a la técnica de sonido.

Es verdad que la historia que nos cuenta Roberto Dávila carece de originalidad. Incluso El zorro y el sabueso de Disney nos narra algo similar: las peripecias de dos enemigos acérrimos al que las circunstancias terminan uniendo. Lo que sucede con el largometraje salvadoreño es que por fin podemos vernos retratados nosotros, los que por demasiado tiempo habíamos esperado a que un compatriota —no Oliver Stone, no Luis Mandoki— se atreviera a contarnos, desde nuestro pasado reciente, desde el conocimiento cabal de nuestros propios desencuentros, los periplos anímicos que desembocaron en el fin del cruento conflicto armado que nos desangró.

La existencia de Sobreviviendo Guazapa me entusiasma por varias razones, algunas tal vez más subjetivas que objetivas. Pero aun admitiendo que no es ni la mejor ni la peor obra cinematográfica que se ha filmado o se filmará en El Salvador, y sin ánimo de ocultar sus agudas pifias, me parece injusto condenar a Roberto Dávila y a su cinta a la descalificación grandilocuente, a esa que busca hacernos sentir avergonzados sólo porque nos llena de optimismo —¡y vaya que tenemos derecho a ello!— que este pequeño gran paso haya sido dado en nuestro país.

¿Falta camino? Sin duda. ¿Tenemos garantías de haber iniciado algo gracias a la intrepidez de Roberto Dávila? En absoluto. Lo que sí puedo argumentar es que Sobreviviendo Guazapa se merece más, y por goleada, esa vigencia referencial que otras piezas cinematográficas nacionales han venido teniendo a fuerza de pura nostalgia y autoconmiseración. Está bien que no aceptemos tal cosa como una zancada descomunal hacia el cine salvadoreño; pero tampoco la sentenciemos al más rotundo de los olvidos. Esta obra, como arte y como testimonio, está destinada a sobrevivir, aunque les duela a muchos.

*Escritor

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