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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Lo que aún no hemos dicho

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 04 de febrero de 2008 - El Faro
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Siento que lo que fue el relámpago de nuestras vidas en 1979 es algo que todavía no he visto plasmado en la literatura. A diferencia de lo que muchos opinan sobre el vertido directo de la experiencia en las formas del arte, creo que la vida es un caballo que no se deja domar ni se deja representar fácilmente.

Para constatar los hechos están las fotos, las evidencias físicas y textuales, y también están los peritos, abogados e historiadores.

Les hablo de aquello que no se advertía de forma clara, de los sentimientos que tuvimos cuando el terror y la violencia se mezclaron con la promesa de una nueva vida en 1979.

Ahora leo frases inexactas: que a la guerra como tema le pertenece una especie de “narración objetiva”, ajena al cuidado del lenguaje y opuesta al mundo del yo y de lo literario. No es cierto. Como hecho, la guerra es algo que también sucede corazón adentro, y es también una experiencia subjetiva y susceptible de elaboración artística, tal como lo demuestran el trabajo de Goya y de Vasili Grossman.

Lo que les pasa a la mente y a los sentimientos en una circunstancia extrema es algo que también pertenece a dicha circunstancia, pero es algo que lamentablemente no deja huellas rotundas. Se conservan huesos, fotos y cabellos de los judíos que murieron en Auschwitz. De la experiencia subjetiva de su muerte, del último momento vivido en la cámara de gas no queda rastro y sólo podemos reconstruirlo con las herramientas de la empatía y la imaginación. Es la imaginación la que nos lleva del montón de ceniza y los huesos hasta el rostro, hasta la mirada de la víctima que no sobrevivió; es la imaginación la que puede reconstruir cómo pudieron ser las últimas imágenes y sentimientos de las personas gaseadas. La conciencia y las emociones que formaron parte de ese instante no han dejado huella y por lo tanto no hay más remedio que imaginarlas por medio de la literatura. Eso fue lo que hizo Vasili Grossman en Vida y destino. Siguiendo de cerca, gracias a la ficción, el mundo interior de unos personajes es como podemos darnos cuenta de que las vidas reunidas trágicamente en un hecho histórico no son una cifra, son caminos truncados.

El problema está muchas veces en nuestra concepción de lo real y la forma en que lo representamos literariamente. Un sentimiento de odio no es una piedra, y sólo podemos percibirlo indirectamente a través de los actos que genera. Tenemos conciencia directa de nuestras emociones, las de los otros nos llegan a través de sus hechos, de sus gestos, de su lenguaje. El sueño mutuo de los amantes es el de introducirse en los flujos de conciencia del ser amado; acto que no por deseado, deja de ser imposible. La interioridad de lo subjetivo, como dimensión externa, es difícil de captar, pero es de suma importancia en nuestra compresión de la vida humana y en la trama de factores que la genera y constituye. El odio, el amor, la esperanza, la impotencia, el sadismo, la ternura, las pesadillas y el miedo eran flujos y reflujos que formaban parte de nuestra vida y de la historia en 1979. Esa experiencia subjetiva aún no la he visto plasmada de forma compleja en nuestra literatura.

Recuerdo una frase de aquella época, la primera frase de una carta que el azar me entregó: Si te amo es con el peso de la muerte en los hombros y con soledad. No hay todavía un personaje de nuestras letras sobre la guerra que se haga cargo de todo el significado de estas palabras, de su punto de vista. En estas palabras anida un relato o un poema que todavía no se han escrito.

La literatura comprometida, más allá de sus urgencias comprensibles, siempre repetía la misma historia y en esa historia el protagonista era un sujeto que hacia frente a la injusticia o la padecía. La vida interior de esa persona tenía un rol secundario. Las prioridades de esa literatura, aunque fuesen humanas, eran políticas y, de acuerdo con ellas, el dibujo que presentaban de la conciencia de las victimas o de los combatientes era simple, didáctico y funcional.

La guerra también fue una historia de conflictos y desgarros interiores. Y de ellos hay un rastro escaso en nuestras letras.

Por servirme de mi vida, como ejemplo, yo era un muchacho al que le gustaba el rock sinfónico. Quienes me reclutaron para la organización miraban con suspicacia mis gustos, debía de trabajar contra ellos si quería incorporarme plenamente a la nueva cultura revolucionaria. “Los compas”, ingenuos y puristas, me planteaban una disyuntiva ahí donde yo proponía una conjunción. No tenía por qué elegir entre Víctor Jara y Pink Floyd, me quedaba con ambos. La música que nos gusta es la banda sonora de nuestras vidas. En mi banda sonora de aquella época suena Peter Gabriel y al fondo, en los cerros de la madrugada, las notas de Games without frontiers se mezclan con los bombazos, el silencio, los disparos, y el silencio. Esa era mi conciencia por mucho que me hicieran sentirme culpable por ella.

Siempre me ha parecido que la vida que yo vi y viví en 1979 es un universo complejo que la literatura apenas ha tocado. Recuerdo la historia de un militante del MERS que grabó un mensaje en una cinta y luego se pegó un tiro. No lo mataron, decidió matarse, pero antes de hacerlo grabó sus últimas palabras. La causa no explicaba esos arrebatos de la angustia y de la nada. A la literatura comprometida no le interesaban las autodestrucciones. Los suicidas son incómodos incluso para la revolución.

Billy y otro compañero se abrazaron cuando estaban a punto de matarlos. Ese gesto me lo heredó un testigo y habla de la humanidad que se cumple en dos muchachos al borde del abismo. No me importa la causa que los llevó a ese momento, me importa el abrazo, su fraternidad final, me importa Billy que fue mi amigo.

Tuve el privilegio de conocer a una muchacha terriblemente lúcida en 1980. En uno de mis recuerdos, ella, al igual que una maga, extrae cosas y cosas de su cartera: una pequeña radio, una libreta, un lápiz a punto de acabarse, un bolígrafo azul, una calculadora, los cosméticos y al final, como si no importase, una pistola. Ella me dijo en aquel instante (no recuerdo con exactitud sus palabras ni su razonamiento) que la muerte de Dalton ocurriría de nuevo. Que la izquierda estaba condenada a repetir esos hechos. Y no se equivocó. Este es un juego en el que no hay alternativas perfectas, me volvió a decir, y una elige la menos mala y no es fácil, se desgasta la fe.

La misma muchacha, en otra ocasión, me confesó que solía tener un sueño extraño: era una tormenta sin orillas, enmedio del mar agitado, en la que no había nadie.

Para narrar aquella época no solo basta con reconstruir la superficie de las cosas y los hechos. Lo que sucede en la conciencia también forma parte de la vida y es por eso que una reconstrucción imaginaria de los mundos de la guerra no puede hacerse dándole la espalda a la soledad agitada de los sueños, sentimientos y dilemas de las personas que vivieron en aquella circunstancia extrema.

El conflicto fue una experiencia compleja en la que saltaron al escenario personajes de cara honda y contradictoria. Nuestra literatura ha caricaturizado esa complejidad. Aquella experiencia diversa y terrible todavía se haya más allá de lo que puedan ser los recursos limitados de nuestras letras. Por eso es bastante lo que aún no hemos dicho y bastante la belleza honda que aún le debemos.

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