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OPINIÓN

Paradojas de la modernidad salvadoreña
Ricardo Trigueros de León, el anti-Edipo en su triángulo amoroso
(III de IV)

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 28 de enero de 2008 - El Faro
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Aquel que [no] descifró el famoso enigma [pese a ser] un hombre extraordinariamente poderoso, porque dejaría entonces de ser secreto [en perjurio al] oculto pájaro de la poesía.  Tergiversación de Sófocles según Ricardo Trigueros de León a la medalla otorgada a Sigmund Freud en ocasión de sus cincuenta años (1906).
 

4.  Poesía - Filosofía

Obviamente, toda interrogante conceptual —figura femenina resquebrajada en madre cercana y mujer lejana; elegía pueblerina y compromiso con el reformismo militar— la cuestionamos en oposición a la postura formalista del autor.  Motivado por la religión del arte, para Trigueros de León, “la manera de ejecutar [la obra preside] la idea” por lo cual ante “un retrato de Mussolini [¿ante una obra racista, misógina?]” no hay que “lanzar frases condenatorias” sino “analizarla como pintura en sí”.  La “realización plástica” seria vale por su “función social permanente, eterna”. 

En su inmortalidad celeste, el arte cuenta como creación meta-política y meta-histórica.  Es pureza formal sin referencia a un presente pasajero.  Fiel a su compromiso —“la política de los poetas” reformadores— Trigueros de León sustrae el arte de cualquier contingencia política mundana que lo corrompa.  Según Juan Felipe Toruño (1958: 387), su “pasta de crítico carece de la ecuanimidad imprescindible y amplitud de criterios”.  A “su acendrado formalismo” le falta “profundizar en contenidos”.

Verbigracia, hay que aplaudir “la paideia iberoamericana” de Espino, una “americanización de la enseñanza” en armonía con “regímenes autoritarios” (Alvarenga y Espino, 2007: 40 y 74).  Su obra es “temblor de rocío” —anota Trigueros de León— “sudando frescura”.  Nadie tendría derecho de señalar sesgos racistas ni misóginos evidentes.  Espino juzga a “los indios de la época colonial o postcolonial; raza degenerada” y considera que “por las mujeres no se pudo transmitir íntegra la herencia” cultural indígena, pues carecen de los “elementos viriles” que conservan toda civilización (obra citada, 76-77).  El indigenismo de Espino se inicia declarando la “perversión” de la “raza” que “defiende”, al igual que la ineptitud femenina en una esfera cultural dominada por lo varonil.  Para el poeta reformista, la eternidad divinizada de la forma se remonta más allá de cualquier eventualidad política mundana tal cual género o etnicidad. “Las cosas del espíritu” trascienden la irrelevancia humana de poseer un cuerpo, una historia y un lugar geográfico.  

En cambio, al pensar el enlace significante-significado, nos interesa la “ficción” —arte y literatura— como modo peculiar de referir hechos auténticos.  En sentido aristotélico, indagamos la historia desde su envés oscuro, la poética.   La poética la inquirimos no cual sujeto teológico trascendental, sustituto moderno y laico de la divinidad, lo “imperecedero” en Trigueros de León, “la lírica eterna” en Darío Lara.  La pensamos como producto histórico de una época específica —llamada “autoritarismo y modernización” (1948-1961)— la cual posee patrones culturales propios.  Todo nominalismo —“que el lenguaje valga por sí”— lo revertimos hacia un realismo histórico de “ideas más que” de “palabras”.  Como lo reconoce el diálogo entre el escritor y Oswaldo Escobar Velado, “la ficción será tan sólo pretexto para decir [la] verdad” de una era.  La verdad histórica nos remite a lo que el poeta disimula al asumir su vocación espiritual de vate bucólico: su entidad corporal, sexuada e hispano-mestiza.   

Según reza el epígrafe, hay un choque entre modos de conocimiento.  Mientras la poesía aspira a mantener el “secreto”, al saber racional le atañe revelarlo.  Trigueros de León conserva en su pedestal una misteriosa Esfinge y la venera, ya que sostiene la primacía del símbolo sobre el concepto, la preeminencia de la poesía sobre la filosofía.  El poeta se mueve dentro de un “pensamiento de lo que no piensa”.  No juzga en la poesía un “síntoma, jeroglífico a descifrar” de nuestra “residencia en la tierra”.  Sin embargo, la imagina complemento sexuado de sí —mujer de talante que merece reverencia— “huidiza, gran señora es Ella, imperdonable y difícil”.  Talvez porque “escribir es un modo [encubierto] del Eros” masculino en el cual el hombre seductor pone a prueba la resistencia de la fémina (Barthes, Essais critiques, 1964). 

Por lo contrario, al inquirir el enigma, iconoclastas exigentes, nosotros operamos a contracorriente dilucidando por conceptos el «“misterio indescifrable”».  Borgeanos empedernidos, derrumbamos la efigie e invertimos el orden entre la “idea” y su “manera de ejecutarla”.  Interrogamos —no “la obstinación de la forma”— sino “la inteligencia misma del mundo” que proyecta la obra (Barthes).  Como facetas “opuestas – complementarias, “poesía – filosofía” son “el otro, el mismo”.  “Lo-otro-en-lo-mismo”, maneras de ilustrar en claroscuro nociones claves de una “era imaginaria”: “autoritarismo y modernización”.  Así se llama el sitio historial que protege el “ser-en-el-mundo” de una generación de poetas. 

“Edipo y el enigma”,
poema de Jorge Luis Borges,
del libro El otro, el mismo (1964)

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
Y con tres pies errando por el vano
Ámbito de la tarde, así veía
La eterna esfinge a su inconstante hermano,

El hombre, y con la tarde un hombre vino
Que descifró aterrado en el espejo
De la monstruosa imagen, el reflejo
De su declinación y su destino.

Somos Edipo y de un eterno modo
La larga y triple bestia somos, todo
Lo que seremos y lo que hemos sido.

Nos aniquilaría ver la ingente
Forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.

5.  Esfinge, fémina resquebrajada

Los seis poemas conclusivos de Campanario (1941) desarrollan una de las temáticas centrales del psicoanálisis post-freudiano sobre la sexualidad masculina.  La llamamos el “anti-Edipo”, en cuanto no le corresponde al niño eliminar al padre para cohabitar con la madre, según lo estipularía la ortodoxia (no hay que confundirlo con el Anti-Edipo: capitalismo y esquizofrenia de Gilles Deleuze y Felix Guattari (1977)).  Por lo contrario, ante la ausencia absoluta del padre, la posesividad del superego materno es de tal magnitud que invade el imaginario creativo de su engendro y le imposibilita cualquier relación erótica adulta independiente.  En el anti-Edipo, no hay parricidio ni incesto sino negativa por derrocar arcanos inmemoriales.  Hay “devoción” a la Esfinge. 

Dentro de la simbología clásica, la muerte de la Esfinge —descifrar el enigma— marcaría el acto de liberación que Trigueros de León rehúsa al someterse a la heredad matriarcal dogmática (Esfinge, “aquella que aprieta”, “la  estranguladora”,  de Sphiggo que significa “apretar”, o bien de Sphij-, “glúteos/ano” en relación al “carácter agresivo y sexual del enigma”).  Los poemas “Palabras a la madre” y “Nuevas palabras a la madre” expresan la dependencia anímica que la figura materna omnipresente ejerce sobre la psique obnubilada del poeta.

“Madre estoy de nuevo junto a ti esta mañana […] soy el que nació para oírte.  La palabra tuya la llevo, hecha música en el corazón […] cuando estoy solo, lejos de ti, no me canso de oír el murmullo interno que sube como un himno de gracia […] todo lo que llevo en mí es obra tuya […] ahora estoy lejos, pero tu voz se enreda en mí como un hilo de música […] tengo enredada en mí la música de tu palabra”.  (Trigueros de León)

El “murmullo interno” nos advierte cómo Trigueros de León interioriza el deseo matriarcal —se niega toda autonomía personal— hasta volverse apéndice de esa “voz” que lo habita y se posesiona de él.  Sin individualidad propia, la consecuencia inmediata se revierte en negativa “por separarse de su lado, pese a mantener relaciones amorosas” y “dejar descendencia”. 

“Madre, cantar nuestras cosas” explica la temática recurrente de su siguiente poemario —Nardo y estrella (1943)— que evoca a una mujer lejana e inaccesible.  Su lejanía el escritor la vive como “cruz de sacrificio sobre mis hombros”.  Trigueros de León anticipa la silueta que él mismo diseña de la chilena Gabriela Mistral bajo el semblante de un “Cristo de carnes desgajadas y hendidas”.  La pérdida de la mujer —la omnipresencia matriarcal— pervive en el poeta como ropaje de su vocación crística amarga.  La “pureza espiritual” del trovador queda escindida en un cuerpo masculino que obedece los impulsos tiránicos del matriarcado y la ajada pasión de su Eros.

“Y tú, amiga, borrándote, haciéndote distancia, diluyéndote en el aire que ahora corta como un puñal de plata […]  mujeres amadas, ya idas, se presienten […] me duelen tu distancia y tu recuerdo […] el cielo nada me dice de tu ausencia […] es una flor ya muerta […] isla abandonada en orfandad de pájaros”.  (Trigueros de León)

Si esta doble faceta complementaria —devoción a la madre y distancia femenina— se prolonga en la figura de la “rosa”, descifraríamos su “presencia” reiterada en los escasos siete sonetos del autor.  De otra manera, la poesía resultaría vano resplandor de su propio reflejo: práctica formal sin contenido.  Presencia de la rosa (1945) designa la estancia de una fémina resquebrajada entre madre amada cercana y mujer amante lejana.

En la alternativa existencial —“rosa mística” maternal versus fémina “amada”, “rosa perfecta”— el poeta opta por la primera iniciativa. En lugar de vencer a la Esfinge  — fiel a su vocación de anti-Edipo— declara que todas sus “horas” son de “tu ausencia [mujer] y mi derrota”.  El superego materno opaca toda aquella “larga lista […] de señoritas que fueron sus novias” (Amalia Trigueros de Soundy, hermana del poeta).  “La poesía es huidiza […] gran señora es Ella, imperdonable y difícil”.  Más que determinar la resistencia de la fémina seducida —escribir como modo del Eros— “Ella” equivaldría talvez a la sumisión de Trigueros de León al dictado del superego matriarcal.  

No obstante, su Eros masculino permanece despierto y anhelante tal cual lo hacen manifiesto los fragmentos autobiográficos siguientes.  La Enigmática “se adueño de mí…”, “mientras lindas muchachas —carne, de nieve, oscuros ojos—, pasan junto a nosotros.  Tras ellas se me escapa la mirada…” como ellas escapan de mí.  Huyen también “torsos  morenos [que] emergen de la línea escurridiza del agua”.  “La falda anaranjada […] acentúa la curva de la cadera de ola y el dibujo de las piernas”.  Mantiene la lozanía de “adolescente” iniciar pláticas sobre poesía con “preguntas por las mozas de otros climas” (Trigueros de León).  Ya lo sabemos, “la mirada es la erección del ojo” (Lacan).  «“Errata humanum est”».  «“Las flores [los poemas] son errata de pájaro [de poeta]”», la mujer es errata de madre… (Toño Salazar según Trigueros de León)

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