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OPINIÓN

Paradojas de la modernidad salvadoreña
Ricardo Trigueros de León, el anti-Edipo en su triángulo amoroso
(II de IV)

Rafael Lara-Martínez
cartas@elfaro.net
Publicada el 21 de enero de 2008 - El Faro
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Aquel que [no] descifró el famoso enigma [pese a ser] un hombre extraordinariamente poderoso, porque dejaría entonces de ser secreto [en perjurio al] oculto pájaro de la poesía.  Tergiversación de Sófocles según Ricardo Trigueros de León a la medalla otorgada a Sigmund Freud en ocasión de sus cincuenta años (1906).
 

2.  Compromiso antes de la generación comprometida

Ante la falta de estudios detallados sobre la producción cultural de los cincuenta, ignoramos en qué medida esta modernización sin modernidad caracteriza un solo individuo o representa el quehacer paradójico de toda una generación.  A los múltiples trabajos sobre la generación comprometida (1956), se contrapone el vacío de documentar una época precedente dominada talvez por la metafísica del soneto y el realismo costumbrista del regionalismo, esto es, sin un paso certero de ruptura hacia una modernidad artística urbana “llena de ruidos”. 

El Coronel del Pueblo, visto por Camilo Minero

Esta “era imaginaria” se “compromete” con el reformismo militar y opera una apertura cultural cuya historiografía aún falta rastrear.  El apoyo directo que la candidatura presidencial del coronel José María Lemus (1956-1960) recibe de Luis Gallegos Valdés y Salarrué, podría servir de hipótesis conductora para investigar la función social del regionalismo, la metafísica del soneto y la esoteria en la construcción del Reino político de este Mundo (Darío Lara y Eleodoro Ventocilla, Lemus y la revolución salvadoreña, 1956: 62).  Es obvio que merece el apoyo de todo artista “un Gobierno” que “puede, a justo título, ufanarse” de “enaltecer el ejercicio y la difusión de las Bellas Artes”  (ARS.  Órgano de la Dirección General de Bellas Artes, octubre de 1951-diciembre de 1958, citada por López Vallecillos, 1964: 281).

Para esta hipótesis, tanto más sugestivo resulta lo que asienta el investigador Carlos Cañas Dinarte (Diccionario, 2002: 293).  Al “Subcomité de Periodistas y Escritores del PRUD (marzo de 1952)” —dirigido por el poeta Hugo Lindo— pertenecen literatos de la talla de Manuel Barba Salinas, Quino Caso, Gallegos Valdés, Claudia Lars, el mismo Trigueros de León “y muchos intelectuales más”.  “Casi la totalidad de la inteligencia salvadoreña milita en las filas de la Revolución” en apoyo a la “constante devoción por la cultura del presidente Lemus”, “martiano y bolivariano de formación” (Ventocilla, 1956).

Es posible que las dotes literarias de Lemus —apologista de Bolívar (1950), Venustiano Carranza (1952), Hidalgo (1953), José Martí (1953), El Quijote (1956), etc. — lo vuelvan no sólo “Candidato del Pueblo”.  Lemus se convierte en receptor “del voto particular del escritor y periodista que vale al menos 7 votos” (Gallegos Valdés y Salarrué citados por Darío Lara).  El “Teniente Coronel” acopla “letras y armas”.  Analiza “las grandes figuras de la historia y los grandes hechos, así como gravita sobre principios éticos en el orden público” (Toruño, 1958: 388).  Quizás por estos dones excepcionales los intelectuales promueven su candidatura, pese a “maniobras electorales” bastante obtusas (López Vallecillos, 1964: 375). 

He aquí cifrado el “compromiso” político irreconocido de la generación que precede a la “comprometida” (1956).  Asombrosamente, el hecho “literatura comprometida” parece recibir en el enlace entre reformismo militar, regionalismo y poesía metafísica una de sus vetas más profundas e inexploradas.  Como sus “intelectuales orgánicos” dividen el tiempo entre labores burocráticas y “poesía pura”, aún no percibimos la conexión paradójica entre ambas esferas que conforman una totalidad.

El fin último de cierta visión de la política —“la política de los poetas” reformadores— se aboca a eliminar la política de todo acto nocturno, poesía y arte, para admitirla a despecho en su práctica diurna del quehacer profesional.  Son “ciudadanos útiles” al separar de tajo su ansia de inmortalidad —la obra artística etérea— de su condición política temporal.  En “Huye de la política”, Juan Ramón Uriarte anticipa “la política de los poetas” reformistas argumentando que “las inteligencias superiores, las almas de belleza y de ensueño, las voluntades creadoras, no hacen política […] la mejor política es no hacer política” (Páginas escogidas, 1939/1967: 29-30).  La “poesía pura” es pura política ya que, al soñar en verso, sus artífices legitiman hazañas electorales, administrativas de los gobiernos “revolucionarios” en turno.  Así, lo que Darío Lara llama “quehacer literario humanista” equivale a “coexistencia con el poder político” militar.  El “empeño” definitivo del “humanismo” conforma una “cultura nacional” que legitima a los gobiernos reformistas. 

De autorizar la razón crítica de Roberto Turcios —la existencia de “una crisis histórica estructural que involucra todos los niveles”— el período de “autoritarismo y modernización” significa no la simple gestión de “una disfuncionalidad político-social”, antesala anti-democrática de la guerra civil (1993: 13).  Como crisis global, denotaría el límite de una práctica de la literatura —“poesía pura”, metafísica, pastoral y regionalismo— la cual alabamos sin advertir sus graves consecuencias.  Hay crisis del imaginario poético como ideario de identidad.  Quien enaltece la producción cultural de los cincuenta, debería asumir las secuelas políticas de esa práctica y enorgullecerse de la “crisis histórica” que desemboca en la guerra civil.  Al menos habríamos de ser más cautelosos sobre la pureza literaria, ya que el desinterés del arte se alimenta de los manjares materiales de este mundo.  Por “la administración de la crisis”, Lemus versifica la catástrofe de los poetas reformistas (lugar citado). 

La larga dimensión del vínculo estrecho entre literatura nacional y dictadura la confirma la obra de Miguel Ángel Espino (1902-1967).  Para el antecesor de los poetas reformistas, la mejor manera de conformar una “paideia iberoamericana” que se “identifique” con la tradición prehispánica y “resistencia indígena” consiste en actuar “al servicio de los  distintos regímenes autoritarios en el país (Martínez, Aguirre y Salinas, Osorio, Castañeda Castro)” (Luis Alvarenga en Miguel Ángel Espino, Obra narrativa, DPI, 2007: 40, 23 y 25).  Si el indigenismo de Espino realiza su agenda política con el poder militar, la poesía metafísica y el regionalismo literario rematan la política cultural del PRUD como “oportunidad fallida para la democracia en El Salvador” hacia 1956 (Turcios, 1993: 126).  A cada generación su compromiso inapelable por “colaborar” con “los mejores gobiernos que ha tenido El Salvador”, aduciría Gallegos Valdés.

3.  Superego materno, elegía pueblerina

Examinamos dos temáticas irreconocidas por juicios estéticos que reducen su “raíz lírica” a la «propensión contemplativa “franciscana”», a la “exquisitez de su temperamento artístico” y, al cabo, a “la propensión bucólica” (Escobar Galindo y Gallegos Valdés).  En primer lugar, anotamos cómo la ausencia de la mujer en Nardo y estrella (1943)  deriva de la omnipresencia de la madre en los poemas terminales de Campanario (1941).  A la cercanía materna le corresponde la lejanía femínea. 

La “abnegación” por la madre se traduce en imposibilidad por adquirir una estabilidad en su madurez erótica masculina.  En este vasto terreno baldío —madre amada versus mujer amante— surge la imagen de la Esfinge como emblema de un cuerpo femenino resquebrajado.  Frente a su enigma, la poesía enmudece ya que su verso nada revela, sino guarda con celo un secreto que mantiene por siempre en lo oculto. 

En segundo lugar,  analizamos el retorno a una pre-modernidad abolida.  Es cierto que un entrañable cariño evoca desde una visión madura el paisaje aldeano y rural de su niñez.  No obstante, la paradoja no se agota en erigir un bucolismo de lo campestre inmemorial desde la modernidad cambiante.  Para idealizar el campo salvadoreño, hay que eliminar lo indígena, como si la diversidad étnica humillara desde antaño la hermosa pastoral que la modernización trastoca. 

En esta doble problemática —individual y social— Trigueros de León nos instruye sobre las numerosas paradojas que alimentan el edificio de la modernidad salvadoreña.  Más que apoyar el auge de las vanguardias artísticas —nuevos espacios literarios imaginados— se encierra en la práctica de una pastoral infantil —sin indígena, esto es, sin americanidad— ya que por esta añoranza captura no sólo el terruño de su niñez.  A la vez, se aferra a una “devoción” imperecedera por un superego materno que le niega toda posibilidad de encuentro sólido con una mujer. 

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