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OPINIÓN / ESO NO SE DICE El horror en la inocenciaOmar Baños La fotogalería de Asesinato a la inocencia de El Faro de la semana pasada tocó un nervio muy personal para mí. La pérdida de la inocencia de estos tiempos se entrama en el horror de la maldad de los seres humanos. Durante la guerra, los niños de esos tiempos crecimos entre el terror de los balazos, pero ahora los niños salvadoreños crecen entre una sorprendente violencia llena de asesinatos y escenas de terror. Destroza el corazón ver las imágenes de niños que lloran la muerte violenta de otro niño en un país donde la niñez es irrespetada. A veces pienso que la falta de seguridad social es perversamente peor que la guerra porque durante ésta, la gente sabía que estaba pasando. Con la violencia social desmedida, uno nunca sabe donde encontrará la muerte, es quizá peor que durante la guerra. Sin duda, a cualquiera le destroza el corazón ver que la niñez en El Salvador es como camino hacia un abismo que solamente endurece el alma, almas prístinas. Para mí, estas historias de asesinatos de niños y la pérdida de la inocencia reavivan mis experiencias de niño durante la guerra. Yo soy de los niños de los ochenta que crecimos entre las balas, los muertos y las bombas. Recuerdo que de cuando en cuando en la casa comunal de El Puerto de La Libertad amanecían cuerpos mutilados y desfigurados esperando por alguien que los reclamara. Se convertían en un perverso entremetimiento de los mirones, incluyéndonos a todos los niños que horrorizados veíamos el cuerpo en el piso, en una poza de sangre, sin sesos. A mis doce o trece años yo no sabía la indeleble marca que dejarían esos momentos de terror. Uno de las consecuencias personales de ser mirón de los cuerpos mutilados fue la insensibilidad que desarrollé a todo tipo de sentimiento relacionado con la muerte, sobre todo con muertes violentas y sangrientas. Con el tiempo podía ver los cuerpos desmembrados, sangrientos en una cera sin la más mínima precipitación del corazón. Era uno más en mi camino. Era uno más en las mañanas de El Puerto. Era uno más que en lugar de darme tristeza y pena, solamente ayudaba a construir una barrera fría, deslindada de las emociones. Era, en fin, una manera de lidiar con la realidad. Supongo que muchos de los que perdimos la inocencia por las consecuencias de la guerra, lidiamos con la situación de diferentes maneras en nuestros años adultos. Algunos fuimos recuperando esa sensibilidad que la muerte de otros nos robó; otros quizá nos volvimos en el eterno hielo; otros quizá comprendimos, asimilamos y entendimos que podíamos tomar la vida de otras personas y destruirlas de un balazo o un machetazo. Era la ley de los tiempos. Quizá esto ayude a explicar algo del perfil de la persona que asesina a sangre fía a niños en El Salvador. Nuestro pasado de violencia no es halagador, pero si puede ayudarnos a entender las tendencias violencias de muchos salvadoreños. Pero más allá de tratar de buscar una explicación del porqué está pasando esto en El Salvador, la cual es sumamente importante, nosotros tenemos la responsabilidad de salvaguardar la inocencia de los niños. ¿Cómo? Los expertos lo dirán. ¿Quién? El gobierno, supongo. Pero no le pidamos peras al olmo tampoco. ¿Qué podemos hacer los ciudadanos? Solo basta ver en la fotogalería la reacción de los niños para que nos caiga el veinte que algo se debe de hacer. De lo contrario, estas imágenes se volverán más rutinarias y los niños más expuestos al dolor y consecuentemente, se volverán insensibles a la violencia. En el fondo, ¿cómo se les explica que la muerte de su amiguito, su hermanito, su primito fue una barbaridad y que habrá justicia y que no es algo que les pasará a ellos? ¿Cómo decirle esto a los niños si ellos podrían ser los próximos en un ataúd y quizá, sin decirlo, lo saben y lo sienten? |
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