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OPINIÓN Paradojas de la modernidad salvadoreña
Rafael Lara-Martínez |
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Aquel que [no] descifró el famoso enigma [pese a ser] un hombre extraordinariamente poderoso, porque dejaría entonces de ser secreto [en perjurio al] oculto pájaro de la poesía. Tergiversación de Sófocles según Ricardo Trigueros de León a la medalla otorgada a Sigmund Freud en ocasión de sus cincuenta años (1906).
0. “Autoritarismo y modernización”
Entre los poetas que contribuyen a renovar la esfera cultural salvadoreña, se encuentra Ricardo Trigueros de León (1917-1965). Para su editor actual —Álvaro Darío Lara (Obras: poesía y prosa. DPI, 2007)— al igual que para sus antecesores inmediatos —Alfonso Orantes (1966), Luis Gallegos Valdés (1962), David Escobar Galindo (1978)— su contribución gira alrededor de la década de los cincuenta.
En ese momento (1948-1961), se inicia un “proyecto reformista” militar que moderniza la esfera económica nacional. Conocido como “autoritarismo y modernización” (Roberto Turcios, 1993), un estado excluyente e intolerante desarrolla industria, infraestructura, acción social, al tiempo que la clase media “emerge” como partícipe política de un nuevo partido oficial único: Partido Revolucionario de Unificación Democrática (PRUD). En plagio a un régimen antecesor —el martinato (1931-1944)— una ideología negativa, el anticomunismo, nutre los cimientos ideológicos de la identidad nacional.
Dentro del marco dictatorial, el estado prosigue una política cultural de avanzada. Se crean instituciones artísticas, literarias y editoriales que propician una efervescencia del quehacer cultural. Entre las múltiples dependencias que surgen del reformismo militar — Artes Plásticas, Bellas Artes, Orquesta Sinfónica, Escuela de Teatro, Turismo, etc.— destaca el Departamento Editorial (enero de 1954, según Ítalo López Vallecillos (El periodismo, 1964: 290; 1953 según Hugo Lindo, Recuento, 1969: 127). Su labor se juzga vanguardia de publicaciones literarias en todo el continente hispanohablante.
Los logros del renacimiento cultural no pueden separarse del marco político oficial que suscita su aparición. En el caso salvadoreño, no se accede a la modernización económica ni a la modernidad cultural sin el apoyo insustituible del autoritarismo político-militar. Si “no existe un caso semejante de divulgación literaria en la América hispana como el que lleva acabo la Dirección General de Publicaciones” bajo los auspicios de Trigueros de León, los demás países deberían imitar el absolutismo político del gobierno que da cabida a tan loable agenda editorial (José Sanz y Díaz citado por Orantes, 1966: 15).
Mientras esta paradoja —modernidad sin opción democrática electoral— es bastante conocida, más allá de la historia político-social existen líneas culturales inexploradas. Hay que preguntarse si la participación de Trigueros de León en la esfera modernizadora de la cultura nacional del estado, se acompaña de una renovación semejante en su perfil poético de escritor. Nos interrogamos si modernización significa vanguardia artística igualmente modernista; o por lo contrario, en remedo a la esfera política, la reforma económica la garantiza un rezago semejante en el terreno poético y temático. Si la economía se moderniza —pero la política sigue arraigada en antiguos modelos dictatoriales— es posible que la poesía tampoco proponga la invención de una atadura novedosa con el mundo. Un renuevo en la re-presentación imaginada del espacio-tiempo histórico que vive el autor.
En efecto, es factible que la novedad artística ocurra en su prosa crítica que reseña múltiples poetas contemporáneos —Labrando en madera (1947), Perfil en el aire (1955) y crónicas periodísticas— aun si sus rúbricas demuestran el neto predominio de una sensibilidad masculina exclusiva: sesenta y cinco reseñas de varones y sólo seis hembras. Asimismo, manifiestan una extremada obsesión por la forma, por la técnica literaria, en detrimento de todo contenido (véase: 4). Su “intención descriptiva [abunda] de literatos españoles, de América y pocos de El Salvador” (Toruño, Desarrollo literario, 1958: 377).
Empero, en su poesía prevalece la pre-modernidad formal del soneto y una temática rural arcaica. A contracorriente del francés Paul Valéry, “lo anecdótico, lo descriptivo queda [dentro] de esa [vieja] poesía que [no] podríamos llamar poesía de valores puros”. La paradoja no podría ser más flagrante. Cuanto más el poeta participa en la maquinaria modernizadora del estado, tanto más añora la pre-modernidad abolida de su niñez. Su producción poética destaca por el formalismo quasi-vacuo del soneto —Presencia de la rosa (1945)— y por una nostalgia de lo provinciano: Campanario (1941), Nardo y estrella (1943) y Pueblo (1960). Ítalo López Vallecillos (1964) la califica de “suave lirismo de rememoración pueblerina”.
1. “¿Para qué los poetas?”
Según un rigor heideggariano, Trigueros de León no exige de la poesía una conciencia existencial de su época. Por lo contrario, retrae la experiencia poética hacia lo caduco, “cuando yo era niño […] las gentes de siempre […] la misma calle gris”. “Volveré cualquier día, cuando me desespere la moderna ciudad, llena de ruidos, de asfalto, de cemento, de sudor y lágrimas” (Trigueros de León).
“Wozu Dichter in dürftiger Zeit?” (Hölderlin). «“…And what are poets for in a destitute time? [« Pourquoi des poètes en temps de détresse?»], defined by the “default of God”»(¿Para qué son los poetas en un tiempo depuesto? [¿para qué sirven los poetas en tiempo de desamparo], definido por la carencia de Dios). Los poetas, en un tiempo atenuado y light. (Heidegger, Poetry, Language, Thought, 1975)
El escritor esquiva toda a-ventura “del tiempo que resta”. Sortea “el abismo del mundo [urbano] que debe experimentar y padecer” como sitio único desde el cual se despliegan hilachas furtivas de “dioses en fuga” (Heidegger). En cambio, anhela recobrar un universo abolido —el de su infancia— que la modernidad a la cual contribuye como adulto destruye parcialmente. En esta paradoja —vasta laguna entre “acción creadora” de lo arcaico y “promotor editorial” de lo moderno— asentamos el análisis. Todo avance en su labor de publicar poetas actuales lo conduce a retroceder para invocar lo pretérito.
En Trigueros de León, existe una vasta disonancia entre proyecto reformista modernizador y poesía pastoral idealizadora. Un rechazo intuitivo a la vanguardia artística moderna caracteriza su práctica poética. Si desde joven lee a “todos los poetas malditos que amó Verlaine”, su idilio campestre lo impulsa en reversa a restaurar lo atávico. Al igual que su percepción de Arturo Ambrogi, ante “las abrumadoras páginas de Baudelaire” —de la renovación poética modernista— se guarece en el “lirismo”, en “la ceniza [maternal] que el tiempo ha ido poniendo sobre las cosas” añejas.
¿Para qué los poetas?
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