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OPINIÓN / DE AQUÍ, DE ALLÁ

Poesía joven, poesía vieja

Álvaro Rivera Larios
cartas@elfaro.net
Publicada el 10 de diciembre de 2007 - El Faro
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La juventud en literatura no es sólo una cuestión biológica y es fácil demostrarlo. Basta recordar a poetas que siendo ancianos, como Yeats y William Carlos Williams, se atrevieron a escribir versos jóvenes y frescos.

El tradicional conflicto entre poetas de distintas generaciones se puede interpretar como una pugna entre lo viejo y lo nuevo. Teoría que explica ciertos episodios de la historia literaria, pero no todos.

Ahí donde se establecen formas rígidas de entender y hacer literatura, es fácil que los poetas consolidados de una época anterior visualicen su relación con la nueva poesía en términos de enfrentamiento estético.

Vivimos, sin embargo, en tiempos difíciles para la estética petrificada: no hay un modelo literario dominante que derribar. Ninguno de los ismos, que antaño gobernó las normas valorativas de la crítica y el gusto del público, desempeña ahora un rol jerárquico e incontestado.

Ahora conviven sin estorbarse, mezclándose a veces, formas distintas de hacer y entender la poesía. Eso no impide que desaparezca la competencia y el conflicto entre creadores de distintas generaciones, pero dificulta que “interpreten” su enfrentamiento en términos de oposición estética.

Si ahora la colisión es más difícil plantearla en términos de poéticas enemigas, hay que mantenerla de pie como un recurso del marketing literario. De no ser así ¿Qué se pondría en la solapa de los libros? ¿Cómo vender al poeta nuevo? ¿Cómo desperezar al crítico aburrido? ¿Cómo sacudir la modorra de los lectores? Bueno será ofrecer el combate entre la poesía joven, y excluida, y la poesía vieja, y dominante. Me parece perfecto, siempre que uno no se lo crea por completo.

En nuestro medio, poetas de generaciones anteriores (Rafael Mendoza, Ricardo Castrorrivas, Kijadurias, Miguel Huezo Mixco, René Rodas, por citar unos ejemplos) mantienen relaciones fluidas con los artistas más jóvenes: dialogan con ellos, los aconsejan, les prestan libros, los motivan, los patrocinan. Si existen las diferencias, no siempre se traducen en conflicto.

¿Los nuevos creadores han de abrirse paso enfrentándose a un arte viejo? No necesariamente. Poetas que maduraron en tiempos de la guerra, como Miguel Huezo Mixco, no han quedado constreñidos ni por el universo del conflicto ni por una estética tutelada por el compromiso. Huezo Mixco, a sus cincuenta años, es un poeta joven y es joven por sus búsquedas, por su lenguaje, por su apertura hacia otras influencias. Ahí tienen a René Rodas, con sus cuarentaypocos años ha escrito un poemario maduro y al mismo tiempo juvenil: Balada de Lisa Island.

Ventajas que da la edad, Huezo y Rodas dominan su oficio: su voces tienen frescura, sangre joven, pero han ganado ya el perfil que las distingue y la contundencia esencial que convierte a sus poemas en poesía.

Ante Huezo Mixco y René Rodas, los poetas de veintitantos años no se enfrentan a un lenguaje tradicional, al contrario. Si desean competir contra ellos o hacerse un hueco entre ellos dos, no tendrán que plantearse el desafío en términos de edad, sino que en términos de oficio y excelencia. 

Nunca se sabe cuándo empieza la juventud de los creadores; la de Goya empezó a partir de los cuarenta. Si la frescura y la innovación en el arte no corren siempre paralelas al tiempo biológico, deberán entenderse como el resultado del talento y de la búsqueda personal. La juventud del poeta, por lo tanto, no viene indicada en su documento de identidad. No es una condición que le de únicamente la sangre, se la da también el compromiso libre y vital de su esfuerzo creativo. Algunos líricos privilegiados, como Rimbaud, nacen jóvenes; otros, si quieren la juventud tendrán que ganársela.  

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