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OPINIÓN

Venezuela: la revolución bajo fuego

Carlos Molina Velásquez *
cartas@elfaro.net
Publicada el 03 de diciembre de 2007 - El Faro
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La realización del III Foro Internacional de Filosofía en Venezuela, del 7 al 14 de noviembre de 2007, fue la oportunidad para una fugaz inmersión en el país hermano. Lo que encontramos los participantes en el Foro fue un país dividido en torno a la reforma constitucional y al referéndum correspondiente. Más allá de las críticas de los opositores a la reforma —básicamente, la posibilidad de reelección indefinida por parte del presidente, las condiciones para la instauración del estado de excepción, el riesgo de desconocimiento de la propiedad privada y la formulación del Estado Socialista Venezolano—, es evidente que la pretensión es bastante ambiciosa: nada más y nada menos que transformar las estructuras jurídicas, institucionales e ideológicas de la nación. Pero si algo pudimos descubrir al conversar con activistas, estudiantes y catedráticos, la mayoría chavistas, es que tal proceso no es determinado desde arriba, como se afirma regularmente. Hay mucha gente que ve la reforma constitucional como la primera oportunidad para participar activamente en la construcción de una sociedad venezolana justa, incluyente y solidaria. La discusión sobre la reforma es algo que se viene realizando con entusiasmo en las escuelas, las misiones, los claustros universitarios y las comunidades. Incluso, uno de nuestros intercambios en una “aldea universitaria” —proyecto que es parte de la conocida “Misión Sucre”—, en el Estado Miranda, fue sutilmente orientado por los mismos estudiantes hacia el tema que se presentaba más urgente. No nos pareció esto sino una muestra del profundo interés de los ciudadanos por conocer y criticar un proyecto que sienten suyo.

Estos sucesos deben ser interpretados a la luz de los cambios que se han realizado en Venezuela desde la llegada de Chávez al poder. Son muchos los que ahora se sienten parte de un proyecto de país, en el que por fin se les pide su opinión y se les invita a participar realmente. Por eso es que en las reuniones en las que estuvimos presentes encontrábamos tanto la defensa del proceso en términos generales, así como la crítica de algunos de los problemas que aún no se superan o ni siquiera se tratan. El chavismo aún tiene que ser más consistente en la lucha contra la corrupción y el clientelismo, los abusos de poder o la mera posibilidad de que tales abusos puedan darse en el futuro. Tampoco está claro que las medidas hasta ahora implementadas o las reformas propuestas se hagan eco de las diversas visiones de país que tienen los venezolanos. Pero claro, puede que esto sea un asunto imposible de resolver de manera absoluta, de cara al hecho de que en la realización de un proyecto de país no parece plausible que quepan todos los proyectos concebibles.

Parece ser que, por su parte, los grupos de la oposición se han negado con cierta rotundidad a discutir y criticar en serio la reforma. Sí han mantenido una campaña sistemática de propaganda en contra, no exenta de puras mentiras. Para el caso hay que ver un anuncio televisivo en el que se alude a la posibilidad de que a un empresario se le expropie arbitrariamente su negocio, debido a la manera como en la propuesta de reforma se entiende la “propiedad privada” (Art. 115). De más está decir que tal interpretación es tendenciosa y más bien confusa. Semejante estrategia de comunicación sólo puede recordarnos la campaña del miedo que emplearon los sectores reaccionarios salvadoreños para influir en la decisión de voto en las pasadas elecciones presidenciales, al mismo tiempo que su candidato se negaba rotundamente a debatir seriamente los problemas del país. Difícilmente puede construirse un espacio de diálogo entre las partes si es acompañado de una estrategia de descalificación absoluta y desinformación. Y lo que más preocupa es que, poco a poco, algunos chavistas comienzan a emplear una estrategia similar, aun si lo hacen, como argumentan ellos, en respuesta a la estrategia de la oposición.

La revolución bolivariana está en riesgo, debido a la guerra —mediática, económica, política, pero en todo caso, terrorista y sucia— a la que se encamina la estrategia de la derecha venezolana, apoyada por la embajada americana y la conferencia episcopal del país. Pero también enfrenta riesgos al interior del mismo proceso revolucionario: los espacios para la discusión adolecen de una polarización sistemática; la oposición es descalificada a priori; la confianza excesiva en las Fuerzas Armadas, por parte de los chavistas, hace temer que el pueblo no sea capaz de defender la revolución eficazmente, en caso de presentarse un nuevo intento de golpe —como parece anunciarse efectivamente. Si bien es cierto que la guerra exige medidas excepcionales, preocupa que la estrategia de “guerra permanente” vaya desgastando la credibilidad del proceso.

Para quienes no tememos a la posibilidad de una revolución, las virtudes de la reforma saltan a la vista desde sus primeras páginas: el carácter incluyente de la noción de ciudadanía —“sin discriminación étnica, de género, edad, sexo, salud, orientación política, orientación sexual, condición social o religiosa”—; las posibilidades para un verdadero ejercicio de la democracia por parte de los electores —“todos los cargos y magistraturas de elección popular son revocables”—; el carácter consecuencialista y utilitario de la noción de bienestar que promoverá el Estado —“que garantice la satisfacción de las necesidades sociales y materiales del pueblo, la mayor suma de estabilidad política y social, y la mayor suma de felicidad posible”—; y muchos otros elementos que alientan y dan esperanza. Es evidente que esta revolución que impulsa la reforma no teme declararse socialista; pero igual es claro que este mismo socialismo se adopta desde una concepción sui generis, en tanto no se ciñe a pie juntillas a concepciones socialistas ensayadas en otros lugares, con mayor o menor éxito. Por lo menos, no lo hará sin crítica y “revisión”.

Como reza la Declaración Final del Foro de filósofos, “el Socialismo del Siglo XXI tiene que recuperar y valorar las innegables conquistas de los socialismos del siglo XX, básicamente, la supresión de la explotación y la universalización gratuita de la educación, la salud y otros servicios públicos. Pero, al mismo tiempo, tiene que superar sus deficiencias y contradicciones, como el excesivo énfasis en el ‘desarrollo’ económico, el Estado degenerado en burocratismo, el menosprecio de la diversidad y el olvido de la naturaleza”. Cada uno podría agregar otros rasgos del socialismo del siglo pasado con los que no desearía comulgar, pero lo que no puede escamotearse es la importancia de las ideas socialistas dentro de las luchas que se vienen implementando en aras de superar la deshumanización. Una evaluación de la revolución que se está construyendo en Venezuela debe contar con estos elementos, pues son muchos los que apoyan la necesidad de un país más humano, justo e incluyente. También, agregaría yo, no se trata sólo de que a muchos les parezca así, sino de que se trata de razones que difícilmente pueden ser refutadas in ambiguo. Hasta los más acérrimos opositores a Chávez hablan de humanidad, justicia e inclusión. Harían bien en aclarar cómo entienden estos ideales y en qué medida los “modelos” que proponen se acercan más a ellos que el que se plantea por parte del chavismo.

Creo que la mayor muestra de fidelidad a las ideas socialistas es la crítica que no teme dirigirse hacia las propias filas. Contrariamente a lo que acostumbra decir la derecha, algunos de los más notables socialistas fueron acérrimos críticos de muchos elementos de la revolución en la que participaban. En esta ocasión, los chavistas deben ser cuidadosos con dos problemas que, a mi juicio, están íntimamente relacionados: el del liderazgo y el de la defensa de la revolución. En la medida en que el liderazgo revolucionario sea más racional que carismático —construido en todos los niveles y desde abajo—, la defensa de la revolución no penderá del hilo siempre frágil de las Fuerzas Armadas. Preocupa que la gente dispuesta a dar su vida por un proceso, que ha rendido hasta ahora frutos espléndidos, sea masacrada por unas fuerzas opositoras dispuestas al juego sucio y sangriento. Pero es más grave aún que sean los mismos chavistas los que propicien las condiciones para tal escenario, al supeditar demasiado el futuro de la revolución al liderazgo cuasi-religioso de Chávez y a una no tan segura fidelidad del ejército con la revolución. Para el pueblo venezolano, hoy por hoy, éstas son las cuestiones decisivas.

* Doctor en Filosofía y catedrático de la UCA

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